Los Juegos del Hambre

1 de abril de 2020

Día número quién sabe del encierro.
Tal como se sospechaba, el presidente extendió la cuarentena en Perú otros trece días. Sé que fue hace poco pero no recuerdo cuándo. Tampoco sé en qué día vamos ⏤o en qué día estamos, for that matter.

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Son las 11: 51 pm. Estoy escuchando Take Yourself Home de Troye Sivan en repeat. Con seguridad este post no saldrá hasta muy pasada la medianoche, así que la fecha de publicación no coincidirá. Me enfurece porque soy muy Virgo. Saber que voy a publicar algo que diga “es 1 de abril” el 2 de abril me pudre por dentro. But we’re in it now. No puedo echarme para atrás.

Estoy aquí porque no puedo dormir. No por falta de sueño, aunque efectivamente no tengo sueño. Sino porque hace menos de dos horas bajé a la cocina y encontré arroz y salsa huancaína. Me dio flojera picar mis verduras y descongelar mi pollo para preparar la misma cena que, literal, siempre como. Mi ex enamorado se sorprendía de mi capacidad para comer siempre lo mismo. “Yo como porque tengo que”, respondí. “No porque lo disfrute” (esto será importante después). Le eché la huancaína al arroz, le tiré un mega huevo “frito” ⏤compuesto por tres claras y dos yemas, sin aceite porque mi sartén es buena⏤ encima y me lo tragué. No podía irme a dormir aún. No así. Abro el vino.

Me acabé media botella, mi límite, hablando por teléfono con Chio hace un rato. Pasé a limonada y con la limonada sigo. Hace calor. Me acabo de sacar el polo. Troye sigue cantando. Evité mirar abajo al principio, pero hacer lo que no se debe siempre es más rico y más fuerte. Me miro, pero no me estudio. Es lo que esperaba encontrar, así que no necesito detenerme. Estoy bronceado de todos estos días de encierro bajo el sol. Un privilegio, lo sé. Estoy inflado de arroz y huancaína también. Cambiaría mi jardín privilegiado por genes privilegiados, que no se inflan nunca. Girls that eat pizza and never gain weight, never gain weight.

La semana pasada ⏤o antepasada, quién mierda sabe a estas alturas⏤ leí un artículo de Buzzfeed News sobre cómo la cuarentena está poniendo en riesgo la recuperación de personas con desórdenes alimenticios. Como dije en mi post anterior, me sentí mega identificado. De hecho, no fue hasta que leí el artículo que me di cuenta que se me estaban desbaratando las pilas del puente.

Adriano, a quien mencioné en el post y lo leyó, me preguntó si era en serio, si todavía los tenía. “Yo lo veo así”, le dije. “Es algo que se supera, pero nunca se va”. Me sorprendió que me pregunte porque pensé que lo sabía. Nunca he tenido mayor problema en hablar de esto y a veces, cuando uno no tiene problemas en hablar de ciertas cosas, cree que ya se las dijo a todo el mundo. Guess not! Pues bien, mi caso no es tan severo como el de las personas del artículo. No obstante, esa primera línea resuena mucho en mí: “On a good day, I don’t think about food much”.

Toda mi niñez tuve esos genes privilegiados que nunca se inflan de los que hablaba. A los siete años me cerraba ropa de cuando tenía cuatro. La camisita me llegaba a la cintura y el short parecía de puta, claro, pero todos los botones cerraban. Mi hermana, que de chica era más propensa a engordar que yo, dijo alguna vez que ella debió tener mi cuerpo y yo el suyo. Me encantó saberme secretamente la regia de la familia. “Una alegría privada y cortita”, como diría mi vv. Entonces llegó la pubertad y a la maldita se le cumplió el deseo. Todo se fue a la mierda.

Al principio no lo noté. Sabía que los adultos me veían diferente ⏤me atacaban con esas frases asquerosas, “está echando cuerpo”, “está maceta”⏤, pero no entendía cuánto había cambiado realmente. Después de todo, no había engordado, me había ensanchado. Si hubiese sido un niño activo, hubiese sacado músculos en dos segundos. La carne estaba allí, lo que faltaba era el ejercicio y cómo odiaba hacer ejercicio entonces. De muy chico los deportes no me interesaban, de más grande entendí por qué. ¿Hay algo más aterrador para un pequeño gay que una pelota deslizándose hacia él y un “¡oe, pásala!” de algún hetero sin bañar? GAY PANIC.

Obviamente no puedo echarle toda la culpa a ser gay. Hay cabras que practicaron deportes en el colegio y straights que no jugaron nunca una mierda. Variedad, como todo en la vida. Digamos que, en mi caso, era 80% por gay y 20% por flojo. Quizá 70/30. Soy bien flojo y lo era aún más. But I digress. El punto es que no sabía que había subido de peso hasta que el hijo de una prima, a quienes jamás veía porque pertenecían al lado de la familia que de chico quería evitar porque era un snob de mierda, me lo dijo. “Un poco más y tienes tetas”. Click. Fue instantáneo, el abrir de ojos. Fulminante.

Los siguientes meses emprendí una especie de anorexia DIY. No tenía mayor información al respecto ⏤digamos que internet no era lo que es hoy⏤, pero los principios son muy básicos. Si no comes, no engordas. Simple. Recuerdo que “mi mayor hazaña” fue desayunar un viernes antes de ir al colegio y no volver a comer hasta el desayuno del lunes. Fue sorprendentemente fácil. Regalar la lonchera del viernes, llegar a casa diciendo que ya había almorzado, no comer esa noche y salir todo el fin de semana a las horas de comer. Nadie se percató de nada y no estuve obligado a probar bocado hasta el lunes. Lo hice solo una vez y no hubo necesidad de repetir. Para entonces, ya había vuelto a mi peso “normal” a punta de ya comí’s y otras proezas menores.

Cuando recuperé mi peso, recuperé también mi cordura y mantuve ambas lo mejor que pude por varios años. Pero mi relación con la comida no volvió a ser la misma. Disfrutarla, en serio, como antes, me era imposible; mientras que todo lo que no debía hacer ⏤dejar de comer o limitar lo que comía⏤ me resultaba más natural. De hecho por mucho tiempo no sentí hambre. Tuve que reinstalar en mi cuerpo el mismo software que le borré. Me comprometí conmigo mismo a siempre comer mis tres comidas a la misma hora. Funcionó. Mi cuerpo recordó el hambre y en adelante no tuve que preocuparme tanto. Pero nunca dejé de pensar en la comida. No del todo. Como dije, es algo que, si bien se supera, nunca se va.

Algunos años más tarde salí del colegio a la universidad y, un buen día, el primer chico del que me enamoré, con quien tuve una relación clóset espantosa, me dijo muy suelto de huesos y al oído, “qué bueno que seas tan flaquito”. Rodeó mi cintura con esos mismos huesos sueltos y concluyó: “porque es como abrazar a una flaca”. Click. Se podrán imaginar la etapa que vino después. ¡Felizmente siempre he sido pésimo en matemáticas! Eso realmente previno que me vuelva uno de esos maniáticos que cuentan calorías, mi línea límite. Según yo, si caía en ese juego, estaba oficialmente enfermo. En fin, pasé todo ese tiempo pensando que si engordaba, me iba a dejar y me dejó igual. Volví a comer normal.

Salí de esa relación deprimido como la mierda, pero gay, muy gay. Uno de mis amigos de facultad salió del clóset casi detrás de mí. Se volvió mi mejor amigo y yo me volví más gay. Conocí a otros gays. Me volví re gay. Empecé a compartir mis experiencias de discriminación con esos otros gays, descubrí que tenía mucha rabia contra la matriz heterosexual. Me volví anarco gay. La empecé a pasar mejor y a tener sexo, así que dejé de preocuparme (tanto) por el enemigo heteropatriarcal opresor y decidí concentrar mis esfuerzos en la conquista homosexual. Me metí al gimnasio. Me gradué de gay.

Me costó al principio, pero rápidamente el gimnasio se convirtió en mi pasatiempo favorito y aliado número uno para controlar mis desórdenes. Sé que en cierta forma es cambiar un TOC por otro, pero no soy vigoréxico ni me inyecto esteroides, así que creo que esto es ene más saludable. No hago más de lo que puedo, no me siento obligado a ir todos los días y genuinamente disfruto mi tiempo allí. Sí, funciona como una especie de permiso. Ir regularmente me ayuda a sentir que “puedo comer lo que quiera”, pero eso no quiere decir que si dejo de ir, dejo de comer. Me lesioné en noviembre del año pasado y casi no he ido desde entonces y aquí estoy, comiendo helados en Miss Cupcakes y ramen cada dos por tres. Pero saber que siempre puedo volver a entrenar, me recuerda que el peso sube y baja y que “todo estará bien”. Salud 1 – Desórdenes 0.

Por otro lado, mi cuerpo de 30 no es mi cuerpo de 20. Conforme he ido envejeciendo ⏤y porque contraté a un personal trainer que me armó una⏤ he tenido que aceptar que la dieta sana es lo más importante. No podría estar tan campante sin ir al gimnasio desde el año pasado si no supiera que estoy comiendo bien. Al principio me obsesioné con la dieta y vi mis abdominales por primera vez, claritos como estas letras. Pero me había privado de varias cosas, así que relajé la mano y nos despedimos. Está bien, me gustaban pero hay concesiones que no estoy dispuesto a hacer. Con eso aprendí que yo decido qué quiero y con qué me siento cómodo. No TENGO que ser uno de esos conchasumadres perfectos de instagram, que encima tienen el cuajo de tomarse fotos comiendo pizza o desayunando panqueques. Igual si me provoca, me aplico con la dieta y el gym y me acerco. El punto es que ya no me engañan. Por más genéticamente bendecido que seas, sé que la pizza de esa foto es una excepción. Ese panqueque no es la regla. Salud 2 – Desórdenes 0.

La tercera pata de mi salud mental son mis amigos. “Yo como porque tengo que, no porque lo disfrute” le dije a mi ex una noche en Brooklyn. Era cierto. En cierto modo es cierto aún, pero he aprendido a disfrutarlo de nuevo. O sea, hay cosas que simplemente SON ricas. ¿Un lomo saltado (con papas Y arroz)? ¿Un pollo tikka masala? ¿una pasta cuatro quesos? DELICH. Pero cuando uno tiene una relación complicada con la comida, la culpa siempre está sentada en la silla de a lado. A menos que… alguien tome su lugar. Cuando me provoca comer algo como esto, que escapa de mi dieta regular, simplemente salgo a comer con alguien. No limito la frecuencia, porque siempre me provoca ver a mis amigos ⏤if anything, la billetera me limita más que mis issues. Pasarla bien mientras como me hace disfrutar lo que como. Sin culpa alguna, además, porque sé que es la excepción en mi dieta y que siempre puedo entrenar otro día. Salud 3 – Desórdenes 0.

¿Qué pasa ahora con el coronavirus? El artículo de BuzzFeed News señala que la cuarentena está desbaratando las rutinas y rituales de todo el planeta, pero en el caso de las personas con desórdenes alimenticios, estas son cruciales para su recuperación. Doy. Fucking. Fe. Si bien los casos del artículo son mucho más serios que el mío, compartimos la misma ansiedad. En este momento, los tres bastiones de mi salud mental con respecto a la comida ⏤ejercicio frecuente, dieta regular y amigos⏤ están trastocados por el encierro y estoy enloqueciendo.

Es cierto, no estuve yendo al gimnasio durante un buen tiempo y me he sentido relativamente tranquilo al respecto, pero cero gym no significa cero actividad. Antes de enclaustrarme, montaba bicicleta a todas partes. Salía todos los días por lo menos un rato y eso me daba tranquilidad. Ahora con suerte me dejan ir al supermercado cada cierto número de días. Además, desde que empezó la cuarentena global, el número de influencers de gimnasio y #fitspirations se ha multiplicado por toda la población. Hoy son una fuerza ineludible. ¡Quién hubiera imaginado que el mundo entero tenía un gimnasio en casa y que sentirían un llamado ético a compartir sus rutinas y recordarnos la importancia de ser productivo y mantenerse activo y bla, bla, bla! Esa presión extra no existía en mis días de solo montar bicicleta. Salud 2 – Desórdenes 1.

Asimismo, mi dieta se ha convertido en daño colateral de esta cuarentena, debido a un agente externo con el que no contaba: mi mamá. Mi madre, que andaba dando vueltas por Australia y alrededores, regresó a Lima justo a tiempo para la cuarentena y decidió pasarla en la casa conmigo, en lugar de ir al departamento de mi abuela, donde ha vivido los últimos años. Cuál es el problema, preguntarán. Pues que ahora hay elementos en la cocina que, cuando vivía solo, no estaban presentes. Como por ejemplo, el arroz y la huancaína que me tragué en la noche, cereales de chocolate o una cantidad ABSURDA de galletas de soda ⏤en serio, me ha forrado la casa de galletas de soda, ¡no lo entiendo!

Podrías controlarte y no comerlo, dirán y estarán en lo cierto. Podría. Pero antes no tenía que preocuparme por ello porque, sencillamente, no había alternativa. Mi casa solo tenía exactamente lo que yo comía y nada más. No había nada que pensar, solo que hacer. Cualquier otro antojo implicaba involucrar a Rappi, lo cual me hacía desistir con frecuencia. Ahora en cambio me encuentro con otras cosas que están fuera de la lista y me provocan. O peor, simplemente me vencen porque ya están preparadas y listas para comer, versus mis verduras sin cortar y mi pollo sin cocinar. ¡Es bastante más sencillo seguir una dieta cuando todo lo que tienes en casa son los ingredientes de dicha dieta! Ahora existe una nueva tentación, ya sea de sabor o conveniencia, que me obliga a hacer precisamente lo que no quiero: PENSAR en la comida. Salud 1 – Desórdenes 2.

Finalmente, la parte más obvia. Si estoy encerrado en casa con mi madre, bajo toque de queda y con Miss Rona corriendo salvaje, no puedo salir a comer con mis amigos y continuar con mi estrategia de disfrute gastronómico. Por el contrario, estoy aislado, intentando concentrarme en seguir mi fucking dieta y hacer ejercicios en mi casa de galleta de soda cada vez que veo a esas malditas cabras en instagram o me miro al espejo y me siento fuera de forma. Salud 0 – Desórdenes 3.

UGH. De verdad me llega al huevo. Me ha costado mis buenos años alcanzar cierta tranquilidad con el tema, llegar a una tregua con la comida, y siento que poco a poco esa paz se está yendo al diablo. La factura emocional se hace más cara con cada día de aislamiento y la real también, ¡porque me estoy tirando un huevo de plata en vino para olvidarme de todo esto!

Sé que no es la manera más sana de lidiar con mi ansiedad, pero cuando tus peores instintos son second nature… atontarse con un poco de vino, que además últimamente me da un hambre radical, suena como el menor de los males. Whatever keeps me from slipping right back into queen Cassie territory.

Announcement of an announcement

Miércoles 25 de marzo de 2020.

Es el décimo día de la cuarentena general en Perú.
Es el lanzamiento de Break My Heart de Dua Lipa en el mundo.
Es el cumpleaños de Adriano (feliz día, bebé).
Si nos queremos poner serios, es también el primer día de cuarentena general en India, la reclusión más grande y severa hasta el momento.

Con el ingreso de India a esta desgracia ⏤alrededor de 1.3 billones de personas que se enteraron con solo cuatro horas de anticipación que estarían encerradas por 21 días⏤ ya somos más de un tercio de la población global en algún tipo de aislamiento. MÁS. DE UN TERCIO. DEL MUNDO. QUÉ.

Fun fact, por si no quieren leer el artículo: ¿sabían que en Colombia se ha pedido a todas las personas mayores de 70 que se queden en casa HASTA MAYO? Yo me acabo de enterar y estoy chúk. Aunque aquí ya circulan los rumores de que nuestro arresto domiciliario se extenderá hasta pasada Semana Santa. De ahí a mayo no hay mucha diferencia.

A juzgar por lo que veo en redes, las conversaciones que he tenido y mi propia experiencia en el encierro, la verdad es que es buena idea. La gente está tan desesperada por volver a la normalidad que, si nos sueltan la otra semana, sanos y enfermos vamos a salir a comer, chupar, bailar y tirar a la vez. En tres días, nos fuimos todos a la chucha.

Si bien el mundo entero, con justa razón, está mirando al Perú como un ejemplo de manejo de crisis y elogiando a Vizcarra por su rápida respuesta, todos aquí sabemos la verdad. Si Perú (que no es Lima) enfrentara una crisis de salud como la de Italia, se nos muere la mitad de la población CON SUERTE. No estamos equipados para sobrevivir algo así y el gobierno lo sabe, por eso ha puesto todas sus balas en la cuarentena. We simply can’t afford the risk.

Si hay que quedarse encerrado un mes más, ni modo. Hay que comérsela. Por cierto, ¡yo vine aquí a contarles algo completamente diferente! Relacionado, claro, pero diferente. Se suponía que iba a escribir sobre cómo la cuarentena afecta a gente con desórdenes alimenticios, a raíz de un artículo de Buzzfeed News (que es menos mierda que Buzzfeed, ojo) que leí hace unos días y me hizo sentir SEEN AF.

Ni modo, esto ya se hizo muy largo como para recién empezar aquí. So… consider this an update? ¿O un recordatorio de que esta noche sale el nuevo single de Dua? ¿O un saludo de cumpleaños para Adriano? Lo que quieran. Igual haré lo de los desórdenes alimenticios pronto. Quizá hoy, incluso.

In the meantime, los dejo con este otro fun fact sobre el día de hoy para volver a la muy necesaria levedad:

Un 25 de marzo hace diecinueve años, nuestra Living Legend, Exceptional Earner e inesperada reina del Comunismo, Miss Britney Spears, apareció en su primer comercial de Pepsi, el cultural reset que hoy conocemos como Joy of Pepsi.

Iconic.

Evil twin (2018)

Branches and roots 
create impossibly tall trunks
as they race towards 
a vastness of their own. 

Four-second rule (2018)

My contribution, at the time and at the table, was the four-second rule. If you can sustain eye contact with somebody for over four seconds, you have one foot in the door.

In my experience, this is true every time. Think of people you’ve crossed paths with on the street. You look at them, they look at you; that’s second one. Then, one of these things will happen:

Two seconds: They/you will look away.
Three seconds: They/you will stop and consider, ultimately looking away.
Four seconds: You’ve gone the distance. Whatever happens next will depend on a number of factors, but at the very least you know they’re not indifferent to you. Whoever’s brave enough could crack a smile and see where that takes you.

I said “in my experience this is always true” but considering the company I was keeping, I should’ve specified it’s a gay male experience. It is how you spot straight men as a homo. They won’t make it past second two. They’d be terrified to look at another man for longer than it takes them to recognize him as friend or size him as foe.

But, it is also how you spot the gays. They will either make it to second four or let you know in no uncertain terms just how unattractive they find you by second three. “But women are different”, I continued. “They weren’t taught to fear closeness with one another, even though society sure seems hell bent on pitting them against each other”.

I can’t empirically know if this works between women for it is precisely the way men have been brought up in this bullshit patriarchy that makes the four-second rule a rule. The lesbians agreed, but seemed disappointed.

⏤ What about straight men?
⏤ You know how they swipe right at every single woman on Tinder? Like that, but with their eyes.

Also, who cares.

Dear diary (2018)

When I get down I miss my boyfriend
I know it is unfair
When I fuck up I miss a boyfriend
I never wanted there
‘Cause morning always comes
and bodies, they go home
or get thrown in the lake
in the middle of the bed.

Special needs ✝︎

Just 19, a sucker’s dream. I guess I thought you had the flavor.
Placebo

 

 

“Creo que es obvio lo que va a pasar”, susurró Efra. Efectivamente, lo era, pero incluso cuando su aliento ya se condensaba bajo mi nariz ⏤aprendí escribiendo esto que ello se llama surco nasolabial⏤, yo tenía motivos para desconfiar. “No, ¿qué?”, le pregunté bajito, volviendo todo mi cuerpo hacia él, sonriendo, más cerca. La pregunta no era necesariamente retórica. Mi intención era corroborar que no estaba equivocado y al mismo tiempo prolongar el jueguito que él había iniciado.

Es posible que Efraín haya interpretado mi pregunta de forma incorrecta. Es decir, como reflejo de ingenuidad más que de incredulidad. No es de extrañar. Solo me llevaba dos años, apenas un erastês, pero se le paraba al infantilizarme. Le encantaba ser el hombre maduro de la relación, el maestro, el amo. Lo era, hasta cierto punto, pero en esta instancia se equivocó. No pregunté por inocente, ya había tenido mi primer beso con un chico del colegio a los quince. Sencillamente me costaba creer que después de tanto tiempo por fin aceptase que también estaba enamorado de mí (una interpretación bastante cándida y errada, debo admitir).

Esa noche, cuando nos acostamos, no podía suponer que iríamos más allá de la amistosa rutina que hasta ese momento habíamos mantenido por meses. Acostarnos, abrazarnos, dormir. Las posturas podían cambiar, pero la práctica era siempre la misma. Desde la primera noche en que sus delgados brazos envolvieron mi cuerpo y su cara barbuda descansó sobre la mía, siempre acostarnos, abrazarnos, dormir.

Ahora, durante esos primeros meses de acunarme, yo aún era menor de edad. Es posible que mi situación legal haya sido un hecho crítico para Efra y yo no lo haya sabido. Después de todo ya me había dado un pico antes, la mañana después de su cumpleaños. Quizá no era el momento, no se sentía listo. O no me quería tanto. ¿Y ahora sí? No lo supe entonces y aún no lo sé. Nunca pregunté. Quizá nunca me quiso en lo absoluto, ni siquiera entonces. No como pareja. Ya da igual.

Solía lamentar no recordar cuándo pasó. Me parecía inconcebible que algo tan importante hubiese pasado tan desapercibido. Las verdaderas sorpresas son imposibles de sujetar, supongo. Así nuestro primer beso ocurrió una noche sin marcar y se escurrió por las casillas del calendario hacia los márgenes y, eventualmente, fuera del tiempo. Hoy ni siquiera podría calcular un intervalo. No podría decirles si era invierno o verano, dos mil dos o tres. Creo que fue lo mejor, de lo contrario habría celebrado patéticos aniversarios mentales durante años y fumado en exceso. Por esas fechas fumaba todos los días y, si estaba ansioso o deprimido, todas las horas.

Imposible separar ese día de cualquier otro. Nos habíamos juntado por la tarde-noche después de que yo viera a mis amigos en el café, como era nuestra costumbre. Efraín odiaba un poco a mis amigos. En parte porque mis amigos odiaban un poco a Efraín. Creo que en el fondo simplemente no le gustaba compartir mi atención. “Por qué saldría con ellos si yo, infinitamente más interesante, estoy aquí”. Efra, como cualquier narcisista, era posesivo en ese sentido. No me molestaba, yo quería dejarme poseer y me supe dividir. Nunca dejé plantados a mis amigos, a pesar de que realmente no hacíamos nada especial.

Empecé a llevar mi mochila al café. Mis amigos nunca preguntaron por qué, así que no tuve que confesar que llevaba mi pijama y el estuche de mis lentes de contacto para dormir en casa de Efraín. Esa época fue, digamos, la mejor. Efra y yo íbamos muy bien, progresando cada día, casi hasta donde yo quería. Hasta que sus miedos reaparecían y tomaba distancia de mí. Lo que entonces consideraba una maldita indecisión, terror a salir del clóset y ahora, tantos años más tarde, no sabría nombrar. Exploración o cariño o infatuación o carencia. Algo monstruoso y cálido, cómodo e imposible de asir, que como viene se va. Sin explicar.

¡Estúpido de mí buscar explicaciones! Yo sabía las reglas: Efra me daría lo que pudiera necesitar, tácitamente y hasta un punto. Pero si cruzaba la línea, si buscaba que me dijera que me quería o me lo demostrara, se lo diría o demostraría a alguien más. A una mujer. Cualquier mujer. Hasta que aprendiera la lección, hasta que comprendiera mi lugar histórico: Hefestión, no Roxana.

Pero Efraín no era ningún idiota, nunca me empujaba más allá de su campo de acción. Yo en cambio sí era un idiota, me alejaba sin decir nada, sintiéndome perdedor, pero nunca me iba. Sabía que debía dejarlo, pero no podía. Estaba horriblemente enamorado de él, despojado de agencia y poder. Para entonces tenía clara mi única jugada: Efra me decía lo que quería escuchar cuando sentía que podía perderme. Así que yo me perdía constantemente, pero nunca de vista.

Esa tarde que no recuerdo llegué a su casa del café. Sí recuerdo, sin embargo, que estaba feliz y triste de verlo al mismo tiempo. Cansado. Demasiado para mis diecisiete. Nos acostamos a ver televisión, a conversar. Hablamos de las mismas cosas, nos reímos de los mismos chistes, nos miramos con los mismos ojos. Estábamos cómodos el uno con el otro, habíamos llegado a un lugar envidiable que no me hacía menos doloroso el estar juntos. Quizá porque sabía que era una ilusión, un holograma de felicidad. Entonces, algo cambió.

Cuando apagó las luces, se quedó observándome con singular facilidad. Yo apenas podía discernir el contorno de su cara trazado a mano alzada por la luz de la calle. Echados cara a cara, hablando de nada, hubo un imperceptible giro de curso. Había tomado una decisión que, incluso en el susurro, robustecía su voz. Se acercó serpenteando sobre sus hombros, sonriendo como si supiese algo que yo no, sin interrumpir la conversación. Sentí sus palabras palidecer, él ya no estaba detrás de lo que decía. Se acercó más. Su voz era un murmullo, podía sentir su respiración sobre mis labios. Entonces entendí, pero no lo creí. Se acercó aún más.

“Creo que es obvio lo que va a pasar”, susurró Efra, rozando mis labios al hablar. Ese primer contacto, casi imperceptible, me encendió de pies a cabeza. La cabeza me estallaba, estaba petrificado. Cómo sentir sus labios un poco más si no puedo moverme. ¡Está ocurriendo, huevón, no lo puedes perder! Nunca he pescado en mi vida, pero asumo que esto es lo que siente quien saborea la real posibilidad de pillar un aguja azul.

“No, ¿qué?”, le pregunté bajito, intentando prolongar el juego, rozando sus labios con los míos. “Ah, ¿no sabes?”, sonrió, causando que sus labios se retiren de los míos involuntariamente. “No te hagas”, añadió inmediatamente, reubicándose y mordiendo mis labios con los suyos. No supe qué más decir, pero no hizo falta. Después de retrasar el momento al máximo posible, algo casi tan delicioso como el acto en sí, Efra se arrojó sobre mí con tierna violencia y me dio el mejor beso de mi joven vida. Por muchos años, el mejor que nadie me haya dado jamás, porque era mi primer amor.

Le devolví el beso con la intensidad de quien había esperado toda su vida por él. Efra me abrazo, me puso sobre él y me besó con fuerza. Rodamos por toda la cama, empujándonos y acercándonos, casi a golpes, casi en guerra. Nos abandonamos el uno en el otro y, de pronto, no supe si era un beso o un exorcismo; la máxima lucha con nuestros demonios, con nosotros mismos, con lo que siempre quisimos hacer y nunca hicimos ⏤o eso quise pensar.

No sé lo que él podría haber sentido por mí, pero sé que aquella noche explotó. Lo besé una y mil veces y él a mí, hasta quedar exhaustos, sedientos, hasta que llegó la mañana y me quedé dormido con los labios partidos sobre su pecho, oliendo su cuerpo, que me fascinaba. Tenía un aroma que era solo suyo y, en ese momento, mío. Fue todo lo que siempre quise que mi primer beso fuera. Desde ese día supe que siempre me enamoraría por la nariz.

Cuando nos despertamos pasadas las 10 de la mañana, aún estaba en sus brazos. Fue uno de los pocos momentos donde Efra fue realmente tierno conmigo, sin cuestionarlo, sin pedir nada. “Carajo, ¿nos habrán escuchado arriba?”. Nos reímos como dos niños que acababan de ejecutar una travesura magistral pero no podían asegurar el triunfo aún. Efra salió a revisar los alrededores. Volvió con el desayuno y el reporte: todo calmado.

Esa mañana no me vi al espejo, Efra no tenía uno en su habitación; pero estoy seguro de que mi cara de imbécil enamorado era imposible de camuflar. Sabía que no podía enfrentar a su familia con ese gesto ahuevonado, con el beso estampado en la cara como la marca de Caín. Le pedí que abriera la puerta del garaje, que era la entrada privada a su cuarto. Lanzó una pequeña carcajada como burbujas. “Eres un ridículo, ¡sal por la puerta!”. Insistí que no podía. “Qué pobre diablo”, accedió.

Abrió el garaje con dificultad, posiblemente por primera vez desde que se mudó de habitación. Una barra de sol le borró la nariz por un momento, mas no la sonrisa de oreja a oreja. “¿No te sientes un toque como una puta saliendo por el garaje?”, escuché mientras mis ojos se ajustaban al Nuevo Mundo. Sentí mi sonrisa dibujarse dulce y pesada, le di un beso en la mejilla y me fui sin decirle más. Esto es, pensé. Él es, por fin.

Qué pobre diablo, indeed.

 

✝︎ La versión original de esto fue “publicada” el 9 de julio de 2007 en un blog oculto que jamás compartí. Me daría extrema vergüenza compartir un texto de mi yo de 22 años, así que la edité. Sorry about it. No obstante mantengo el título original porque amo esa canción de Placebo y el pseudónimo que le di a mi primer amor porque Efraín me gusta más que su nombre. Also, para no quemarlo. Aunque ya pasaron casi veinte años, relájate, William. It was really nothing.

36 Sutton

Una foto de Instagram se lame la mano y me abofetea, dejándome así, aturdida, pesada, babosa. Ni siquiera es una foto de lo que yo creo que es, pero la punzada es astuta. Encuentra su oportunidad de perforarme el pecho en esa rendija de tiempo donde no leo claramente lo que se me presenta, sino que me enfoco en un único elemento que reconozco ⏤o deseo reconocer⏤ y completo los espacios con mi propia información incorrecta, y se lanza a por mí sin temor alguno, con la precisión absurda de una bala que atraviesa las hélices de un helicóptero en movimiento. ¿Es eso siquiera posible? No lo sé, pero para cuando descifro la imagen frente a mí ⏤no, esa no es la puerta de tu habitación, esa no es tu sala, esto no es 36 Sutton⏤ ya es tarde. I’ve been hit. De cuántas pequeñas desgracias personales será responsable esta red de mierda.

Mi antiguo cuarto fue, con seguridad, la antigua sala de alguien o quizá una biblioteca. La distribución del departamento sugeriría que lo que mi compañero de piso ⏤el primero⏤ y yo acondicionamos como sala era realmente el comedor, separado de la cocina por una pequeña barra alta. El dormitorio principal, que cambió de ocupante más veces de las que hubiera deseado en los dieciocho meses que viví en 36 Sutton, era en realidad el único dormitorio, con vista al jardín y convenientemente ubicado al final del pasillo, junto al único baño. ¡Pero quién puede pagar un one bedroom para sí en esta economía! Si tiene paredes y una puerta, es un dormitorio. De hecho, para algunos neoyorquinos, cuyos dormitorios consisten de cortinas o biombos u otras atrocidades, esto es un lujo.

Concluir que mi habitación no era un verdadero dormitorio resultaba bastante sencillo. Para empezar, tenía su propia entrada al departamento, ubicada exactamente al lado de la puerta del edificio y al pie de las escaleras. Todas las mañanas escuchaba el zapateo de mis vecinos, los más jóvenes, bajando a toda prisa y tirando la puerta detrás de ellos. No me molestaba en lo absoluto, toda la carrera se desarrollaba en menos de diez segundos. Además, mi situación anterior había sido infinitamente peor. De hecho, me mudé cuando temí que la rabia y desprecio que sentía por mis vecinos de arriba me llevaría a matarlos. O al menos a uno de ellos, el que tocaba la guitarra y cantaba ⏤horrible, I might add⏤ como si estuviera a estadio lleno y que una noche, después de pedirle que se calle, tuvo el cuajo de invitarme a salir.

La segunda pista de que mi habitación no era un dormitorio es que, además de la puerta de entrada, tenía dos amplias puertas que la separaban del resto del departamento. Es decir, una de mis paredes era una cuadrícula enorme de madera y vidrio partida por la mitad, la cual debí cubrir con esas cortinas que se enrollan para tener privacidad ⏤y para que mis compañeros pudiesen encender la luz de la cocina a mitad de la noche sin arruinarme la vida.

Mi dormitorio anterior, el que estaba ubicado debajo del cantante amateur, también tenía una segunda puerta, pero ésta daba a un pequeño balcón que se elevaba apenas sobre Havemeyer. Me encantaba, pero lo encontraba demasiado accesible para mi confort. La distancia entre la acera y mi balcón era tan ridícula que, cuando no me provocaba ir a la puerta, que estaba precisamente debajo del balcón, le pedía a los repartidores de comida que extiendan sus brazos y deslicen mi pedido entre las barras. También convencí a más de un mensajero de aventarme mis paquetes sin que yo tuviera que bajar. “I’ll catch it, I swear!

Un día coloqué la cara de Zayn Malik, recortada de la portada de PAPER y pegada sobre una cartulina, mirando hacia la calle desde uno de los angostos cristales de la puerta de mi balcón. Honestamente lo hice con fines decorativo-contestatarios. Había pasado junto a un departamento en N 7th cuya ventana estaba a la altura de mi cabeza y que a su vez contaba con la cabeza de Taylor Swift. Me gustó la idea, pero Taylor Swift me cae como el hoyo. Decidí responder haciendo lo propio, con una cabeza más hermosa, que lo mereciera más ⏤y la única que tenía a mi disposición en ese momento. Varias personas me dirían después que, cuando pasaban rápido, creían que había alguien espiándolos desde mi balcón. Así que cumplió un segundo objetivo, imprevisto y altamente apreciado: la ilusión de seguridad. Zayn se mudó conmigo a Greenpoint, pero esta vez acechaba a mis compañeros de piso y sus invitados desde uno de los cuadraditos de vidrio de esas enormes puertas que creí reconocer hace unos instantes en una foto de Instagram.

Puedo recordar cada detalle de ese departamento e imaginar perfectamente cómo se veía en 1936, cuando fue ocupado por primera vez, antes de ser renovado por completo y pintado de un blanco profiláctico. Veo una pareja sin hijos, posiblemente polaca, levantándose en el dormitorio principal, él camina menos de diez pasos al baño, ella prepara el desayuno en la cocina ⏤es 1936, after all. Quizá se lo sirve en la barra mientras ella toma café del otro lado, el que da a la cocina. Quizá en la noche cenan en el comedor y, si hace frío, se sientan en la sala frente a la chimenea, en esos sillones tapizados antiguos que ahora cualquier hipster querría tener.

Los imagino en esta rutina hasta el primero de muchos hijos. ¿Se mudarían a otro departamento? O quizá la idea de convertir ese one bedroom en un two bedroom fue suya desde el inicio. Lo dudo. Quizá se mudaron al tercer piso y uno de los hijos aún vive ahí. La señora polaca que veía algunas mañanas y nunca hablaba, pero sonreía. O el señor que solo vi una vez, de espaldas, saliendo del edificio, y que olía a ese tufo particular de anciano ⏤ que es por lo menos 15% orina. Fuck, I miss it. Nuestro hogar, no el olor a viejo.

La última señal de que mi dormitorio no era un dormitorio, por cierto, es que tenía una chimenea sellada, pintada por encima del mismo color que el resto de la pared.
La convertí en una pequeña repisa.

Dead like me

Tefa me dijo una vez que no podía quedarme en una relación por pena. Pero Tefa, que sufría de dolor crónico, también me dijo que planeaba viajar a Suiza o Suecia o algún otro país del Norte primermundista para que la mate un médico. Con esto solo quiero decir que la mesura no siempre acompañaba a Tefa, mas no dejaba de tener razón. Si el amor se evaporó y solo sientes lástima por la persona con quien estás, por qué no te irías. Si sufres todo el tiempo y existe un maravilloso lugar donde puedes comprar tu muerte, por qué no lo harías. 

La noche antes de partir a Nueva York por enésima vez no pude evitar pensar en ella y en su país nórdico asesino que no recuerdo. En parte porque cuando me dijo ambas cosas aún vivíamos –o sobrevivíamos– en Nueva York. En parte también porque días antes la vi en televisión. Tefa, viva aún. No sólo viva, sino bien viva. O viva bien. Y en parte finalmente porque sentía que, una vez más, mantenía una relación por pena: la que tengo conmigo mismo. Me preguntaba qué pensaría Tefa de ello. Eso sí, no siento lástima por mí sino por quien pudiera encontrarme if and when decidiera abandonar la relación

A diferencia de Alan García, no tengo enemigos a los cuales dejarles mi cadáver en señal de desprecio. Fue todo lo repugnante y corrupto que quieran, pero su nota de suicidio es épica. Virginia Woolf WISHES. Además, es la mejor génesis de villano para Federico Danton, que confío hará de Lima Ciudad Gótica algún día. De hecho, la corrupción nos ha regalado grandes momentos, si desean buscarle el lado amable. ¿La lamida de axila en la fábrica de humo televisada de Laura Bozo? Tan infame como icónica. ¿El vladivideo de Cuculiza —y los vladivideos en general— donde llama “malagua de mierda” a Carlos Ferrero y dice que “lo desaparecería ahorita”? A VILLAIN. ¿Fujimori cazando a Montesinos por todo Lima EN TANQUE? Vizcarra could never (espero).

En mi mucho más humilde caso, sin adversarios que vejar por última vez, me aflige pensar que quien me encontrase quedaría tristemente marcado. Difícilmente podría superar la nota de García, o sea que ni eso le dejaría. Sería mejor irse de viaje y sufrir un accidente, me esfumaría en una noticia. Entonces aquí estoy, en la segunda semana de mis 35 años, llegando al final de un viaje por tres ciudades gringas que emprendí específicamente para no terminar, cruzando los dedos para que algo me mate. No such luck.

Múltiples amigos, vistos antes de y durante este viaje, fueron advertidos de mis intenciones pero, por supuesto, ninguno me creyó. Hacen bien. Es poco factible que suceda. Sé que lo menciono con frecuencia (y pienso en ello muchas más veces de las que lo menciono), pero no tengo el impulso. Es como esa escena de Girl, Interrupted cuando Queen Winona le dice a Jared Leto que, una vez que la idea está en tu cabeza, te conviertes en una nueva raza extraña, una forma de vida que solo fantasea con su propia desaparición. “Make a stupid remark, kill youself. You like the movie, you live. You miss the train, kill yourself”. Déjenme decirles que es exactamente así. Pero en mi caso queda ahí. I’m a Virgo, I simply cannot quit.

En las ya varias semanas que llevo en ruta lo he imaginado unas cuantas veces pero siempre es un accidente, un “ojalá me chanque este camión, ojalá me muerda esta rata, ojalá me balee este Tr*mp supporter“. No podría ser yo la causa. Además qué horrible sería cortar conmigo mismo en lugares que he amado tanto, donde la he pasado tan bien. Sería como terminar una relación donde tuviste la primera cita o morir en tu cumpleaños. Es demasiado dramático, un mal guión. Aunque lo último siempre me ha gustado. Desde niño me encantaba ver el mismo día duplicado en las lápidas, no sé por qué. Quizá porque soy pésimo en matemáticas.

Esto no significa que no la he pasado mal aquí, entonces o ahora. Me han dicho más de una vez que reescribo constantemente mi pasado y tengo amnesia selectiva. Yo ya no lo noto, pero no dudo que sea cierto. Quién entiende los senderos de la negación. “Nunca recuerdas lo malo, en un año me vas a decir que la pasaste bien ahora y te voy a recordar esta conversación”. ¡Encantado! Significaría que sobreviví otro año de mierda. Igual no me veo diciendo que la pasé bien en 2019, ni en un año ni nunca.

Ahora que casi llego al final del camino y el prospecto de volver a Lima me mira a los ojos como el barril de una pistola, me pregunto qué esperaba de este viaje. Sabía que inevitablemente tendría que volver, que no podría lograr en un mes lo que no conseguí en doce. Era evidente que no recuperaría lo que alguna vez fue mío. Esta vez ni lo intenté. No estoy en condiciones para volver a experimentar ese fracaso en particular.

También sabía que no la pasaría tan bien. Volver aquí ahora no es lo mismo que volver aquí entonces, cuando éramos más jóvenes –siempre más jóvenes– y estábamos juntos. Un puñado de amigos en cada una de estas ciudades, pocos pero buenos. Hoy casi todos se han ido. Ahora Washington me resulta más insípida de lo que recordaba. San Francisco parece tener cuatro veces más personas sin hogar que la última vez que estuve aquí –leí que la cifra está cayendo desde 2015 pero la calle indica otra cosa. Me parece más sucia, menos amable, no sé. Por su parte, Nueva York sigue alimentando mi neurosis y habilitando mis comportamientos más cuestionables. Pero sigue ofreciéndome la invisibilidad que tanto me gusta. Una con otra.

Me da risa pensar que realmente esperaba tener la suerte de morirme y no tener que rehacer mi vida. ¡Qué flojo puedo ser! To my credit, though, tener que volver a una ciudad de la que solo quisiste escapar y empezar de nuevo no es un reto menor para el alma. Menos a esta edad. La sola idea… ugh. No sé por dónde partir, ya no sé ni qué me gusta. Solo puedo pensar en este tweet (felizmente, porque me alegra terriblemente). Pero ahí viene la fantasía de nuevo. “Make a stupid remark, kill yourself”. Bah, tranquilidad, no seré yo quien lo haga.

Además, si sobreviví los Panamericanos, trabajando dieciséis horas al día por dos semanas sin parar, explorando los verdaderos límites de mi salud mental, ya qué chucha me voy a matar. Después de esa experiencia de mierda, donde realmente contemplé cortarme el cuello del estrés mientras lavaba los platos, soy prácticamente indestructible. (Aunque estoy convencido de que esa huevada quebró físicamente algo dentro de mi cerebro).

Igual me alegra seguir vivo, al menos hoy, porque mañana veré a Avril Lavigne y si me chancaba el camión, me mordía la rata o me baleaba el extremista blanco, me lo habría perdido. Pero estoy un poco harto de siempre tener que ponerme metas para no tirarme por la ventana. “Tengo que llegar vivo a tal fecha porque tengo tal concierto en tal lugar”. ¿Otra gente vive así o soy solo yo? ¿A la gente le gusta estar viva, así, a secas? Sin ponerme una zanahoria por delante, yo no lo logro. Es un poco espantoso. Ojalá explote mi avión de regreso. 🙃

[Unfinished business] Entrega sin título

Me resulta fascinante que un cuerpo cómodo sepa siempre a dónde va. Físicamente, estoy caminando por Waverly en dirección a Union Square, como lo he hecho casi todos los días durante dos años. Mi mente se sabe innecesaria para la ejecución de esta tarea, así que desaparece. Volverá, intuyo, para evitar los charcos que se han formado en las pocas esquinas sin drenaje. Un cuerpo maquinal, mientras tanto, caminará veloz, por su cuenta. No podría decir siquiera que es mío.

Las ventanas idiotas por las que se fuga la consciencia son igualmente maravillosas. “Voy a Union Square. Union Square. Unión. Jirón de la Unión. Qué diferencia salvaje… Union Square y Jirón de la Unión”. Cruces y semáforos se sugieren apenas como murmullos. El aparato avanza. Charco. “Charco”. De pronto, el despegue es absoluto. Mi mente se disuelve en su propia traducción de un verso de Carson, que no tiene que ver con nada. “Estoy aprendiendo mucho en este año de mi vida”.

Me mudé hace algunas semanas de Williamsburg a Greenpoint, como antes de Lima a Nueva York, y de la casa de mis padres en Magdalena a mi departamento en Miraflores antes de eso. En cada tránsito gané ligereza. Reducirse a la mínima expresión implica decisiones rápidas, desapasionadas. He descubierto en mí una gran destreza para desmantelarme sobre la marcha y dejar atrás el excedente. No sabría decir si me da miedo u orgullo, o si todo lo que deseché era inútil. Puedo asegurar, sin embargo, que la veteranía no hace el asunto menos agotador.

Un escritorio, un armario, una cama desarmada. Dos maletas de ropa, una de zapatos, un par de cajas. El aire acondicionado y un pequeño calentador. La calefacción en el departamento de Williamsburg se autorregulaba desde las entrañas del edificio sin patrón alguno. “Tarde, mal y nunca”, diría mi padre si todavía hablara. Me compré una pequeña estufa para entibiar las tardes que el inconmovible edificio no consideraba frías. Pronto descubriría que la calefacción en Greenpoint funciona exactamente igual.

Me marché de Williamsburg un día sin lluvia, el único de esa semana. Era viernes y hacía incluso algo de calor. Recuerdo quitarme la camiseta para ensamblar mi cama. Semidesnudo, sentado en el suelo con una cerveza y mi caja de herramientas experimenté brevemente el placer incuestionable, indestructible de ser hombre, como lo entiende el mundo falocéntrico y que, por falocéntrico, irónicamente se me ha negado. Me reí porque las herramientas no eran mías, sino de una lesbiana. Qué diría mi papá si me viera. Nada, porque ya no habla, aunque entonces yo no lo sabía.

Encontrar una configuración de muebles con la que pudiera convivir tomó casi seis horas. Cuando todo estuvo listo, me acosté. Mis ventanas miran a la calle y tumbado sobre la cama estoy casi a la altura de los peatones. Algunos me clavan los ojos sin proponérselo, me descubren por error. Un ligero sobresalto ocurre del otro lado del cristal. Qué es esto, quién es esto. Se voltean tan rápido que casi no veo la vergüenza trepárseles a la cara. Por qué pensarían que me importuna, si tengo las ventanas abiertas. Sigo su trayecto con la mirada hasta que desaparecen del marco.

Hay una obsesión con el respeto a la intimidad en esta ciudad. Lo veo diariamente en el metro. Con frecuencia tropiezo con los ojos de alguien que se cruza e interrumpe mi tránsito hacia el vacío. Mi consciencia se ve forzada a retornar al artefacto para una maniobra de emergencia. A mí no me importa que me miren, si es sólo por curiosidad. Quizá es algo que descarté en las mudanzas. Cuál es mi concepto de intimidad ahora, en Greenpoint, después de dos años de vivir aquí, quitándome la ropa en más sitios de los que puedo recordar con más gente de la que puedo contar. Intimidad. La puerta cerrada. Intimidad. Greenpoint. “Estoy aprendiendo mucho en este año de mi vida”. Metro. Union Square.

Otra vez he llegado a la estación. Quiero decir “no sé cómo”, pero lo sé perfectamente. Lo que no sé es quién.

 

 

***

 

 

La cocina se arroja sobre mí y me envuelve en una película de grasa

 

de tu papá tiene hambre fríele una tortilla

 

de sírvele con su puré

 

de llévalo a la sala, que es de exhibición

 

y da miedo de noche

 

porque es más larga

 

y no te abraza.

 

 

***

 

Zaperoko – Llorarás.mp3

Hace diez días, más o menos, el video de una orquesta del Callao burlándose de un chico gay en el Aeropuerto Jorge Chávez reinó en internet. Straights, gays and in-betweeners por igual expresaron su opinión a viva voz. Yo… no. Ese día no quise detenerme en los comentarios de gente idiota que “entiende que es broma” y acusaba a la víctima de exagerar. Tampoco quise interactuar demasiado con Los Gays™ que, comprensiblemente, querían prenderle fuego al hombre en cuestión. No quería dejarme llevar por la pena y la rabia que, por supuesto, siempre me dan estas situaciones. De hecho, esa tarde almorcé con unos amigos y les pedí que no hablemos del tema.

Ese día puse esto en Twitter, intuyendo que con un poco de distancia podría aportar algo más útil a la conversación que “homofóbico de mierda, ojalá que [ inserte su peor deseo ]”:

Hubo algo que reconocí en el video, algo que había visto antes en otro contexto, y a ello me refería cuando dije que adelantar una opinión sin reflexión sería un desperdicio de recursos. Sí, créanlo o no, este individuo nos obsequió un recurso bastante didáctico para entender el aspecto más insidioso de la homofobia y la discriminación en general, pero no era el momento de mencionarlo. ¡Y cómo saber que, además, con el paso de las horas, este hombre se convertiría en the gift that keeps on giving! Primero, con sus “disculpas” públicas y luego con la separación formal de la orquesta, ¡sendas oportunidades educativas para la población!

Primero lo primero. ¿Qué fue lo que vi?

¿Por qué es importante?

Porque es exactamente lo mismo que esto:

No necesito explicarlo. Las imágenes hablan por sí solas.

El mundo ENTERO entiende por qué el segundo gif es increíblemente ofensivo. A nadie se le ocurriría defender a este señor por mofarse públicamente de un reportero con una condición congénita que afecta sus articulaciones. Nadie diría “ay, qué exagerados” y trataría de justificarlo como un chiste. De hecho, nadie dijo “qué gracioso es Donald Trump” en ese momento. NADIE. La condena fue súbita y unánime. ¿Por qué, entonces, todavía estamos tratando de sostener que con los gays es una broma? ¿En qué se diferencia el gif número 1 del número 2? En nada, señora. Es. Lo. Mismo.

Todos entendemos (o decimos entender) qué es la discriminación en abstracto, pero VERLO, in action and full swing, es otra cosa. Por eso me encantó que este ~caballero~ actuara para la cámara e hiciera exactamente lo que tenía que hacer: demostrar que una burla no es una broma, es un insulto. Pretender ridiculizar a una persona por ser gay, de color o de capacidades diferentes, puede ser muchas cosas –  agresivo, mezquino, repulsivo, mal intencionado – pero jamás un chiste.

Históricamente, además, las personas LGBT+ tenemos una relación muy particular con el insulto. Marcel Jouhandeau decía que “ser insultado es ser marcado en el hombro con hierro candente (…) Dejamos de ser lo que pensábamos de nosotros mismos. No somos más la persona que conocíamos, sino la que otros creen conocer, la que otros asumen así o asá (…) El insulto me informa que no soy como los otros, que no soy normal” (On Abjection, 1939).

En “Insult and the making of the gay self“, un excelente libro de Didier Eribon, el insulto es definido como el signo de vulnerabilidad social y psicológica que moldea las relaciones que uno tiene con los otros, con el mundo y consigo mismo. Qué clase de relación podemos tener las personas LGBT+ con el mundo que nos rodea si, “a través de la fuerza del insulto y sus efectos, descubrimos que somos personas sobre las que algo puede ser dicho, personas a quienes se les puede decir algo, alguien que puede ser observado o discutido sin posibilidad alguna de poseer eso que se dice”.

“Es como si la página de un libro se sintiera siendo leída en voz alta sin ser capaz de leerse a sí misma” – Sartre.

El insulto me mira de arriba a abajo y me quita lo que soy, dejándome lo que otro quiere imponerme en pos de dominarme. El insulto no me dice nada de mí mismo, es un poder que alguien quiere ejercer sobre mí. En primer lugar, el poder de herirme y luego, el poder de reducirme a una cosa, de ubicarme en una categoría inferior. No se equivoquen. ESE es el mundo en el que hemos vivido los LGBT+ desde que la Tierra es redonda. “Un mundo de insultos, rodeados de un lenguaje que nos delimita y nos señala”. ¿Pensabas que este chico exageraba al sentirse ofendido cuando le gritaron “tómatela toda”? Think again.

El lenguaje, amigos, importa. Nunca es neutral. Denominar algo tiene efectos sociales. “Es por y mediante el lenguaje que la dominación simbólica opera; a través de la definición – e imposición – de formas socialmente legítimas de percibir al y representar el mundo. Y en el insulto, es nuestro inner sanctum lo que se ve amenazado, nuestro corazón de corazones”.
And if you didn’t, now you know. 

Esto me lleva al siguiente regalo que nos dio este sujeto: las disculpas públicas.

Cuando vi el video de estos señores en Facebook, quedé tan impactado que tuve que reiniciarlo para tomar nota de la cantidad de idioteces que estaban diciendo. Desde “ha habido un malentendido” hasta “jamás quise ofenderlo”, pasando por “lo hice con la mejor intención”, mi favorita personal “yo pensé que estabas grabando porque te gustaba la joda” (¡insólito, csm!) y la infaltable “estamos contra la homofobia, tenemos muchos amigos, familiares…”.

Empiezo por esta última y quiero aclarar que los puntos suspensivos ni siquiera son míos. Los huevones dijeron esto TRES VECES antes de poder completar la oración y decir en voz alta que esos amigos y familiares eran, in fact, gay. Eh, no sé qué opinen ustedes, pero yo creo que si no puedes NI PRONUNCIAR la palabra “gay”, tienes algún tipo de problema con los gays. Y ni qué decir del resto de las letras de la comunidad.

Abro con esto porque quiero destruir de una vez por todas este maldito mito de que si tienes amigos gay no puedes ser homofóbico. BITCH, si hasta los gays pueden ser homofóbicos (googlee usted “homofobia interiorizada” y edúquese), ¿qué diablos te hace pensar que tú, por obra y gracia de conocer un gay, no puedes serlo? Newsflash: no hay que ser “matacabros” para ser homofóbico. La homofobia no es sinónimo de asesinato sino de discriminación… y la discriminación es más sofisticada e insidiosa que “vas a morir, maricón“.

La pseudo disculpa de este grupo incluía frases como “lo he hecho con la mejor intención”, “hemos estado en una chacota” y “los que nos conocen saben la forma en que nos bromeamos”. Perdón, ¿cómo te burlas de alguien con la mejor intención? ¿Cómo es insultar a un tercero una ~chacota~? (qué palabra repugnante). Peor, ¡¿CÓMO ES UNA EXCUSA decir que la gente que te conoce sabe que tu sentido del humor consiste en ofender a una minoría?! Esto, amigos, en tanto denigra a una persona homosexual, la reduce (o lo pretende) a algo y no alguien, la transforma en un COSA que puede ser comentada y discutida, es homofobia. Punto.

Si pienso en cómo podría invertir la situación, señores de Zaperoko, para que sientan en carne propia lo horrible que es ser discriminado por ser quien uno es, no se me ocurre otra cosa que la siguiente bajeza (y me disculpo sinceramente por la asquerosidad que voy a escribir). Imagínense que yo soy un racista de mierda. Que soy tan ignorante que con una mirada asumo que deben ser afro-descendientes y, al verlos esperando su avión hacia Arequipa, empiezo a rascarme las axilas, hacer ruidos de mono y reírme con mis amigos, ¿no se sentirían insultados? ¿No estoy acaso discriminándolos y ridiculizándolos por tener la piel más oscura que yo (algo que no solo es absurdamente normal sino que, además, escapa de su control)? Si se acercaran a cuadrarme y uno de mis amigos respondiera “pero si él también es negro”, ¿no se sentirían profundamente ofendidos e impactados por el desparpajo con el que soltamos algo tan aberrante? ¡Por supuesto que sí! Con toda razón.

“Ha habido un mal entendido”, declaró Mr. Sabroso. “Jamás quise ofenderlo”. Indeed, aquí hay un malentendido. Dos, de hecho, pero no los que él cree. El primero es que este señor honestamente cree que todo fue una broma. Pesada, quizá, pero broma al fin. Espero que quede claro, después de lo expuesto hasta este momento, que lo que hizo fue cualquier cosa menos una broma y sí quiso ofenderlo. ¿Por qué otra razón lo haría? Lo que no quería – y no esperaba – era que lo cuadren, que lo dejen en evidencia. Después de todo, no hay nada peor para el perro que ladra que que lo encaren y revelen que no muerde. Nada le duele más al “machito peruano” que quedar en ridículo y en ridículo quedó. Oh well! Llorarás.mp3.

El segundo malentendido llega por cortesía de sus compañeros de banda y es el último regalo que nos dejó esta vergonzosa situación. Tras la abrumadora respuesta de la gente, que obviamente no aceptó una disculpa tan estúpida, la orquesta – que horas antes lo respaldaba al cien por ciento – de pronto se sintió en la obligación moral de expectorar a Mr. Sabroso. Esto es, literalmente, un malentendido porque estoy SEGURO de que no entendieron por qué merecía ser expulsado. Seamos sinceros, lo sacaron para apaciguar a las masas. Lo botaron para no tener que enfrentarse a más escándalos públicos que sin duda les tocarían los bolsillos. No fue porque “están en contra de la homofobia”. No lo están, how could they be! Ni siquiera saben qué es. Lo demostraron con sus risas y complicidad cuando este sujeto hacía su show.

En mi opinión, es excelente que estas tres cosas hayan sucedido, una tras otra, exactamente como sucedieron y que, encima, ¡haya material audiovisual! Son sendas oportunidades para educar a la población sobre lo que constituye un acto homofóbico, una micro-agresión (aunque ni tan micro) impulsada por el prejuicio. Más importante aún, aclarar por qué esto no es, no puede ser y nunca será “solo una broma”. ¡Pero este es el Perú! No podía faltar el cuarto acto, donde todo se va a la mierda.

Al “Wasap [sic] de JB”, o como se llame ese programa, no se le ocurrió mejor idea que hacer una broma de la broma que no es broma. Esta insensatez me rebasa de tal manera que ahora sí casi, casi me quiero reír. Sé que Latina recibió una carta a prueba de bestias explicando por qué no debían transmitir este absurdo, pero como no sé nada de este programa, ignoro si salió al aire o no. Por mi salud mental, me abstendré de googlearlo y asumiré que no ocurrió. Que los directivos del canal comprendieron que es su responsabilidad detener  – o por lo menos no ser cómplices de – la normalización de la homofobia. ¡Y que entendieron que no 👏🏿 es 👏🏾 una 👏🏽 puta 👏🏼 broma! 👏🏻

Si llegaron hasta aquí, queridos amigos, agradezco su dedicación y espero haber logrado articular mi discurso al nivel que prometí en ese tweet del 30 de noviembre (y que les sirva de algo). As A Gay™, entiendo lo frustrante que es ver a este tipo de gente hacer idioteces una y otra vez, impunemente. Igual que ustedes siento la tentación de rendirme al odio y decir cualquier barbaridad. No obstante, como dije líneas arriba, el lenguaje importa. Si queremos que nos VEAN por quienes somos (fellow human beings, por si no quedó claro) y que entiendan que estas actitudes son ofensivas y potencialmente peligrosas, no podemos gritarles “¡homofóbicos de mierda!” y esperar que se resuelva. Lamentablemente, nos toca ser pacientes y educar.

Tipo, si no entienden ni el concepto de broma, mucho menos van a entender qué es homofobia…

Now that was a joke.