Ficciones verdaderas

For the muses.

 

 

Pues, a lo que iba. Estoy solo. Estuve hasta hace unos minutos en una fiesta con varios grupos de amigos diferentes, pero me fui. Temprano, supongo, considerando que es sábado y mañana no tengo absolutamente nada que hacer. Pero quería irme. No porque la fiesta fuera tediosa o aburrida — de hecho estaba buenaza —, sino porque de un momento a otro, me cansé de las luces y el unts-unts-unts, el olor a cigarro y turra alcohólica (no mía, por cierto, porque no tomé nada). Así que sin mucho aspaviento, cogí mi hoodie del festival, me despedí de todos y me fui. En el camino, una zancuda me dijo “hola” de manera sugerente. Esquivé la nube mortífera que la rodeaba y continué mi camino hacia la avenida. La idea de no tener que compartir un taxi hasta mi departamento me parecía extraordinaria. Darle mi dirección al taxista y alguna que otra indicación me parecía interacción suficiente. So I left. By myself. Lone wolf.

Quiero mucho a mis amigos, a todos. A los que veo poco, a los que veo mucho, a los que se ven sin mí, a todos. In no way should my running for the hills suggest otherwise. Pero de un tiempo a esta parte, actúo sobre mis impulsos y a veces estos me piden recluirme para estar conmigo mismo (a.k.a prestarle atención a las ideas que habitan en mí). Se aburren si no las escucho, you know… Lo más curioso es que después de un rato, in my fortress-of-solitude state of mind, me pillo teniendo conversaciones imaginarias con gente que no está ahí y que, de hecho, estaba allá. Sé que tengo problemas mentales, pero no son tan severos y no puedo ser el único, así que me veo obligado a preguntarme — y por extensión a ustedes, amables lectores —, ¿me pasa solo a mí? ¿Solo yo tengo conversaciones completas, full emoción, con gente que no está ahí? Tipo, no gente muerta or anything. Tampoco imaginaria. Gente real. Solo que no está físicamente conmigo, respondiendo.

Claramente me pasa cuando tengo algo que decir y no sé cómo decirlo. Me pasaba mucho cuando terminaba con algún ex. Todas las cosas que siempre quise decirle y no pude se desarrollaban en sendos unipersonales en el teatro de mi ventana. No puedo ser el único al que le pase. O quizá sí. Mi cabeza es un sitio complicado, pero me gusta. For the most part anyway. Excepto por las noches. Por las noches es difícil. Cuando todo lo demás está en silencio, puedo escuchar mis pensamientos con mayor claridad. No contentos con que los escuche, estos gritan y corren y no me dejan dormir. Me quedo tirado en mi cama por horas, con la cabeza apoyada en mi brazo, mirándome el antebrazo en la oscuridad hasta que las formas no me hacen el menor sentido. De pronto recuerdo cosas sin importancia. Recuerdo ser pequeño, en mi cuarto de infancia, temiendo que se metieran a robar a través de mi ventana. No sé por qué. Luego me sorprendo de cosas idiotas que se me ocurren, como que la tos y la risa empiezan en el mismo lugar y de la misma forma; sin embargo terminan en historias dramáticamente diferentes. No obstante, llevadas al extremo, ambas confluyen en lágrimas. Y no sé por qué se me ocurren estas cosas, pero se me ocurren. Las apunto y vuelvo a dormir. O a intentarlo.

De pronto es de día. Hice todo lo que tuve que hacer. O no. Pero estuve lo suficientemente distraído — ¿o concentrado?— para bajarle el volumen a todo. Y sí, estuve con gente y fui otra persona, que es la misma persona y que soy yo en parte y en teoría. Es gracioso como uno es tantas cosas y tantas personas con gente alrededor. ¿Y la gente que no está? Pues, la recreo. En cualquier momento me invade un recuerdo, me asalta la nostalgia, o la rabia, o lo que sea que me provoque la persona que ha viajado a través del tiempo y el espacio para tocarme la puerta y romper mi tranquilidad, para bien o para mal. Entonces les hablo. O les grito. O les sonrío. Luego vuelvo a donde estaba y me pregunto, no sin vergüenza, si mi diálogo se filtró al mundo real. Si lo dije o lo pensé. A veces no recuerdo las cosas. No recuerdo nada. Incluso desconfío de lo que sí recuerdo. No sé si realmente ocurrió. Siempre imagino finales alternos a situaciones que aún no han terminado, o tengo estas conversaciones extrañas en las que me veo haciendo algo drástico y diferente. Luego de mucho tiempo, me confundo y no distingo lo que hice de lo que no, lo que dije de lo que imaginé.

Nunca estoy solo, no realmente. Pues cuando estoy solo es cuando más acompañado estoy, cuando hay más ruido, porque hay tanto de mí aquí, hay tanto yo adentro, que nunca estoy realmente on my own. La noche es quizá la parte más caótica de mi día. Ergo, no puedo dormir. Pienso. Recuerdo. Shuffle. Cuando era más pequeño, imaginaba que alguien corría al lado del auto en el que iba al colegio. Lo veía a través de mi ventana, correr, saltar, sortear los obstáculos del paisaje urbano que fluía como un río gris y carmesí a mi lado. Pavimento y ladrillos licuados por la velocidad siempre parecen dar ese mismo color. Él saltaba por los techos, se colgaba de los postes, hacia taburete con los peatones y autos. A veces era el hombre araña y era más divertido (porque se colgaba con sus telarañas) y a veces era un chico sin forma, una sombra de mi imaginación. A veces me daba cuenta que era yo, pero no me veía como yo. Otra vez me he perdido en nimiedades y recuerdos intrascendentes. Otra vez me estoy viendo el antebrazo. Otra noche sin dormir, miss Kaysen.

 

3 pensamientos en “Ficciones verdaderas

  1. Joss. dice:

    No creo que seas el único, primero, peor aún el último.
    No estás solo.
    Somos muchos allá afuera.

  2. Joel dice:

    Tan identificado, siempre se me ocurren mejores cosas que decir después de esas “grandes” conversaciones o decisiones más drásticas. La noche es la peor si has tenido un día malo o puede ser eufórica y grandiosa si fue al revés. Sea como fuere, generalmente resulta agotadora.

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