Archivos Mensuales: diciembre 2015

The inevitable end-of-year post

Anoche, caminaba con Camila en busca de un bar (para no ser los aberrantes que chupan en Think Coffee) y le conté de la vez que enloquecí la semana de mi cumpleaños 25 y me fugué a Buenos Aires sin decirle a nadie. Ahora, cepillándome los dientes, recuerdo otra cosa sobre ese episodio. Durante el viaje, mi canal de comunicación con mi familia fue Sandra, proving once again she’s the Lo to my LC. Ella llamó a mi mamá y le dijo que había hablado conmigo y que estaba bien. Conversaron un rato y al despedirse, mi madre le dijo siguiente: “dile que sea feliz, que para eso se ha ido”. Ambas se rieron. En ese momento, a mí también me causó mucha gracia. De hecho, la telenovelesca frase ha sido una broma interna con Sandra desde entonces. Pero hoy lo recuerdo y pienso tres cosas: 1. mi mamá me quiere mucho. 2. mi mamá sabía que no era feliz (lo cual me da un poco de pena). 3. mi mamá es una fucking vidente.

Cuando empezó el 2015, todavía estaba sacudiéndome la miseria del año anterior, que había sido fantástico hasta el 31 de octubre y un desastre en adelante. Recap: me rompí el brazo, me encontraron un quiste en la rodilla, mi half-boyfriend neoyorquino me terminó (con pasaje de avión en la mano), etc, etc. Mi mala racha durante esos últimos dos meses fue insólita. Nada me salía bien. Me sentía física y anímicamente como el hoyo. Si no hubiera estado tan avanzado en el proceso de postulación a la maestría, quizá me habría arrebatado y mandado todo a la mierda. Pero ya estaba en la recta final y tampoco soy tan imbécil.

Todo lo que el final de 2014 me quitó, enero me devolvió con creces. Postulé a la maestría, terminé mi terapia física, el quiste resultó ser benigno y encima pude reprogramar ese vuelo a Nueva York para asistir al retorno de John Cameron Mitchell como Hedwig en Broadway. Si bien todavía me dolía el break up, tenía mi salud y había visto mi película favorita recreada en vivo ante mis ojos. Tipo, even I had to admit that SHIT WAS OK. Por supuesto que no lo hice, porque soy lo peor, pero hacia fines de febrero, cuando recibí la carta de aceptación de NYU, cualquier postura masoquista y dramática se tornó insostenible. Dos mil quince era innegablemente el mejor año del mundo. Aunque Marina and the diamonds me cancelara en Brasil, aunque me robaran el celular en el concierto de Calvin Harris, aunque la agencia me pidiera reducción de personal, aunque no aprobaran la unión civil, aunque pasaran los meses y el huevón de mi ex siguiera con el random ese, nada me resultaba tan terrible.

De hecho, creo que lo único malo que ha pasado este año ha sido que mi papá se enferme. Si bien no tenemos una relación cercana, sigue siendo mi papá y lo conozco lo suficiente para saber lo mucho que le debe joder estar así. Además estar enfermo, realmente enfermo, es la cosa más miserable del mundo, even if you brought it upon yourself. No se lo desearía ni a mi peor enemigo, mucho menos a él. Pero, bueno, en un momento pensé que se iba a morir y se estabilizó, así que puedo seguir pensando que el 2015 es un éxito, incluso para él. Claramente no es el mejor año de su vida, pero al menos sigue acá, viendo crecer a su nieto, que creo que es lo único que lo alegra hoy en día.

As for me, las cosas que amé de este año son tantas que listarlas sería absurdo. Pero haré una mención especial a mis clases de español. Who the fuck knew I’d enjoy being a teacher? Who the fuck knew I could work at 8 am?! En serio no tenía la menor idea de que disfrutaría tanto ser profesor. Salvo por la corrección de exámenes (que me hace querer suicidarme), es súper divertido. Ahora lo disfrutaré incluso más porque a) ya conozco el curso, b) me quedo con la misma coordinadora, que es un amor de gente, y c) ya no me tengo que levantar al fucking alba porque me pusieron a las dos de la tarde. Winning all around.

Debo confesar que en el fondo tenía muchísimo miedo de venir aquí. No por una razón ñoña, tipo, “me asusta la ciudad” o “no soy good enough para la maestría” o “voy a extrañar Lima” (pffff, por favor); ¡sino porque tengo diez fuckin’ años pudriéndome por vivir en Nueva York! ¿Se imaginan lo intolerable que sería lograrlo y darme cuenta de que no me hace feliz? ¿Que después de todo este ordeal todo sigue igual? Me tiraba a las vías de la L, creo. I’m pleased to report, however, that I will not be leaping into my death. Si bien encuentro esta ciudad muy agotadora y cada vez me convenzo más de que no podría vivir aquí para siempre, no recuerdo la última vez que me sentí tan bien, tan cómodo, tan libre del juicio de los demás. Humanos del Perú, si están leyendo esto, sepan que los amo y los extraño, pero alejarme me ha hecho mucho bien. No sé si sea Nueva York específicamente o solo el hecho de no estar en Lima, pero mudarme fuera del país ha sido la mejor decisión que he tomado. No sabía cuánto lo necesitaba, I could seriously cry rn.

Mi mamá tenía razón, me fui para ser feliz… and this time I actually did it. Pero volveré el próximo año igual. No se van a deshacer de mí tan fácilmente. Además tengo kilómetros LANPASS que tengo que canjear, jaja…
For the time being, me quedaré acá, disfrutando de la paz mental que me trae el exilio.

Los quiero. Feliz navidad/hanukkah/lo que sea y que el próximo año sea mejor que este, aunque parezca imposible. Let’s shoot for the fucking stars.

 

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Rayitas

Cuando era niño, uno de los drills más comunes para enseñarte a tomar correctamente el lápiz era hacer series de palitos. Línea sobre línea de rayitas verticales, una detrás de otra, se acumularon en mi cuaderno doble raya Minerva. Eran perfectas, así las recuerdo, y de hecho estoy seguro de que lo eran. ¿Por qué? Porque las hice con regla. ¿Cómo podrían haber sido otra cosa que pequeñas marcas perfectas, si las tracé una por una contra mi regla Artesco de 20 centímetros? La curiosa consecuencia de aquel ejercicio de perfección fue que, aunque el resultado era aparentemente notable, fallé en la verdadera misión. Ni siquiera me percaté de lo PÉSIMO que tomaba el lápiz mientras hacía mis rayitas perfectas. Estaba obsesionado con el resultado más obvio, con que mis palitos – que serían lo que la profesora viera – fueran inmaculados y perdí total perspectiva del real propósito de la actividad. Ahora cojo “mal” el lápiz.

A menudo pienso en ese episodio. Recuerdo a mi mamá diciéndome que lo hiciera con la mano, que no importaba que no fueran perfectas, que no me preocupara tanto; pero yo, terco, me molestaba y le decía que no, que lo haría así, que quería que fueran perfectas. Ella se rindió, pero yo no. Yo seguí haciendo mis rayitas con regla, missing the mark by a mile. Pienso en todo esto por la extraña relación que tengo con la perfección, con ser infalible. DETESTO fallar. Fallarle a alguien, fallarme a mí mismo, fallar en general. Lo aborrezco. Me provoca un malestar físico y mental que no me abandona hasta que puedo rectificarme ante mis propios ojos. Puedo excusarme, puedo inventar algo, pero no sirve de nada porque yo sé la verdad. I have an overwhelming urge to make it right and won’t feel better until I do. 

Yo sé que nadie creería esto de mí porque “soy un vago”, “hago todo a última hora”, “soy flojo”, etc, etc. No niego que esa narrativa no contenga mucho de realidad, pero, sin importar lo que tenga que hacer para lograrlo, yo. Siempre. Cumplo. Sí, las razones por las cuales a veces tengo que empujarme al borde del colapso con tal de cumplir probablemente sean las arriba descritas, pero SIEMPRE llego, siempre lo logro y el resultado es, casi siempre, the very best I can produce. No porque tenga más días lo haré mejor. No porque trabaje más tiempo, saldrá mejor. No lo sé. Some people thrive under pressure and I am one of them. Pero cuando no llego… no sé si hay algo peor.

Nadie jamás me castigará más duramente que yo. Nadie se mortifica más por mis incumplimientos que yo mismo. No sé qué dice de mí, pero de verdad me enferma. No es temor al castigo. Es algo mucho más íntimo, más mío. Encuentro que la irresponsabilidad es tan asquerosa. Lo último que quiero ser es irresponsable aunque sé que me pongo en situaciones en las que el peligro de serlo aumenta sus probabilidades exponencialmente. Por eso, hago hasta lo imposible por no caer y tengo éxito. Termino, siempre, cumpliendo responsablemente mi deber, aunque me cueste muchísimo más porque me expongo a la irresponsabilidad.

Lo más gracioso es que las pocas veces que he fallado – “pocas” comparativamente, no es que me crea la cagada – han sido tan cojudas. Habiendo tantas otras ocasiones en las que me merecía fracasar sonoramente, en las que tenía todo en mi contra y aún así vencí, las veces que me derrotaron han sido realmente idiotas. Nivel de estupidez, tipo, “me tiré a 1,456 personas diferentes sin jamás haber contraído una enfermedad venérea y un día pisé un clavo y me dio sífilis”. Ya, algo así. Así de ridículo, de absurdo, casi casi hasta injusto. Ugh, no sé. Ahora tendré que cargar con mi malestar, con mi sífilis en el alma, todo el día hasta que pueda enmendar mi error. Sí, estoy confesando que hoy la cagué. Eso es lo que estoy diciendo y no otra cosa.

¿Quizá soy muy severo conmigo mismo? Si ya no hay más que hacer y tampoco es el fin del mundo, bueno, ya pues, fue. “Después lo arreglo”. Oh no. Not me. I can’t. Yo tengo que hacer mis rayitas todas derechitas o me voy al hoyo. Y si una me salió chueca, me tengo que torturar por el resto del día. Siempre ha sido así. It’s in my blood or something, no sé por qué.

 

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(Es posible que haya algunos argumentos aquí que no se conectan lógicamente y me disculpo por la truculencia. Necesitaba ventilar, ja).