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David Duchovny

The Kills tocaba esa noche pero nunca los vi. Era 23 de setiembre de 2016. Mi cumpleaños había sido días antes y tenía una serie de conciertos planeados para celebrar. Adele en Madison Square Garden el mismo 19, The Kills en Terminal 5 el 23 y Morrissey en King’s Theater el 24. Armé mis planes como siempre, como si nada, como una huevona. Sin detenerme a considerar que en cualquier momento te cae la muerte. Felizmente, y no por primera vez, la muerte no me quiso. El shock del accidente me transportó hasta el venue. Rengueando, sí; pero sin dolor.

En la esquina de West 56th y la onceava avenida me crucé con David Duchovny, que venía tranquilamente en la dirección opuesta. Mi cabeza dio un bote incrédulo hacia atrás que lo hizo sonreír. Tenía pinta de llevar prisa y yo tampoco quería detenerme, así que no me acerqué. Solo levanté la mano discretamente y lo saludé. Inclinó la cabeza en un gesto amable, aún sonriendo. Mientras David Duchovny pasaba a mi lado, aventajando a algunos otros peatones con sus piernas largas, me pregunté cómo habría reaccionado David Duchovny a mi accidente. Me imaginé interceptándolo y diciendo “¡me acaban de atropellar, David Duchovny!”, y me reí.

No tenía sentido que estuviese ahí, soy una persona en extremo racional. Sabía que algo andaba mal y que, probablemente, empeoraría antes de mejorar. Pero también, secretamente, soy muy optimista. Por eso mi intención fue siempre ver el concierto, pase lo que pase. Como compromiso, porque además soy un ser razonable, decidí darle al destino una oportunidad de detenerme. Si los poderes del universo querían que vaya al hospital, su momento era ese.

Me acerqué al hombre de seguridad y le pregunté si era posible saltar la cola y pasar a la boletería. “Una moto me acaba de golpear camino aquí. Dudo que me reembolsen pero quiero preguntar por si acaso”. Él tampoco creía que me devolverían nada, pero me dejó pasar. La persona en la boletería me dijo que por lo general no hacían devoluciones y que, incluso si quisiera, ya era muy tarde para intentarlo. Le respondí que no se preocupe, me lo esperaba. “¿Tendrán hielo?”, sonreí. Me miró en silencio por un segundo, absoluta cara de palo. Finalmente he sorprendido a alguien en esta ciudad, pensé. “Déjame llamar a alguien”.

Tuve que resumirle mi accidente a una tercera persona. Ella procuraría el hielo prometido. Pero ya estaba harto de contarla, sobre todo porque me veía obligado a excluir a David Duchovny, ¿y no era esa realmente la mejor parte? Le dije que me dolía un poco pero no parecía estar tan mal y que mi plan era sentarme en la baranda del segundo piso. Me consiguió una de esas bolsas de gel congelado y me advirtió que quizá aún estaba en shock. “Cuando baje la adrenalina puede ser otra historia, pero tú sabrás”. La miré en silencio por un segundo. Efectivamente, no lo había pensado. “Gracias”, sonreí. “Esperemos que no”.

Por supuesto, así fue. No bien me recosté contra el riel del segundo piso me empezó a latir la pantorrilla. Cada uno de los nueve minutos que estuve sentado en el suelo, el dolor creció. ¡Con lo que me había costado subir, ahora tenía que bajar! Contemplé tomarme un par de cervezas y jugármela, pero mis fantasías mórbidas de hemorragias internas pudieron más que las ganas tibias de ver a The Kills. Mejor bajar ahora que todavía puedes. Humillada, reaparecí en la entrada y le dije a mi primer interlocutor, el chico de Seguridad, que la adrenalina me había abandonado.

“Hay un hospital aquí cerca, te recomiendo que vayas en taxi. La ambulancia es bastante cara”. Qué tan cara puede ser, pensé. Además tengo seguro. “No, está bien, que me lleve la ambulancia”. El chico me sentó en una silla plegable junto a la entrada y fue a contactar a los paramédicos, no sin antes preguntar por segunda vez si estaba seguro. Los paramédicos llegaron con las manos vacías, aparentemente incrédulos de que alguien quisiera ponerlos a trabajar. Por tercera vez me preguntaron si estaba seguro de querer ir en ambulancia. ¡Eso debió indicarme cuán caro era realmente un paseo en ambulancia y cuán fuera de mi cobertura estaba! Pero como cojuda asentí una última vez.

Mientras preparaban la camilla, los transeúntes me observaban. No estaba seguro de lo que sentía. Algo similar a la vergüenza pero diluida, líquida, y en ese líquido flotaba algo más denso, que se hundía y reflotaba, parecido al orgullo. Ahí estaba mi ego, sentado en la vereda como una lámpara de lava. Huachafa, sí; poco digna, también; ¡pero hipnótica! De pronto, altísimo drama en 15 segundos ⎯¡gente, camilla, rampa, ambulancia!⎯ y adiós. En el camino, los paramédicos me preguntaron qué me dolía, si tenía alergia a algún medicamento, me tomaron la temperatura y la presión. Finalmente, al verme de tan buen humor, por fin preguntaron qué diablos pasó.

Estaba en la esquina, esperando que cambie la luz, y cuando cambió, me tiré a la avenida y crucé. Antes de empezar mi camino ⎯o quizá simultáneamente, no lo sé⎯ ya había visto a los autos en el extremo más lejano de la avenida bajar la velocidad y detenerse. Lo que no vi fue que, de mi lado de la avenida, una moto que venía embalada jamás pretendió frenar. La moto quería ganarle a la luz o, mejor dicho, sabía que iba a perder por míseros segundos y no quería esperar. El resto de peatones agolpados en la esquina la vieron venir y se quedaron atrás. Tengo la impresión de que trataron de detenerme, pero me disparé demasiado rápido ⎯y encima estaba con audífonos, escuchando a The Kills, unaware that I was about to be killed!

Mi paso resuelto informó al motociclista en un solo segundo de mi completa ignorancia de la situación. Sería él quien tendría que hacer la maniobra para no matarme (o a ambos) porque yo no tenía intención alguna de parar. Así lo hizo, literalmente in the nick of time because he nicked my leg. Fue una ráfaga de luz frente a mí y luego la avenida, vacía como un segundo atrás. Me detuve solo por un momento y busqué confirmación a mi derecha. Sí, una moto tambaleándose y retomando la carrera. Well… shit. Casi me parten en dos.

Entonces me percaté ⎯periféricamente porque jamás volteé⎯ de la U de transeúntes que se había formado detrás mío y sólo ahora empezaba a avanzar. Gente que se quedó petrificada pensando que presenciaría mi Final Destination de la vida real. “¿Se te acercó alguien?”, preguntó una de las paramédicas. “¡¿Crees que iba a parar?!”, le respondí. “¡Seguí caminando con la frente en alto y no cojeé hasta que le di la vuelta a la esquina!”. Primero muerta que humillada. Ante todo, dignidad y orgullo gay.

“¡Pero me crucé con David Duchovny!”, sonreí.

The dog

An eight-story French bulldog stares blankly at me from across the street. Not even at me, but in my direction. I can never tell what those crosseyed motherfuckers are looking at. “This is quite the gamble you’ve taken.” That’s my inner monologue talking, not the dog. I don’t hear the dog, I’m not insane. I just talk to myself a lot —what else is there to do. Also, I suspect the dog doesn’t truly give a shit I’ve committed the very last of my life’s savings to this sinking ship.

No, the dog just sits there, waiting. One motionless eye on me, the other one looking off into the sunset, into a deadpan future. It seems to already know the ending, which makes for very dispassionate viewing. Yes, the dog is not invested in my story, I can tell. And who could blame it. I mean, what is this, my fifth attempt at life? We really seem to be circling last-ditch territory this time around, too.

The notion that this dog will likely watch me die and remain just as expressionless as it is right now is unsettling. Why bother, dog. Life is too short to just sit and go through the motions. Get invested, dog! Just don’t bark at me, I can’t stand it, I’m a cat person for a reason —many reasons, in fact, but that is a big one. Actually no, life is long as fuck. I myself have lived and died several times in 35 years. So who am I to tell you shit. Do whatever you want, dog. Just, again, no barking.

“This is quite the gamble you’ve taken.” Ugh, shut up, part of myself. Do you have that, too? That one refraction of your psyche that is so mouthy? There’s always that one. No matter the interface it passes through, however obliquely, the intensity of that one bitch is always off the charts. They just love to run their mouth.

So goddamn preachy and self-righteous, too. Hey asshole, if you’ve got all the answers, how come I keep fucking up! You only show up after the fact, to lecture me on things I already learned the hard way. Get the fuck out of here with that Hermione attitude. At least she had the knowledge to back it up, you ain’t shit. You think you can come all calm and collected and talk down to me in your TV dad voice after I’ve shot my shit to hell? Fuck that.

You know who I really like? Drunk me. That bitch doesn’t give A SHIT. She’s just having a blast, loving everyone and everything. Although I suppose she’s sort of unhealthy. She is a horrible binger. Cannot control her urges. She’s invariably horny and hungry. Will end the night at either Burger King or Grindr without fail. Or both! —unless she bottoms, but that’s been a rare occurrence in the last handful of years. We’ve agreed I’ve gotten too lazy to prep in my old age.

I can tell the dog is bored with us. Still there it sits and watches. It never occurred to me that I might be its penance. The dog might be serving some kind of sentence, unable to look away from the boring, mildly psychotic gay guy’s apartment. Wow. We really are so entitled. I’m sorry, dog. I don’t know what the Powers That Be are lording over you that you have to endure this. Or what you’ve done to deserve it. We’ve all done some shit.

We might just get along now, dog. Bark a little, if you must.
But do try to keep it down. I’m barely holding it together over here.

Four-second rule (2018)

My contribution, at the time and at the table, was the four-second rule. If you can sustain eye contact with somebody for over four seconds, you have one foot in the door.

In my experience, this is true every time. Think of people you’ve crossed paths with on the street. You look at them, they look at you; that’s second one. Then, one of these things will happen:

Two seconds: They/you will look away.
Three seconds: They/you will stop and consider, ultimately looking away.
Four seconds: You’ve gone the distance. Whatever happens next will depend on a number of factors, but at the very least you know they’re not indifferent to you. Whoever’s brave enough could crack a smile and see where that takes you.

I said “in my experience this is always true” but considering the company I was keeping, I should’ve specified it’s a gay male experience. It is how you spot straight men as a homo. They won’t make it past second two. They’d be terrified to look at another man for longer than it takes them to recognize him as friend or size him as foe.

But, it is also how you spot the gays. They will either make it to second four or let you know in no uncertain terms just how unattractive they find you by second three. “But women are different”, I continued. “They weren’t taught to fear closeness with one another, even though society sure seems hell bent on pitting them against each other”.

I can’t empirically know if this works between women for it is precisely the way men have been brought up in this bullshit patriarchy that makes the four-second rule a rule. The lesbians agreed, but seemed disappointed.

⏤ What about straight men?
⏤ You know how they swipe right at every single woman on Tinder? Like that, but with their eyes.

Also, who cares.

Special needs ✝︎

Just 19, a sucker’s dream. I guess I thought you had the flavor.
Placebo

 

 

“Creo que es obvio lo que va a pasar”, susurró Efra. Efectivamente, lo era, pero incluso cuando su aliento ya se condensaba bajo mi nariz ⏤aprendí escribiendo esto que ello se llama surco nasolabial⏤, yo tenía motivos para desconfiar. “No, ¿qué?”, le pregunté bajito, volviendo todo mi cuerpo hacia él, sonriendo, más cerca. La pregunta no era necesariamente retórica. Mi intención era corroborar que no estaba equivocado y al mismo tiempo prolongar el jueguito que él había iniciado.

Es posible que Efraín haya interpretado mi pregunta de forma incorrecta. Es decir, como reflejo de ingenuidad más que de incredulidad. No es de extrañar. Solo me llevaba dos años, apenas un erastês, pero se le paraba al infantilizarme. Le encantaba ser el hombre maduro de la relación, el maestro, el amo. Lo era, hasta cierto punto, pero en esta instancia se equivocó. No pregunté por inocente, ya había tenido mi primer beso con un chico del colegio a los quince. Sencillamente me costaba creer que después de tanto tiempo por fin aceptase que también estaba enamorado de mí (una interpretación bastante cándida y errada, debo admitir).

Esa noche, cuando nos acostamos, no podía suponer que iríamos más allá de la amistosa rutina que hasta ese momento habíamos mantenido por meses. Acostarnos, abrazarnos, dormir. Las posturas podían cambiar, pero la práctica era siempre la misma. Desde la primera noche en que sus delgados brazos envolvieron mi cuerpo y su cara barbuda descansó sobre la mía, siempre acostarnos, abrazarnos, dormir.

Ahora, durante esos primeros meses de acunarme, yo aún era menor de edad. Es posible que mi situación legal haya sido un hecho crítico para Efra y yo no lo haya sabido. Después de todo ya me había dado un pico antes, la mañana después de su cumpleaños. Quizá no era el momento, no se sentía listo. O no me quería tanto. ¿Y ahora sí? No lo supe entonces y aún no lo sé. Nunca pregunté. Quizá nunca me quiso en lo absoluto, ni siquiera entonces. No como pareja. Ya da igual.

Solía lamentar no recordar cuándo pasó. Me parecía inconcebible que algo tan importante hubiese pasado tan desapercibido. Las verdaderas sorpresas son imposibles de sujetar, supongo. Así nuestro primer beso ocurrió una noche sin marcar y se escurrió por las casillas del calendario hacia los márgenes y, eventualmente, fuera del tiempo. Hoy ni siquiera podría calcular un intervalo. No podría decirles si era invierno o verano, dos mil dos o tres. Creo que fue lo mejor, de lo contrario habría celebrado patéticos aniversarios mentales durante años y fumado en exceso. Por esas fechas fumaba todos los días y, si estaba ansioso o deprimido, todas las horas.

Imposible separar ese día de cualquier otro. Nos habíamos juntado por la tarde-noche después de que yo viera a mis amigos en el café, como era nuestra costumbre. Efraín odiaba un poco a mis amigos. En parte porque mis amigos odiaban un poco a Efraín. Creo que en el fondo simplemente no le gustaba compartir mi atención. “Por qué saldría con ellos si yo, infinitamente más interesante, estoy aquí”. Efra, como cualquier narcisista, era posesivo en ese sentido. No me molestaba, yo quería dejarme poseer y me supe dividir. Nunca dejé plantados a mis amigos, a pesar de que realmente no hacíamos nada especial.

Empecé a llevar mi mochila al café. Mis amigos nunca preguntaron por qué, así que no tuve que confesar que llevaba mi pijama y el estuche de mis lentes de contacto para dormir en casa de Efraín. Esa época fue, digamos, la mejor. Efra y yo íbamos muy bien, progresando cada día, casi hasta donde yo quería. Hasta que sus miedos reaparecían y tomaba distancia de mí. Lo que entonces consideraba una maldita indecisión, terror a salir del clóset y ahora, tantos años más tarde, no sabría nombrar. Exploración o cariño o infatuación o carencia. Algo monstruoso y cálido, cómodo e imposible de asir, que como viene se va. Sin explicar.

¡Estúpido de mí buscar explicaciones! Yo sabía las reglas: Efra me daría lo que pudiera necesitar, tácitamente y hasta un punto. Pero si cruzaba la línea, si buscaba que me dijera que me quería o me lo demostrara, se lo diría o demostraría a alguien más. A una mujer. Cualquier mujer. Hasta que aprendiera la lección, hasta que comprendiera mi lugar histórico: Hefestión, no Roxana.

Pero Efraín no era ningún idiota, nunca me empujaba más allá de su campo de acción. Yo en cambio sí era un idiota, me alejaba sin decir nada, sintiéndome perdedor, pero nunca me iba. Sabía que debía dejarlo, pero no podía. Estaba horriblemente enamorado de él, despojado de agencia y poder. Para entonces tenía clara mi única jugada: Efra me decía lo que quería escuchar cuando sentía que podía perderme. Así que yo me perdía constantemente, pero nunca de vista.

Esa tarde que no recuerdo llegué a su casa del café. Sí recuerdo, sin embargo, que estaba feliz y triste de verlo al mismo tiempo. Cansado. Demasiado para mis diecisiete. Nos acostamos a ver televisión, a conversar. Hablamos de las mismas cosas, nos reímos de los mismos chistes, nos miramos con los mismos ojos. Estábamos cómodos el uno con el otro, habíamos llegado a un lugar envidiable que no me hacía menos doloroso el estar juntos. Quizá porque sabía que era una ilusión, un holograma de felicidad. Entonces, algo cambió.

Cuando apagó las luces, se quedó observándome con singular facilidad. Yo apenas podía discernir el contorno de su cara trazado a mano alzada por la luz de la calle. Echados cara a cara, hablando de nada, hubo un imperceptible giro de curso. Había tomado una decisión que, incluso en el susurro, robustecía su voz. Se acercó serpenteando sobre sus hombros, sonriendo como si supiese algo que yo no, sin interrumpir la conversación. Sentí sus palabras palidecer, él ya no estaba detrás de lo que decía. Se acercó más. Su voz era un murmullo, podía sentir su respiración sobre mis labios. Entonces entendí, pero no lo creí. Se acercó aún más.

“Creo que es obvio lo que va a pasar”, susurró Efra, rozando mis labios al hablar. Ese primer contacto, casi imperceptible, me encendió de pies a cabeza. La cabeza me estallaba, estaba petrificado. Cómo sentir sus labios un poco más si no puedo moverme. ¡Está ocurriendo, huevón, no lo puedes perder! Nunca he pescado en mi vida, pero asumo que esto es lo que siente quien saborea la real posibilidad de pillar un aguja azul.

“No, ¿qué?”, le pregunté bajito, intentando prolongar el juego, rozando sus labios con los míos. “Ah, ¿no sabes?”, sonrió, causando que sus labios se retiren de los míos involuntariamente. “No te hagas”, añadió inmediatamente, reubicándose y mordiendo mis labios con los suyos. No supe qué más decir, pero no hizo falta. Después de retrasar el momento al máximo posible, algo casi tan delicioso como el acto en sí, Efra se arrojó sobre mí con tierna violencia y me dio el mejor beso de mi joven vida. Por muchos años, el mejor que nadie me haya dado jamás, porque era mi primer amor.

Le devolví el beso con la intensidad de quien había esperado toda su vida por él. Efra me abrazo, me puso sobre él y me besó con fuerza. Rodamos por toda la cama, empujándonos y acercándonos, casi a golpes, casi en guerra. Nos abandonamos el uno en el otro y, de pronto, no supe si era un beso o un exorcismo; la máxima lucha con nuestros demonios, con nosotros mismos, con lo que siempre quisimos hacer y nunca hicimos ⏤o eso quise pensar.

No sé lo que él podría haber sentido por mí, pero sé que aquella noche explotó. Lo besé una y mil veces y él a mí, hasta quedar exhaustos, sedientos, hasta que llegó la mañana y me quedé dormido con los labios partidos sobre su pecho, oliendo su cuerpo, que me fascinaba. Tenía un aroma que era solo suyo y, en ese momento, mío. Fue todo lo que siempre quise que mi primer beso fuera. Desde ese día supe que siempre me enamoraría por la nariz.

Cuando nos despertamos pasadas las 10 de la mañana, aún estaba en sus brazos. Fue uno de los pocos momentos donde Efra fue realmente tierno conmigo, sin cuestionarlo, sin pedir nada. “Carajo, ¿nos habrán escuchado arriba?”. Nos reímos como dos niños que acababan de ejecutar una travesura magistral pero no podían asegurar el triunfo aún. Efra salió a revisar los alrededores. Volvió con el desayuno y el reporte: todo calmado.

Esa mañana no me vi al espejo, Efra no tenía uno en su habitación; pero estoy seguro de que mi cara de imbécil enamorado era imposible de camuflar. Sabía que no podía enfrentar a su familia con ese gesto ahuevonado, con el beso estampado en la cara como la marca de Caín. Le pedí que abriera la puerta del garaje, que era la entrada privada a su cuarto. Lanzó una pequeña carcajada como burbujas. “Eres un ridículo, ¡sal por la puerta!”. Insistí que no podía. “Qué pobre diablo”, accedió.

Abrió el garaje con dificultad, posiblemente por primera vez desde que se mudó de habitación. Una barra de sol le borró la nariz por un momento, mas no la sonrisa de oreja a oreja. “¿No te sientes un toque como una puta saliendo por el garaje?”, escuché mientras mis ojos se ajustaban al Nuevo Mundo. Sentí mi sonrisa dibujarse dulce y pesada, le di un beso en la mejilla y me fui sin decirle más. Esto es, pensé. Él es, por fin.

Qué pobre diablo, indeed.

 

✝︎ La versión original de esto fue “publicada” el 9 de julio de 2007 en un blog oculto que jamás compartí. Me daría extrema vergüenza compartir un texto de mi yo de 22 años, así que la edité. Sorry about it. No obstante mantengo el título original porque amo esa canción de Placebo y el pseudónimo que le di a mi primer amor porque Efraín me gusta más que su nombre. Also, para no quemarlo. Aunque ya pasaron casi veinte años, relájate, William. It was really nothing.

[Unfinished business] Entrega sin título

Me resulta fascinante que un cuerpo cómodo sepa siempre a dónde va. Físicamente, estoy caminando por Waverly en dirección a Union Square, como lo he hecho casi todos los días durante dos años. Mi mente se sabe innecesaria para la ejecución de esta tarea, así que desaparece. Volverá, intuyo, para evitar los charcos que se han formado en las pocas esquinas sin drenaje. Un cuerpo maquinal, mientras tanto, caminará veloz, por su cuenta. No podría decir siquiera que es mío.

Las ventanas idiotas por las que se fuga la consciencia son igualmente maravillosas. “Voy a Union Square. Union Square. Unión. Jirón de la Unión. Qué diferencia salvaje… Union Square y Jirón de la Unión”. Cruces y semáforos se sugieren apenas como murmullos. El aparato avanza. Charco. “Charco”. De pronto, el despegue es absoluto. Mi mente se disuelve en su propia traducción de un verso de Carson, que no tiene que ver con nada. “Estoy aprendiendo mucho en este año de mi vida”.

Me mudé hace algunas semanas de Williamsburg a Greenpoint, como antes de Lima a Nueva York, y de la casa de mis padres en Magdalena a mi departamento en Miraflores antes de eso. En cada tránsito gané ligereza. Reducirse a la mínima expresión implica decisiones rápidas, desapasionadas. He descubierto en mí una gran destreza para desmantelarme sobre la marcha y dejar atrás el excedente. No sabría decir si me da miedo u orgullo, o si todo lo que deseché era inútil. Puedo asegurar, sin embargo, que la veteranía no hace el asunto menos agotador.

Un escritorio, un armario, una cama desarmada. Dos maletas de ropa, una de zapatos, un par de cajas. El aire acondicionado y un pequeño calentador. La calefacción en el departamento de Williamsburg se autorregulaba desde las entrañas del edificio sin patrón alguno. “Tarde, mal y nunca”, diría mi padre si todavía hablara. Me compré una pequeña estufa para entibiar las tardes que el inconmovible edificio no consideraba frías. Pronto descubriría que la calefacción en Greenpoint funciona exactamente igual.

Me marché de Williamsburg un día sin lluvia, el único de esa semana. Era viernes y hacía incluso algo de calor. Recuerdo quitarme la camiseta para ensamblar mi cama. Semidesnudo, sentado en el suelo con una cerveza y mi caja de herramientas experimenté brevemente el placer incuestionable, indestructible de ser hombre, como lo entiende el mundo falocéntrico y que, por falocéntrico, irónicamente se me ha negado. Me reí porque las herramientas no eran mías, sino de una lesbiana. Qué diría mi papá si me viera. Nada, porque ya no habla, aunque entonces yo no lo sabía.

Encontrar una configuración de muebles con la que pudiera convivir tomó casi seis horas. Cuando todo estuvo listo, me acosté. Mis ventanas miran a la calle y tumbado sobre la cama estoy casi a la altura de los peatones. Algunos me clavan los ojos sin proponérselo, me descubren por error. Un ligero sobresalto ocurre del otro lado del cristal. Qué es esto, quién es esto. Se voltean tan rápido que casi no veo la vergüenza trepárseles a la cara. Por qué pensarían que me importuna, si tengo las ventanas abiertas. Sigo su trayecto con la mirada hasta que desaparecen del marco.

Hay una obsesión con el respeto a la intimidad en esta ciudad. Lo veo diariamente en el metro. Con frecuencia tropiezo con los ojos de alguien que se cruza e interrumpe mi tránsito hacia el vacío. Mi consciencia se ve forzada a retornar al artefacto para una maniobra de emergencia. A mí no me importa que me miren, si es sólo por curiosidad. Quizá es algo que descarté en las mudanzas. Cuál es mi concepto de intimidad ahora, en Greenpoint, después de dos años de vivir aquí, quitándome la ropa en más sitios de los que puedo recordar con más gente de la que puedo contar. Intimidad. La puerta cerrada. Intimidad. Greenpoint. “Estoy aprendiendo mucho en este año de mi vida”. Metro. Union Square.

Otra vez he llegado a la estación. Quiero decir “no sé cómo”, pero lo sé perfectamente. Lo que no sé es quién.

 

 

***

 

 

La cocina se arroja sobre mí y me envuelve en una película de grasa

 

de tu papá tiene hambre fríele una tortilla

 

de sírvele con su puré

 

de llévalo a la sala, que es de exhibición

 

y da miedo de noche

 

porque es más larga

 

y no te abraza.

 

 

***

 

Yellow

It had been there all morning. All day, really.
Something familiar suddenly misshaped and macabre, an ominous token of misfortune and fear.
Looked like it as it was happening, too.

Do you know how much blood a body can produce – or what that looks like, for that matter?
You don’t expect it.
A slash and a gash and two seconds later there it all is.
Control changes hands, swiftly. And things play out however they play out.

What you can do, I did.
I stopped it but I didn’t win.
Wrapped the rag in a CVS bag about an hour ago and threw it in the trash.

I imagined telling someone how “it looked like a crime scene down there”, but instead I told no one.
I’m sure I’ve heard that somewhere already.
This time it wasn’t funny, though.

 

La abuela

Un día la encontraron tirada en el suelo y no se levantó más. No hablaba, no comía, no se movía. Los médicos concordaron que era una especie de demencia, muy similar al Alzheimer, pero la velocidad con la que se había apoderado de la abuela, de un día para otro, de buenas a primeras, era atípica de esta condición. Daba igual, el resultado era el mismo al final del día.

De pronto la abuela requería cuidados que mi madre y sus hermanas no podían darle. Todas tenían familias y casas y trabajos y vivían muy lejos y fulanita también estaba enferma y el marido de mengana estaba muy estresado y debería ir Claudia más seguido porque ella es oncóloga y eso qué tiene que ver si la mamá no tiene cáncer. Todas apresuraban las excusas, pisándose burdas las unas a las otras, intentando desembarazarse de la culpa que despierta la verdad: no quiero ser yo quien cuide de este ser anormal, de esta monstruosidad, que ya no es madre de nadie.

Mamá, como la abuela, era viuda y solo me tenía a mí. Habría sido la elección natural y unánime de todas la hermanas, pero todas me conocían bien. Sabían que requería tanto o más cuidado que la abuela. Tomó a todas por sorpresa que, luego de dos semanas de compartir la responsabilidad de medicarla, rotarla en la cama, alimentarla por sonda, lavarla y cambiarle los pañales, mi madre decidiera mudarnos a la casa de la abuela y hacerse cargo de ella exclusivamente y a tiempo completo.

Una tarde, mi madre nos colocó a ambas en nuestras respectivas sillas de rueda y nos llevó al patio interior de la casa. Dispuso las sillas lado a lado y se marchó. Recuerdo que cuando mi padre aún vivía solíamos fantasear con heredar esta casa y convertir la mitad de ese patio en una piscina, donde yo mejoraría y volvería a caminar. Pero no sucedió. Volví mi silla para observar a mi madre a través de los macizos ventanales que separaban el patio del comedor. Estaba poniendo la mesa, como siempre. La mano huesuda de mi abuela se ciñó con fuerza alrededor de mi pálido antebrazo. “Lárguense. Lárguense de acá”, roncó la garganta aún irritada por la sonda. El ruido puntiagudo de la vajilla que siempre me regresaba al hogar, sonaba cada vez más débil, como si el mundo se estuviese arrojando lejos de mí.

“¿Qué… dijiste, abuela?”, nunca logré decir.

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[Project #642] Subject 245

Task: Write a story that ends with the line
“And this is the room where it happened”.

 

 

 

 

 

 

“No sé por qué lo hago”, me dijo. “¿No te ha pasado que has avanzado tanto en una dirección que sientes que simplemente es imposible regresar? ¿Que el sólo pensarlo es agotador?”. Claudio continuó lamentando la ausencia de sus padres por casi veinticinco minutos. Ridículo, pensé. Los tiene ahí, están vivos y prestos a escucharlo. Sé por la propia señora Oviedo que lo extraña a rabiar y busca cualquier excusa para llamarlo y escuchar su voz. No puedo sentir lástima por él. “Lo peor de todo”, concluyó peleando con las lágrimas en sus ojos, “es que sé que pronto estarán muertos y será demasiado tarde. Aún así, no puedo dar mi brazo a torcer”. Como una persona que perdió ya a ambos padres, escuchar a alguien que los tiene a la mano decir que “no sabe cómo dar marcha atrás” me resulta extremadamente irritante. Así sea mi mejor amigo. “No nos tocábamos, ¿sabes? No éramos una de esas familias que se tocan”. Cry me a river, you goddamn brat. Ahora, sentado en Brasil, no puedo creer que así haya pasado mi último día en Lima.

La noche era cálida en Sāo Paulo y los viejos sistemas de aire acondicionado temblaban al lado de edificios polvorientos. Dream Café estaba cerrado cuando llegué, una nueva pinta adornaba el portón metálico. Nueva para mí al menos. Habían pasado varios años desde la última vez que pisé está ciudad. Me senté a tomar una cerveza en el restaurante del frente mientras esperaba a Paloma y vi a los muchachos guapos pasar. Los conductores en este lugar están todos locos. No podría vivir aquí de nuevo. Tal grado de desprecio al peatón se me hace inconcebible in this day and age. Cada vez que regreso a Sudamérica siento que es peor de lo que recordaba; sin embargo, me siento siempre muy en casa. Me pasa lo mismo con Lima. Es un viaje en el tiempo a una era oscura. Los curas bien podrían estar quemando libros en la plaza Mayor. Inmediatamente extraño Nueva York y me pido otra cerveja Original. Honestamente, sabe a mierda, pero me queda una hora más de espera y pocos reales.

He olvidado todo el portugués que sabía. Cuando mi madre dejó a mi padre, yo tenía aún catorce años. Cuando mi madre dejó el Perú, ya tenía quince. Cuando dejé a mi padre para vivir con mi mamá, estaba apunto de cumplir dieciséis. Aprendí un portugués fugaz para acabar la secundaria. Debí haber terminado entre los peores de la promoción; sin embargo, mi español e inglés eran excelentes y gané varios concursos para el colegio. Digamos que después de eso fueron bastante… uh, flexibles conmigo. Un año más tarde, me defendía pero no era suficiente para mí. Alguna vez alguien me dijo que la ventana para aprender bien un idioma se reducía considerablemente a partir de los trece años. Yo empecé el inglés a los ocho y español desde siempre, un año de portugués en mis late teens no me permitía ser excelente en ello. And you know me, si no voy a ser el mejor, I’m not going to play at all.

Paloma y yo nos conocimos en la escuela y nos hicimos amigos de inmediato. Ambos veníamos de hogares rotos, de países hispanohablantes y, en lo que a nuestros compañeros competía, de una genética cuestionable. Déjenme decirles algo sobre nuestro colegio: everyone was fucking gorgeous. Uno creería que fue fundada por Derek Zoolander, porque todos eran ridículamente hermosos. ¿Quién dijo que la adolescencia era una etapa difícil? No en este laboratorio de súper modelos. Jamás le vi un grano a nadie, un mal corte de pelo o un bigotillo ralo. Las chicas se acostaban y levantaban con melenas fabulosas, y los hombres pasaban de no tener un pelo a tener la barba perfecta. Perfectly-blown beach hair and five o’clock shadows all around. Paloma, la colombiana, y yo, el peruano, éramos los únicos que no parecíamos adultos de dos metros. We actually looked our age. Una buena mierda cuando vas a una escuela que tiene pasarelas en lugar de pasillos. Pero no nos compadezcan, eventualmente tuvimos nuestros respectivos levantes. And scoring in our school meant fooling around with gods.

Cuando volví a Perú, nos escribimos cartas físicas cada semana por un año antes de rendirnos al email. De hecho, durante los últimos meses, nos enviábamos emails entre carta y carta y finalmente decidimos que la inmediatez era más importante que ser románticos y diferentes. Quisimos mantener nuestro periodo Beaches para siempre, pero la modernidad nos ganó. Sin mencionar que el correo en ambos países dejaba mucho que desear. Nos visitamos sólo un par de veces durante los años, pero nos mantuvimos siempre al tanto de todos los hitos que habíamos de conocer. La última vez que nos vimos fue cuando cumplí mi primer año en Nueva York y fue a visitarme. It’s been three full years. Ahora soy profesor universitario y ella está apunto de casarse. Empecé a sentirme algo nervioso hasta que la bulla de la mesa de al lado me recordó que alguna vez viví aquí. “Passei todo o fim de semana na praia!“, gritó el más gordo de la mesa. No sé por qué, pero me calmó de golpe.

Estaba terminando mi tercer vaso de cerveza cuando llegó Paloma. “Claudio Oviedo me dijo que te vio anoche, antes de tu vuelo a Sāo Paulo”, fue lo primero que salió de su boca. “Ugh, ni me lo recuerdes”, respondí sin perder un segundo. “Hola, ¿no?”, continué mientras me paraba de la mesa con los brazos extendidos. Paloma me dio un fuerte abrazo y me tocó el culo. “Todo en su lugar, muy bien”, guiñó el ojo derecho. “Los gomelos  no tendrían nada que hablar si le vieran”. Sonreí. “¿Ya pagó o pensaba hacer conejo?”. Me tomó un segundo recordar lo que eso significaba. “Vives en Sāo Paulo hace quince años y te vas a casar con un alemán, ¡explícame cómo mantienes intacta tu jerga colombiana!”, reí. “Ay, chato, hay cosas que no se olvidan. Venga, vamos para la casa”.

El departamento que Paloma compartía con su prometido estaba en un pequeño condominio en Frei Caneca, a unas cuantas calles del departamento que yo le conocí cuando era soltera. Cruzamos dos portones antes de llegar a la puerta del edificio, ninguno parecía poder abrirse remotamente. “¿Siempre tienes que bajar a abrir la puerta?”, pregunté. “Sí, ¿puede creer? Estos manes no han remodelado ni medio metro del edificio. Pero lo mantienen bien y los ascensores andan perfecto aunque sean antiguos, eso sí. Pero ni citófono ni nada”, rodó los ojos. De pronto caí en cuenta de lo que me había dicho cuando llegó. “¿Qué diablos hacías hablando con Claudio?”, indagué. “Me escribió por Facebook, a mí también se me hizo raro. Solo me dijo que habían estado juntos y ‘que se diviertan’ y todo eso. ¿Se acostaron?”. “Come off it, jamás”, un ligero escalofrío se disparó en mi espalda. “Pues no sé, ustedes son bien raros”. “Cambiemos de tema”, le rogué.

Al ingresar a su nuevo hogar, tuve la sensación de haberlo visto antes. “¿Sabes que creo que me he acostado con alguien en este edificio? Se me hace muy familiar”. Paloma estalló en carcajadas, dado que había pasado mucho tiempo desde la última vez que yo había puesto un pie aquí. “Por supuesto que se pichó a alguien acá, cómo no”, me dijo. Me alcanzó un vaso con agua y me hizo el gran tour del departamento. Definitivamente había estado en alguna de estas unidades antes. ¿O quizá todos los departamentos en Frei Caneca se parecían? El nombre de la calle also rang a bell for me. “¡Tiene que ver la vista del estudio!”, gritó emocionada. “Solía ser el cuarto de Kellen antes de que yo me mude, pero me molestaba el ruido así que pasamos el dormitorio al otro lado del departamento”. La vista. La vista. ¡La vista! Una llave en la cerradura. “Oi, querida“, se escuchó desde la entrada. “Oi, estou aqui com Patrick. Venha!“, respondió Paloma. Incluso antes de ver a Kellen, lo supe. I had been here before. Esto, efectivamente, no era un estudio, sino el cuarto de un alemán desquiciado muchos años atrás. La cama estaba ahí. La mesa de noche, ahí. Nuestra ropa, aquí, al pie de la cama. La pipa llena de yerba, junto a la ventana. Empecé a sudar. Esta fue la pared contra la cual me arrojó, tomado del cuello. Aquí estaba la silla con la que me golpeé el dedo gordo del pie tratando de reincorporarme. Esa fue la única vez que realmente tuve miedo mientras alguien me besaba, and this is the room where it happened.

 

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Ficciones verdaderas

For the muses.

 

 

Pues, a lo que iba. Estoy solo. Estuve hasta hace unos minutos en una fiesta con varios grupos de amigos diferentes, pero me fui. Temprano, supongo, considerando que es sábado y mañana no tengo absolutamente nada que hacer. Pero quería irme. No porque la fiesta fuera tediosa o aburrida — de hecho estaba buenaza —, sino porque de un momento a otro, me cansé de las luces y el unts-unts-unts, el olor a cigarro y turra alcohólica (no mía, por cierto, porque no tomé nada). Así que sin mucho aspaviento, cogí mi hoodie del festival, me despedí de todos y me fui. En el camino, una zancuda me dijo “hola” de manera sugerente. Esquivé la nube mortífera que la rodeaba y continué mi camino hacia la avenida. La idea de no tener que compartir un taxi hasta mi departamento me parecía extraordinaria. Darle mi dirección al taxista y alguna que otra indicación me parecía interacción suficiente. So I left. By myself. Lone wolf.

Quiero mucho a mis amigos, a todos. A los que veo poco, a los que veo mucho, a los que se ven sin mí, a todos. In no way should my running for the hills suggest otherwise. Pero de un tiempo a esta parte, actúo sobre mis impulsos y a veces estos me piden recluirme para estar conmigo mismo (a.k.a prestarle atención a las ideas que habitan en mí). Se aburren si no las escucho, you know… Lo más curioso es que después de un rato, in my fortress-of-solitude state of mind, me pillo teniendo conversaciones imaginarias con gente que no está ahí y que, de hecho, estaba allá. Sé que tengo problemas mentales, pero no son tan severos y no puedo ser el único, así que me veo obligado a preguntarme — y por extensión a ustedes, amables lectores —, ¿me pasa solo a mí? ¿Solo yo tengo conversaciones completas, full emoción, con gente que no está ahí? Tipo, no gente muerta or anything. Tampoco imaginaria. Gente real. Solo que no está físicamente conmigo, respondiendo.

Claramente me pasa cuando tengo algo que decir y no sé cómo decirlo. Me pasaba mucho cuando terminaba con algún ex. Todas las cosas que siempre quise decirle y no pude se desarrollaban en sendos unipersonales en el teatro de mi ventana. No puedo ser el único al que le pase. O quizá sí. Mi cabeza es un sitio complicado, pero me gusta. For the most part anyway. Excepto por las noches. Por las noches es difícil. Cuando todo lo demás está en silencio, puedo escuchar mis pensamientos con mayor claridad. No contentos con que los escuche, estos gritan y corren y no me dejan dormir. Me quedo tirado en mi cama por horas, con la cabeza apoyada en mi brazo, mirándome el antebrazo en la oscuridad hasta que las formas no me hacen el menor sentido. De pronto recuerdo cosas sin importancia. Recuerdo ser pequeño, en mi cuarto de infancia, temiendo que se metieran a robar a través de mi ventana. No sé por qué. Luego me sorprendo de cosas idiotas que se me ocurren, como que la tos y la risa empiezan en el mismo lugar y de la misma forma; sin embargo terminan en historias dramáticamente diferentes. No obstante, llevadas al extremo, ambas confluyen en lágrimas. Y no sé por qué se me ocurren estas cosas, pero se me ocurren. Las apunto y vuelvo a dormir. O a intentarlo.

De pronto es de día. Hice todo lo que tuve que hacer. O no. Pero estuve lo suficientemente distraído — ¿o concentrado?— para bajarle el volumen a todo. Y sí, estuve con gente y fui otra persona, que es la misma persona y que soy yo en parte y en teoría. Es gracioso como uno es tantas cosas y tantas personas con gente alrededor. ¿Y la gente que no está? Pues, la recreo. En cualquier momento me invade un recuerdo, me asalta la nostalgia, o la rabia, o lo que sea que me provoque la persona que ha viajado a través del tiempo y el espacio para tocarme la puerta y romper mi tranquilidad, para bien o para mal. Entonces les hablo. O les grito. O les sonrío. Luego vuelvo a donde estaba y me pregunto, no sin vergüenza, si mi diálogo se filtró al mundo real. Si lo dije o lo pensé. A veces no recuerdo las cosas. No recuerdo nada. Incluso desconfío de lo que sí recuerdo. No sé si realmente ocurrió. Siempre imagino finales alternos a situaciones que aún no han terminado, o tengo estas conversaciones extrañas en las que me veo haciendo algo drástico y diferente. Luego de mucho tiempo, me confundo y no distingo lo que hice de lo que no, lo que dije de lo que imaginé.

Nunca estoy solo, no realmente. Pues cuando estoy solo es cuando más acompañado estoy, cuando hay más ruido, porque hay tanto de mí aquí, hay tanto yo adentro, que nunca estoy realmente on my own. La noche es quizá la parte más caótica de mi día. Ergo, no puedo dormir. Pienso. Recuerdo. Shuffle. Cuando era más pequeño, imaginaba que alguien corría al lado del auto en el que iba al colegio. Lo veía a través de mi ventana, correr, saltar, sortear los obstáculos del paisaje urbano que fluía como un río gris y carmesí a mi lado. Pavimento y ladrillos licuados por la velocidad siempre parecen dar ese mismo color. Él saltaba por los techos, se colgaba de los postes, hacia taburete con los peatones y autos. A veces era el hombre araña y era más divertido (porque se colgaba con sus telarañas) y a veces era un chico sin forma, una sombra de mi imaginación. A veces me daba cuenta que era yo, pero no me veía como yo. Otra vez me he perdido en nimiedades y recuerdos intrascendentes. Otra vez me estoy viendo el antebrazo. Otra noche sin dormir, miss Kaysen.

 

Si pudiera regresar al principio, nacer otra vez, me quedaría mudo. No diría una sola palabra. Cada cosa que he dicho ha puesto otro ladrillo en mi prisión. Porque siempre dije alguna estupidez que no pensaba o no sentía. Era mi deber. Tenía un personaje, construido por los otros, por los años, por amigos, por extraños. Tenía que decir mis parlamentos, lo que se esperaba de mí. Tenía que desempeñar mi papel. Dije tanta huevada que me convertí en él. Pero muy en el fondo, donde siento quién soy sin saber realmente cómo soy, vive otra cosa. Carne viva. Un monstruo sin piel al que todo le duele, le arde, le asusta. Me angustia estar atrapado detrás de la ilusión de quién es Domingo Rivas porque sé que no soy yo y sin embargo no sé cómo me llamo. Lo veo todo a través de Domingo. Lo escucho decir, ahora convencido, cosas que no siento. ¿No somos lo mismo? Cuando nos acostamos por la noche, ¿no me escucha? Es terrible esto de estar atrapado detrás de todo lo que has dicho durante 31 años, cada palabra hizo el muro más alto y hoy no hay esperanza de salir jamás. Por eso si pudiera volver a empezar, de cero, me quedaría callado. Así nadie sabría quién soy realmente… y ya no sería el único.

El sillón de cuero naranja era totalmente diferente a los demás del salón; se levantaba como un trono en la cabecera de una mesa larga y baja al lado de una chimenea falsa. Domingo siguió un impulso y se sentó en él, presidiendo la sala más grande del bar, buscando proyectar control sobre el resto de parroquianos. Este no era él, pero ellos no lo sabían. Se sacó la casaca de cuero y tomó la carta, sin prestarle real atención. Tampoco notó que, luego de una frase sorda, se había quedado solo en la mesa.

“¿Qué desea el caballero?”, preguntó el mozo con automática amabilidad. Domingo no cuestionó que el hombre de cabello oscuro y rostro avejentado fuera realmente amable, pero dudaba que esa calidez fuese del todo genuina con él, un desconocido. Las personas dedicadas a servir a otros deben presentar un cuadro similar al de las víctimas de violación sistemática, pensó. Como las putas, que desconectan alma y cuerpo noche tras noche para representar su robótico papel, los mozos también deben encontrar repugnante tener que ser particularmente serviles. Por eso, estaba seguro, repetían sus líneas sin pensarlas o sentirlas. Nunca pueden ser “solo buena gente”, los obligan a ser sumamente acomedidos. “Yo me sentiría vejado”, reflexionó. “Tener que actuar como si otros tuvieran poder sobre mí o fueran intrínsecamente mejores que yo. Por eso no soporto la idea de la monarquía en el siglo XXI”.

En todo este tiempo no ha decidido qué trago quiere y el pálido mesero empieza a mirarlo con impaciente ternura. Su amabilidad, descubrió, era real. “¿Cuba libre?”, solicitó finalmente. “Perfecto, ¿y el caballero?”, agregó el mozo, ojeando el pesado abrigo de tweed doblado en el mueble contiguo. “Una Corona, por favor”, se escuchó desde el otro lado del salón. Lucas había vuelto del baño, más calmado y bien peinado. Había retomado su lugar como obra maestra de la genética. Domingo le comentó su teoría sobre los mozos, las putas y la monarquía. “Eres un verdadero baboso”, respondió. “¿Te importa si te grabo?”. Domingo sacudió la cabeza. Él había accedido a brindar esa entrevista, qué más daba si dejaba un registro. “De acuerdo, cuando quieras”, sonrió Lucas.  “¿Cuál era la pregunta?”, tosió Domingo, con los ojos entrecerrados por el esfuerzo. “Si cambiarías algo de tu vida…”, enunció Lucas directamente a la grabadora.