Estacionalidad / Luto

Todos los días piso las hojas que no he barrido

si hemos llorado                  el cielo y yo

las más ennegrecidas resbalan amargas

empapadas de recuerdo      deshechas

bajo mis pies

la fruta picada

por aves           podrida

no recogeré

ni mañana           ni ayer

no he barrido las hojas ni lo haré

la cara muerta de estar vivo

se lava sola           de lluvia

y seguimos           de pie

este cielo sufre mucho y llora poco

un minuto de silencio

será más largo aquí.

Debilidad

No existe envidia en la naturaleza

si es preciso

es injusta

y vuelve a empezar

ensaya sin luto un nuevo sol

que solo hará sombra de algunos

quizá por última vez.

Envidia siento

fuera del orden natural.

Instant

The very first time we met he took me by the hand in the dark

The world poured back and forth between our eyes, too

poorly-lighted, once or twice

Led me through dim rooms

corridors patio now back

rooms left-to-right office to bed-

room gingerly holding my fingers

pulling my hand to where light was

Still love that moment the softest

the opposite of blindness, a gesture

a kindred I instinctively knew

through the tips of my fingers alone

Time changes most but not all

things. I know through it all this keeps true

Even if we fall out

Even in the end

Even as we pack

For I know blindness of all things

and this was razor-sharp.

With both eyes

A mimicked gesture

is the purview of children

however inaccurate

intent is celebrated

I too hurled my whole heart at

wrong pantomime

to great reviews

I search for the memory

of this warm un•failing

never to be felt again.

Camera roll

Reverence for all things past

is a reflex          unexamined

sometimes useful, like scars

often useless, like stored documents

at its most unremarkable, a daily haunting

of futures that have stalled

reaching through the screen

like light from long gone stars.

Lógica

La lógica me dice que

sí.

Inténtalo.

Tienes las piezas, lo que más importa

alguna configuración

calzará para los dos

vacíos

que si no sellan, tapan

y, ¿sabes

qué? A mi edad es suficiente.

No me arde

capitular.

Pero mentí. La lógica

retuerce

la advertencia líquida

de la intuición.

Daddy’s home

Hoy me provoca quedarme muy, muy quieto, en silencio. No quiero que me toquen. No quiero que me hablen. Quiero hacer nada sin decir una palabra o dar explicación. Tener la tele prendida, sí; huevear en el celular. Tampoco estoy muerto. Quizá hasta emita sonidos. Si veo alguna historia o meme que me haga gracia, resoplaré. Que soy humano al fin. El plan, no obstante, mientras deambulo por el departamento durante el día, de la cama a la cocina al baño a la cama a la cocina a la ventana a la cama ⏤casi nunca a la sala⏤ a la cocina a la cama, es estar callado y que estos espacios guarden silencio conmigo.

No me siento… mal. Tampoco estoy particularmente triste o más ansioso que de costumbre. Solo siento un profundo deseo de imperturbabilidad, espoleado por la certeza de que hoy tampoco será el día. Mi novio seguramente me mirará con curiosidad, recostado a mi lado en la cama que compartimos. Me hablará de cosas y sonreirá, y yo me preguntaré si me encerraría en otra habitación si la tuviese. De pronto me reconozco detrás de esa puerta imaginaria. ¿Era esto lo que hacías? Qué es aislarme sino mi patrimonio. Mi celular me notifica que «llegó lo nuevo de St. Vincent» y me temo que es así y era inevitable. Daddy’s home.

Todo lo que sé de mi padre lo sé por terceros. Si acaso él mismo dijo algo, casi nunca fue a mí. Jamás le conocí amigos, aunque recuerdo una época en la que hablaba de un tal Narváez. Otro doctor del mismo hospital al que, creo, conocí solo una vez. La única otra familia, que no era parte de mi familia, con la que manteníamos relación eran unos vecinos cuya madre trabajaba con mi madre. Era enfermera en el hospital donde mi madre era pediatra. Los hijos tenían más o menos las edades de mi hermana y yo. Nos veíamos todos con regularidad hasta que un día no nos vimos más. Algo muy común en mi familia, que a mí me resulta muy natural hasta hoy.

De su niñez, su vida escolar, sé poco o nada a través de anécdotas que contaron (en orden de frecuencia) un tío mío que fue testigo presencial ya que fueron al mismo colegio, casado con su prima; sus hermanas, mis tías, en cuyas historias nunca salía bien parado; mi abuelo, que hablaba casi exclusivamente de sí mismo, pero en ciertas ocasiones recordaba que tenía familia; mi papá, hablando con otra gente. Los comentarios que mejor recuerdo son los de mis tías porque delineaban el origen de la persona que yo conocía ⏤malhumorada, silente, con gusto por acumular, especialmente dinero⏤ y otra que cabía perfectamente en la misma descripción: yo.

Hace algún tiempo en una reunión, ya no recuerdo ni por qué, estábamos hablando de perros que se tiraban de ventanas o techos. Yo conté que mi papá tenía collies y pastores alemanes de niño y uno de ellos saltó desde el techo y se rompió las piernas. Sé perfectamente cómo lo dije. Como si nada. Como si fuera una historia pasada de padre a hijo algún domingo durante el almuerzo. Y sé que lo conté de esa forma por el efecto que tuvo en mi novio, a quien vi con el rabillo del ojo. Sentí su corazón atorarse simultáneamente con sorpresa, ternura y atención. Lo escuché fuerte y claro en mi mente: «nunca hablas de esto». Yo era su cantante favorito y de pronto, tras 20 años de carrera, tocaba por primera vez una vejez que nadie ha escuchado en vivo. No fue intencional, la verdad. No sentí nada al contarlo. Era solo información pertinente.

De la universidad, donde conoció a mi mamá, sé quizá algo más por ella. Porque pregunté cómo chucha te pudiste haber casado con él. Me dio sus razones. La gente cambia también. Los primeros años de su vida juntos, el nacimiento de mi hermana, la casa en Pueblo Libre donde yo no viví, algo de eso sé. Luego llegué yo, el hijo hombre. El nieto que mi abuelo tanto esperaba, el que cargaba el apellido, el que lo impulsó a felicitar a mi madre con la frase «ahora sí, un abrazo completo». Right in front of my sister’s salad. Mi papá ⏤según mi mamá⏤ estaba igual de emocionado y, dados mis primeros años de vida, donde el favoritismo era obsceno, le creo.

No voy a mentir, yo sabía que era el favorito de todo el mundo. Era el único hijo hombre, era el menor, había estado al borde de la muerte ene veces y tenía entendido que había sobrevivido a una prima con la misma enfermedad. Tenía todo a mi favor para ser el consentido y, por muchos años, lo fui. No me imagino ser mi hermana durante esos años, donde mi mamá hacía su mejor esfuerzo por convencerla de lo contrario. Tuvo mala suerte, además. Mis padrinos no tenían hijos, así que me bañaron de regalos toda mi niñez. Sus padrinos eran mis tíos, que tenían su propia familia y sus propios problemas. Pero no se sientan mal, cuando mis verdaderos colores empezaron a traslucirse la intensidad de ese favoritismo se redujo al mínimo. ¡La homosexualidad trajo consigo la igualdad!

A veces me da risa imaginar cómo todos se habrían arrodillado para que yo los escale hasta la cima si hubiese sido heterosexual (léase, «normal», reproducción común). Si hubiese sido un niño arrogante y pendejo que juega fútbol y le pega a las niñas porque le gustan. El Coronel probablemente me habría regalado la vida entera si hubiera sido un pendejito como él. Pero no. Yo era re marica y siempre lo supe. Rápidamente lo sospecharon todos los demás, pero la negación puede más. Mi abuelo probablemente me dio el beneficio de la duda hasta el final de sus días. Generoso de su parte darme algo, a diferencia de cuando me mudé a Nueva York y le pedí ayuda y solo me dijo que me vaya bonito.

Entiendo y a la vez no que mi madre y hermana tengan recuerdos de mi papá tan drásticamente diferentes a los míos. Quizá ellas ven el vaso medio lleno en mi vaso medio vacío y supieron suprimir lo malo en favor de lo bueno. Al menos podemos estar de acuerdo en lo que El Hombre producía y nos desquiciaba a todos por igual: estruendo de puertas y cajones, buscando y rebuscando quién sabe qué de madrugada, maldiciendo y maldiciéndonos abiertamente por no encontrarlo. Su risa era igual de estrepitosa, pero la recuerdo con menos frecuencia. Nunca he escuchado a nadie más reírse como él. Cuando estaba de buen humor, ponía de su parte. Creo. Pero no era tan memorable para mí.

No, yo recuerdo lo que ellas no podrían saber. Cosas que solo un hijo hombre puede intuir de su padre. O peor, cosas que solo un hijo gay, que solía ser el favorito, puede leer de su padre. Dentro de todo, creo que tomó la mejor decisión al no involucrarse en lo que no entendía. Muy producto de su tiempo. Al menos nunca se peleó conmigo, solo se mantuvo al margen de mi vida. No lo voy a felicitar por tomar la salida fácil, pero tampoco se lo voy a reprochar. De hecho nuestra despedida antes de que muriera fue bastante amical. No me costaba nada decirle que estábamos bien e intercambiar años de indiferencia por un minuto de perdón.

Lo único que le reprocho aún y probablemente para siempre es lo que encuentro, no sin amarga sorpresa, en mí mismo. Habría sido útil saber quién era y qué problemas de salud ⏤física y mental⏤ tenía porque, muy a mi pesar, soy hijo de mi padre. Cuando la paciencia me abandona de golpe y me invade una cólera desproporcionada ante el menor inconveniente, cuando el resentimiento me deja sin habla, cuando manejo como un demente, cuando siento la incontrolable necesidad de desaparecer en silencio, de encerrarme donde sea y estar conmigo mismo, lejos del ruido de vivir, me pregunto si todo eso es cosa mía o es mi herencia.

Me pregunto, además, si es solo tuyo o de tu padre también. Porque si de ti sé poco, de él mucho menos. Pero lo recuerdo igual que a ti, encerrado en su cuarto y emergiendo después de un buen rato para sentarse en la cabecera de la mesa, contar anécdotas familiares donde la familia poco pintaba y volver a su sarcófago como un amable vampiro.

Presiento que ponerle punto final a nuestra línea no es la peor idea que he tenido.
Si yo no puedo gestionar estas reliquias, definitivamente no se las voy a pasar a nadie más.
(Aunque la realidad es que los niños me caen pésimo y los adultos alrededor de los niños, aún peor. Pero el sentimiento se mantiene).

Para serte franco…

Cuando me dijeron que Franco había escrito algo sobre mí, me causó gracia y ansiedad en partes iguales. La ansiedad es evidente. Un texto, de gentileza improbable, circulaba con mi nombre. Eso no sería del agrado de nadie y mucho menos de alguien que disfruta del anonimato como yo. Gracia porque han pasado muchos años desde que escuché su nombre por última vez y me resulta insólito que piense en mí en lo absoluto, para bien o para mal. Es halagador hasta cierto punto, como explica el propio texto que, por cierto, me gustó mucho. Incluso si decía lo que decía.

Supongo que no te sorprende ⏤y empezaré a dirigirme a ti directamente, Franco⏤ porque tus textos siempre me gustaron. Cuando me tocaba criticarlos rara vez tenía algo negativo que decir. De hecho, una de mis líneas favoritas (no pertenecientes a mi tallerista favorita), la escribiste tú. La imagen de esos cuerpos anónimos formando una caligrafía al tener sexo está tallada en mi mente. ¡En parte porque lo viví! Conozco íntimamente ese font, lo cual mencionas en tu texto y me hizo mucha gracia. Pero, más que nada, porque admiré esa observación tan delicada y perfecta (y envidié terriblemente tu perspicacia). A mí jamás se me hubiese ocurrido. Por eso cuando dijeron por ahí que era «explícita por el gusto de ser explícita» la defendí como si fuera mía ⏤en clase y en privado, aunque eso último tú no lo supieras. Probablemente hasta ahora.

Sobre el post que nos convoca hoy ⏤debo intuir que, si le pusiste mi nombre, quieres escuchar mis impresiones⏤ solo quiero decirte que me gustó mucho el final. Me alegra saber que si nos volviéramos a ver tendrías otra disposición. Sobre todo porque he visitado tu ciudad al menos una vez al año (sino dos) en los años posteriores a la era neoyorquina, así que las probabilidades de que me vuelvas a ver no son pocas. De hecho, tengo un pasaje abierto que pretendo utilizar. Si no fuera por la pandemia, ya habría regresado A ENCARARTE. Ja, es broma.

Me da un poco de risa que seamos como el huevo y la gallina. Tú creías que me caías mal por mi «tonito» (el terrible acento limeño, que efectivamente suena a obviedad) y te caí mal. Yo creía que te caía mal de gratis y por eso me caíste mal. Ahí nos quedamos. Como «enemigos, pero no por algo en concreto». Hoy no podría decirte ni cómo comenzó, porque mi primera impresión de ti ni siquiera fue negativa. Tampoco tenía prejuicios contra ti (a diferencia de algunos peruanos, mi simpatía por Chile está bien documentada). Creo que sólo proyectamos nuestras inseguridades en el otro, como los gays solemos hacer. For that I’m sorry.

En respuesta a tu pregunta, sí me cuestioné algunas veces por qué no nos llevábamos bien, pero no me quedé mucho tiempo pensando en ello. Asumo que ahora podríamos. Esa orfandad, hartazgo y ganas de morir en las que te reconoces siempre han estado ahí, no son exclusivas del momento post Nueva York. ¡Tenemos eso a nuestro favor! El hecho de que hayas leído mi sufrimiento con satisfacción y en compañía de terceros, on the other hand… me hace intuir que por algo no me gustaba la forma en que criticabas a la gente en clase. Pero bueno, en realidad no nos conocemos.

Mi reacción inicial al violento resumen de cinco palabras que recibí sobre tu texto hace unas semanas fue: «podría haber vivido toda mi vida bastante tranquilo sin esta información». Sin embargo, me alegra haberlo leído justo ahora. Verás, hoy ha sido un día un poco turbulento y me encuentro emocionalmente extraño. Por alguna razón, presentí que tu texto recalibraría mi cerebro o cuando menos disfrutaría la prosa y el drama.

Ha sido un poco así, so my most sincere thanks. Si esto fuera el taller, no tendría nada que criticar ⏤salvo los errores de tipeo, una leídita extra antes de publicar no cuesta nada. Gracias por el cumplido no compartido por tus amigos también. Yo estoy más de acuerdo con ellos que contigo y por ello lo aprecio más.

Como último acto de enemistad, igual que tú, publicaré esto sin enviártelo o etiquetarte.
Total, ya sé que me lees. 😘

Identical hand twin

For all my clownery, I’m surprisingly insightful ⎯nay, damn near clairvoyant!

See, I’ve met the boy.
He reminds me of all things I’ve said I needed, verbatim
and some needs I couldn’t voice.
I’ve put off putting it down
here ⎯blog jinx, kiss of death!
But I’m showing.

Kept my geriatric pregnancy a secret, as one does in the early stages,
wishing for clockmaking sunsets,
for a fast-spinning gentler world
to tenderly place me on the right day’s palm.
Yes, I’ll carry this to term day.
Yes, I can tell my friends
day.

When that day came and went, its lack of fanfare
made it all the more special. It was just there.
It was real ⎯we don’t really celebrate real, do we?
We are told we want the tale,
we want to give our hearts away and receive another in return,
one that we now own, and goes the way all property does
obsessively looked after lest it be stolen or lost ⎯and you better not lose it,
because losing makes us losers and nobody loves a loser!
Shut up.
This could all end tomorrow and it wouldn’t diminish what I’ve gained.
Delicate creatures die in hands cupped too tightly.

We don’t celebrate real enough,
we don’t appreciate the reality of being two people together,
who quietly go about their love,
wanting for the other what they want for themselves.
Closeness, travels, personal space,
forgiveness, individuality, support.
It’s the strangest feeling, loving yourself through loving someone else.
I will admit to that.

It’s funny, I thought I knew exactly what my falling in love would look like.
In a way, I did. It does kind of look like what I said.
But he has decidedly put his little spin on things.
And spun I have, around a stubby finger that looks nearly identical to mine!
It’s uncanny, the way our hands look almost exactly the same.
And that’s kind of how it all feels: uncanny.
It looks like something I’ve known forever, like the literal back of my hand
yet still surprises me ⎯makes me nervous?,
because it’s not.
It can’t be, there’s only one right hand of mine!
I don’t know how to explain it.

I’ve always hated the way my hands look, by the way.
Among many other things, as it is the human condition to think we’re hobbling trolls.
Now I’m learning to love that which once I thought was unlovable about me, silly as it sounds.
Not necessarily because he loves those things,
but because he shows me how absurd it is to be afraid or ashamed or bothered by them.
That mending won’t go away if he ever does, so that alone is forever a win.

It’s all quite the journey.
From which I should be utterly spent, yet somehow feel like I’m finally resting?
I’d keep going but his cat, the most loving, well-behaved cat I’ve ever encountered,
is currently stepping on my keyboard searching for love.
I’m both afraid she might delete the whole thing and eager to stop my rambling to squeeze the shit out of her.

So that was the update, whoever you are that still reads this.
You can stream Under Rug Swept‘s underrated healthy love anthem You Owe Me Nothing In Return for a way better take on this particular matter.
Alanis will explain it far better than I can.
Toodles!

David Duchovny

The Kills tocaba esa noche pero nunca los vi. Era 23 de setiembre de 2016. Mi cumpleaños había sido días antes y tenía una serie de conciertos planeados para celebrar. Adele en Madison Square Garden el mismo 19, The Kills en Terminal 5 el 23 y Morrissey en King’s Theater el 24. Armé mis planes como siempre, como si nada, como una huevona. Sin detenerme a considerar que en cualquier momento te cae la muerte. Felizmente, y no por primera vez, la muerte no me quiso. El shock del accidente me transportó hasta el venue. Rengueando, sí; pero sin dolor.

En la esquina de West 56th y la onceava avenida me crucé con David Duchovny, que venía tranquilamente en la dirección opuesta. Mi cabeza dio un bote incrédulo hacia atrás que lo hizo sonreír. Tenía pinta de llevar prisa y yo tampoco quería detenerme, así que no me acerqué. Solo levanté la mano discretamente y lo saludé. Inclinó la cabeza en un gesto amable, aún sonriendo. Mientras David Duchovny pasaba a mi lado, aventajando a algunos otros peatones con sus piernas largas, me pregunté cómo habría reaccionado David Duchovny a mi accidente. Me imaginé interceptándolo y diciendo «¡me acaban de atropellar, David Duchovny!», y me reí.

No tenía sentido que estuviese ahí, soy una persona en extremo racional. Sabía que algo andaba mal y que, probablemente, empeoraría antes de mejorar. Pero también, secretamente, soy muy optimista. Por eso mi intención fue siempre ver el concierto, pase lo que pase. Como compromiso, porque además soy un ser razonable, decidí darle al destino una oportunidad de detenerme. Si los poderes del universo querían que vaya al hospital, su momento era ese.

Me acerqué al hombre de seguridad y le pregunté si era posible saltar la cola y pasar a la boletería. «Una moto me acaba de golpear camino aquí. Dudo que me reembolsen pero quiero preguntar por si acaso». Él tampoco creía que me devolverían nada, pero me dejó pasar. La persona en la boletería me dijo que por lo general no hacían devoluciones y que, incluso si quisiera, ya era muy tarde para intentarlo. Le respondí que no se preocupe, me lo esperaba. «¿Tendrán hielo?», sonreí. Me miró en silencio por un segundo, absoluta cara de palo. Finalmente he sorprendido a alguien en esta ciudad, pensé. «Déjame llamar a alguien».

Tuve que resumirle mi accidente a una tercera persona. Ella procuraría el hielo prometido. Pero ya estaba harto de contarla, sobre todo porque me veía obligado a excluir a David Duchovny, ¿y no era esa realmente la mejor parte? Le dije que me dolía un poco pero no parecía estar tan mal y que mi plan era sentarme en la baranda del segundo piso. Me consiguió una de esas bolsas de gel congelado y me advirtió que quizá aún estaba en shock. «Cuando baje la adrenalina puede ser otra historia, pero tú sabrás». La miré en silencio por un segundo. Efectivamente, no lo había pensado. «Gracias», sonreí. «Esperemos que no».

Por supuesto, así fue. No bien me recosté contra el riel del segundo piso me empezó a latir la pantorrilla. Cada uno de los nueve minutos que estuve sentado en el suelo, el dolor creció. ¡Con lo que me había costado subir, ahora tenía que bajar! Contemplé tomarme un par de cervezas y jugármela, pero mis fantasías mórbidas de hemorragias internas pudieron más que las ganas tibias de ver a The Kills. Mejor bajar ahora que todavía puedes. Humillada, reaparecí en la entrada y le dije a mi primer interlocutor, el chico de Seguridad, que la adrenalina me había abandonado.

«Hay un hospital aquí cerca, te recomiendo que vayas en taxi. La ambulancia es bastante cara». Qué tan cara puede ser, pensé. Además tengo seguro. «No, está bien, que me lleve la ambulancia». El chico me sentó en una silla plegable junto a la entrada y fue a contactar a los paramédicos, no sin antes preguntar por segunda vez si estaba seguro. Los paramédicos llegaron con las manos vacías, aparentemente incrédulos de que alguien quisiera ponerlos a trabajar. Por tercera vez me preguntaron si estaba seguro de querer ir en ambulancia. ¡Eso debió indicarme cuán caro era realmente un paseo en ambulancia y cuán fuera de mi cobertura estaba! Pero como cojuda asentí una última vez.

Mientras preparaban la camilla, los transeúntes me observaban. No estaba seguro de lo que sentía. Algo similar a la vergüenza pero diluida, líquida, y en ese líquido flotaba algo más denso, que se hundía y reflotaba, parecido al orgullo. Ahí estaba mi ego, sentado en la vereda como una lámpara de lava. Huachafa, sí; poco digna, también; ¡pero hipnótica! De pronto, altísimo drama en 15 segundos ⎯¡gente, camilla, rampa, ambulancia!⎯ y adiós. En el camino, los paramédicos me preguntaron qué me dolía, si tenía alergia a algún medicamento, me tomaron la temperatura y la presión. Finalmente, al verme de tan buen humor, por fin preguntaron qué diablos pasó.

Estaba en la esquina, esperando que cambie la luz, y cuando cambió, me tiré a la avenida y crucé. Antes de empezar mi camino ⎯o quizá simultáneamente, no lo sé⎯ ya había visto a los autos en el extremo más lejano de la avenida bajar la velocidad y detenerse. Lo que no vi fue que, de mi lado de la avenida, una moto que venía embalada jamás pretendió frenar. La moto quería ganarle a la luz o, mejor dicho, sabía que iba a perder por míseros segundos y no quería esperar. El resto de peatones agolpados en la esquina la vieron venir y se quedaron atrás. Tengo la impresión de que trataron de detenerme, pero me disparé demasiado rápido ⎯y encima estaba con audífonos, escuchando a The Kills, unaware that I was about to be killed!

Mi paso resuelto informó al motociclista en un solo segundo de mi completa ignorancia de la situación. Sería él quien tendría que hacer la maniobra para no matarme (o a ambos) porque yo no tenía intención alguna de parar. Así lo hizo, literalmente in the nick of time because he nicked my leg. Fue una ráfaga de luz frente a mí y luego la avenida, vacía como un segundo atrás. Me detuve solo por un momento y busqué confirmación a mi derecha. Sí, una moto tambaleándose y retomando la carrera. Well… shit. Casi me parten en dos.

Entonces me percaté ⎯periféricamente porque jamás volteé⎯ de la U de transeúntes que se había formado detrás mío y sólo ahora empezaba a avanzar. Gente que se quedó petrificada pensando que presenciaría mi Final Destination de la vida real. «¿Se te acercó alguien?», preguntó una de las paramédicas. «¡¿Crees que iba a parar?!», le respondí. «¡Seguí caminando con la frente en alto y no cojeé hasta que le di la vuelta a la esquina!». Primero muerta que humillada. Ante todo, dignidad y orgullo gay.

«¡Pero me crucé con David Duchovny!», sonreí.