Archivos Mensuales: diciembre 2020

Identical hand twin

For all my clownery, I’m surprisingly insightful ⎯nay, damn near clairvoyant!

See, I’ve met the boy.
He reminds me of all things I’ve said I needed, verbatim
and some needs I couldn’t voice.
I’ve put off putting it down
here ⎯blog jinx, kiss of death!
But I’m showing.

Kept my geriatric pregnancy a secret, as one does in the early stages,
wishing for clockmaking sunsets,
for a fast-spinning gentler world
to tenderly place me on the right day’s palm.
Yes, I’ll carry this to term day.
Yes, I can tell my friends
day.

When that day came and went, its lack of fanfare
made it all the more special. It was just there.
It was real ⎯we don’t really celebrate real, do we?
We are told we want the tale,
we want to give our hearts away and receive another in return,
one that we now own, and goes the way all property does
obsessively looked after lest it be stolen or lost ⎯and you better not lose it,
because losing makes us losers and nobody loves a loser!
Shut up.
This could all end tomorrow and it wouldn’t diminish what I’ve gained.
Delicate creatures die in hands cupped too tightly.

We don’t celebrate real enough,
we don’t appreciate the reality of being two people together,
who quietly go about their love,
wanting for the other what they want for themselves.
Closeness, travels, personal space,
forgiveness, individuality, support.
It’s the strangest feeling, loving yourself through loving someone else.
I will admit to that.

It’s funny, I thought I knew exactly what my falling in love would look like.
In a way, I did. It does kind of look like what I said.
But he has decidedly put his little spin on things.
And spun I have, around a stubby finger that looks nearly identical to mine!
It’s uncanny, the way our hands look almost exactly the same.
And that’s kind of how it all feels: uncanny.
It looks like something I’ve known forever, like the literal back of my hand
yet still surprises me ⎯makes me nervous?,
because it’s not.
It can’t be, there’s only one right hand of mine!
I don’t know how to explain it.

I’ve always hated the way my hands look, by the way.
Among many other things, as it is the human condition to think we’re hobbling trolls.
Now I’m learning to love that which once I thought was unlovable about me, silly as it sounds.
Not necessarily because he loves those things,
but because he shows me how absurd it is to be afraid or ashamed or bothered by them.
That mending won’t go away if he ever does, so that alone is forever a win.

It’s all quite the journey.
From which I should be utterly spent, yet somehow feel like I’m finally resting?
I’d keep going but his cat, the most loving, well-behaved cat I’ve ever encountered,
is currently stepping on my keyboard searching for love.
I’m both afraid she might delete the whole thing and eager to stop my rambling to squeeze the shit out of her.

So that was the update, whoever you are that still reads this.
You can stream Under Rug Swept‘s underrated healthy love anthem You Owe Me Nothing In Return for a way better take on this particular matter.
Alanis will explain it far better than I can.
Toodles!

David Duchovny

The Kills tocaba esa noche pero nunca los vi. Era 23 de setiembre de 2016. Mi cumpleaños había sido días antes y tenía una serie de conciertos planeados para celebrar. Adele en Madison Square Garden el mismo 19, The Kills en Terminal 5 el 23 y Morrissey en King’s Theater el 24. Armé mis planes como siempre, como si nada, como una huevona. Sin detenerme a considerar que en cualquier momento te cae la muerte. Felizmente, y no por primera vez, la muerte no me quiso. El shock del accidente me transportó hasta el venue. Rengueando, sí; pero sin dolor.

En la esquina de West 56th y la onceava avenida me crucé con David Duchovny, que venía tranquilamente en la dirección opuesta. Mi cabeza dio un bote incrédulo hacia atrás que lo hizo sonreír. Tenía pinta de llevar prisa y yo tampoco quería detenerme, así que no me acerqué. Solo levanté la mano discretamente y lo saludé. Inclinó la cabeza en un gesto amable, aún sonriendo. Mientras David Duchovny pasaba a mi lado, aventajando a algunos otros peatones con sus piernas largas, me pregunté cómo habría reaccionado David Duchovny a mi accidente. Me imaginé interceptándolo y diciendo “¡me acaban de atropellar, David Duchovny!”, y me reí.

No tenía sentido que estuviese ahí, soy una persona en extremo racional. Sabía que algo andaba mal y que, probablemente, empeoraría antes de mejorar. Pero también, secretamente, soy muy optimista. Por eso mi intención fue siempre ver el concierto, pase lo que pase. Como compromiso, porque además soy un ser razonable, decidí darle al destino una oportunidad de detenerme. Si los poderes del universo querían que vaya al hospital, su momento era ese.

Me acerqué al hombre de seguridad y le pregunté si era posible saltar la cola y pasar a la boletería. “Una moto me acaba de golpear camino aquí. Dudo que me reembolsen pero quiero preguntar por si acaso”. Él tampoco creía que me devolverían nada, pero me dejó pasar. La persona en la boletería me dijo que por lo general no hacían devoluciones y que, incluso si quisiera, ya era muy tarde para intentarlo. Le respondí que no se preocupe, me lo esperaba. “¿Tendrán hielo?”, sonreí. Me miró en silencio por un segundo, absoluta cara de palo. Finalmente he sorprendido a alguien en esta ciudad, pensé. “Déjame llamar a alguien”.

Tuve que resumirle mi accidente a una tercera persona. Ella procuraría el hielo prometido. Pero ya estaba harto de contarla, sobre todo porque me veía obligado a excluir a David Duchovny, ¿y no era esa realmente la mejor parte? Le dije que me dolía un poco pero no parecía estar tan mal y que mi plan era sentarme en la baranda del segundo piso. Me consiguió una de esas bolsas de gel congelado y me advirtió que quizá aún estaba en shock. “Cuando baje la adrenalina puede ser otra historia, pero tú sabrás”. La miré en silencio por un segundo. Efectivamente, no lo había pensado. “Gracias”, sonreí. “Esperemos que no”.

Por supuesto, así fue. No bien me recosté contra el riel del segundo piso me empezó a latir la pantorrilla. Cada uno de los nueve minutos que estuve sentado en el suelo, el dolor creció. ¡Con lo que me había costado subir, ahora tenía que bajar! Contemplé tomarme un par de cervezas y jugármela, pero mis fantasías mórbidas de hemorragias internas pudieron más que las ganas tibias de ver a The Kills. Mejor bajar ahora que todavía puedes. Humillada, reaparecí en la entrada y le dije a mi primer interlocutor, el chico de Seguridad, que la adrenalina me había abandonado.

“Hay un hospital aquí cerca, te recomiendo que vayas en taxi. La ambulancia es bastante cara”. Qué tan cara puede ser, pensé. Además tengo seguro. “No, está bien, que me lleve la ambulancia”. El chico me sentó en una silla plegable junto a la entrada y fue a contactar a los paramédicos, no sin antes preguntar por segunda vez si estaba seguro. Los paramédicos llegaron con las manos vacías, aparentemente incrédulos de que alguien quisiera ponerlos a trabajar. Por tercera vez me preguntaron si estaba seguro de querer ir en ambulancia. ¡Eso debió indicarme cuán caro era realmente un paseo en ambulancia y cuán fuera de mi cobertura estaba! Pero como cojuda asentí una última vez.

Mientras preparaban la camilla, los transeúntes me observaban. No estaba seguro de lo que sentía. Algo similar a la vergüenza pero diluida, líquida, y en ese líquido flotaba algo más denso, que se hundía y reflotaba, parecido al orgullo. Ahí estaba mi ego, sentado en la vereda como una lámpara de lava. Huachafa, sí; poco digna, también; ¡pero hipnótica! De pronto, altísimo drama en 15 segundos ⎯¡gente, camilla, rampa, ambulancia!⎯ y adiós. En el camino, los paramédicos me preguntaron qué me dolía, si tenía alergia a algún medicamento, me tomaron la temperatura y la presión. Finalmente, al verme de tan buen humor, por fin preguntaron qué diablos pasó.

Estaba en la esquina, esperando que cambie la luz, y cuando cambió, me tiré a la avenida y crucé. Antes de empezar mi camino ⎯o quizá simultáneamente, no lo sé⎯ ya había visto a los autos en el extremo más lejano de la avenida bajar la velocidad y detenerse. Lo que no vi fue que, de mi lado de la avenida, una moto que venía embalada jamás pretendió frenar. La moto quería ganarle a la luz o, mejor dicho, sabía que iba a perder por míseros segundos y no quería esperar. El resto de peatones agolpados en la esquina la vieron venir y se quedaron atrás. Tengo la impresión de que trataron de detenerme, pero me disparé demasiado rápido ⎯y encima estaba con audífonos, escuchando a The Kills, unaware that I was about to be killed!

Mi paso resuelto informó al motociclista en un solo segundo de mi completa ignorancia de la situación. Sería él quien tendría que hacer la maniobra para no matarme (o a ambos) porque yo no tenía intención alguna de parar. Así lo hizo, literalmente in the nick of time because he nicked my leg. Fue una ráfaga de luz frente a mí y luego la avenida, vacía como un segundo atrás. Me detuve solo por un momento y busqué confirmación a mi derecha. Sí, una moto tambaleándose y retomando la carrera. Well… shit. Casi me parten en dos.

Entonces me percaté ⎯periféricamente porque jamás volteé⎯ de la U de transeúntes que se había formado detrás mío y sólo ahora empezaba a avanzar. Gente que se quedó petrificada pensando que presenciaría mi Final Destination de la vida real. “¿Se te acercó alguien?”, preguntó una de las paramédicas. “¡¿Crees que iba a parar?!”, le respondí. “¡Seguí caminando con la frente en alto y no cojeé hasta que le di la vuelta a la esquina!”. Primero muerta que humillada. Ante todo, dignidad y orgullo gay.

“¡Pero me crucé con David Duchovny!”, sonreí.