36 Sutton

Una foto de Instagram se lame la mano y me abofetea, dejándome así, aturdida, pesada, babosa. Ni siquiera es una foto de lo que yo creo que es, pero la punzada es astuta. Encuentra su oportunidad de perforarme el pecho en esa rendija de tiempo donde no leo claramente lo que se me presenta, sino que me enfoco en un único elemento que reconozco ⏤o deseo reconocer⏤ y completo los espacios con mi propia información incorrecta, y se lanza a por mí sin temor alguno, con la precisión absurda de una bala que atraviesa las hélices de un helicóptero en movimiento. ¿Es eso siquiera posible? No lo sé, pero para cuando descifro la imagen frente a mí ⏤no, esa no es la puerta de tu habitación, esa no es tu sala, esto no es 36 Sutton⏤ ya es tarde. I’ve been hit. De cuántas pequeñas desgracias personales será responsable esta red de mierda.

Mi antiguo cuarto fue, con seguridad, la antigua sala de alguien o quizá una biblioteca. La distribución del departamento sugeriría que lo que mi compañero de piso ⏤el primero⏤ y yo acondicionamos como sala era realmente el comedor, separado de la cocina por una pequeña barra alta. El dormitorio principal, que cambió de ocupante más veces de las que hubiera deseado en los dieciocho meses que viví en 36 Sutton, era en realidad el único dormitorio, con vista al jardín y convenientemente ubicado al final del pasillo, junto al único baño. ¡Pero quién puede pagar un one bedroom para sí en esta economía! Si tiene paredes y una puerta, es un dormitorio. De hecho, para algunos neoyorquinos, cuyos dormitorios consisten de cortinas o biombos u otras atrocidades, esto es un lujo.

Concluir que mi habitación no era un verdadero dormitorio resultaba bastante sencillo. Para empezar, tenía su propia entrada al departamento, ubicada exactamente al lado de la puerta del edificio y al pie de las escaleras. Todas las mañanas escuchaba el zapateo de mis vecinos, los más jóvenes, bajando a toda prisa y tirando la puerta detrás de ellos. No me molestaba en lo absoluto, toda la carrera se desarrollaba en menos de diez segundos. Además, mi situación anterior había sido infinitamente peor. De hecho, me mudé cuando temí que la rabia y desprecio que sentía por mis vecinos de arriba me llevaría a matarlos. O al menos a uno de ellos, el que tocaba la guitarra y cantaba ⏤horrible, I might add⏤ como si estuviera a estadio lleno y que una noche, después de pedirle que se calle, tuvo el cuajo de invitarme a salir.

La segunda pista de que mi habitación no era un dormitorio es que, además de la puerta de entrada, tenía dos amplias puertas que la separaban del resto del departamento. Es decir, una de mis paredes era una cuadrícula enorme de madera y vidrio partida por la mitad, la cual debí cubrir con esas cortinas que se enrollan para tener privacidad ⏤y para que mis compañeros pudiesen encender la luz de la cocina a mitad de la noche sin arruinarme la vida.

Mi dormitorio anterior, el que estaba ubicado debajo del cantante amateur, también tenía una segunda puerta, pero ésta daba a un pequeño balcón que se elevaba apenas sobre Havemeyer. Me encantaba, pero lo encontraba demasiado accesible para mi confort. La distancia entre la acera y mi balcón era tan ridícula que, cuando no me provocaba ir a la puerta, que estaba precisamente debajo del balcón, le pedía a los repartidores de comida que extiendan sus brazos y deslicen mi pedido entre las barras. También convencí a más de un mensajero de aventarme mis paquetes sin que yo tuviera que bajar. “I’ll catch it, I swear!

Un día coloqué la cara de Zayn Malik, recortada de la portada de PAPER y pegada sobre una cartulina, mirando hacia la calle desde uno de los angostos cristales de la puerta de mi balcón. Honestamente lo hice con fines decorativo-contestatarios. Había pasado junto a un departamento en N 7th cuya ventana estaba a la altura de mi cabeza y que a su vez contaba con la cabeza de Taylor Swift. Me gustó la idea, pero Taylor Swift me cae como el hoyo. Decidí responder haciendo lo propio, con una cabeza más hermosa, que lo mereciera más ⏤y la única que tenía a mi disposición en ese momento. Varias personas me dirían después que, cuando pasaban rápido, creían que había alguien espiándolos desde mi balcón. Así que cumplió un segundo objetivo, imprevisto y altamente apreciado: la ilusión de seguridad. Zayn se mudó conmigo a Greenpoint, pero esta vez acechaba a mis compañeros de piso y sus invitados desde uno de los cuadraditos de vidrio de esas enormes puertas que creí reconocer hace unos instantes en una foto de Instagram.

Puedo recordar cada detalle de ese departamento e imaginar perfectamente cómo se veía en 1936, cuando fue ocupado por primera vez, antes de ser renovado por completo y pintado de un blanco profiláctico. Veo una pareja sin hijos, posiblemente polaca, levantándose en el dormitorio principal, él camina menos de diez pasos al baño, ella prepara el desayuno en la cocina ⏤es 1936, after all. Quizá se lo sirve en la barra mientras ella toma café del otro lado, el que da a la cocina. Quizá en la noche cenan en el comedor y, si hace frío, se sientan en la sala frente a la chimenea, en esos sillones tapizados antiguos que ahora cualquier hipster querría tener.

Los imagino en esta rutina hasta el primero de muchos hijos. ¿Se mudarían a otro departamento? O quizá la idea de convertir ese one bedroom en un two bedroom fue suya desde el inicio. Lo dudo. Quizá se mudaron al tercer piso y uno de los hijos aún vive ahí. La señora polaca que veía algunas mañanas y nunca hablaba, pero sonreía. O el señor que solo vi una vez, de espaldas, saliendo del edificio, y que olía a ese tufo particular de anciano ⏤ que es por lo menos 15% orina. Fuck, I miss it. Nuestro hogar, no el olor a viejo.

La última señal de que mi dormitorio no era un dormitorio, por cierto, es que tenía una chimenea sellada, pintada por encima del mismo color que el resto de la pared.
La convertí en una pequeña repisa.

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