No hay calamidad sin Lima

Hoy me pasó una cosa que considero en extremo desagradable. Hice una buena acción. No, espérense, eso no me resulta desagradable, let me finish. Hice algo que todos deberíamos hacer, nada extraordinario, nada sorprendente. De hecho, sería exactamente lo que se esperaría de mí como ciudadano responsable y considerado, parte de una sociedad civilizada y primermundista. ¿Saben qué hice? Manejando a casa, pasé por el cruce de Salaverry con Alberto del Campo. La camioneta que iba frente a mí volteó a la izquierda con dirección al Golf de San Isidro, misma ruta que yo debía tomar. Para ir en esa dirección hay que cruzar la ciclovía de Salaverry. Ya que la persona que estaba delante mío ocupaba un buen chunk del camino, yo decidí quedarme más atrás, manteniendo libre una de las pocas vías para ciclistas que tiene esta ciudad. Un ciclista pasó frente a mí con total comodidad, el pequeño strip verde destinado para él estaba, in fact, desocupado. Luego tuvo que sortear a los otros cinco animales que esperaban del otro lado. No bien cruzó el ciclista frente a mi auto, un taxista que venía en sentido contrario me hizo señas. Quería que ocupe el metro cuadrado verde que estaba frente a mí. Dibujé con el dedo índice una línea horizontal imaginaria que iba y venía de izquierda a derecha, indicándole al taxista que había una ciclovía que no pensaba ocupar. Él me hizo la misma línea, pero hacia atrás, perpendicular a la mía. Entonces volteé. Aparentemente toda la avenida Salaverry me estaba tocando el claxon por no puntear a la camioneta que estaba delante mío. Yo no los escuchaba, Ellie Goulding me estaba susurrando Explosions al oído y nada más me importaba. Tuve que avanzar, se había generado un tumulto porque la gente que quería voltear no supo ubicarse a mi lado o mantener su carril detrás de mí y esperar su fuckin’ turno. No, todos tenían que doblar. Al mismo tiempo, además, así que ocuparon todo el espacio que pudieron y los que querían seguir de frente no podían pasar. Me llegó al pincho. Con crudeza me recordaron cuán lejos estaba de las sociedades civilizadas y primermundistas.

Mientras escribo esto, además, escucho a un enfermo mental gritando fuera de la ventana de mi sala “¡recontra chivo, rosquete!” y me sumerjo aún más en la desesperanza. La sala de mi depa no es ajena al griterío alcoholizado del mamado local. La ventana da a una callecita conocida de Miraflores donde hay un par de bares de exagerado décor. Pero hay que aplaudir el timing de este simio para lanzar su homofóbico repertorio. Justo cuando estoy reflexionando sobre la sociedad retrasada en la que vivimos. Pensando “quizá estoy siendo muy duro con Lima”. BOOM! Homophobic slur slaps sense back into me. No, no estoy siendo duro con Lima. Vivo en una ciudad donde hay (¿dos?) ciclovías que imponen cero respeto para el conductor promedio y donde alguien que está borracho un martes le grita a Godney sabrá quién de “marica” para abajo. Pero to each their own, right? No es mi problema, ¿no? Aunque debo reconocer que me sentí tentado a responder “¿sí, diga?” desde mi ventana. However, estoy en pijama y si voy a ponerme mi confrontational weave tengo que verme fabuloso, como para recordarle a esa pobre criatura salvaje exactamente who runs this motha.

Yo no soy un conductor modelo y lo admito. De hecho, si estoy apurado, soy una bestia y me cago en la vida. No obstante, mi resolución de año nuevo para este 2013 fue precisamente ser less of an asshole con los peatones. Ahora, he extendido mi resolución para que acoja a ciclistas. De hecho, cuando salgo a correr por el malecón, hago mi mejor esfuerzo por nunca pisar la franja roja separada para ellos. O sea, hago un esfuerzo consciente por no cagarlos ni cuando voy a pie (aunque, amigos ciclistas, es difícil no usar la franja roja cuando hay tanta vieja cojinova que se arrastra por donde uno quiere correr, you’ll have to excuse me if I step out from time to time). Me cuesta, pero lo estoy logrando. Si veo un cruce que no tiene semáforo, dejo pasar a quienes estén en él (ojo, si hay semáforo lo respeto y espero lo mismo del peatón). Lo peor de todo es que cruzan con miedo, corriendo, “aguantándote” con la mano, mirándote de reojo o peor, con odio porque les acabas de recordar a todos los hijos de puta que nunca les dan pase. Me llega al pincho. Algunos te agradecen con una sonrisa o un ligero asentimiento de cabeza. Eso me encanta. Es absolutamente innecesario, porque ellos tienen la prioridad y yo solo estoy haciendo the decent thing to do. Pero igual me gusta mucho porque me hace pensar que mi mamá estaría orgullosa si los viera.

Si se dan cuenta, lo que estoy intentando hacer no es nada extraordinario. Es lo que se espera o debería esperarse de mí y de todos los demás. No entiendo por qué las ciclovías solo parecen ser visibles para los ciclistas. ¡No es el andén de Harry Potter, hijos de puta, está ahí, pintada de un color diferente al resto de la pista! ¿Qué les cuesta no ocuparla? ¿Van a llegar diez segundos más tarde al próximo semáforo? Gimme a fuckin’ break. Me siento tan impotente y decepcionado cuando veo este tipo de cosas. No porque sea particularmente sensible a las necesidades de los transeúntes y ciclistas, I could care less, sino porque es sintomático de algo inmensamente peor y de mayor repercusión. Piénsenlo bien. Detrás de la salvajada, en la mayoría de los casos, hay una absoluta y total ignorancia sobre lo que están haciendo mal. O sea, ¿ustedes creen que el conductor, taxista o microbusero que se caga en los peatones PIENSA siquiera en lo que está haciendo? Solo lo hace, es parte de cómo funcionan las cosas, es lo que es. Debo asumir que, en teoría, sabe que está mal. O sea, tendría que haberlo paporreteado para dar el examen escrito, aunque sea. Sino no le habrían dado el brevete o eso quiero creer. Pero si lo supo alguna vez, ya lo olvidó. Hoy ni siquiera repara en ello y si intentaras hacerle entender, no podría. La ignorancia ha echado raíces tan profundas en el cerebro colectivo de esta sociedad que ya no puede ni razonar. Ha comprometido el nervio óptico, la ha dejado literalmente ciega al error. Y esto se aplica a tantas otras cosas que sí me afectan y sí me importan, como que se fume todavía en lugares públicos o que las mujeres no puedan caminar tranquilas por la calle o que haya un imbécil gritando “rosquete” debajo de mi ventana. Nadie piensa en nada, nadie cuestiona nada, nadie puede retroceder en sus argumentos más allá de la Biblia. Sin huevadas, es desolador. Lima presta sus cuatro letras a la calamidad, enteritas… y en noches como esta me parece casi imposible que cambie de mentalidad. Pero, ¿saben qué? No hay de otra. A los animales salvajes se les doma a golpes, a la mala, y si las bestias quieren guerra, guerra les voy a dar. Pero con baile. Súper marica.

Encore une fois, WHO RUN THIS MOTHA!!!!!!

 

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