To Rafael Urbina, thanks for everything! Luis Cueto.

Hoy, lunes 4 de marzo, uno de los amigos que más amo cumple años.
Mi #Eurotrip me impedirá estar presente, but I shall gift him a little story,
which should feel like “a touch of magic in a world obsessed with science” ❤

 

 



“Escúchame, cariño, ya son las cinco. ¿A qué hora cree que va a venir esta mujer a tomar las fotos?”, exhaló Maruja, visiblemente fastidiada. “Se nos va a ir la luz y tú sabes que la sala―”, el sonido de cuatro revistas golpeando la mesa la detuvieron en seco. “¡Mamá, por favor!”, chilló Pía, al borde de la histeria. Una verdadera bridezilla, si alguna vez he visto una. “Ya confirmó con Leti que está viniendo, ¡no me estreses más que voy a salir horrible en las fotos!”, dijo conteniendo el llanto. Sería lo más natural sentir lástima por la pobre chica… si no se hubiese comportado como una absoluta perra toda la semana. En fin, era cierto, Malena De Ferrari me había confirmado que vendría a tomar las fotos de la novia, pero ya saben cómo son las divas. Les pagas 15 mil dólares por sesión y aún así te están haciendo un favor.

Maruja tenía una sola palabra para describir a su hija mayor, que ahora acomodaba desesperadamente cuatro revistas sobre la mesa de café, “fantástica”. Manolo, su padre, parecía tener otros calificativos para su primogénita de 29 años que avanzaba y retrocedía frente a la mesa, moviendo revistas, entrecerrando los ojos y reorganizándolas frenéticamente. De otra manera, no entiendo por qué estaría escondido en el estudio, inventándose llamadas urgentes y crisis de exportación (en este momento, tiene el auricular en la oreja, sin embargo, yo sé que Bárbara, mi asistente, está en línea con la florería). Hace bien. Una boda es la prima glamorosa de la guerra. Lo mejor que puedes hacer es mantenerte lejos del fragor de la batalla. Él sabe su parte, sabe cuándo tiene que aparecer, sonreír, ejecutar su misión y desaparecer con la misma gracia. El resto son detalles delegados y responsabilidades de terceros. ¡Es un hombre de negocios, por Dios!

Cuando finalmente estuvo contenta con la mesa de café, la novia miró a su alrededor y se dijo a sí misma que todo era perfecto. Pía inhaló con fuerza y exhaló lentamente. “Perfect“. La casa donde había crecido y que pronto abandonaría para formar su propio hogar con Eduardo Figueroa, lucía tan maravillosa como cuando Manolo y Maruja se enamoraron de ella por primera vez. Ahora, por fin, podía terminar de colocarse el vestido corte sirena con delicados encajes en el corsé. No podría negar que la perra era una visión, porque, además, me pagan por ello. Bárbara llegó a un acuerdo con la florería, que nos había prometido dalias sin tenerlas, y todo parecía estar listo. Excepto la sesión de fotos con Malena que, a insistencia de la novia, se estaba haciendo cuatro días antes para asegurarse de que las fotos fueran perfectas. “El domingo no voy a tener tiempo ni cabeza para ver nada y no me voy a arriesgar a salir malaza”, me ladró Pía anoche. “Quiero adelantar la mayoría de fotos y darle visto bueno a todo”. Freak.

¡Ay, pero qué hace una! Cuando se es wedding planner, no queda más que decir que sí. Así nos ganamos el caprese en pan pita integral de cada día. Es un negocio terrible este, eh… le pone lo vil a servil. Hay que sonreír y ejecutar. A veces, literalmente. Lo bueno es que siempre puedes derivar la ira mal dirigida del cliente hacia los proveedores. ¿La novia está terriblemente ofuscada porque la falta del centro de mesa perfecto ha evidenciado que su futuro esposo es un pobre diablo y su matrimonio será un fracaso? ¡Todo es tu culpa! No, cariño, un segundo. Yo te consigo ese centro de mesa así tenga que exprimirle las pelotas al florista hasta que me cague una maravilla. ¡Tú sí me entiendes, ahora mi marido es churrísimo de nuevo, seremos súper exitosos y jamás nos separaremos! A-go-tador, tesoro. Nunca he tenido que besar tanto culo en mi vida. ¡Pero cómo pagan estas estúpidas!

Entonces, henos aquí, aparentemente, esperando a Godot. Han pasado siete horas y la mujer no da señales de vida. Mi vida, podrás vivir en Milán, pero claramente tu reloj biológico es peruano. En fin, mejor así. Si Malena hubiese llegado (quisiera decir puntual, pero han pasado tantas horas que si hubiese llegado cuatro horas tarde aún estaría a tiempo) un segundo más temprano, habría encontrado a una novia histérica y a medio vestir. No me imagino la pataleta que hubiese lanzado si hubiese tenido que esperar que la niña esté feliz con sus cuatro revistas. Habría sido un duelo de alaridos tipo Xena que, sin duda, habrían terminado con una mujer flotando boca abajo en la piscina y otra presa. Aunque supongo que Pía habría estado menos tensa si Malena hubiera llegado, qué se yo, hace tres horas. Nunca lo sabremos. Es como la huevona y la gallina, jo jo. Ay, Leti, you’re so bad!

“Tengo las dalias”, susurró Barbara emocionada. “El señor Héctor me dijo que―”, perdí la concentración el segundo en el que sonó el timbre. “La señorita De Ferrari”, anunció Dorita, la chica de limpieza. “Señorita”, soltó Maruja, con malicia. “Tremenda lesbiana”. Pía, que había levantado la cabeza y mirado derecho al vacío con atención felina en cuanto sonó la puerta, se incorporó y avanzó con pequeños y decididos pasos. Tiesa como ella sola. No sabría decirles si era la tensión o estaba en coca. “Cállate, mam― ¡hola, Malenita! ¡Qué gusto!”, sonrió Pía. De pronto, las siete horas que me tuvo cojuda con “dónde está, ¿ya la llamaste?, llámala, ¿qué dice?, ¿ya viene?, ¿la tienes en Whatsapp?, ¿qué le pasa a esa cojuda?, ¡llámala de nuevo!” se desvanecieron mientras ambas besaban violentamente el aire. De pronto el ambiente se cargó de electricidad. Este cruce entre Miranda Priestly y Nina Mutal atravesó la habitación como un huracán. “¡Listo, vamos, vamos!”, ordenó Malena a su equipo, que instalaba a toda velocidad reflectores y se posicionaba estratégicamente con rebotadores y otros chiches de fotógrafo. “¿Qué tal, hija? Ya estás, ya”, le preguntó a Pía sin el menor interés, mientras se colgaba la cámara. “Uf, sí, Male, no sabes. ¡Emocionadísima!”, respondió entusiasmada, sin notar que su interlocutora pasaba de ella como de los penes.

Debo decir que me fascinó la rapidez con la que su ejército desplegó toda una nave nodriza de artefactos para la sesión. En lo que le tomó a Malena llegar de la puerta al otro extremo de la sala, sus despavoridos asistentes habían montado el Voyager. Bárbara me miraba con pícara complicidad. Creo que también pensó que debía contratarlos. Aunque no creo que me hubieran funcionado a ese nivel. Para empezar, yo no estoy afiliada a Lucifer. Además, mi voz no transmite áspero terror como la de Malena, que aparentemente se prepara un batido de piedras, petróleo y ceniceros arrebozados con un shot de coñac cada mañana. Escucharla me genera flemas imaginarias. Les juro que ella, la Plevisani y Kina Malpartida me dan unas ganas incontrolables de aclararme la garganta. “Ya, ¡vamos, vamos!”, rugió Malena. “A ver, sí, ajá, mira para allá. Los ojos. Ajá. No, más, ¡abre los ojos, hija!”. Uy no, peor que Natalia Málaga. Puedo ver a Pía empezando a sudar y a Maruja levantarse de su tercer gin & tonic. “Mira para allá, ¡para allá! ¡No sonrías, no seas chola, esto no es el Parque de las Aguas! A ver, Toño, cárgame acá”. Esto va a terminar a escopetazos y no tengo suficiente Vicodin para lidiar con ello. Es el momento perfecto para soltar mi mítico y siempre efectivo “las dejo en buenas manos, chicas” y largarme, “fantástica”. Bueno, a lo que viene. Las dalias, faltan cuatro días, ¿en qué quedamos con eso? ¡Bárbara!

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