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La abuela

Un día la encontraron tirada en el suelo y no se levantó más. No hablaba, no comía, no se movía. Los médicos concordaron que era una especie de demencia, muy similar al Alzheimer, pero la velocidad con la que se había apoderado de la abuela, de un día para otro, de buenas a primeras, era atípica de esta condición. Daba igual, el resultado era el mismo al final del día.

De pronto la abuela requería cuidados que mi madre y sus hermanas no podían darle. Todas tenían familias y casas y trabajos y vivían muy lejos y fulanita también estaba enferma y el marido de mengana estaba muy estresado y debería ir Claudia más seguido porque ella es oncóloga y eso qué tiene que ver si la mamá no tiene cáncer. Todas apresuraban las excusas, pisándose burdas las unas a las otras, intentando desembarazarse de la culpa que despierta la verdad: no quiero ser yo quien cuide de este ser anormal, de esta monstruosidad, que ya no es madre de nadie.

Mamá, como la abuela, era viuda y solo me tenía a mí. Habría sido la elección natural y unánime de todas la hermanas, pero todas me conocían bien. Sabían que requería tanto o más cuidado que la abuela. Tomó a todas por sorpresa que, luego de dos semanas de compartir la responsabilidad de medicarla, rotarla en la cama, alimentarla por sonda, lavarla y cambiarle los pañales, mi madre decidiera mudarnos a la casa de la abuela y hacerse cargo de ella exclusivamente y a tiempo completo.

Una tarde, mi madre nos colocó a ambas en nuestras respectivas sillas de rueda y nos llevó al patio interior de la casa. Dispuso las sillas lado a lado y se marchó. Recuerdo que cuando mi padre aún vivía solíamos fantasear con heredar esta casa y convertir la mitad de ese patio en una piscina, donde yo mejoraría y volvería a caminar. Pero no sucedió. Volví mi silla para observar a mi madre a través de los macizos ventanales que separaban el patio del comedor. Estaba poniendo la mesa, como siempre. La mano huesuda de mi abuela se ciñó con fuerza alrededor de mi pálido antebrazo. “Lárguense. Lárguense de acá”, roncó la garganta aún irritada por la sonda. El ruido puntiagudo de la vajilla que siempre me regresaba al hogar, sonaba cada vez más débil, como si el mundo se estuviese arrojando lejos de mí.

“¿Qué… dijiste, abuela?”, nunca logré decir.

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[Project #642] Subject 245

Task: Write a story that ends with the line
“And this is the room where it happened”.

 

 

 

 

 

 

“No sé por qué lo hago”, me dijo. “¿No te ha pasado que has avanzado tanto en una dirección que sientes que simplemente es imposible regresar? ¿Que el sólo pensarlo es agotador?”. Claudio continuó lamentando la ausencia de sus padres por casi veinticinco minutos. Ridículo, pensé. Los tiene ahí, están vivos y prestos a escucharlo. Sé por la propia señora Oviedo que lo extraña a rabiar y busca cualquier excusa para llamarlo y escuchar su voz. No puedo sentir lástima por él. “Lo peor de todo”, concluyó peleando con las lágrimas en sus ojos, “es que sé que pronto estarán muertos y será demasiado tarde. Aún así, no puedo dar mi brazo a torcer”. Como una persona que perdió ya a ambos padres, escuchar a alguien que los tiene a la mano decir que “no sabe cómo dar marcha atrás” me resulta extremadamente irritante. Así sea mi mejor amigo. “No nos tocábamos, ¿sabes? No éramos una de esas familias que se tocan”. Cry me a river, you goddamn brat. Ahora, sentado en Brasil, no puedo creer que así haya pasado mi último día en Lima.

La noche era cálida en Sāo Paulo y los viejos sistemas de aire acondicionado temblaban al lado de edificios polvorientos. Dream Café estaba cerrado cuando llegué, una nueva pinta adornaba el portón metálico. Nueva para mí al menos. Habían pasado varios años desde la última vez que pisé está ciudad. Me senté a tomar una cerveza en el restaurante del frente mientras esperaba a Paloma y vi a los muchachos guapos pasar. Los conductores en este lugar están todos locos. No podría vivir aquí de nuevo. Tal grado de desprecio al peatón se me hace inconcebible in this day and age. Cada vez que regreso a Sudamérica siento que es peor de lo que recordaba; sin embargo, me siento siempre muy en casa. Me pasa lo mismo con Lima. Es un viaje en el tiempo a una era oscura. Los curas bien podrían estar quemando libros en la plaza Mayor. Inmediatamente extraño Nueva York y me pido otra cerveja Original. Honestamente, sabe a mierda, pero me queda una hora más de espera y pocos reales.

He olvidado todo el portugués que sabía. Cuando mi madre dejó a mi padre, yo tenía aún catorce años. Cuando mi madre dejó el Perú, ya tenía quince. Cuando dejé a mi padre para vivir con mi mamá, estaba apunto de cumplir dieciséis. Aprendí un portugués fugaz para acabar la secundaria. Debí haber terminado entre los peores de la promoción; sin embargo, mi español e inglés eran excelentes y gané varios concursos para el colegio. Digamos que después de eso fueron bastante… uh, flexibles conmigo. Un año más tarde, me defendía pero no era suficiente para mí. Alguna vez alguien me dijo que la ventana para aprender bien un idioma se reducía considerablemente a partir de los trece años. Yo empecé el inglés a los ocho y español desde siempre, un año de portugués en mis late teens no me permitía ser excelente en ello. And you know me, si no voy a ser el mejor, I’m not going to play at all.

Paloma y yo nos conocimos en la escuela y nos hicimos amigos de inmediato. Ambos veníamos de hogares rotos, de países hispanohablantes y, en lo que a nuestros compañeros competía, de una genética cuestionable. Déjenme decirles algo sobre nuestro colegio: everyone was fucking gorgeous. Uno creería que fue fundada por Derek Zoolander, porque todos eran ridículamente hermosos. ¿Quién dijo que la adolescencia era una etapa difícil? No en este laboratorio de súper modelos. Jamás le vi un grano a nadie, un mal corte de pelo o un bigotillo ralo. Las chicas se acostaban y levantaban con melenas fabulosas, y los hombres pasaban de no tener un pelo a tener la barba perfecta. Perfectly-blown beach hair and five o’clock shadows all around. Paloma, la colombiana, y yo, el peruano, éramos los únicos que no parecíamos adultos de dos metros. We actually looked our age. Una buena mierda cuando vas a una escuela que tiene pasarelas en lugar de pasillos. Pero no nos compadezcan, eventualmente tuvimos nuestros respectivos levantes. And scoring in our school meant fooling around with gods.

Cuando volví a Perú, nos escribimos cartas físicas cada semana por un año antes de rendirnos al email. De hecho, durante los últimos meses, nos enviábamos emails entre carta y carta y finalmente decidimos que la inmediatez era más importante que ser románticos y diferentes. Quisimos mantener nuestro periodo Beaches para siempre, pero la modernidad nos ganó. Sin mencionar que el correo en ambos países dejaba mucho que desear. Nos visitamos sólo un par de veces durante los años, pero nos mantuvimos siempre al tanto de todos los hitos que habíamos de conocer. La última vez que nos vimos fue cuando cumplí mi primer año en Nueva York y fue a visitarme. It’s been three full years. Ahora soy profesor universitario y ella está apunto de casarse. Empecé a sentirme algo nervioso hasta que la bulla de la mesa de al lado me recordó que alguna vez viví aquí. “Passei todo o fim de semana na praia!“, gritó el más gordo de la mesa. No sé por qué, pero me calmó de golpe.

Estaba terminando mi tercer vaso de cerveza cuando llegó Paloma. “Claudio Oviedo me dijo que te vio anoche, antes de tu vuelo a Sāo Paulo”, fue lo primero que salió de su boca. “Ugh, ni me lo recuerdes”, respondí sin perder un segundo. “Hola, ¿no?”, continué mientras me paraba de la mesa con los brazos extendidos. Paloma me dio un fuerte abrazo y me tocó el culo. “Todo en su lugar, muy bien”, guiñó el ojo derecho. “Los gomelos  no tendrían nada que hablar si le vieran”. Sonreí. “¿Ya pagó o pensaba hacer conejo?”. Me tomó un segundo recordar lo que eso significaba. “Vives en Sāo Paulo hace quince años y te vas a casar con un alemán, ¡explícame cómo mantienes intacta tu jerga colombiana!”, reí. “Ay, chato, hay cosas que no se olvidan. Venga, vamos para la casa”.

El departamento que Paloma compartía con su prometido estaba en un pequeño condominio en Frei Caneca, a unas cuantas calles del departamento que yo le conocí cuando era soltera. Cruzamos dos portones antes de llegar a la puerta del edificio, ninguno parecía poder abrirse remotamente. “¿Siempre tienes que bajar a abrir la puerta?”, pregunté. “Sí, ¿puede creer? Estos manes no han remodelado ni medio metro del edificio. Pero lo mantienen bien y los ascensores andan perfecto aunque sean antiguos, eso sí. Pero ni citófono ni nada”, rodó los ojos. De pronto caí en cuenta de lo que me había dicho cuando llegó. “¿Qué diablos hacías hablando con Claudio?”, indagué. “Me escribió por Facebook, a mí también se me hizo raro. Solo me dijo que habían estado juntos y ‘que se diviertan’ y todo eso. ¿Se acostaron?”. “Come off it, jamás”, un ligero escalofrío se disparó en mi espalda. “Pues no sé, ustedes son bien raros”. “Cambiemos de tema”, le rogué.

Al ingresar a su nuevo hogar, tuve la sensación de haberlo visto antes. “¿Sabes que creo que me he acostado con alguien en este edificio? Se me hace muy familiar”. Paloma estalló en carcajadas, dado que había pasado mucho tiempo desde la última vez que yo había puesto un pie aquí. “Por supuesto que se pichó a alguien acá, cómo no”, me dijo. Me alcanzó un vaso con agua y me hizo el gran tour del departamento. Definitivamente había estado en alguna de estas unidades antes. ¿O quizá todos los departamentos en Frei Caneca se parecían? El nombre de la calle also rang a bell for me. “¡Tiene que ver la vista del estudio!”, gritó emocionada. “Solía ser el cuarto de Kellen antes de que yo me mude, pero me molestaba el ruido así que pasamos el dormitorio al otro lado del departamento”. La vista. La vista. ¡La vista! Una llave en la cerradura. “Oi, querida“, se escuchó desde la entrada. “Oi, estou aqui com Patrick. Venha!“, respondió Paloma. Incluso antes de ver a Kellen, lo supe. I had been here before. Esto, efectivamente, no era un estudio, sino el cuarto de un alemán desquiciado muchos años atrás. La cama estaba ahí. La mesa de noche, ahí. Nuestra ropa, aquí, al pie de la cama. La pipa llena de yerba, junto a la ventana. Empecé a sudar. Esta fue la pared contra la cual me arrojó, tomado del cuello. Aquí estaba la silla con la que me golpeé el dedo gordo del pie tratando de reincorporarme. Esa fue la única vez que realmente tuve miedo mientras alguien me besaba, and this is the room where it happened.

 

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[Project #642] Subject 077

Task: Screw you.







El único día que tenía algo importante que hacer en la ciudad me desperté tarde. In typical me fashion, puse tres alarmas e ignoré todas y cada una. Terminé despertándome por mi cuenta media hora antes de mi reunión. Me cepillé los dientes dictándole direcciones a Google Maps, lo cual no nos ahorró tiempo a ninguno de los dos. I’d barely even washed my face before I was out the door. Corrí hacia la estación dejando huellas perfectas de mis pesadas Doc Martens en la nieve. Llegué justo a tiempo para saltar al tren expreso casi vacío. En ese momento me sentí muy afortunado; iba a llegar a tiempo, barely. Entonces revisé mi celular. “Can we meet for coffee while you’re in town?” leía el mensaje de texto que se había escurrido en mis carreras, undetected. El tren arrancó y perdí la señal. Just as well, I was at a loss for words, anyway.

Megan y yo no habíamos cruzado una sola palabra desde que lo dejamos a mediados de noviembre, cuando yo aún estaba en Lima, donde el clima era ciertamente más agradable y el viento refrescaba mis orejas en lugar de lastimarlas. Nueva York es hermoso en invierno (or any other season for that matter), pero la nieve y sus temperaturas antárticas son un real fastidio después de un mes. Hacía un buen tiempo que no venía por Union Square, quizá unos cinco años, pero poco había cambiado. Me resultó bastante sencillo ubicar el restaurante donde almorzaría con el presidente del departamento de Español de la Universidad de Nueva York. Curiosamente, era el mismo lugar de fusión thai vegana —  whatever that means —, donde almorcé con José Antonio, mi amigo cubano, la última vez que estuve por esta parte de la ciudad.

“Estamos buscando nativos que tengan experiencia de vida y algo que aportar a la discusión de la importancia del lenguaje”, comentó Patrick, asegurándome que la pasión era más importante que clocking in determinadas horas de docencia, which I had not. Patrick, como cualquier amante del idioma, tenía las palabras precisas y en cualquier otro escenario habría sido bastante convincente, but not today. Es difícil creerse preparado para pulir las mentes más prometedoras de NYU cuando uno se siente como el más imbécil. Megan había vuelto a mi mente in full swing y trajo consigo un intenso cuestionamiento de todas las decisiones tomadas en el último año. Me sentí un adolescente, fidgeting under the table, pensando en ese maldito iMessage. De pronto recordé aquella línea de Edward Norton en El Club de la Pelea. “I’m a thirty year old boy”. How unbearably distressing.

De madre irlandesa y padre portugués, Megan era una de las mujeres más hermosas que había visto en persona. Su belleza era fácil, honesta, no perdía un segundo mirándose el ombligo. “¿Son esas huevonas buenazas que saben que están buenazas y les gusta, pero son tan ricas que ya no les importa?”, me preguntó David cuando intenté, sin éxito, describir su actitud. Crude as that was, tenía bastante lógica y se ajustaba a la realidad. Había más gracia en un pequeño gesto suyo un domingo a las cuatro de la tarde que en toda la producción de una mujer soltera un sábado por la noche. Megan jamás me dejó entrever cuán hermosa se sabía hasta el final. “Well, you were dating a man before you dated me, so I think I will be okay“, sonrió fríamente. El sarcasmo era quizá lo único que no le quedaba bien y creo que lo sabía; pero no dejaba de tener razón. She would be ok. She’d find someone in a heartbeat. She already had.

Las relaciones a distancia no son lo mío, no las entiendo, no las soporto. La vida moderna ha eliminado prácticamente toda necesidad de interacción física de nuestro día a día, I will be damned si alguien me priva de contacto físico en mis relaciones. Podrá sonar estúpido, pero para permanecer contigo, necesito oler tu piel. No soy tan cavernario en otros aspectos, pero esto no lo puedo negociar. Además, la distancia impone un riesgo incontrolable. Cuando Megan conoció a Scout supe inmediatamente que me reemplazaría. Incluso cuando sus primeras palabras sobre él fueron “ugh, there was a new guy at work today and he was so obnoxious“, había algo en su forma de contar la historia que la delató. Como si quisiera convencerse a sí misma de que era, in fact, alguien detestable. Scout. Qué nombre de mierda.

Cuando todo terminó, decidí quedarme en Lima y no volver por un tiempo a Nueva York. Pasarían algunos meses antes de que Patrick se contactara conmigo y me invitara a una entrevista, la cual terminó con un plato vacío de estofado tailandés de lenteja y camote y una oferta sobre la mesa. Le prometí a Patrick que lo pensaría durante el fin de semana y le respondería el lunes antes de terminar el día. Camino al subway, pensé en mi última conversación con Megan. “I’m not mad you’re seeing another dude, but I hate that you wouldn’t tell me“. Cómo me enteré no importa, no quiero discutir eso ahora. El punto es que no me lo dijo. Asumo que quiso arrastrar las cosas hasta estar segura de la decisión que tomaría, algo que afea a cualquier mujer ante mis ojos. ¿Ahora quiere tomar café? ¿Quiere que seamos amigos y conversemos ya que “estoy en la ciudad”? No. No le daría la satisfacción.

Todas nuestras acciones tienen consecuencias, para bien o para mal. Cuando uno toma una decisión tiene que aprender a vivir con ellas. She made her call. El resultado es una relación aparentemente increíble con un huevón de nombre idiota and the fact she kicked my heart to the curve. Era un riesgo del que ambos estábamos al tanto y, honestamente, no me molesta que haya ocurrido. Me molesta que me lo haya ocultado. Sé que me quiso, sé que se siente mal, sé que quiere tomarse ese café, pedirme disculpas, que quedemos bien. Pero no puedo aceptarlo. ¿Por qué las mujeres creen que el egoísmo en ellas es adorable? ¿Por qué creen que merecen siempre ser perdonadas o que los hombres queremos (o tenemos que) ser amigos suyos después del hecho? There’s nothing in it for us. Solo quiere aliviar su propia culpa y eso es muchísimo peor. El precio de aquella elección es saber que me hizo daño y tener que vivir con eso. Yo ya la perdoné, ¿pero por qué se lo diría? No fun in that. Abro iMessage antes de subir al tren. “We’re fine, babe, and I do wish you well, but…”

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[Project #642] Subject 102

Task: Start a story with the line
“When I confronted him, he denied that he’d ever said it”





Cuando lo confronté, negó haberlo dicho nunca. Había pasado casi dos años desde aquel incidente y tres desde que nos dirigimos la palabra por última vez. Supongo que era mucho pedir que recuerde cuán hijo de puta había sido dos años atrás. No obstante, inmediatamente después se excusó. “Y si se lo dije, fue porque estaba dolido”. ¡Dolido! ¿Él estaba dolido? That’s rich. Yo era un niño, tenía diecisiete cuando lo conocí. Nunca había besado a otro chico antes, mucho menos me había enamorado de uno. Estuvimos juntos intermitentemente por dos años, durante los cuales arruinó sistemáticamente mi vida, dándome migajas de lo que pensé que quería para quitarme a raudales lo que él necesitaba. Me tuvo atado a sus pies cuando nadie más lo soportaba y me soltó la correa cuando quiso tener las libertades de las que yo me privaba. “Dolido”. Qué hijo de puta.

Puede que sea solo mi experiencia, así que les pregunto… ¿los cortes del primer amor son siempre tan profundos y violentos? The first cut is the deepest? Try the nastiest. No hubo nada limpio en esa incisión. Dos años perdidos. Nunca volví a ser tan feliz de nuevo o sentirme menos miserable después. Eres una herida que cicatrizó mal y ahora estoy obligado a llevarte a todas partes. I am now 85% scar tissue and nothing feels quite the same. Deslizo las manos por donde has pasado y se siente… áspero, irregular, mal soldado. La primera vez que Efraín me dijo que me amaba, se fue a casa con una puta de mierda que conoció en esa misma discoteca. Me lo dijo a oscuras, bajo la escalera, lejos de todos. Me dio un beso y se fue. Cuando me reincorporé, ya estaba levantándose a una cojuda para guardar las apariencias. Me hubiera gustado decir que me fui y ese fue el final, pero me quedé.

Efraín era cinco años mayor que yo y había tomado la decisión consciente de dejarme ganar algunas batallas pero no la guerra. Sabía desde el inicio que solo jugaría conmigo, porque ser maricón “no era parte de su plan”. Yo lo descifré rápidamente; pero tan pronto como descodifiqué el código, lo deseché. Como quien había visto trazada la ruta de su propia muerte. ¿Por qué querría saber esto? ¡No, no, déjenme volver al resguardo de mi esperanza ignorante! Quiero volver a creer en que es posible que llegue a la misma conclusión que yo, que ser gay en Lima es una mierda, pero que nosotros podíamos hacerlo funcionar. Que era cierto que nos conocimos mucho antes, de niños, en el hospital, cuando nos peleamos por unos caballos de plástico y me hizo llorar. Un recuerdo nebuloso que ambos compartíamos sin explicación alguna y me hacía creer que era mi destino. Why can’t we just go back to that?

Cuando lo conocí, yo también estaba en el clóset. Me había admitido a mí mismo que era gay, pero a nadie más. No había hecho nada al respecto, nunca lo había dicho en voz alta y temía las consecuencias de hacerlo. Pero yo era un adolescente, recién salido del colegio y aún menor de edad. El tenía 22 años, estaba a un año y medio de terminar la carrera, era jefe de práctica, según yo un adulto a todas luces. So really, what’s his fucking excuse? A la mañana siguiente, después del primer beso, yo estaba listo para gritarlo por las azoteas; ¿por qué él no? Me había quedado a dormir en su casa y luego de conversar por horas, como muchas noches antes, apagó las luces y se fue acercando, hablando cada vez más suave, más despacio. De pronto las palabras se arrastraban de sus labios acariciando los míos. “Creo que es evidente lo que va a pasar”, susurró directamente en mi boca. Lo que sucedió después se asemeja más a una guerra o un exorcismo que a un beso. The violence of it, the rage, it wouldn’t stop ‘til morning. ¿Cómo podría no quererme después de algo así?

Pero así era. No me quería. Lo sentía en ese nudo en mis tripas que se retorcía más y más cada vez que lo veía llegar y partir sin que nada cambie realmente entre los dos. Para cuando cumplí 19, entre idas y venidas, lo tenía claro. Le presenté las opciones, tal cual las veía yo. Puso un disco de heavy metal a todo volumen sobre mis palabras y eso fue todo. Pantera se tragó mis planes. Su rugido ahogó mi voz. Me fui del departamento y no lo volví a ver. Hasta ese día, tres años más tarde, cuando me enteré que al año de dejarlo, tomó lonche con mi madre una tarde. Yo había pasado la mayor parte de ese año de intercambio, intentando entenderme nuevamente. No había hablado con mi madre del tema. Él lo hizo por mí. “¿Por qué ya no te vemos, hijito?”. “Es muy incómodo, señora. Su hijo estaba templado de mí y yo no soy así. Se molestó y dejó de hablarme”. Qué hijo de puta. Lo peor de todo es que cuando lo confronté, negó haberlo dicho nunca.


[Project #642] Subject 001

Task: What can happen in a second.

 

 

 

Pocas cosas son tan versátiles como un segundo. Puede parecer que no alcanza para nada, que no dura lo suficiente o, todo lo contrario, que se extiende por siglos y no termina jamás. En este momento, alrededor del mundo, los segundos están haciendo de las suyas. Alguien está en una incómoda primera cita, rompiéndose la cabeza para encontrar algo interesante que decir y, literalmente, viendo bailar los segundos, agarraditos de la mano, alrededor de la mesa. Alguna madre está escuchando “¡te odio!” por primera vez de alguno de sus hijos, which also only takes a second, pero cuyo efecto devastador dura, por lo menos, el resto del día (hasta que te convences que un niño no sabe lo que dice para dejar de llorar). Alguien más está descubriendo que perderá su vuelo porque no puede comprar una maldita tarjeta para el air train del JFK. Muy probablemente su banco le ha congelado la tarjeta por error… ¡está tan cerca y tan lejos del terminal a la vez! “¡No tengo tiempo para esta mierda!”. Llama al banco, hace un escándalo y pasa el resto del tiempo, segundo tras segundo, pensando “voy a perder mi maldito vuelo”. Until they do. Or don’t, who knows.

¿Saben qué es lo que puede pasar en un segundo? Todo. Ellos lo saben. Tienen todo el poder. Al final del día, un segundo es lo que toma darse cuenta, descubrir algo, para bien o para mal. En la primera cita, un segundo es lo que toma saber que no hay química; la madre odiada solo tarda un segundo en descubrir que la etapa mágica se acabó; para el tío en JFK, el segundo en el que la pantalla le bota “error” es todo lo que necesita para saber que a) hay cosas fuera de su control, b) debió hacer caso y salir más temprano, o si es un poco estúpido, c) no es su día de suerte. The list goes on. En un accidente de tránsito, asir el concepto de tu propia mortalidad con ambas manos solo toma un segundo. ¡Y vaya si lo agarras! Con tanta o más fuerza que el volante. En sueños, un segundo es la diferencia entre la tranquilidad y la pesadilla. En un segundo, sin advertencia, la textura de un sueño placentero se corrompe, se vuelve pesada y asquerosa, como cartón mojado, como algo que no debería ocurrir pero ocurre, and it’s all downhill from there.

En un segundo, si tienes suerte, te llega el amor. El amor a primera vista existe, pero no es la ridiculez que a una le quieren hacer creer. Es tan solo intuición, es algo más grande y viejo que tú. Es algo que debía suceder and you know it in your bones. Yo lo supe en cuanto lo vi, en la esquina de Bushwick y Grand, esperándome. Una cita a ciegas que se transforma en amor a primera vista. Estoy segura que hay infinidad de simbolismos metidos por ahí. Lamentablemente, que exista no significa que dure para siempre, which it didn’t. No lo lamento, que terminara no lo hace menos especial. Nada es para siempre. Ni él, ni yo.

De hecho, si tienes aún más suerte, en un segundo también te llega la muerte. ¿Pero y qué conmigo? ¿Por qué la muerte no me extendió esa cortesía? Sentada en la oficina del doctor, en un segundo, morí en vida. “Laura, hemos encontrado una protuberancia, nos gustaría hacerle algunos otros exámenes y otra resonancia para descartar algunas cosas”. ¡Cómo hablan los médicos! Deben ensayar. Incluso cuando saben perfectamente lo que quieren decir, y lo dejan entrever para que tú lo sepas también, se lo guardan hasta el último segundo. El inevitable. El que no es de autodescubrimiento sino de sentencia de un tercero. Cuántos sinónimos para tumor o cáncer sabrá este doctor, me pregunté toda la tarde. By the time we’re done, I will know them too.

Los segundos… de pronto se me hacen más largos ahora que temo tener tan pocos. Es casi gracioso. La paradoja de no saber qué hacer con mi tiempo tras descubrir que, muy probablemente, no me quede nada. ¿Qué hago con esta noticia, con esta espera? El tiempo no pasa, dios mío. Un segundo para terminar con mi vida y el resto de mi vida para morir. “Vas a escuchar un ruido muy fuerte, un martilleo constante. Es normal, no te asustes. Así suena la máquina. Lo más importante es que estés muy quieta para que salga bien la imagen, ¿ok?”. La resonancia durará cincuenta minutos.

Uno, dos, tres, cuatro…

 

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Ficciones verdaderas

For the muses.

 

 

Pues, a lo que iba. Estoy solo. Estuve hasta hace unos minutos en una fiesta con varios grupos de amigos diferentes, pero me fui. Temprano, supongo, considerando que es sábado y mañana no tengo absolutamente nada que hacer. Pero quería irme. No porque la fiesta fuera tediosa o aburrida — de hecho estaba buenaza —, sino porque de un momento a otro, me cansé de las luces y el unts-unts-unts, el olor a cigarro y turra alcohólica (no mía, por cierto, porque no tomé nada). Así que sin mucho aspaviento, cogí mi hoodie del festival, me despedí de todos y me fui. En el camino, una zancuda me dijo “hola” de manera sugerente. Esquivé la nube mortífera que la rodeaba y continué mi camino hacia la avenida. La idea de no tener que compartir un taxi hasta mi departamento me parecía extraordinaria. Darle mi dirección al taxista y alguna que otra indicación me parecía interacción suficiente. So I left. By myself. Lone wolf.

Quiero mucho a mis amigos, a todos. A los que veo poco, a los que veo mucho, a los que se ven sin mí, a todos. In no way should my running for the hills suggest otherwise. Pero de un tiempo a esta parte, actúo sobre mis impulsos y a veces estos me piden recluirme para estar conmigo mismo (a.k.a prestarle atención a las ideas que habitan en mí). Se aburren si no las escucho, you know… Lo más curioso es que después de un rato, in my fortress-of-solitude state of mind, me pillo teniendo conversaciones imaginarias con gente que no está ahí y que, de hecho, estaba allá. Sé que tengo problemas mentales, pero no son tan severos y no puedo ser el único, así que me veo obligado a preguntarme — y por extensión a ustedes, amables lectores —, ¿me pasa solo a mí? ¿Solo yo tengo conversaciones completas, full emoción, con gente que no está ahí? Tipo, no gente muerta or anything. Tampoco imaginaria. Gente real. Solo que no está físicamente conmigo, respondiendo.

Claramente me pasa cuando tengo algo que decir y no sé cómo decirlo. Me pasaba mucho cuando terminaba con algún ex. Todas las cosas que siempre quise decirle y no pude se desarrollaban en sendos unipersonales en el teatro de mi ventana. No puedo ser el único al que le pase. O quizá sí. Mi cabeza es un sitio complicado, pero me gusta. For the most part anyway. Excepto por las noches. Por las noches es difícil. Cuando todo lo demás está en silencio, puedo escuchar mis pensamientos con mayor claridad. No contentos con que los escuche, estos gritan y corren y no me dejan dormir. Me quedo tirado en mi cama por horas, con la cabeza apoyada en mi brazo, mirándome el antebrazo en la oscuridad hasta que las formas no me hacen el menor sentido. De pronto recuerdo cosas sin importancia. Recuerdo ser pequeño, en mi cuarto de infancia, temiendo que se metieran a robar a través de mi ventana. No sé por qué. Luego me sorprendo de cosas idiotas que se me ocurren, como que la tos y la risa empiezan en el mismo lugar y de la misma forma; sin embargo terminan en historias dramáticamente diferentes. No obstante, llevadas al extremo, ambas confluyen en lágrimas. Y no sé por qué se me ocurren estas cosas, pero se me ocurren. Las apunto y vuelvo a dormir. O a intentarlo.

De pronto es de día. Hice todo lo que tuve que hacer. O no. Pero estuve lo suficientemente distraído — ¿o concentrado?— para bajarle el volumen a todo. Y sí, estuve con gente y fui otra persona, que es la misma persona y que soy yo en parte y en teoría. Es gracioso como uno es tantas cosas y tantas personas con gente alrededor. ¿Y la gente que no está? Pues, la recreo. En cualquier momento me invade un recuerdo, me asalta la nostalgia, o la rabia, o lo que sea que me provoque la persona que ha viajado a través del tiempo y el espacio para tocarme la puerta y romper mi tranquilidad, para bien o para mal. Entonces les hablo. O les grito. O les sonrío. Luego vuelvo a donde estaba y me pregunto, no sin vergüenza, si mi diálogo se filtró al mundo real. Si lo dije o lo pensé. A veces no recuerdo las cosas. No recuerdo nada. Incluso desconfío de lo que sí recuerdo. No sé si realmente ocurrió. Siempre imagino finales alternos a situaciones que aún no han terminado, o tengo estas conversaciones extrañas en las que me veo haciendo algo drástico y diferente. Luego de mucho tiempo, me confundo y no distingo lo que hice de lo que no, lo que dije de lo que imaginé.

Nunca estoy solo, no realmente. Pues cuando estoy solo es cuando más acompañado estoy, cuando hay más ruido, porque hay tanto de mí aquí, hay tanto yo adentro, que nunca estoy realmente on my own. La noche es quizá la parte más caótica de mi día. Ergo, no puedo dormir. Pienso. Recuerdo. Shuffle. Cuando era más pequeño, imaginaba que alguien corría al lado del auto en el que iba al colegio. Lo veía a través de mi ventana, correr, saltar, sortear los obstáculos del paisaje urbano que fluía como un río gris y carmesí a mi lado. Pavimento y ladrillos licuados por la velocidad siempre parecen dar ese mismo color. Él saltaba por los techos, se colgaba de los postes, hacia taburete con los peatones y autos. A veces era el hombre araña y era más divertido (porque se colgaba con sus telarañas) y a veces era un chico sin forma, una sombra de mi imaginación. A veces me daba cuenta que era yo, pero no me veía como yo. Otra vez me he perdido en nimiedades y recuerdos intrascendentes. Otra vez me estoy viendo el antebrazo. Otra noche sin dormir, miss Kaysen.

 

Si pudiera regresar al principio, nacer otra vez, me quedaría mudo. No diría una sola palabra. Cada cosa que he dicho ha puesto otro ladrillo en mi prisión. Porque siempre dije alguna estupidez que no pensaba o no sentía. Era mi deber. Tenía un personaje, construido por los otros, por los años, por amigos, por extraños. Tenía que decir mis parlamentos, lo que se esperaba de mí. Tenía que desempeñar mi papel. Dije tanta huevada que me convertí en él. Pero muy en el fondo, donde siento quién soy sin saber realmente cómo soy, vive otra cosa. Carne viva. Un monstruo sin piel al que todo le duele, le arde, le asusta. Me angustia estar atrapado detrás de la ilusión de quién es Domingo Rivas porque sé que no soy yo y sin embargo no sé cómo me llamo. Lo veo todo a través de Domingo. Lo escucho decir, ahora convencido, cosas que no siento. ¿No somos lo mismo? Cuando nos acostamos por la noche, ¿no me escucha? Es terrible esto de estar atrapado detrás de todo lo que has dicho durante 31 años, cada palabra hizo el muro más alto y hoy no hay esperanza de salir jamás. Por eso si pudiera volver a empezar, de cero, me quedaría callado. Así nadie sabría quién soy realmente… y ya no sería el único.

El sillón de cuero naranja era totalmente diferente a los demás del salón; se levantaba como un trono en la cabecera de una mesa larga y baja al lado de una chimenea falsa. Domingo siguió un impulso y se sentó en él, presidiendo la sala más grande del bar, buscando proyectar control sobre el resto de parroquianos. Este no era él, pero ellos no lo sabían. Se sacó la casaca de cuero y tomó la carta, sin prestarle real atención. Tampoco notó que, luego de una frase sorda, se había quedado solo en la mesa.

“¿Qué desea el caballero?”, preguntó el mozo con automática amabilidad. Domingo no cuestionó que el hombre de cabello oscuro y rostro avejentado fuera realmente amable, pero dudaba que esa calidez fuese del todo genuina con él, un desconocido. Las personas dedicadas a servir a otros deben presentar un cuadro similar al de las víctimas de violación sistemática, pensó. Como las putas, que desconectan alma y cuerpo noche tras noche para representar su robótico papel, los mozos también deben encontrar repugnante tener que ser particularmente serviles. Por eso, estaba seguro, repetían sus líneas sin pensarlas o sentirlas. Nunca pueden ser “solo buena gente”, los obligan a ser sumamente acomedidos. “Yo me sentiría vejado”, reflexionó. “Tener que actuar como si otros tuvieran poder sobre mí o fueran intrínsecamente mejores que yo. Por eso no soporto la idea de la monarquía en el siglo XXI”.

En todo este tiempo no ha decidido qué trago quiere y el pálido mesero empieza a mirarlo con impaciente ternura. Su amabilidad, descubrió, era real. “¿Cuba libre?”, solicitó finalmente. “Perfecto, ¿y el caballero?”, agregó el mozo, ojeando el pesado abrigo de tweed doblado en el mueble contiguo. “Una Corona, por favor”, se escuchó desde el otro lado del salón. Lucas había vuelto del baño, más calmado y bien peinado. Había retomado su lugar como obra maestra de la genética. Domingo le comentó su teoría sobre los mozos, las putas y la monarquía. “Eres un verdadero baboso”, respondió. “¿Te importa si te grabo?”. Domingo sacudió la cabeza. Él había accedido a brindar esa entrevista, qué más daba si dejaba un registro. “De acuerdo, cuando quieras”, sonrió Lucas.  “¿Cuál era la pregunta?”, tosió Domingo, con los ojos entrecerrados por el esfuerzo. “Si cambiarías algo de tu vida…”, enunció Lucas directamente a la grabadora.

 

Efraín, pt. 2

V.

La mañana después de su fiesta de cumpleaños, estábamos acostados en mi cama y le llevé la última sorpresa: una tarjeta firmada por todos sus amigos y, claro, por mí. Lindo, ¿no? Efraín también lo pensó. Me observaba y sonreía. Los enormes ojos cafés, las pestañas eternas, los bucles castaños cayendo sobre los hombros y una sonrisa dulce y pesada como la miel. Me miraba con… no lo sé, satisfacción. Yo me sentía completo en esa mirada. Sentía que nadie me había mirado así, como yo quería. De pronto, me dio un piquito que me tomó totalmente por sorpresa. Sentí la electricidad de su impulso sacudirme de pies a cabeza. Envalentonado por el gesto e insatisfecho por la corta duración, se lo devolví. ¡Hubiera querido que dure cien años! Pero me engañaba.

¿Quién me engañaba? Efraín, claro, pero más importante aún, yo mismo. Por mucho tiempo, ese piquito fue todo lo que hubo entre nosotros. Bueno eso y acostarnos, abrazarnos, dormir, ¿recuerdan? Era la única “prueba” de que lo nuestro no podía ser totalmente imposible solo… difícil. Me aferré a ese besito fugaz, clandestino, con todas mis fuerzas porque si lo soltaba lo habría perdido todo. Esperanza incluida. Sabía que ese beso tenía que significar algo, aunque ninguno estuviera seguro de qué. Así que me mentí. Ignoré la realidad de plano. Omití el hecho de que, la noche anterior, el muy hijo de puta había estado metiéndole la mano a una perra de mierda en mi propia sala. Simplemente lo bloqueé, porque de no hacerlo, no hubiera podido seguir peleando.

O sea, imagínense la figura y comprenderán el por qué de mi delirio: Yo, enamorado hasta el cerebro pese a conocerlo relativamente poco y no haber tenido nada físico con él, le organicé una fiesta de cumpleaños en mi casa. Uno. Hice todos los arreglos del caso: invité a la gente, hice las llamadas, compré cosas para picar y beber, llevé la pinche torta y toda la mierda. Van dos. Le regalé su disco favorito de Nirvana: In Utero, el cual, por cierto, era imposible de conseguir en el año 2000. Ya son tres. Le regalé una tarjeta que hice firmar por todos nuestros amigos. Cuatro. Ahora que lo leo, tengo sentimientos encontrados. Por un lado digo, mierda, ¡qué lindo soy! Pero por otro digo ¡pero qué cursi hasta el culo! ¡Yo también me habría dejado! jaja

En fin, todos mis regalos no pudieron compararse a la zorra ebria que le llevó ese provinciano maligno cuyo nombre ni siquiera me molestaré en mencionar/inventar. ¡Aj! Tuvo la concha de decir “te la traje de regalo”. ¡Maldito huanuqueño troglodita que piensa que cualquier perra es moneda local! Nunca me sentí más peligrosamente homicida que esa noche de agosto. ¿Qué hice? Pues una escena no podía armar. Estábamos en mi casa, con todos nuestros amigos y mi familia por los alrededores. ¿Qué más podía hacer? Me embriagué. Al máximo. Tomé y tomé como si no hubiera un mañana. Tenía que incapacitarme al punto que no pudiera pensar en la puta de mierda revolcándose sobre mi no-novio y, peor, ¡sobre mis muebles! O por lo menos quedar lo suficientemente aturdido para no poder levantar un cuchillo.

Pues sí, todo eso ocurrió. ¡Y yo que le canté el jodido Happy B-day! Pensar que, cuando aparecí con la torta, me encerró en la sala, a oscuras, y me abrazo como si quisiera comerme con el pecho. Es más, me dijo algo totalmente cursi y empalagoso, no recuerdo qué, solo recuerdo que me hizo sentir en las nubes. Pero todo eso es mierda cuando la primera zorra ebria se tambalea por mi jardín. Se fue con ella, hasta que ella decidió irse sola, entonces volvió conmigo, a contarme lo bien que le había ido, las cosas que le había hecho y lo que les quedaba pendiente. Toda mi relojería visceral se trabó. Me quería morir. Él me abrazó, feliz de tenerlo todo. Nos quedamos dormidos antes que yo pudiera llorar en silencio.

La mañana después de su fiesta de cumpleaños, estábamos acostados en mi cama y le llevé la última sorpresa: una tarjeta firmada por todos sus amigos y, claro, por mí. Yo ya sabía que él no me quería; pero salí de la cama, bajé las escaleras, recogí la tarjeta y se la di de todos modos. Entonces él me respondió con aquel beso fugitivo que me destruyó el cerebro. Creo que ese fue el momento exacto en que perdí la razón por él. Si bien ya estaba medio desquiciadito por cerrar los ojos ante la puta de babilonia que había estado con él horas antes, después del piquito me recibí de demente con mención en imbécil. Me enamoré perdidamente, y cuando digo perdidamente me refiero a que estaba dispuesto a perder-me por él; perder mi cordura, mi amor propio.

Entonces empecé a fantasear con roche, a seguir intentando que el muy mierda me reconociera como más que un amigo. También empecé a temerle a las chicas. Mi competencia directa, quién lo creería. Sentía pánico ante cualquier estúpida que lo mirara con aprobación. Sabía que se me escaparía a la primera oportunidad. Todos esos temores se fueron cuando me dio el beso más rico que me han dado hasta la actualidad. Paradójico, realmente, considerando que Efra era el peor besador del mundo. El hombre simplemente no sabía lo que hacía. Lo que hace el amor… o creer que hay amor.

Pero no debí haber abandonado mis temores tan pronto. Finalmente sí me dejó por una chica, tal y como yo siempre supe que lo haría. El muy cobarde, nunca pudo decirme que me amaba como más que un amigo, aunque ambos sabíamos que era cierto. Hizo de un closet un hogar. Espero que la novia actual – que es mi amiga, por cierto – no se sofoque ahí adentro. Ciertamente, ella no se merece al cabro (en todo el sentido de la palabra) que tiene por novio.

VI.

Era un día cualquiera, en realidad. Ni siquiera recuerdo lo que estábamos haciendo. Efra se acababa de mudar a su nueva habitación en el garaje. Recuerdo que cuando aún estábamos en su antiguo cuarto, un hueco en la pared del tamaño de mi closet, se quejaba de lo pequeño que era y decía que quería irse al garaje. “Además, ahí no me van a joder si pongo mi música a todo volumen”, dijo. Yo asentía. Los meses habían pasado y finalmente su familia lo había desterrado casi fuera de la casa, como él quería. Tenía cajas llenas de porquerías tiradas en el suelo y muebles sin acomodar. Sonreía y me mostraba dónde pondría todo. Estaba tan contento. Me senté en la cama y una caja llamó mi atención. “Son mis juguetes”, me dijo algo avergonzado. Mi rostro se iluminó y sentí un “¡¡¡qué lindo!!!” subiendo por mi garganta. Pero me lo tragué. Cuando abrí la caja, ahí estaba, mirándome de perfil. El caballito.

He pasado buena parte de mi infancia enfermo. En hospitales, en quirófanos, en cama. Cuando tenía siete años me internaron una noche en el hospital. Una de las tantas noches que pasé en un hospital. Se me había cerrado el pecho y no podía respirar. Me tenían en observación. Mi madre me prometió que se quedaría conmigo toda la noche, estaba tranquilo. Me quedé dormido y mi mamá se fue. Una promesa rota que pasa desapercibida no daña a nadie. Lamentablemente para ella (y definitivamente para mí), me desperté. Al no verla ahí y encontrarme en un lugar oscuro y hostil, entré en pánico.

Me bajé cautelosamente de la camilla y empecé a deambular por el hospital. Me paraba frente a las personas que encontraba y preguntaba con los ojos bien abiertos “¿han visto a mi mamá?”. Nadie me daba razón. Vi la puerta. El objetivo era claro: encontrar a mi mamá. Eché a correr hacia la puerta a toda velocidad (o lo que a mí me parecía toda velocidad) y fui interceptado por una vil enfermera. Grité, lloré, la pateé. “¿Dónde está mi mami?”, le dije. “¡Me mintió! Me dijo que se iba a quedar y no se quedó”, lloré. La enfermera, lejos de ser comprensiva con mi dolor infantil, se puso singularmente agresiva y me llevó a rastras al cuarto. Yo grité como un loco. Ahora que lo pienso, debieron ejecutar a esa mujerzuela. ¡Era un niño con asma! Yo hiperventilaba si pasaba una polilla, ¿cómo se le ocurre someterme a semejante estrés? En fin. Lo siguiente que recuerdo es haber sido amarrado a la cama. Again, ¡qué hostil!

Cuando desperté, mi mamá estaba ahí. Le dije su vida (o lo que a mí me pareció su vida), me pidió disculpas. Le conté lo que me había hecho esa mujer gorila. La llamaron. La confronté y le dije que me había amarrado a la cama ¡y que era una tremenda hijadeputa! Bueno, la versión de siete años de esa frase, cualquiera haya sido. La maldita lo negó, ¡lo negó todo! “¡No mientas, hijadeputa!”, le dije. Bueno, not exactly, pero ya me entienden. Dijo que yo exageraba. Mi mamá, obviamente, me creyó a mí. Se fueron un rato. Me imagino que a flagelarla. Nunca supe el desenlace de aquello. A mí me mandaron a jugar.

Caminé por el hospital, habían otros niños. Me parece que ya había conocido a alguno que estaba en la camilla de al lado. También podría estarme confundiendo con mi estancia en un hospital de Washington. O con un episodio de “Los años maravillosos”. En fin, el punto es que habían niños. Mi mamá había llevado mis juguetes. Yo los arrastraba por el hospital, sin saber dónde aparcar. Me senté, finalmente, en un cuarto de juegos bastante amplio, con otros niños. Yo no era (aún no lo soy) el niño con la personalidad arrolladora que se podía sentar a hacer amigos sin esfuerzo. Me senté solito, en el suelo, en algún lugar del cuarto. Me puse a jugar con mis caballitos.

Eran unos caballos de plástico sin mayor gracia, pero a mí me encantaban. Los tenía en una gran variedad de colores: Negros, blancos, marrones, grises. La gran mayoría de ellos habían pasado alguna noche en el establo de mis dientes. Tenía la manía de morderles las patitas y la cola. Desde muy temprana edad fui un niño con una ansiosa fijación oral (jaja). Aún me como las uñas, es terrible. En fin, estaba ahí, sentado, jugando con mis caballitos, cuando se acercó un niño. For the life of me, no puedo rercordar a ese niño. Simplemente no puedo, ni siquiera al día siguiente pude recordarlo. Era como si me hubiera cegado. El niño es un manchón negro en mi memoria, una silueta a contraluz. Me dijo algo, no recuerdo qué, pero no fue nada bueno. Le respondí, tímido pero decidido. Sostuvimos una breve conversación (el tipo de conversación que tiene un niño de siete años con uno ligeramente mayor).

Terminamos peleando, no recuerdo ni cómo ni sobre qué. No peleando a lo todos los niños en círculo y nosotros en medio del cántico “¡pelea, pelea!”. Eso es un capítulo de “Carrusel”. Fue un pleito verbal sobre sepa Buda qué. Solo recuerdo que me ofendió. Lastimó mi pueril autoestima. El otro chico ganó. Fue muy malo, más malo que yo, que fui siempre un niño bastante inocente (quién lo diría). No recuerdo qué pasó. Solo recuerdo que ese engendro estaba totalmente dispuesto a herirme, a hacerme llorar, lo veía en sus ojos, lo sentía en sus palabras. No recuerdo si dejé mis juguetes tirados o no. No recuerdo otra cosa que las lágrimas brotando y las irreprimibles ganas de ver a mi mamá. Corrí hacia ella, que no estaba muy lejos. Lloré y le dije que quería irme de ese lugar horrible. “¿Qué pasó, hijito?”, me preguntó. No le dije del niño horrendo que me había molestado, o quizá sí. Mi mamá se disculpó, se despidió y nos fuimos. Fue el primer niño que me hizo llorar. Una postal del futuro.

Cuando abrí la caja, doce años más tarde, ahí estaba, mirándome de perfil. El caballito. Me quedé quieto por un segundo. “Mira, este es mi robot”, me dijo Efra, como un chiquito. Yo sonreí, pero no presté atención. Tomé el caballito y lo miré por todos sus costados. “¿Qué pasa?”, preguntó. “Yo tenía un caballito así, varios de hecho”, le dije. Me miró por un rato. Yo lo miraba intentando recordar qué sucedió con mis caballos. Una vez, mucho tiempo antes, Efraín me había confesado que tenía la impresión de “conocerme de antes”. “No en otra vida, yo no creo en esas huevadas; solo… antes. No sé, de niños”, me dijo. Yo le había dicho que fui una infamia infantil, que pasé mi niñez en hospitales e hice padecer a mis padres con mis múltiples fallas de fábrica. Él me había respondido que, precisamente, creía haberme conocido en un hospital. “No me caías bien”, me dijo arrugando la nariz.

Mientras miraba al caballito, ese recuerdo se fundió con aquellos del niño que me hizo llorar en el hospital. ¿Era posible? Se lo conté. Le conté lo poco que recordaba, con todos los detalles que podía exprimirle a mi cerebro. Efraín sonrió. Por un momento pensé que parecía recordarlo. Pero su mente estaba tan nublada como la mía. Sin embargo, ambos teníamos un recuerdo insólitamente similar. Estaba pensando lo mismo que yo. ¿Era posible? ¿Luego de todos esos años había vuelto a encontrar a ese niño del hospital? No podía ser. Nos reíamos como estúpidos, estábamos totalmente sobrecogidos por la idea del destino. En ese momento recordé que ese niño tenía algo. Una fuerza. Sabía que me lastimaría pero me atraía. No sexualmente, morbosos, ¡era un niño! Me refiero a… algo. Una energía, no lo sé. La pregunta quedaba en el aire. ¿Me había venido a enamorar, doce años más tarde, del primer niño que me hizo llorar? “Yo no recuerdo haber tenido un caballito de ese color”, me dijo

VII.

Sentado en el terral, mirando sus rodillas, entendí que todo había terminado. “Todo es tu culpa”, gritó Efraín. “Si todo se va a la mierda es por ti, porque yo aún quiero ser tu amigo y si tú hicieras algo, si te importara, podríamos serlo. Pero sé que no lo vas a hacer, así que… a la mierda”. Sonó casi sincero. Then again, todo suena más real si lo dices enérgicamente. Y así habló él. Cada una de sus palabras eran un puñal, terriblemente decidido a trozar mi carne. Pero falló. Cada machetazo trituraba las cadenas que me ataban a él. Era cierto, yo no haría nada. Ya no me importaba. Había tomado mi decisión. Lo amaba, pero me hacía profundamente infeliz. Cuando todo hubo terminado, el peso de dos años de desamor se escurrió de golpe. De los hombros a los pies.

Me levanté, me sacudí el tiempo del alma y el polvo del pantalón. Lo miré a los ojos. “Adiós, Efraín”. No hubo silencio. “Chau”, exhaló de inmediato, cortante, mirando al suelo. En ese momento vi a Efraín como nunca antes. Derrotado. No puedo describirlo, fue algo en su respiración. Algo cambió. Con ese último suspiro, la guerra terminó. La esperanza, su amor por mí, nuestro pasado, habían dejado el edificio. Ya no quedaba nada, solo la calma de saber que estábamos parados sobre las cenizas de todo lo que alguna vez nos habíamos dicho y no había más que hacer. Nuestra historia se quemó hasta el suelo. Sin ruinas, sin monumentos, sin souvenirs.

Quería llorar. Sentía que tenía que. If I didn’t grieve for our story, who would? Él ciertamente no lo haría. Mi piel adolescente se había desgarrado en el transcurso de aquellos años y los jirones cayeron uno a uno en el camino. Nada me dolió tanto como aquello. Nada me ha vuelto a doler igual. El corazón solo se rompe una vez y no se cura. Sin embargo, se puede vivir con un corazón roto. Se puede vivir con una segunda piel. Se puede vivir después de un amor que arañó hasta los huesos, porque los huesos siguen ahí. Dolidos, atacados por la fiebre más intensa, pero enteros. El (des)amor más duro no puede partirte los huesos. Así que levántate y camina. Me dolió como la buena mierda, pero me levanté y caminé. Y no. No lloré. Ya para qué.

Hablamos mucho ese día, antes del final. Nos dijimos todo. Le dije que estaba enamorado de él y que no me arrepentía, que no me avergonzaba, que no me disculparía por querer más. “¿Tú crees que para mí es fácil escucharte decir eso?”, me preguntó. “Eres mi mejor amigo”. Su mejor amigo. Lo peor es que era cierto, o alguna vez lo fue. Al final nada de eso importa. No hay sentimiento que resista la crueldad de los amantes y nosotros fuimos muy crueles. Nunca pude disfrutar siquiera de aquella vez que me dijo que me amaba. Fue un momento bello, escrito en la arena húmeda de un día perfecto. Pero el amor que se confiesa sobre la arena no vale nada. El mar se lo tragó. El mar se tragó todo. Y yo me dejé llevar por la corriente. Preferí ahogarme en su sabotaje que defender garabatos en la arena. ¿Quién puede detener el mar después de todo?

Sentado en el terral, mirando sus rodillas, entendí que todo había terminado. No me sentía triste ni contento. No sentía nada. Estaba exhausto. No me quedaba pelea. Tenía diecisiete años cuando conocí a Efra. Aquel día en el terral, tenía casi veinte. Todo ese lapso, luché por él contra él. Puedo decir, sin lugar a duda, que lo peor de luchar una guerra perdida son las pequeñas victorias. Por un momento olvidas que el final ya está escrito. Aquel día, me rendí. Lo dejé ganar y ambos perdimos. Qué sensación tan inexplicable. Sus rodillas como barrotes frente a mí, alejándose cada vez más. Qué final. Cae la cortina y el escenario se hace polvo. Hasta hoy (curiosamente, tu cumpleaños), no puedo reconocer lo que sentí. Todo estaba cubierto de cenizas.

 

Efraín, pt. 1.

I.

A veces pienso que, en cierto modo, todo ha girado en torno a él. Desde siempre. Quizá por eso me he sentido algo perdido desde que se fue. No porque aún sienta algo por él, sino porque era un baile que había dominado bastante bien. Estoy absolutamente convencido de que largarlo de mi vida fue lo mejor que pude haber hecho, pero admito que me dejó desorientado. El salir de la rutina, “avanzar”, parecía imposible. Con el tiempo dejé de extrañarlo, de amarlo, de recordarlo. Lo único que me molesta hoy es que nunca sabré si me dijo la verdad sobre el bendito caballito de plástico. Si me mintió, qué lindo. Algo dulce había detrás de una mentira tan estúpida. Si me dijo la verdad, qué terror. Efectivamente probaría que Efraín era el amor de mi vida.

De esa pseudo-relación no queda nada. Solo preguntas que en realidad no buscan respuesta. Están ahí, se resisten a morir, pero tampoco quieren penar. Los fantasmas inútiles de las viejas dudas. No me molestan. Ya ni siquiera los noto. Solo cuando algo me lo recuerda, me percato de que están ahí, que nunca se fueron. Están jugando póker con el resto de los extraños, probablemente escuchando Smells Like Teen Spirit. Era un punto en común, aunque él cantara Nirvana y yo, Tori Amos.

Aún recuerdo el día que le hice escuchar mi versión. Era bastante tarde, de hecho creo que ya nos habíamos acostado. Recuerdo haber insistido y haberme levantado de la cama para buscar el cd. “¿Tiene que ser ahorita? No tengo ganas de escuchar tu música”, me dijo. Me causa cierta gracia recordarlo. Lo dijo con un tono tan despectivo. Tu música. Creo que quiso decir tu “chick music”. “Sí, ahorita. Please?“. Aceptó de mala gana (sabía que era inevitable, supongo). Metí el cd, un sancochado de 79 minutos. Me salté todos los tracks del First Band on the Moon de The Cardigans y una canción de Travis que ahora odio. La pista empezó a sonar, 00:01. Las críticas arrancaron en el 00:02. “El solo del comienzo es muchísimo mejor en la versión de Nirvana”, dijo. Yo, para picarlo, rodé los ojos, como de costumbre. Era algo que odiaba, decía que era un gesto de villamariana, lo cual a mí me parecía sumamente divertido (yo soy lo más cercano a una villamariana que jamás tendrás, loser).

“Escucha y no jodas”, le respondí. Conforme avanzaba la canción, sus ojos se abrían cada vez más. Estaba totalmente impactado, cualquiera diría que no había escuchado un cover en su vida. Para el minuto tres pensé que se le iban a salir. “¡Dios, es igualita!”, me dijo. “Duh, es un cover” (rodando los ojos). “¡Qué berraca esta tipa!”, sonrió. No salí en defensa de Tori porque, para Efraín, todo era berraco. Era una de sus palabras favoritas, por algún motivo. Además en ese momento tenía una cara de bobalicón hermoso que no podía resistir. Qué bello era cuando sonreía (más aún cuando sonreía conmigo). Cuando terminó la canción sentenció “la versión de Nirvana es superior”. Whatever.

No recuerdo qué pasó después. Creo que lo torturé con más de mi música y terminó apagándome el equipo. O quizá no. Los recuerdos se han difuminado con los años. Pero me acuerdo de su cara mientras escuchábamos a Tori Amos. Se le veía como un niño, sorprendidísimo ante las novedades de un cover. Lindo. Esa noche, como todas las noches, me moría por él. Estabamos en mi cuarto, en mi cama, acostados. Creo que nunca he dormido tan bien como cuando dormía con él. Su brazo bajo mi polo, rodeando mi cintura, me curó del insomnio que había padecido casi toda mi vida. Para mí, dormir bien era un concepto tan inalcanzable como el bien supremo de Aristóteles hasta que llegó Efraín. Volvió a serlo cuando se fue. Por muchísimo tiempo, la cama me quedó demasiado grande. Es horrible cuando tu cama es el único sitio donde no puedes descansar. Diez cubrecamas no podrían haberme abrigado tanto como sus abrazos. Todas las putas noches sentía que me faltaban y me moría de frío.

Ahora, todo bien. Me es extraño recordar lo miserable que me sentía en ese momento, porque me he acostumbrado a dormir solo de nuevo. El insomnio volvió, pero es bastante manejable. Cuando finalmente duermo, duermo bastante bien. Pero de hecho, esa es una de las cosas que más recuerdo. Dormir con él era lo que más disfrutaba en el mundo. Era nuestro momento de mayor intimidad, no había nadie más, no había que pretender. Por eso me encantaba. Nada era fingido, era lo que sentíamos, sin censura. Siempre encontraba la posición perfecta para darme un beso o abrazarme toda la noche y era tan genuino, tan real. Cuando hablaba de él con mis amigas repetía incansablemente que eso era lo que más extrañaba de nuestra lamentable situación. Puta madre, Efraín. Si no la hubieras cagado tan magistralmente, podríamos haber sido bastante felices. Pero supongo que eso lo sabes.

II.

El verano de 2001 fue el último que Efraín y yo pasamos juntos. Me sorprende recordar lo extremo de aquella situación insostenible. En un lapso de tres meses recorrimos el espectro de un lado al otro, ida y vuelta. En enero estábamos tirados en el mueble, un domingo cualquiera, planeando nuestro último curso juntos en Estudios Generales y en marzo, cerraba la reja de su casa pensando “nunca más volveré” (y lo cumplí). Era una relación condenada a fracasar desde el inicio, una relación con cáncer. Había tenido sus días buenos, incluso llegué a olvidar que estaba enferma, pero no podía negar que estaba muriendo. Siempre estuvo muriendo.

Es extraño lo rápido que puede degenerar el amor. Ese día de enero se parecía a muchísimos otros. Efra acostado boca arriba en el mueble, yo encima de él, con la cabeza sobre su estómago, escuchándolo sonar (su estómago siempre sonaba) y revisando el librito de horarios de Letras. “¿Qué llevamos?”, me dijo. “A mí solo me falta uno de esta columna. Creo que llevaré Ecología, me han dicho que es fácil”, respondí. “No, hay que llevar Biología. Me parece bravazo”, sonrió. Y así fue, su sonrisa cerró el trato y, semanas más tarde, nos matriculamos en Biología. El domingo anterior al primer día de clase, terminamos. De haber sabido eso en enero, habría llevado Ecología como yo quería.

Llevábamos varios meses peleando por todo. Es más, no pasamos año nuevo juntos. No recuerdo si fue porque en ese momento no hablábamos o porque habíamos decidido celebrar por separado. Sin embargo, en enero las cosas parecían haber mejorado. Al menos lo suficiente para vernos, para visitarnos, para pasar tiempo juntos y recordar vagamente que, alguna vez, nos habíamos querido. Yo aún lo amaba, a pesar de todo; pero no podría asegurar que él aún me amaba a mí (si acaso alguna vez lo hizo). Intenté dejar todos los pleitos atrás. Tenía que convencerlo de que nosotros valíamos la pena. Algún día se dará cuenta que somos el uno para el otro, pensaba. Error.

Ahora no puedo recordar acontecimientos clave, no puedo ubicar en el tiempo los momentos críticos que lo mandaron todo al diablo. Siento que todo pasó en un parpadear. Un día estábamos bien, y al otro terriblemente mal. La verdad era que no podíamos sostener la farsa un segundo más. Yo podía acostarme sobre su estómago y escucharlo sonar, acariciarlo y besarlo, dormir sobre su pecho y jugar a la pareja perfecta; pero ya no era real. Él a su vez podía abrazarme por la cintura, poner su rostro sobre el mío y dormir a mi lado toda la noche, interpretando al chico que engríe a su enamorada de toda la vida; pero yo no era su enamorada, con todo lo que ello representa, y jamás lo iba a ser. Y ninguna palabra en esa oración, verbo o sustantivo, está equivocada, por lo que su interpretación era realmente perversa y admirable. You really do deserve an award for the role that you played…

Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Un día tuve que abrir los ojos y, abiertas las compuertas, el río de lágrimas se desató, avanzó furioso y se lo llevó todo. Ya no quería verlo. Todo me recordaba a él. Empecé a tratarlo pésimo, intentando alejarlo de una vez por todas. Él siempre volvía, era horrible. Me lo recriminó incontables veces. “Siempre soy yo el que tiene que arreglar las cosas, te encanta que te ruegue, siempre tengo que ser yo el que está detrás de ti”. No, Efra, estabas totalmente equivocado. Era yo el que insistía, yo siempre tenía que estar detrás de ti. Tú jugabas, sin saber qué mierda querías. Nadie puede culparme por alejarme de quien más me lastimaba. En realidad, Efraín tenía una forma de querer que dolía. Su odio podía manejarlo.

Qué frío fue ese verano. El sol quemaba en la calle pero helaba en mi habitación. El verano se iba cuando tú llegabas, Efra. Era irónico, porque siempre pensé que eras el sol (y, seguramente, tú lo pensabas también). Supongo que para ti era igual. El invierno se desataba cuando yo cruzaba el umbral, con mi corazón vuelto hielo. De pronto (pero no tan de pronto) estar juntos se volvió insoportable. Fueron menos frecuentes las visitas, más distantes las llamadas, menos sentidas las sonrisas, y los besos ya ni hablar. Por esa época volvió el insomnio y tuve que re-aprender a dormir solo. Un frío de mierda. Pero Efra aún llamaba y aún estaba ahí, presente. O buscando estarlo. Ya era marzo. Un domingo llamó a mi casa. Nos habíamos visto el día anterior (o quizá solo habíamos hablado), pero las cosas habían estado tensas. El colapso era inminente, sin embargo, me tomó por sorpresa. “¿Puedes venir?”, me dijo. “Tenemos que hablar”. Sus palabras hicieron eco en mi pecho hueco. Ya no esperaba nada, estaba vacío. No quiero ir, pensé. Estoy cansado, muy cansado. Pero fui.

III.

“Creo que es obvio lo que va a pasar”, susurró Efra. Yo no me lo creía, pensé que alucinaba. “No, ¿qué?”, le pregunté bajito, sonriendo, más cerca. Mi pregunta era, evidentemente, retórica. Sabía perfectamente lo que sucedería, pero me parecía increíble. Mi intención, cuando pregunté, fue prolongar el jueguito que él había iniciado. Pero creo que, en el fondo, mi pregunta reflejaba mi ingenuidad e incredulidad. Después de tanto tiempo, ¿finalmente había aceptado que estaba enamorado de mí? Esa noche, cuando nos acostamos, no podía suponer que iríamos más allá de la rutina de toda la vida. Acostarnos, abrazarnos, dormir. Las posturas podían cambiar, pero siempre era lo mismo. Acostarnos, abrazarnos, dormir.

Algo que lamento es no recordar cuándo fue. O sea, fue algo importantísimo, ¿cómo es posible que no recuerde cuándo pasó? En parte es mejor, sino tendría patéticos aniversarios mentales cada año. Probablemente, en mis peores momentos, acompañado de cinco litros de Pezziduri tricolor, un cartón de cigarros y escuchando “All by myself” al mejor estilo de Bridget Jones. Sí, es mejor que no lo recuerde. Aunque, inevitablemente, lo calculo. Sé que fue en algún momento del 2000. ¡Felizmente no lo calculo como antes, cuando caía constantemente en la tentación de trazar la línea de tiempo de mi vida (des)amorosa! Can we say ‘pity party’?

Ese día, como muchos otros, nos habíamos juntado por la tarde-noche, después de que yo viera a mis amigos. Efraín los odiaba un poco. En parte porque mis amigos odiaban un poco a Efraín. No le gustaba que saliera con ellos si podía quedarme con él. Efra era posesivo en ese sentido, pero a mí no me molestaba. No me obligaba a verlo, era totalmente voluntario. Finalmente siempre podía ver a mis amigos luego, nunca los dejé plantados ni nada. Me supe dividir. Empecé a llevar mi mochila al café. Mis amigos nunca preguntaron por qué, así que no tuve que confesar que llevaba mi pijama y el estuche de mis lentes de contacto para dormir en casa de Efraín.

Esa época fue – técnicamente – la mejor. Efra y yo íbamos muy bien, progresando, llegando casi donde yo quería. Y de repente, otra vez, su maldita indecisión. Ese juego a doble cachete me tenía enfermo, me lastimaba. Efra me daba todo lo que necesitaba tácitamente, pero ya no era suficiente. No podía emocionarme más con palabras huecas, sin corazón. Las palabras se las lleva el viento y yo necesitaba que sellara el trato, que me dijera que me quería y me lo demostrara. Efraín solo me decía lo que quería escuchar cuando sabía que podía perderme. Entonces me di cuenta que debía dejarlo. “Esto nunca sucederá”, me dije. Sin embargo, no podía irme. Estaba horriblemente enamorado de él.

Aquel día llegué a su casa del café. Estaba feliz y triste de verlo al mismo tiempo. Cansado. Nos acostamos a ver televisión, a conversar. Hablamos de las mismas cosas, nos reímos de los mismos chistes, nos miramos con los mismos ojos. Estábamos cómodos el uno con el otro, habíamos llegado a un lugar envidiable… ¿por qué era tan doloroso, entonces, estar juntos? No lo sé. Quizá porque sabía que todo aquello era una ilusión. No hay nada peor que experimentar un holograma de felicidad. Entonces, algo cambió. Estábamos echados cara a cara, hablando. Cuando apagó las luces, se quedó observándome. Se acercó. Seguimos hablando, pero él sonreía, como si supiese algo que yo no sabía. Yo no entendía. Se acercó más. Su voz era un susurro, podía sentir su respiración sobre mis labios. Entonces entendí, pero no lo creí. Se acercó más.

“Creo que es obvio lo que va a pasar”, susurró Efra, rozando mis labios al hablar. Ese primer contacto, casi imperceptible, fue como cien orgasmos en uno. Me acerqué, tenía que sentir sus labios un poco más. Finalmente estaba ocurriendo, no lo podía perder. “No, ¿qué?”, le pregunté bajito, intentando prolongar el juego, rozando sus labios con los míos. “Ah, ¿no sabes? No te hagas”, me dijo sonriendo. Cuando sonrió sus labios se retiraron de los míos, pero fue involuntario. Cosas de la anatomía. Inmediatamente volvió a hablar, cualquier cosa, para morder mis labios con los suyos. Yo ya no supe qué decir, pero no hizo falta. Después de retrasar el momento al máximo posible (lo cual fue demasiado delicioso), se acercó con suave violencia y me dio el mejor beso que nadie me haya dado jamás.

Le devolví el beso con la intensidad de quien había esperado toda su vida por él. Efra me abrazo, me puso sobre él y me besó con fuerza. Rodamos por toda la cama, era casi una batalla. En un momento dejó de ser un agarre y pasó a ser un exorcismo. Estabamos librando una guerra con nuestros demonios, con nosotros mismos, con lo que siempre quisimos hacer y nunca hicimos. Literalmente, lo que sentíamos el uno por el otro, explotó. Lo besé una y mil veces, hasta quedar exhausto, sediento, hasta que llegó la mañana y me quedé dormido sobre su pecho. Fue… todo lo que siempre quise que mi primer beso (real) sea.

Cuando nos despertamos, a eso de las 10 de la mañana, nos preguntábamos si alguien nos habría escuchado. Nos reíamos como dos niños que acababan de hacer una travesura magistral. Efra salió a revisar los alrededores. Volvió con el desayuno y el reporte: todo calmado. Esa mañana no me vi al espejo, pero estoy seguro que tenía una cara de imbécil enamorado imposible de camuflar. No podía enfrentar a su familia, sentía que tenía el beso estampado en la cara, así que le pedí que abra la puerta del garaje. Creo haber mencionado que su cuarto está en el garaje. Se rió, me dijo que era un ridículo, que usara la puerta, pero yo insistí. Abrió el garage y me dijo, con la sonrisa de oreja a oreja, “¿no te sientes un toque como una puta saliendo por el garaje?”. Me reí, le di un beso en la mejilla y me fui.

IV.

“¿Quién?”, preguntó una voz metalizada. “Hola, ¿se encuentra Efraín?”, respondí acercándome al intercomunicador. Luego de un breve silencio, otra voz contestó. “¿Sí?”. “Efra, soy yo”, dije. “Ya”, me respondió. Sonaba distante, y poco tenía que ver con el eco del intercomunicador. La voz le hacía juego al corazón de acero. En ese momento supe que aquello sería guerra, una vez más. Otra batalla por mantener mi lugar en su pecho. Pero ya estaba cansado de competir con el premio, de pelear por él contra él. Amar a alguien significa nunca tener que gritar boicot. El zumbido de un abejorro de hojalata rompió mi concentración. La pesada reja de metal estaba abierta.

Estar con Efraín era una guerra interna. Además de los problemas usuales, había que enfrentar los que él mismo creaba. Un ministro del Interior enamorado de un senderista está condenado a fracasar. Una vez más, era yo quien cruzaba líneas enemigas. Pelearíamos en su territorio. “Si esta vez no logro conquistar el castillo, me rindo”, pensé mientras cruzaba la cocina para llegar a su puerta. Saludé a su madre (una santa en mi libro), me parece que a su hermana también. “Está en el cuarto, hijito”, me dijo. Siempre me trató con cariño. Una vez Efraín me dijo que ella me quería mucho. Me parecía extraño, casi no me conocía. Supuse que él le había hablado bien de mí. Además, sabía que cuidaba de su hijo y lo quería, pero dudo que supiera cuánto.

Toqué la puerta y entré. Desde el umbral solo se ven las escaleras, la TV y el final de la cama. Vi sus piernas estiradas sobre la cama. Conforme bajaba las escaleras la imagen se iba completando. Estaba recostado sobre la cabecera, mirándome. “Hola”, me dijo. Me senté a los pies de la cama, él continuaba mirándome. “¿Cómo estás?”, preguntó. No recuerdo qué le dije. De seguro no fue “bien”. Seguía lanzando esa maldita mirada. La conocía bien, era la que utilizaba para dejarme ver que me analizaba, que me conocía, que me culpaba. La conversación fue menos fluída que en las peores ocasiones. ¿Habíamos alcanzado el punto en el que no quedaba qué decir? No, pensé. Yo tengo mucho que decir. Hace tiempo que callo que lo amo, que quiero que lo vea, que siento que juega conmigo y que eso me hace daño. Pero no lo digo ni lo diré. “¿No vas a decir nada?”, preguntó secamente. “Entonces no te molestará que ponga música”.

Puso un álbum de Iron Maiden sobre el cual era imposible hablar. No contento con ello subió el volumen hasta la sordera. Cualquier intento de conversación se perdía en los chillidos de Bruce Dickinson. “Run, live to fly, fly to live, do or die“. Era evidente que la batalla había comenzado. Ahora que reviso la letra, pienso en algo que me dijo Lisa. “¿Nunca te ha pasado que cuando te pasa algo hasta el culo y prendes la radio siempre suena una canción que describe la situación?”. No lo había pensado, pero… “There goes the siren that warns of the air raid/Then comes the sound of the guns sending flak/Out for the scramble we’ve got to get airborne/Got to get up for the coming attack“. Pues sí, metafóricamente hablando, pretty much it.

Se echó en la cama, leyendo su cancionero. Yo me levanté y me senté en el mueble, lejos. No quería estar cerca suyo. No tenía sentido. De rato en rato me miraba. Yo lo miraba mirarme y me volvía a la nada. En ese momento lo supe, era el fin. Él se mantenía impacible, cual extremista musulmán, mientras destruía silenciosamente todo lo que habíamos creado. Después de dos años en guerra, no quedaba nada por qué luchar. Habíamos quemado la tierra por la que estábamos peleando. Era el fin del mundo y me quería morir. Pero no allí. “Me voy”, dije. “Ok”, me respondió.

Me levanté y caminé hacia las escaleras. Me parecía increíble que tras tantas discusiones todo termine con tan pocas palabras. Efraín no se molestó en despedirse de mí. No se levantó, siguió viendo televisión. “Chau”, me dijo. No estaba seguro si sabía que ya no iba a volver. “Chau”, respondí, subiendo un par de gradas. Le di una última repasada a todas las porquerías que tenía en las repisas junto a la escalera. No las iba a ver de nuevo. En ese momento sentí que el corazón se me caía a pedazos con cada escalón. Pero no se lo demuestres, me dije. Seguí subiendo, lento, esperando que me detenga. No lo hizo. La dignidad me pedía que no voltee, el orgullo me mantenía con la mirada clavada en la puerta. Finalmente no pude más y me volteé a verlo. Me miraba, sin decir nada. No debiste voltear, Orfeo. Sentí el amor escurrirse entre mis dedos, como la sombra de Eurídice.

Cerré la puerta detrás de mí. Me quedé paralizado un momento, flanqueado por los cuatro jinetes de mi pequeño Apocalipsis. Escuché voces al otro lado del pasillo. No quería ver a nadie, no quería despedirme de nadie, ¿cómo podría explicar? Quería desvanecerme en silencio. Me asomé. No vi a nadie. Corrí hacia el intercomunicador. En mi desesperación no podía descifrar qué botón abría la reja. Los apreté todos. No escuché nada, pero no podía esperar más. Evité cruzar nuevamente la cocina y salí por la sala, sin ser visto. Miento, alguien me había seguido sin ser detectada. Suma, la perra bóxer de Efraín. “Chau, bonita. Ya no nos vamos a ver”. Creo que Suma comprendió esto mejor que su dueño. Salí de la casa, bajé corriendo las escaleras, crucé la reja y la cerré. El metal retumbó en mis oídos. “Nunca más voy a volver a pisar este lugar”, dije.

La calle se veía diferente. No sabía si llorar o no. Lo intenté pero no pude. Solo caminé. Sabía que al día siguiente, primer día de clases, vería a Efraín en Biología. Él no había salido de mi vida; sin embargo, tenía la certeza de que aquello era el final. No sé por qué. Efectivamente, Efraín no salió de mi vida aquel día, hablamos un par de veces más. Mejor dicho, peleamos un par de veces más. Pero no me equivoqué, pues esos encuentros solo demostraron que después de ese día no quedó nada.

 

Reader meet author

Whenever he was on a plane, Damian Birch would try to eat as neatly as possible. For no particular reason, really. It wasn’t so much that he was upset by messiness (his two-bedroom apartment in lower Manhattan would most certainly suggest disorderly enviroments were not a concern of his), he merely enjoyed eating each one of the airplane treats one by one, peeling off the wraps, breaking the little bread into bits and pieces, taking bites of his little tray, and then folding every piece of napkin, packet, butter container and placing them fastidiously inside a different container – like those plastic bowls where one might find little pieces of fruit or a bland dessert, and sealing it with whatever wrap they’d come with. Later, he’d arrange every utensil tidily within his tray, trying to make it look as if nothing had happened, as if the meal had never been opened and some items just happened to be upside down. Damian used to think this would be something nice for the flight attendants to come across, to find such a proper man, and that it would somehow inject a little joy to an otherwise tedious and sloppy task, but that was not why he did it. He didn’t know or question why, he just did it. It pleased him and he couldn’t help himself. He rarely ever thought about it or what it meant.

Writing was always such a random event. He always felt the urge to write but could almost never export this compulsion to actual words on a computer. And yet, sometimes, like that on a plane when he was describing his unusual eating habits, he could find no peace until the job was done. He needed to get it out, it was tingling all over his body, making him increasingly anxious as the words crept back and forth inside him looking for a way out. Forced to keep his phone off and unable to reach his iPad, Damian scolded himself for leaving his notebook at home. It was cute, too. It had a lovely illustration which read “Dear whoever, tell Trip I’m over him. He’s a creep. – You know who”. He seldomly considered crossing out “Trip” and inserting Richard, his latest acquired disappointment, but would ultimately abstain. He searched his pockets for a piece of paper that wasn’t a government issued requirement to enter or exit a country and found his printed boarding pass. He went to town on it. It was folded four ways so he treated it as a little book, filling it page by page. He loved the way his pen would flow effortlessly across the paper, ink all warmed up from being in his pocket for so long. It stained the right side of his ring finger, the side that was pressed against the paper when he wrote, but it never bothered him. It reminded him of being in school. He never really quite learned how to hold the pen. It didn’t shame him that much anymore. In fact, he rarely thought about it.

Once he had finished he laid back on his seat, 37 A – window, and let out a heartfelt sigh. Damian was exhausted, genuinely spent by the labor of love. But it was what he loved. It could knock life’s wind out of him, wipe him out and consume his every cell and still he would not budge. He’d remain, a worn out carcass waiting to rot, if needed be. Because he knew it was right. He was satisfied – and he was not the type of man to ever be. He kept searching for something more around the corner that could be so much better. But not when he knew he’d got it right. The words, the sensation, the rhythm. No, when he got it right he was always content. Finally, something was enough.

All four pages were completed now, except for the last one. He’d look at the piece of paper, scribbled on every side. He wanted to look for synonyms of words he had caught himself using more than once and too close together. He would do that upon landing, while he typed it in his computer, before he put it up on his blog for anyone to read. Eventually he’d publish a finished version, where a total of sixteen words would be replaced. He had stated that the last page of the four-fold wasn’t full, so he decided to be true and stopped midway. Well, a little past the middle. Some might say it was almost kind of full, but that had always been his problem. Knowing when to stop.

The cab ride was rather scary. How bikers in this city don’t break their skulls on a daily basis was beyond him – he didn’t know this at the time, but data actually suggested that for every 100,000 people, 7.1 would die in a bike-related accident that year. They had completely taken over the white lines that delineated the traffic lanes creating their own. It was nervewracking just to watch. She now understood Paola. She’d said if you could drive in Brazil, you could drive anywhere, but people say that about any place that’s not North America. He could say the same about his hometown (although not a soul has gotten him to reveal where the hell he’s actually from) and had heard similar things on Iran, where Mila was from. Big cities scared Damian in general, but insisted “Manhattan doesn’t count”, for it was actually “not that big, you can actually walk from one end to the other, though you might get shot”. He was a true coward when it came to strange places. Passing through entire communities of homeless people didn’t help much. “Internet”, he thought to himself as the driver made yet another random hand gesture, as if he was trying to swat every car in front of him with his mind. “A shower and internet and it’ll all be alright”. He desperately needed to unwind. The drive up to the hotel had been rather depressing and his stomach was in knots. And those damn bikers kept attempting suicide right by him. “Nerves of still”, he thought of telling the driver. He said nothing. He didn’t really feel collected enough to spark a conversation. Before he knew it, he had arrived. It didn’t make the ride seem any shorter or less exhausting, though.

“Storytelling is all about transformation”, he announced to a room half full and half awake. Only a handful of boys were paying attention. He didn’t mind. “That’s why all of your damned stories start, lead up to or dwell entirely in death”. This got a few laughs and Damian was pleased. He had always fantasized about being the clever, funny professor that students would discuss around campus, under trees or in the cafeteria, long after his class was done. “Death transforms everything in the most drastic and profound way, yes”, he proceeded. “But let’s give the old gal a break. Huge, earthshattering changes can occur in the most intimate spaces. Sparks from a faulty socket will set a house on fire, my father used to say. Granted, he was talking about a completely different subject, but it applies”. Damian was rambling, but he felt he recovered pretty decently. He just needed to challenge those little bastards to lay off Death and start digging. It was too predictable, too easy, too mindnumbing after the ninth paper. He threatened to will a stroke if anyone turned in another dead daddy piece and recommended the school counselor for all unresolved daddy issues. A few more laughs, but not as refreshing as the previous tirade.

“I never plan on anything, kid”, he muttered, still half chewing a mouthful of cherries and bananas off his fruit salad. “I’ve read about all these writers who map out a general outline of who their characters are and what’s gonna happen, but I can’t do that. I just think about what I wanna say and then think of the best context in which this could happen and that’s how I discover who my characters are. I learn about them and build their story as I go. I wish I could plan it!”. At this point I’d lost my concentration and kept fidgeting in my seat, turning my head in every direction searching for the waiter who was yet to bring me my club sandwich. Fuck, I was hungry. “Essentially, I’m every character, but since I can’t say everything through my point of view as a narrator, I incorporate everyone else”, he concluded, absolutely clueless to my petty struggle. “When I feel someone’s hit their mark and had their fair share of opinions, I bring someone else to keep talking. Keep ME talking”, he stressed and chuckled. Yeah, Damian certainly liked the sound of his own voice. But then again I did, too. He could go on forever and I wouldn’t care. The only thing that slightly bothers me is that he knows this all too well. It doesn’t feel like a terribly smart move, you know? Being so transparent about it. You just know I’m setting myself up to lose.