Archivos Mensuales: octubre 2026

Nombrar lo incómodo

Como, imagino, todas y todos ustedes que me leen, he visto el video del ataque homofóbico en McDonald’s. De hecho, lo he visto múltiples veces por la viralidad del asunto ⏤¿debido, espero, a la gravedad del caso y no al morbo? Una y otra vez, en tweets, en historias, en noticias y programas de opinión. Ahora, al menos, hay memes para alivianar el espíritu. Pero el video en sí me genera una pesadez asquerosa en el pecho cada vez. Ni la mediación de un dispositivo ni la repetición lo hacen más tolerable. Es igual de opresivo cada vez. No me imagino lo angustiante que debe ser encontrarse, de pronto, indefenso, con esa rabia irracional del otro lado de la mesa. Miento. ¡Si no tengo que imaginarlo! Lo sé ⏤iniciando protocolo.

Midiendo la situación ⏤Índice Real de Peligro.

Evaluando el entorno ⏤quiénes son aliados, míos, suyos; quiénes mañana solo serán testigos.

Absorbiendo la violencia ⏤en el alma, donde por diseño se instala la Injuria.

Recalculando.

Como todas las personas LGBTIQ+ de este país, sé perfectamente cómo se sintieron esos dos chicos. Conozco íntimamente esa escena y la negociación en la que se nos obliga a participar. Donde tenemos que ceder algo intangible, mínimo, pero nuestro y cada vez que sucede, nos alejamos siendo un poquito menos. A salvo, pero menos que cuando entramos a una situación que no provocamos ⏤salvo por existir. Por desarrollar nuestra vida en sociedad y ocupar un espacio público como cualquiera. Se nos permite escapar, no sin dejar atrás nuestra libra de carne (que no es una referencia a McDonald’s).

Esto es deliberado. Siempre. Lo reconozcan o no. Cada vez que nos gritan cabros, están ejecutando una orden social opresiva. El insulto no busca solo señalarnos, ni siquiera burlarse, sino delimitarnos. Nos deja saber que hay una jerarquía y cuál es nuestro lugar. Quiere decirnos quiénes somos. De pronto somos «una hoja de papel siendo leída en voz alta». Eribon lo explica mejor de lo que yo podría, lo recomiendo.

Lo frustrante, la razón por la cual no podemos responder con la misma moneda, es que no existe un insulto equivalente para un hombre cisgénero heterosexual. Ellos jamás sabrán cómo se siente ⏤la sensación real⏤ que te digan cabro siendo un hombre homosexual. O maricón, siendo una mujer trans. O machona, siendo lesbiana. Nuestras situaciones no son correspondientes. Porque la historia, hasta el momento, la han escrito ellos. Tan es así, que ni siquiera las mujeres heterosexuales están a salvo. ¿O no las han reducido a ustedes también a sus genitales; a su rol de cosa, al servicio del Hombre? La primera vez que un hombre te dijo «PERRA» y rodó despectiva y decididamente sus erres. ¿Qué sentiste que podías responder que le doliera igual? (Estás pensando maricón, ¿no? Lamento informarte que eso es parte del problema). Nada. No hay nada que decir.

Esto es lo que el dIsCuRSo alrededor de este caso no quiere ver. De hecho hay muchas cosas que no quiere ver (y las tocaré todas si tienen la paciencia para leerlas), pero esta es una de ellas: la estructura de poder que sostiene esta deshumanización calculada, deliberada, enfermiza, de quienes consideran «el otro» y sobre la cual se constituyen muchas otras jerarquías también. Todo problema social es interseccional y este acto homofóbico en particular viene cruzado por varios ejes: la salud mental; la religión, para sorpresa de nadie, y el privilegio. Vamos, como dice Rosa María Palacios, «por partes y cucharadas». Empecemos por la salud mental.

Cuando la familia del agresor lanza un comunicado revelando que éste sufre de trastorno bipolar tipo I, suceden algunas cosas: primero, piden disculpas. Lo mínimo. Segundo, lo quieran o no, ofrecen este diagnóstico como excusa y apelan al mismo para generar empatía o compasión en la opinión pública. Tercero, piden que no les amenacen de muerte. Comprensible y estoy de su lado. Porque recibir amenazas de muerte debe ser horrible, ya sea por internet o en McDonald’s, comiendo con tu pareja. Finalmente, piden que «esta situación» (un ataque homofóbico) contribuya a un diálogo sobre la salud mental.

Miren, yo entiendo que una familia intente proteger hasta al más problemático de sus miembros, incluso cuando saben que lo que hizo está mal. Es más, hasta el tercer párrafo casi, casi tenían mi simpatía. ¿Pero eso último? No. De ninguna manera. Y volveré sobre ello más adelante, porque ahí entra a tallar el privilegio, pero terminemos con este primer eje.

La mañana de ayer, mi reina Rosa María comentó muy someramente el caso y señaló que, dado el diagnóstico del hombre, éste sería inimputable. Es decir, estaría eximido de responsabilidad penal porque no puede comprender la ilicitud de su acción o no puede actuar conforme a esa comprensión. Yo, que no sé nada sobre este trastorno, asumo que, primero, tendrían que probar que este diagnóstico es tal, es previo y puede manifestarse en comportamientos aberrantes como este, ¿no? Sin embargo, la organización juvenil sin fines de lucro, De-Mentes, que sí sabe del tema, ya se pronunció sobre esto último.

En un contundente comunicado, explican que «una persona que atraviesa un episodio de manía puede experimentar mayor impulsividad y alteraciones en su conducta, sí. Pero la bipolaridad no convierte a alguien en una persona homofóbica de un momento a otro». Agradezco que salgan estas organizaciones, mucho más entendidas en la materia, a señalar que ser bipolar no te hace homofóbico. Precisamente porque esto es, a mi juicio, lo que el comunicado de la familia, de alguna manera, quería lograr. Establecer una causalidad que no existe. Quieren que las cortes, tanto de Justicia como de la Opinión Pública, olviden algo crucial: esta persona es bipolar y homofóbica. El problema es lo segundo, no lo primero, y alguna sanción tiene que haber. Porque las víctimas de esta discriminación merecen justicia.

Para mala suerte de la familia, este ataque fue tan repugnante, en su violencia y sus «argumentos», que el rechazo fue rotundo y aplastante. La comunidad LGBTQ+ en pleno, celebridades y cuanta «persona de bien» ⏤muchas, imagino, de su entorno directo⏤ lo vio, lo condenó sin contemplación. Me encantaría decir que el repudio fue unánime, pero sabemos que no lo fue. Ay, dios, aquí vamos. Eje dos: la religión.

Con el perdón de Rosa María, no voy a hacer ninguna distinción entre católicos y evangélicos porque, para mí, aunque ella diga lo contrario cada vez que puede, de cara a la homosexualidad, son exactamente lo mismo. A mí me educaron en un colegio católico y la pesadilla era IGUAL. Reconozco y saludo que haya católicos más progre, que en la modernidad escogen lo que siguen y lo que no. Pero, institucionalmente, operan con el mismo manual. Su devoción es quizá menos demencial que la evangélica, pero los católicos más acérrimos tampoco se les alejan demasiado. Esos son los que piensan que te vas a ir al infierno, pero ya (casi) no te lo dicen. Los que perdonan «el pecado, pero no el escándalo». Los que dicen que «no son homofóbicos, pero». La señora que no está de acuerdo con cómo actuó el homofóbico de McDonald’s, pero que «como madre, sí le incomoda ver estas actitudes entre hombres» (¿Qué actitudes, por cierto? ¿Comer juntos?).

Fun fact: Como su intervención se posicionó desde «ser madre», yo asumí que su mayor preocupación era que sus hijxs «se vuelvan gay» por ver gays. Le expliqué amablemente por qué su temor era infundado. Ver heterosexuales manosearse en parques no me hizo más heterosexual. ¡Pero resultó que ese era su problema! Lo que no era de su agrado eran los besos «efusivos y excesivos» entre cualquiera, así sean heterosexuales. «Digamos, la exageración. Por tanto, tampoco estoy preparada para besos entre personas del mismo sexo». Es decir, ser madre no tenía nada que ver, y hasta cierto punto, los gays tampoco tenían nada que ver. En fin.

«La homosexualidad es un pecado. Todos los cabros se van a ir al infierno». Esto dijo, textualmente, Augusto Nava en el video, dirigiéndose a las chicas que lo estaban grabando (porque a los chicos, recordemos, les dijo que los iba a matar y que «lo peor es que no estoy bromeando, broder»). Pues bien, en los comentarios de este reel de Latina podrán encontrar expresiones de apoyo como «pero si dijo la verdad» o «mis respetos para ese hombre» y, claro, que hay que arrepentirse porque «ya viene Jesús».

En todas las publicaciones sobre este hecho, estas con las únicas personas de acuerdo con él. Esta es la gente que sale en su defensa, porque «es su opinión». Sí, una opinión es la expresión de una creencia y su creencia es que la homosexualidad es un pecado y, por lo tanto, los homosexuales se irán al infierno. Ok, pero tus creencias son tuyas y no están por encima de los derechos de los demás. Ser gay, como bien dice esta publicación de la asociación feminista Proyecta Igualdad Perú, no es un delito. Discriminar a alguien y amenazarle de muerte, sí.

Ya hace muchísimo tiempo se ha instalado esta narrativa de «persecución religiosa» (y aquí sí concedo que los evangélicos posiblemente reforzaron el tema), básicamente, porque ya no tienen permitido vociferar sus opiniones más rancias alegremente. Alegan que se «vulnera su libertad de culto», pero no es así. Nadie se opone a ni restringe su libertad religiosa. Solo se les recuerda que son ciudadanos como cualquiera, sujetos a los mismos deberes y derechos que todxs los demás. La publicación de Proyecta Igualdad Perú zanja el asunto de forma muy clara y respetuosa: tu religión puede orientar tu vida, no gobernar la de los demás.

En el Perú el Estado es, supuestamente, laico. Dando cabida y respeto a todos los credos (y ausencias de) por igual. En la práctica, sabemos que no es así. Aquí hay otra jerarquía y los católicos estaban, hasta hace no mucho, muy contentos sentados en la cima, toqueteándose discretamente con el Poder. Los evangélicos, más bien, llegaron a sacudir la situación. Pero, sea cual sea el resultado de la pugna, la posición de todos los demás permanece bastante clara: debajo suyo. Entonces «hay que entenderles» cuando los unos o los otros digan alguna barbaridad. ¿Quieren criticar tu identidad, tu relación amorosa, tu vida sexual, tu útero? Es su opinión, solo se están expresando. Hasta que, de pronto, llegan al Congreso y ya no es solo una opinión. Empieza a determinar quién recibe protección, quién merece justicia.

Las víctimas de discriminación por orientación sexual, repito, merecen justicia. Merecen que su problemática, nuestra problemática, se discuta. Que esta injusticia sistémica que nos mantiene vulnerables, expuestos, en constante peligro, siga siendo el foco de la conversación. El apoyo de la ciudadanía lo refleja. Las críticas de jóvenes celebridades como Milena Wharton y Stefano Meier lo reflejan. Que el entorno de la familia del agresor comparta el video lo refleja. Los únicos que se oponen, que no ven nada malo con lo sucedido, son los cucufatxs y fanáticxs religiosxs. Ahí está el bastión de apoyo de Augusto Nava. Pero no, ese apoyo no queremos. ¡Cómo va a ser! Si somos una buena familia, sabemos que la homofobia está mal; si supieran, si escucharan nuestro lado… ¡por qué no escuchan nuestro lado! Oigan, ¿qué está pasando? Por qué no nos escuchan a nosotros, si somos nosotros. O sea… ¡y encima Fulanita lo ha subido a sus historias, ¿has visto?! Escríbele. Dile que hemos llegado al último eje: privilegio.

Del comunicado: «Esperamos que esta situación contribuya a abrir una conversación seria y responsable sobre la salud mental, la importancia de recibir atención adecuada y la necesidad de actuar con empatía, sin dejar de reconocer y respetar a las personas afectadas». Atentamente, las personas que quieren alejar la conversación de los afectados (y la comunidad que representan), que dicen reconocer y respetar, y acercarla a ellos. Reducir el ataque a «esta situación» y desviar inmediatamente la conversación hacia la salud mental, donde ellos también pueden ser vistos como víctimas, dice mucho de las prioridades y las verdaderas lealtades de estas personas. Sobre quiénes creen que merecen ser escuchados un poquito más.

¿Es una coincidencia que cuanto emprendimiento blanco existe bajo el sol de pronto esté hablando de esto y pidiendo empatía y comprensión? No lo creo. ¿Han reclutado a cuantx influencer conocen para que, casualmente, encuentren «comentarios que les llaman poderosamente la atención» sobre la situación y sean, precisamente, los de un cantante gay que conocía al agresor y puede dar fe de su diagnóstico? No puedo probarlo. Pero tengo motivos para sospechar, basados en una experiencia real que no comentaré para no quemar gente. Basta decir que involucraba a un viejo lesbiano haciendo el ridículo y una hija, muy astuta, que buscó influencers dentro de sus personas más cercanas, léase que pueda manipular emocionalmente, para dar su lado de la historia a través de esas plataformas.

A la hora de la hora, cada quien cierra filas con los suyos. La importancia de las causas que dicen apoyar palidece ante la preponderancia de sobrevivir una crisis reputacional. Sobre todo en entornos donde la reputación también es moneda. Mientras tanto, la opinión pública se aleja muy contenta de la homofobia, síntoma de una estructura de poder injusta que no quiere confrontar, y se dirige hacia cualquier cosa que la justifique. Ah, pero jamás usarían la palabra «justificar» y menos en voz alta. Llamémosle algo que… mitiga las circunstancias. En este caso, la Salud Mental™️.

Empiezan a sonar los chats grupales. «Ay, pero es bipolar». Personas cercanas arremeten contra sus conocidos, mensajes en historias publicadas. «¿Pero acaso tú sabías que es bipolar? Entonces por qué hablas». Empiezan a desaparecer algunas historias, se van cerrando las filas. «Es que, la verdad, no quiero ganarme con más mensajes». Yo entiendo, es incómodo. Pero pregunto: ¿por qué te incomoda más confrontar a tu círculo social que decirles la verdad? Peor aún, ¿por qué te incomoda más importunar al agresor que tu propia experiencia como miembro de la comunidad que agredió?

Quiero dejar claro que no estoy pidiendo su cabeza. No pretendo ni quiero que lo linchen. Entiendo (y quiero creer, a pesar de su publicación en Facebook sobre «el día del orgullo homofóbico») que tiene un tema psicológico grave, entiendo a la familia desesperada; pero por sobre todas las cosas, rechazo lo que hizo y el abuso mayor que, quiera o no, representa. Quiero que sigamos hablando de «esta situación» y la llamemos por su nombre, es necesario. Esta persona, efectivamente, no tiene que ser nombrada constantemente para mantener el diálogo. Porque no es solo él. Sino, vean las secciones de comentarios.

La homofobia es un problema social. Es el resultado natural de las creencias que se les inculcan a las grandes mayorías, de los espacios en los que se nos educa y socializa desde niñxs. Es irresponsable continuar dándole salidas a la sociedad para seguir ignorando su propia participación en la creación y preservación de este problema. El hecho en sí mismo, más allá de las particularidades del perpetrador, revela una profunda desigualdad en el terreno y una ignorancia insólita sobre CUÁL ES EL VERDADERO PROBLEMA y quiénes son los responsables.

En consecuencia, el video en que se destila todo esto es muy duro de ver. No porque sea particularmente violento, que lo es. O porque haya habido una amenaza de muerte, que la hubo. Es duro de ver porque estamos allí con ellos. En algún momento de nuestras vidas, hemos estado allí. Somos ellos. Potencialmente, siempre somos ellos. Y yo, personalmente, ya estoy harto de que me cambien el tema.