Daddy’s home

Hoy me provoca quedarme muy, muy quieto, en silencio. No quiero que me toquen. No quiero que me hablen. Quiero hacer nada sin decir una palabra o dar explicación. Tener la tele prendida, sí; huevear en el celular. Tampoco estoy muerto. Quizá hasta emita sonidos. Si veo alguna historia o meme que me haga gracia, resoplaré. Que soy humano al fin. El plan, no obstante, mientras deambulo por el departamento durante el día, de la cama a la cocina al baño a la cama a la cocina a la ventana a la cama ⏤casi nunca a la sala⏤ a la cocina a la cama, es estar callado y que estos espacios guarden silencio conmigo.

No me siento… mal. Tampoco estoy particularmente triste o más ansioso que de costumbre. Solo siento un profundo deseo de imperturbabilidad, espoleado por la certeza de que hoy tampoco será el día. Mi novio seguramente me mirará con curiosidad, recostado a mi lado en la cama que compartimos. Me hablará de cosas y sonreirá, y yo me preguntaré si me encerraría en otra habitación si la tuviese. De pronto me reconozco detrás de esa puerta imaginaria. ¿Era esto lo que hacías? Qué es aislarme sino mi patrimonio. Mi celular me notifica que «llegó lo nuevo de St. Vincent» y me temo que es así y era inevitable. Daddy’s home.

Todo lo que sé de mi padre lo sé por terceros. Si acaso él mismo dijo algo, casi nunca fue a mí. Jamás le conocí amigos, aunque recuerdo una época en la que hablaba de un tal Narváez. Otro doctor del mismo hospital al que, creo, conocí solo una vez. La única otra familia, que no era parte de mi familia, con la que manteníamos relación eran unos vecinos cuya madre trabajaba con mi madre. Era enfermera en el hospital donde mi madre era pediatra. Los hijos tenían más o menos las edades de mi hermana y yo. Nos veíamos todos con regularidad hasta que un día no nos vimos más. Algo muy común en mi familia, que a mí me resulta muy natural hasta hoy.

De su niñez, su vida escolar, sé poco o nada a través de anécdotas que contaron (en orden de frecuencia) un tío mío que fue testigo presencial ya que fueron al mismo colegio, casado con su prima; sus hermanas, mis tías, en cuyas historias nunca salía bien parado; mi abuelo, que hablaba casi exclusivamente de sí mismo, pero en ciertas ocasiones recordaba que tenía familia; mi papá, hablando con otra gente. Los comentarios que mejor recuerdo son los de mis tías porque delineaban el origen de la persona que yo conocía ⏤malhumorada, silente, con gusto por acumular, especialmente dinero⏤ y otra que cabía perfectamente en la misma descripción: yo.

Hace algún tiempo en una reunión, ya no recuerdo ni por qué, estábamos hablando de perros que se tiraban de ventanas o techos. Yo conté que mi papá tenía collies y pastores alemanes de niño y uno de ellos saltó desde el techo y se rompió las piernas. Sé perfectamente cómo lo dije. Como si nada. Como si fuera una historia pasada de padre a hijo algún domingo durante el almuerzo. Y sé que lo conté de esa forma por el efecto que tuvo en mi novio, a quien vi con el rabillo del ojo. Sentí su corazón atorarse simultáneamente con sorpresa, ternura y atención. Lo escuché fuerte y claro en mi mente: «nunca hablas de esto». Yo era su cantante favorito y de pronto, tras 20 años de carrera, tocaba por primera vez una vejez que nadie ha escuchado en vivo. No fue intencional, la verdad. No sentí nada al contarlo. Era solo información pertinente.

De la universidad, donde conoció a mi mamá, sé quizá algo más por ella. Porque pregunté cómo chucha te pudiste haber casado con él. Me dio sus razones. La gente cambia también. Los primeros años de su vida juntos, el nacimiento de mi hermana, la casa en Pueblo Libre donde yo no viví, algo de eso sé. Luego llegué yo, el hijo hombre. El nieto que mi abuelo tanto esperaba, el que cargaba el apellido, el que lo impulsó a felicitar a mi madre con la frase «ahora sí, un abrazo completo». Right in front of my sister’s salad. Mi papá ⏤según mi mamá⏤ estaba igual de emocionado y, dados mis primeros años de vida, donde el favoritismo era obsceno, le creo.

No voy a mentir, yo sabía que era el favorito de todo el mundo. Era el único hijo hombre, era el menor, había estado al borde de la muerte ene veces y tenía entendido que había sobrevivido a una prima con la misma enfermedad. Tenía todo a mi favor para ser el consentido y, por muchos años, lo fui. No me imagino ser mi hermana durante esos años, donde mi mamá hacía su mejor esfuerzo por convencerla de lo contrario. Tuvo mala suerte, además. Mis padrinos no tenían hijos, así que me bañaron de regalos toda mi niñez. Sus padrinos eran mis tíos, que tenían su propia familia y sus propios problemas. Pero no se sientan mal, cuando mis verdaderos colores empezaron a traslucirse la intensidad de ese favoritismo se redujo al mínimo. ¡La homosexualidad trajo consigo la igualdad!

A veces me da risa imaginar cómo todos se habrían arrodillado para que yo los escale hasta la cima si hubiese sido heterosexual (léase, «normal», reproducción común). Si hubiese sido un niño arrogante y pendejo que juega fútbol y le pega a las niñas porque le gustan. El Coronel probablemente me habría regalado la vida entera si hubiera sido un pendejito como él. Pero no. Yo era re marica y siempre lo supe. Rápidamente lo sospecharon todos los demás, pero la negación puede más. Mi abuelo probablemente me dio el beneficio de la duda hasta el final de sus días. Generoso de su parte darme algo, a diferencia de cuando me mudé a Nueva York y le pedí ayuda y solo me dijo que me vaya bonito.

Entiendo y a la vez no que mi madre y hermana tengan recuerdos de mi papá tan drásticamente diferentes a los míos. Quizá ellas ven el vaso medio lleno en mi vaso medio vacío y supieron suprimir lo malo en favor de lo bueno. Al menos podemos estar de acuerdo en lo que El Hombre producía y nos desquiciaba a todos por igual: estruendo de puertas y cajones, buscando y rebuscando quién sabe qué de madrugada, maldiciendo y maldiciéndonos abiertamente por no encontrarlo. Su risa era igual de estrepitosa, pero la recuerdo con menos frecuencia. Nunca he escuchado a nadie más reírse como él. Cuando estaba de buen humor, ponía de su parte. Creo. Pero no era tan memorable para mí.

No, yo recuerdo lo que ellas no podrían saber. Cosas que solo un hijo hombre puede intuir de su padre. O peor, cosas que solo un hijo gay, que solía ser el favorito, puede leer de su padre. Dentro de todo, creo que tomó la mejor decisión al no involucrarse en lo que no entendía. Muy producto de su tiempo. Al menos nunca se peleó conmigo, solo se mantuvo al margen de mi vida. No lo voy a felicitar por tomar la salida fácil, pero tampoco se lo voy a reprochar. De hecho nuestra despedida antes de que muriera fue bastante amical. No me costaba nada decirle que estábamos bien e intercambiar años de indiferencia por un minuto de perdón.

Lo único que le reprocho aún y probablemente para siempre es lo que encuentro, no sin amarga sorpresa, en mí mismo. Habría sido útil saber quién era y qué problemas de salud ⏤física y mental⏤ tenía porque, muy a mi pesar, soy hijo de mi padre. Cuando la paciencia me abandona de golpe y me invade una cólera desproporcionada ante el menor inconveniente, cuando el resentimiento me deja sin habla, cuando manejo como un demente, cuando siento la incontrolable necesidad de desaparecer en silencio, de encerrarme donde sea y estar conmigo mismo, lejos del ruido de vivir, me pregunto si todo eso es cosa mía o es mi herencia.

Me pregunto, además, si es solo tuyo o de tu padre también. Porque si de ti sé poco, de él mucho menos. Pero lo recuerdo igual que a ti, encerrado en su cuarto y emergiendo después de un buen rato para sentarse en la cabecera de la mesa, contar anécdotas familiares donde la familia poco pintaba y volver a su sarcófago como un amable vampiro.

Presiento que ponerle punto final a nuestra línea no es la peor idea que he tenido.
Si yo no puedo gestionar estas reliquias, definitivamente no se las voy a pasar a nadie más.
(Aunque la realidad es que los niños me caen pésimo y los adultos alrededor de los niños, aún peor. Pero el sentimiento se mantiene).

Para serte franco…

Cuando me dijeron que Franco había escrito algo sobre mí, me causó gracia y ansiedad en partes iguales. La ansiedad es evidente. Un texto, de gentileza improbable, circulaba con mi nombre. Eso no sería del agrado de nadie y mucho menos de alguien que disfruta del anonimato como yo. Gracia porque han pasado muchos años desde que escuché su nombre por última vez y me resulta insólito que piense en mí en lo absoluto, para bien o para mal. Es halagador hasta cierto punto, como explica el propio texto que, por cierto, me gustó mucho. Incluso si decía lo que decía.

Supongo que no te sorprende ⏤y empezaré a dirigirme a ti directamente, Franco⏤ porque tus textos siempre me gustaron. Cuando me tocaba criticarlos rara vez tenía algo negativo que decir. De hecho, una de mis líneas favoritas (no pertenecientes a mi tallerista favorita), la escribiste tú. La imagen de esos cuerpos anónimos formando una caligrafía al tener sexo está tallada en mi mente. ¡En parte porque lo viví! Conozco íntimamente ese font, lo cual mencionas en tu texto y me hizo mucha gracia. Pero, más que nada, porque admiré esa observación tan delicada y perfecta (y envidié terriblemente tu perspicacia). A mí jamás se me hubiese ocurrido. Por eso cuando dijeron por ahí que era «explícita por el gusto de ser explícita» la defendí como si fuera mía ⏤en clase y en privado, aunque eso último tú no lo supieras. Probablemente hasta ahora.

Sobre el post que nos convoca hoy ⏤debo intuir que, si le pusiste mi nombre, quieres escuchar mis impresiones⏤ solo quiero decirte que me gustó mucho el final. Me alegra saber que si nos volviéramos a ver tendrías otra disposición. Sobre todo porque he visitado tu ciudad al menos una vez al año (sino dos) en los años posteriores a la era neoyorquina, así que las probabilidades de que me vuelvas a ver no son pocas. De hecho, tengo un pasaje abierto que pretendo utilizar. Si no fuera por la pandemia, ya habría regresado A ENCARARTE. Ja, es broma.

Me da un poco de risa que seamos como el huevo y la gallina. Tú creías que me caías mal por mi «tonito» (el terrible acento limeño, que efectivamente suena a obviedad) y te caí mal. Yo creía que te caía mal de gratis y por eso me caíste mal. Ahí nos quedamos. Como «enemigos, pero no por algo en concreto». Hoy no podría decirte ni cómo comenzó, porque mi primera impresión de ti ni siquiera fue negativa. Tampoco tenía prejuicios contra ti (a diferencia de algunos peruanos, mi simpatía por Chile está bien documentada). Creo que sólo proyectamos nuestras inseguridades en el otro, como los gays solemos hacer. For that I’m sorry.

En respuesta a tu pregunta, sí me cuestioné algunas veces por qué no nos llevábamos bien, pero no me quedé mucho tiempo pensando en ello. Asumo que ahora podríamos. Esa orfandad, hartazgo y ganas de morir en las que te reconoces siempre han estado ahí, no son exclusivas del momento post Nueva York. ¡Tenemos eso a nuestro favor! El hecho de que hayas leído mi sufrimiento con satisfacción y en compañía de terceros, on the other hand… me hace intuir que por algo no me gustaba la forma en que criticabas a la gente en clase. Pero bueno, en realidad no nos conocemos.

Mi reacción inicial al violento resumen de cinco palabras que recibí sobre tu texto hace unas semanas fue: «podría haber vivido toda mi vida bastante tranquilo sin esta información». Sin embargo, me alegra haberlo leído justo ahora. Verás, hoy ha sido un día un poco turbulento y me encuentro emocionalmente extraño. Por alguna razón, presentí que tu texto recalibraría mi cerebro o cuando menos disfrutaría la prosa y el drama.

Ha sido un poco así, so my most sincere thanks. Si esto fuera el taller, no tendría nada que criticar ⏤salvo los errores de tipeo, una leídita extra antes de publicar no cuesta nada. Gracias por el cumplido no compartido por tus amigos también. Yo estoy más de acuerdo con ellos que contigo y por ello lo aprecio más.

Como último acto de enemistad, igual que tú, publicaré esto sin enviártelo o etiquetarte.
Total, ya sé que me lees. 😘

Identical hand twin

For all my clownery, I’m surprisingly insightful ⎯nay, damn near clairvoyant!

See, I’ve met the boy.
He reminds me of all things I’ve said I needed, verbatim
and some needs I couldn’t voice.
I’ve put off putting it down
here ⎯blog jinx, kiss of death!
But I’m showing.

Kept my geriatric pregnancy a secret, as one does in the early stages,
wishing for clockmaking sunsets,
for a fast-spinning gentler world
to tenderly place me on the right day’s palm.
Yes, I’ll carry this to term day.
Yes, I can tell my friends
day.

When that day came and went, its lack of fanfare
made it all the more special. It was just there.
It was real ⎯we don’t really celebrate real, do we?
We are told we want the tale,
we want to give our hearts away and receive another in return,
one that we now own, and goes the way all property does
obsessively looked after lest it be stolen or lost ⎯and you better not lose it,
because losing makes us losers and nobody loves a loser!
Shut up.
This could all end tomorrow and it wouldn’t diminish what I’ve gained.
Delicate creatures die in hands cupped too tightly.

We don’t celebrate real enough,
we don’t appreciate the reality of being two people together,
who quietly go about their love,
wanting for the other what they want for themselves.
Closeness, travels, personal space,
forgiveness, individuality, support.
It’s the strangest feeling, loving yourself through loving someone else.
I will admit to that.

It’s funny, I thought I knew exactly what my falling in love would look like.
In a way, I did. It does kind of look like what I said.
But he has decidedly put his little spin on things.
And spun I have, around a stubby finger that looks nearly identical to mine!
It’s uncanny, the way our hands look almost exactly the same.
And that’s kind of how it all feels: uncanny.
It looks like something I’ve known forever, like the literal back of my hand
yet still surprises me ⎯makes me nervous?,
because it’s not.
It can’t be, there’s only one right hand of mine!
I don’t know how to explain it.

I’ve always hated the way my hands look, by the way.
Among many other things, as it is the human condition to think we’re hobbling trolls.
Now I’m learning to love that which once I thought was unlovable about me, silly as it sounds.
Not necessarily because he loves those things,
but because he shows me how absurd it is to be afraid or ashamed or bothered by them.
That mending won’t go away if he ever does, so that alone is forever a win.

It’s all quite the journey.
From which I should be utterly spent, yet somehow feel like I’m finally resting?
I’d keep going but his cat, the most loving, well-behaved cat I’ve ever encountered,
is currently stepping on my keyboard searching for love.
I’m both afraid she might delete the whole thing and eager to stop my rambling to squeeze the shit out of her.

So that was the update, whoever you are that still reads this.
You can stream Under Rug Swept‘s underrated healthy love anthem You Owe Me Nothing In Return for a way better take on this particular matter.
Alanis will explain it far better than I can.
Toodles!

David Duchovny

The Kills tocaba esa noche pero nunca los vi. Era 23 de setiembre de 2016. Mi cumpleaños había sido días antes y tenía una serie de conciertos planeados para celebrar. Adele en Madison Square Garden el mismo 19, The Kills en Terminal 5 el 23 y Morrissey en King’s Theater el 24. Armé mis planes como siempre, como si nada, como una huevona. Sin detenerme a considerar que en cualquier momento te cae la muerte. Felizmente, y no por primera vez, la muerte no me quiso. El shock del accidente me transportó hasta el venue. Rengueando, sí; pero sin dolor.

En la esquina de West 56th y la onceava avenida me crucé con David Duchovny, que venía tranquilamente en la dirección opuesta. Mi cabeza dio un bote incrédulo hacia atrás que lo hizo sonreír. Tenía pinta de llevar prisa y yo tampoco quería detenerme, así que no me acerqué. Solo levanté la mano discretamente y lo saludé. Inclinó la cabeza en un gesto amable, aún sonriendo. Mientras David Duchovny pasaba a mi lado, aventajando a algunos otros peatones con sus piernas largas, me pregunté cómo habría reaccionado David Duchovny a mi accidente. Me imaginé interceptándolo y diciendo «¡me acaban de atropellar, David Duchovny!», y me reí.

No tenía sentido que estuviese ahí, soy una persona en extremo racional. Sabía que algo andaba mal y que, probablemente, empeoraría antes de mejorar. Pero también, secretamente, soy muy optimista. Por eso mi intención fue siempre ver el concierto, pase lo que pase. Como compromiso, porque además soy un ser razonable, decidí darle al destino una oportunidad de detenerme. Si los poderes del universo querían que vaya al hospital, su momento era ese.

Me acerqué al hombre de seguridad y le pregunté si era posible saltar la cola y pasar a la boletería. «Una moto me acaba de golpear camino aquí. Dudo que me reembolsen pero quiero preguntar por si acaso». Él tampoco creía que me devolverían nada, pero me dejó pasar. La persona en la boletería me dijo que por lo general no hacían devoluciones y que, incluso si quisiera, ya era muy tarde para intentarlo. Le respondí que no se preocupe, me lo esperaba. «¿Tendrán hielo?», sonreí. Me miró en silencio por un segundo, absoluta cara de palo. Finalmente he sorprendido a alguien en esta ciudad, pensé. «Déjame llamar a alguien».

Tuve que resumirle mi accidente a una tercera persona. Ella procuraría el hielo prometido. Pero ya estaba harto de contarla, sobre todo porque me veía obligado a excluir a David Duchovny, ¿y no era esa realmente la mejor parte? Le dije que me dolía un poco pero no parecía estar tan mal y que mi plan era sentarme en la baranda del segundo piso. Me consiguió una de esas bolsas de gel congelado y me advirtió que quizá aún estaba en shock. «Cuando baje la adrenalina puede ser otra historia, pero tú sabrás». La miré en silencio por un segundo. Efectivamente, no lo había pensado. «Gracias», sonreí. «Esperemos que no».

Por supuesto, así fue. No bien me recosté contra el riel del segundo piso me empezó a latir la pantorrilla. Cada uno de los nueve minutos que estuve sentado en el suelo, el dolor creció. ¡Con lo que me había costado subir, ahora tenía que bajar! Contemplé tomarme un par de cervezas y jugármela, pero mis fantasías mórbidas de hemorragias internas pudieron más que las ganas tibias de ver a The Kills. Mejor bajar ahora que todavía puedes. Humillada, reaparecí en la entrada y le dije a mi primer interlocutor, el chico de Seguridad, que la adrenalina me había abandonado.

«Hay un hospital aquí cerca, te recomiendo que vayas en taxi. La ambulancia es bastante cara». Qué tan cara puede ser, pensé. Además tengo seguro. «No, está bien, que me lleve la ambulancia». El chico me sentó en una silla plegable junto a la entrada y fue a contactar a los paramédicos, no sin antes preguntar por segunda vez si estaba seguro. Los paramédicos llegaron con las manos vacías, aparentemente incrédulos de que alguien quisiera ponerlos a trabajar. Por tercera vez me preguntaron si estaba seguro de querer ir en ambulancia. ¡Eso debió indicarme cuán caro era realmente un paseo en ambulancia y cuán fuera de mi cobertura estaba! Pero como cojuda asentí una última vez.

Mientras preparaban la camilla, los transeúntes me observaban. No estaba seguro de lo que sentía. Algo similar a la vergüenza pero diluida, líquida, y en ese líquido flotaba algo más denso, que se hundía y reflotaba, parecido al orgullo. Ahí estaba mi ego, sentado en la vereda como una lámpara de lava. Huachafa, sí; poco digna, también; ¡pero hipnótica! De pronto, altísimo drama en 15 segundos ⎯¡gente, camilla, rampa, ambulancia!⎯ y adiós. En el camino, los paramédicos me preguntaron qué me dolía, si tenía alergia a algún medicamento, me tomaron la temperatura y la presión. Finalmente, al verme de tan buen humor, por fin preguntaron qué diablos pasó.

Estaba en la esquina, esperando que cambie la luz, y cuando cambió, me tiré a la avenida y crucé. Antes de empezar mi camino ⎯o quizá simultáneamente, no lo sé⎯ ya había visto a los autos en el extremo más lejano de la avenida bajar la velocidad y detenerse. Lo que no vi fue que, de mi lado de la avenida, una moto que venía embalada jamás pretendió frenar. La moto quería ganarle a la luz o, mejor dicho, sabía que iba a perder por míseros segundos y no quería esperar. El resto de peatones agolpados en la esquina la vieron venir y se quedaron atrás. Tengo la impresión de que trataron de detenerme, pero me disparé demasiado rápido ⎯y encima estaba con audífonos, escuchando a The Kills, unaware that I was about to be killed!

Mi paso resuelto informó al motociclista en un solo segundo de mi completa ignorancia de la situación. Sería él quien tendría que hacer la maniobra para no matarme (o a ambos) porque yo no tenía intención alguna de parar. Así lo hizo, literalmente in the nick of time because he nicked my leg. Fue una ráfaga de luz frente a mí y luego la avenida, vacía como un segundo atrás. Me detuve solo por un momento y busqué confirmación a mi derecha. Sí, una moto tambaleándose y retomando la carrera. Well… shit. Casi me parten en dos.

Entonces me percaté ⎯periféricamente porque jamás volteé⎯ de la U de transeúntes que se había formado detrás mío y sólo ahora empezaba a avanzar. Gente que se quedó petrificada pensando que presenciaría mi Final Destination de la vida real. «¿Se te acercó alguien?», preguntó una de las paramédicas. «¡¿Crees que iba a parar?!», le respondí. «¡Seguí caminando con la frente en alto y no cojeé hasta que le di la vuelta a la esquina!». Primero muerta que humillada. Ante todo, dignidad y orgullo gay.

«¡Pero me crucé con David Duchovny!», sonreí.

XS talk

Hoy me sorprendo pensando mejor mis respuestas
sin importar la pregunta
porque no quiero mentir
o ser inexacto
y en esos segundos
que se pudren en el aire más rápido que los demás
me pregunto si mi interlocutor me encuentra pedante
porque es muy temprano
y miro al vacío o exhalo
como si me importunara la pregunta
o asignara grandiosidad a mi respuesta.
Ninguna de las dos.
Me demoro porque quiero
ser preciso
nada más.
Es curioso porque
de todos modos
no me conozco.

The dog

An eight-story French bulldog stares blankly at me from across the street. Not even at me, but in my direction. I can never tell what those crosseyed motherfuckers are looking at. «This is quite the gamble you’ve taken.» That’s my inner monologue talking, not the dog. I don’t hear the dog, I’m not insane. I just talk to myself a lot —what else is there to do. Also, I suspect the dog doesn’t truly give a shit I’ve committed the very last of my life’s savings to this sinking ship.

No, the dog just sits there, waiting. One motionless eye on me, the other one looking off into the sunset, into a deadpan future. It seems to already know the ending, which makes for very dispassionate viewing. Yes, the dog is not invested in my story, I can tell. And who could blame it. I mean, what is this, my fifth attempt at life? We really seem to be circling last-ditch territory this time around, too.

The notion that this dog will likely watch me die and remain just as expressionless as it is right now is unsettling. Why bother, dog. Life is too short to just sit and go through the motions. Get invested, dog! Just don’t bark at me, I can’t stand it, I’m a cat person for a reason —many reasons, in fact, but that is a big one. Actually no, life is long as fuck. I myself have lived and died several times in 35 years. So who am I to tell you shit. Do whatever you want, dog. Just, again, no barking.

«This is quite the gamble you’ve taken.» Ugh, shut up, part of myself. Do you have that, too? That one refraction of your psyche that is so mouthy? There’s always that one. No matter the interface it passes through, however obliquely, the intensity of that one bitch is always off the charts. They just love to run their mouth.

So goddamn preachy and self-righteous, too. Hey asshole, if you’ve got all the answers, how come I keep fucking up! You only show up after the fact, to lecture me on things I already learned the hard way. Get the fuck out of here with that Hermione attitude. At least she had the knowledge to back it up, you ain’t shit. You think you can come all calm and collected and talk down to me in your TV dad voice after I’ve shot my shit to hell? Fuck that.

You know who I really like? Drunk me. That bitch doesn’t give A SHIT. She’s just having a blast, loving everyone and everything. Although I suppose she’s sort of unhealthy. She is a horrible binger. Cannot control her urges. She’s invariably horny and hungry. Will end the night at either Burger King or Grindr without fail. Or both! —unless she bottoms, but that’s been a rare occurrence in the last handful of years. We’ve agreed I’ve gotten too lazy to prep in my old age.

I can tell the dog is bored with us. Still there it sits and watches. It never occurred to me that I might be its penance. The dog might be serving some kind of sentence, unable to look away from the boring, mildly psychotic gay guy’s apartment. Wow. We really are so entitled. I’m sorry, dog. I don’t know what the Powers That Be are lording over you that you have to endure this. Or what you’ve done to deserve it. We’ve all done some shit.

We might just get along now, dog. Bark a little, if you must.
But do try to keep it down. I’m barely holding it together over here.

Exile

Heard luscious before, I learned warm
Seen velvet, knew tightness, tasted words
soapy
translucent like bubbles
but tension from your skin
stretched to the brim of human
potential
overflowing with blood, alive like a wire
an understanding we’ve lacked
of terms
of bliss
as hollow phrases fill up with juice
grow rinds
give way to fruit
not an apple, but a peach
nevertheless holy and not to be touched.
I am never going to be able to unfeel you under my hands.
I am never going to be able to unfeel you under my hands.
I am never going to be able to unfeel you under my hands.
I am never going to be able to unfeel you nor feel you, again.
The weight of my greed
for each pound of flesh
is utter misery.

I’m going to tell you a secret…

En este día, el más sagrado del calendario homosexual of a certain age, quiero, como la reina del pop before me, contarles un secreto. Varios, de hecho. Me van a tener que tolerar el salto de un idioma al otro porque he descubierto que el español me resulta muy categórico. Lo que digo en español es demasiado real, me hace sentir excesivamente vulnerable. And if I am to release The Beast Within, la tengo que dejar salir como me duela menos. La frase con la que quiero empezar, además, viene a mí en inglés, así que piña.

I’m here to admit defeat. Ese es el secreto —a voces, pero secreto al fin— y la razón por la cual estoy atrapado en este limbo desde hace dos años. Quiero dejar en claro que siempre he sabido esto. No es un breakthrough producto de mi flamante terapia. Siempre he sabido que mi depresión post Nueva York se debía a que, en mi cabeza, perdí. No quiero decir que perdí como que «intenté y no me ligó». Eso podría superarlo. Hell, podría intentar otra vez, sin problema. No, yo realmente perdí, as in regresé con menos. La experiencia me quitó algo, algo sumamente importante: el sueño que —me atrevo a asegurar— todos guardamos en el bolsillo de atrás.

Asumo que quien lea esto me conoce. Si me conoce, sabrá que yo hice mi carrera en publicidad digital. Sabrá también que me fue muy bien. ¿Saben qué? Fuck modesty, me fue excelente. Por mucho tiempo el estándar era yo. Incluso hoy, en algunos pocos círculos donde aún operan mis contemporáneos, mi fantasma me sobrevive (aunque gran parte de esto se debe a mi Miranda Priestly-esque attitude de la época). In short, I WAS A FUCKING LEGEND —cosa que antes solo podría haber dicho de broma, pero hoy no me da vergüenza aceptar. Es verdad y me lo gané.

Detuve mi carrera en un momento en el que, si hubiera seguido adelante, probablemente habría podido negociar cosas absurdas para mí mismo. Pero tenía un pequeño sueño en el bolsillo de atrás, one I’ve had for as long as I can remember. Desde que hacía las tareas de Composición en mis cuadernos forrados de papel lustre amarillo —el color de todas las asignaturas de Lenguaje— que luego encontraba a mi hermana leyendo a escondidas. Cuando se me presentó la oportunidad más ridículamente perfecta de seguir ese sueño, lo tiré todo y me fui detrás.

¿Fueron mis expectativas demasiado elevadas? ¿Fui muy ingenuo en cuanto a lo que humanamente podía conseguir de dicha oportunidad? ¿Me tiré a la piscina asumiendo demasiadas cosas? ¿Di mucho por sentado sin investigar, sin realmente trazarme un plan de acción para el futuro? Sí a todo. Me justifico ante mí mismo de la siguiente manera: it was a Monkey’s Paw scenario y me dejé deslumbrar por su magia. Yo le pedí algo extremadamente específico al universo y me lo depositó en el regazo, ¡mejorado! Pero, aparentemente, el universo no está obligado a hacer lo que el deseo no manda ni impedido de cagarte con lo que éste no prohíbe. So I got exactly what I wanted… with a side of what I never saw coming.

Sin entrar en demasiados detalles, porque ya estoy algo cansado, diré que no encontré lo que pensé que encontraría y terminé bastante más confundido e inseguro que cuando comencé. Es cierto que la ignorancia es atrevida y me habría gustado seguir siendo ignorante y atrevido. ¡Al menos habría sido productivo! Aunque agradezco que me haya ahorrado el previsible papelón de haber puesto sobre el papel aspectos de mí que hoy han cambiado radicalmente.

Vivir casi cuatro años en Nueva York me quitó la cojudecita limeña de un cachetadón. It punched the highlights out of my hair, if you will. Experimentar ese nivel de diversidad en carne propia fue lo mejor que me ha pasado y me hizo una mejor versión de mí mismo —for sure 100% mejor que la pituca-adjacent wannabe-mean girl I was in my youth. Así que no hay mal que por bien no venga, etc, etc.

Efectivamente, no puedo ponerle precio a que me saquen la venda de los ojos… pero en cierto sentido lo tuvo: I had to give it up. All of it. No solo vivir ahí, sino la idea de vivir ahí, el plan. MI ÚNICO PLAN B. Lo que me repetía a mí mismo cuando me agobiaba el día a día, cuando estaba podrido de mis circunstancias. «Algún día me lanzaré a escribir, como siempre quise, y viviré en una ciudad que me encante, que esté viva, donde a nadie le importe un pito lo que hago o dejo de hacer». You know, el sueño del bolsillo de atrás.

WELL, GUESS WHAT, MIMI! «Algún día» llegó y se fue. I had it, cupped between the palms of my hands, and nothing came of it. I couldn’t grab it, I couldn’t hold on to it, it just sifted right through. Sí, aprendí un culo de mí mismo y eso no es poca cosa, quizá es incluso lo que me tenía que suceder y no lo otro. O quizá tenía que suceder esto primero para que luego pase lo otro. No lo sé, no lo estoy viendo. Después de todo, Fiona y yo tenemos eso en común. I, too, am likely to miss the main event if I stop to cry and complain again. Pero así me siento, no lo puedo controlar aún. Durante todos estos meses sentí que había perdido el sueño que hacía cualquier otra realidad tolerable.

I am pleased to report, though, que no voy a terminar esto en una nota amarga. Cuando empecé —y conforme avanzaba— estaba convencido de que así sería, pero descubrí algo nuevo en el camino. No recordaba a qué canción pertenecía la letra de Fiona que estaba tratando de citar. Antes de aterrizar en Better Version Of Me (¡!), revisé algunas otras que pensé podían ser. Una de estas fue Fetch The Bolt Cutters, que no decía lo que quería encontrar, sino lo que necesitaba leer:

While I’d not yet found my bearings, those it-girls hit the ground
Comparing the way I was, to the way she was
Saying I’m not stylish enough and I cry too much, and I listened because
I hadn’t found my own voice yet
So all I could hear was the noise that
People make when they don’t know shit
But I didn’t know that yet…

Fiona Apple, Fetch The Bolt Cutters (2020)

Cuando quieres hacer algo nuevo, siempre habrá gente mejor que tú. Eso es bueno, puedes aprender. Pero también habrá los que se auto proclamen custodios de ese círculo, los que te miren con la ceja arqueada, huffing and puffing por tu presencia. Fuck them. Solo tienen el poder que tú les cedes. Hablarán y harán el ruido que hace la gente que cree que todo lo sabe y la bulla te intimidará, porque aún no has encontrado tu lugar, tu balance, tu voz. But they don’t really know shit… and you just didn’t know that yet.

¿Mi próximo deseo?
Mucho. MUCHO. Más. Específico.
Fool me once… 😒

Appetites

My appetites are larger than the width of my mouth.
There’s no biting off more than I can chew, there will be no sinking of teeth.
I got no bite, I’ve given up.
I’m at the point of hunger going backwards
it curls back, it rolls back towards vomit.
Far too small to make a dent, mousey, lousy with craving
fed up with yearning, running amok, running on fumes, going unchecked, going unfed, fall through the cracks, slip through the gaps
between razor-sharp fangs
good as brand new,
sitting unused.
Anything would do, still
not a bite, not tonight.

Happy Death Day 2U

Cuando publique esto habrán pasado exactamente dos años desde que dejé Nueva York —down to the very minute, pero con una hora de diferencia por la idiotez de Daylight Savings— y puedo decir con total seguridad que no he hecho NADA con mi vida desde entonces. No me he movido en ninguna dirección. No he intentado restablecerme en ninguna parte. Sé que he ido a festivales, visto a las Spice, manejado al revés —y casi muerto como consecuencia— en UK, y trabajado en los Juegos Panamericanos, arguably the highlight of my entire career (después de cuatro años de total ausencia). Still… se siente como nada.

Este día, que coincide desafortunadamente con el cumpleaños de una de mis amigas más queridas que aún vive allá, se mantiene enquistado en mi memoria, sus paredes luminosas y translúcidas. Puedo verlo todo en el reverso de mis párpados como si fuera ayer, lo quiera o no, y me hace cuestionar si he estado realmente vivo todo este tiempo.

Si hago como la mujer del Ensayo de Cristal y atravieso la corteza del tiempo con las manos para desenterrar este mismo día, dos años atrás, ¿qué le voy a sacudir de encima? Una capa de polvo, estos dos años. Una película fina de absolutamente nada. No tengo ni que meter la mano para extraer el pasado, basta con soplar esta casca de poquedad and there. it. is.

Con frecuencia he declarado que el recuerdo de mis muebles, mi dormitorio casi entero, abandonados en la vereda frente a 36 Sutton es la imagen más horrible de ese día, pero no es cierto. Todo era horrible; así que solo hice, no sentí. Me he entrenado toda la vida para no registrar los golpes más duros. Mi guardia es impenetrable y automática. Me atrevo a decir que ahora está incluso más allá de mi control. No sentí nada cuando los dejé. Solo lamenté no poder llevármelos o, en su defecto, recuperar algo de dinero por ellos porque estaban en perfecto estado.

La verdad no sentí mucho de nada cuando me fui. Me moví porque había que moverse. Desmantelé mi cama y la dejé en el sótano del edificio. Saqué mi colchón, cómoda, silla y escritorio a la calle. Regalé muebles pequeños, libros y cachivaches de cocina a los amigos que estaban conmigo. Llamé a cancelar cuanto servicio pude, excepto Spectrum que me pedía devolver físicamente el módem. No había contado con eso así que tuve que pedirle a Daniel, cuyo vuelo salía más tarde, que fuese en mi lugar.

Cerré mis maletas, me subí al Lyft y le pedí que se detenga en Manhattan Avenue. Había olvidado cancelar mi membresía en Crunch. Crucé la pista hacia el Citi, para retirar mi dinero y cerrar mi cuenta, pero estando allí no pude. Saqué un poco y dejé el resto, para un futuro desconocido. Ahí decidí tampoco cancelar mi celular. Volví al taxi y seguimos al aeropuerto. El conductor me habló solo un rato. El resto del trayecto fue música triste y calles conocidas y desconocidas reflejándose en la superficie endurecida de mi cerebro. Estaba agotado.

Cuando el vuelo de Nueva York a Dallas despegó a las 6:04 de la tarde, hora local, ya estaba dormido. No tuve que verme salir. Desperté en Texas y me moví porque había que moverse. Curioseé por el aeropuerto, me tomé algo y cambié de avión. Cuando vi una nueva ciudad tenderse bajo mi ventana, no sentí nada. No solo por mi entrenamiento en entumecimiento selectivo, sino porque no había nada que sentir. No tenía ninguna relación con Dallas, no me importaba irme de allí.

Pensé en todo esto hace poco. Mi laptop, la primera compra grande que hice cuando me mudé en 2015, se colgó hace un par de días. La cerré por frustración, sin pensar nada de aquello, y luego de un rato la vi dormirse desde mi cama. Cuando regresé a ella, seguía dormida. Cuando apreté enter, seguía dormida. Cuando apreté on, con confianza primero y presionando después, seguía dormida. Cuando apreté control, option y shift por varios segundos, seguía dormida.

Cuando empecé a desesperar y seguí las instrucciones de Google para forzarla a despertar, seguía dormida. Cuando la llevé al iShop al día siguiente, seguía dormida. Cuando volví a casa —con una cita programada para dentro de 17 días— seguía dormida. Ahora que escribo esto desde mi MacBook de 2009, sigue dormida. Mañana cuando se la lleve el técnico que mi amigo Gonzalo me recomendó, seguirá dormida. Solo les cuento todo esto para decirles que la desesperanza nunca se apoderó del todo de mí. Como entonces, no lo permití.

Le cerré la puerta al golpe de perder mi laptop y cedí el espacio que debió ocupar la ira, la preocupación y la tristeza a la organización. Me moví porque había que moverse. Abrí mi calendario inmediatamente y revisé la fecha del pasaje que compré en plena pandemia, cuando mi intención era ahorrar más que viajar. Entré a apple.com y busqué una nueva laptop, vi que además podía conseguir AirPods con mi compra.

Empecé a buscar otras cosas que quería comprar y de pronto el plan de viaje estaba armado. Con suerte logran restaurar mi laptop antes. Me conformo con que prenda, así la puedo canjear. Según apple.com son 300 dólares de crédito si la laptop funciona. Veremos. En realidad lo más importante es que abran la frontera a tiempo para mi viaje.

Me pareció curioso descubrir cuánto dependo de mi laptop, o mejor dicho, cuán cabalmente miserable me sentí de perderla. Mucho más fuerte que con mi celular, un recorrido doloroso ya bien documentado. A estas alturas todos hemos experimentado la ignominia de una vida sin teléfono. Que se me quedó en el taxi, que me robaron, que se me cayó borracha al water, que me cargué la pantalla. Sea cual sea el origin story, la trama es universal y la amenaza del remake, constante. Pero sabes que, mal que bien, todo está en la nube y no es tan costoso reemplazar el equipo —o ya nos acostumbramos a la vileza del este ciclo de gasto.

La laptop es MUY diferente. Para empezar es más cara y todo lo que tienes ahí no necesariamente está en la nube o en algún backup externo. Sé que tengo uno pero no lo he actualizado en los últimos seis meses. La nube debería estar al día, pero no lo sé. Aunque claro que en los últimos seis meses tampoco he hecho demasiado, so I don’t even know what I might have potentially lost. En fin, el punto es que me dolió la pérdida y solo lo noté porque entré en «modo seguro». Me cerré a todo y empecé a organizarme, para evitar el dolor hasta el último momento posible. Nadar o morir.

Pero como podrán notar en esta entrada, incluso si tarda dos años, el dolor llega igual —y es tan insoportable como cuando está fresco, so I don’t even know what was the point in all this.
No me sirvió de nada. Hoy me siento tan al borde como al principio.
It’s just the same shit day, repeating itself time and time again.