Archivo de la categoría: Ficción

Efraín, pt. 2

V.

La mañana después de su fiesta de cumpleaños, estábamos acostados en mi cama y le llevé la última sorpresa: una tarjeta firmada por todos sus amigos y, claro, por mí. Lindo, ¿no? Efraín también lo pensó. Me observaba y sonreía. Los enormes ojos cafés, las pestañas eternas, los bucles castaños cayendo sobre los hombros y una sonrisa dulce y pesada como la miel. Me miraba con… no lo sé, satisfacción. Yo me sentía completo en esa mirada. Sentía que nadie me había mirado así, como yo quería. De pronto, me dio un piquito que me tomó totalmente por sorpresa. Sentí la electricidad de su impulso sacudirme de pies a cabeza. Envalentonado por el gesto e insatisfecho por la corta duración, se lo devolví. ¡Hubiera querido que dure cien años! Pero me engañaba.

¿Quién me engañaba? Efraín, claro, pero más importante aún, yo mismo. Por mucho tiempo, ese piquito fue todo lo que hubo entre nosotros. Bueno eso y acostarnos, abrazarnos, dormir, ¿recuerdan? Era la única «prueba» de que lo nuestro no podía ser totalmente imposible solo… difícil. Me aferré a ese besito fugaz, clandestino, con todas mis fuerzas porque si lo soltaba lo habría perdido todo. Esperanza incluida. Sabía que ese beso tenía que significar algo, aunque ninguno estuviera seguro de qué. Así que me mentí. Ignoré la realidad de plano. Omití el hecho de que, la noche anterior, el muy hijo de puta había estado metiéndole la mano a una perra de mierda en mi propia sala. Simplemente lo bloqueé, porque de no hacerlo, no hubiera podido seguir peleando.

O sea, imagínense la figura y comprenderán el por qué de mi delirio: Yo, enamorado hasta el cerebro pese a conocerlo relativamente poco y no haber tenido nada físico con él, le organicé una fiesta de cumpleaños en mi casa. Uno. Hice todos los arreglos del caso: invité a la gente, hice las llamadas, compré cosas para picar y beber, llevé la pinche torta y toda la mierda. Van dos. Le regalé su disco favorito de Nirvana: In Utero, el cual, por cierto, era imposible de conseguir en el año 2000. Ya son tres. Le regalé una tarjeta que hice firmar por todos nuestros amigos. Cuatro. Ahora que lo leo, tengo sentimientos encontrados. Por un lado digo, mierda, ¡qué lindo soy! Pero por otro digo ¡pero qué cursi hasta el culo! ¡Yo también me habría dejado! jaja

En fin, todos mis regalos no pudieron compararse a la zorra ebria que le llevó ese provinciano maligno cuyo nombre ni siquiera me molestaré en mencionar/inventar. ¡Aj! Tuvo la concha de decir «te la traje de regalo». ¡Maldito huanuqueño troglodita que piensa que cualquier perra es moneda local! Nunca me sentí más peligrosamente homicida que esa noche de agosto. ¿Qué hice? Pues una escena no podía armar. Estábamos en mi casa, con todos nuestros amigos y mi familia por los alrededores. ¿Qué más podía hacer? Me embriagué. Al máximo. Tomé y tomé como si no hubiera un mañana. Tenía que incapacitarme al punto que no pudiera pensar en la puta de mierda revolcándose sobre mi no-novio y, peor, ¡sobre mis muebles! O por lo menos quedar lo suficientemente aturdido para no poder levantar un cuchillo.

Pues sí, todo eso ocurrió. ¡Y yo que le canté el jodido Happy B-day! Pensar que, cuando aparecí con la torta, me encerró en la sala, a oscuras, y me abrazo como si quisiera comerme con el pecho. Es más, me dijo algo totalmente cursi y empalagoso, no recuerdo qué, solo recuerdo que me hizo sentir en las nubes. Pero todo eso es mierda cuando la primera zorra ebria se tambalea por mi jardín. Se fue con ella, hasta que ella decidió irse sola, entonces volvió conmigo, a contarme lo bien que le había ido, las cosas que le había hecho y lo que les quedaba pendiente. Toda mi relojería visceral se trabó. Me quería morir. Él me abrazó, feliz de tenerlo todo. Nos quedamos dormidos antes que yo pudiera llorar en silencio.

La mañana después de su fiesta de cumpleaños, estábamos acostados en mi cama y le llevé la última sorpresa: una tarjeta firmada por todos sus amigos y, claro, por mí. Yo ya sabía que él no me quería; pero salí de la cama, bajé las escaleras, recogí la tarjeta y se la di de todos modos. Entonces él me respondió con aquel beso fugitivo que me destruyó el cerebro. Creo que ese fue el momento exacto en que perdí la razón por él. Si bien ya estaba medio desquiciadito por cerrar los ojos ante la puta de babilonia que había estado con él horas antes, después del piquito me recibí de demente con mención en imbécil. Me enamoré perdidamente, y cuando digo perdidamente me refiero a que estaba dispuesto a perder-me por él; perder mi cordura, mi amor propio.

Entonces empecé a fantasear con roche, a seguir intentando que el muy mierda me reconociera como más que un amigo. También empecé a temerle a las chicas. Mi competencia directa, quién lo creería. Sentía pánico ante cualquier estúpida que lo mirara con aprobación. Sabía que se me escaparía a la primera oportunidad. Todos esos temores se fueron cuando me dio el beso más rico que me han dado hasta la actualidad. Paradójico, realmente, considerando que Efra era el peor besador del mundo. El hombre simplemente no sabía lo que hacía. Lo que hace el amor… o creer que hay amor.

Pero no debí haber abandonado mis temores tan pronto. Finalmente sí me dejó por una chica, tal y como yo siempre supe que lo haría. El muy cobarde, nunca pudo decirme que me amaba como más que un amigo, aunque ambos sabíamos que era cierto. Hizo de un closet un hogar. Espero que la novia actual – que es mi amiga, por cierto – no se sofoque ahí adentro. Ciertamente, ella no se merece al cabro (en todo el sentido de la palabra) que tiene por novio.

VI.

Era un día cualquiera, en realidad. Ni siquiera recuerdo lo que estábamos haciendo. Efra se acababa de mudar a su nueva habitación en el garaje. Recuerdo que cuando aún estábamos en su antiguo cuarto, un hueco en la pared del tamaño de mi closet, se quejaba de lo pequeño que era y decía que quería irse al garaje. «Además, ahí no me van a joder si pongo mi música a todo volumen», dijo. Yo asentía. Los meses habían pasado y finalmente su familia lo había desterrado casi fuera de la casa, como él quería. Tenía cajas llenas de porquerías tiradas en el suelo y muebles sin acomodar. Sonreía y me mostraba dónde pondría todo. Estaba tan contento. Me senté en la cama y una caja llamó mi atención. «Son mis juguetes», me dijo algo avergonzado. Mi rostro se iluminó y sentí un «¡¡¡qué lindo!!!» subiendo por mi garganta. Pero me lo tragué. Cuando abrí la caja, ahí estaba, mirándome de perfil. El caballito.

He pasado buena parte de mi infancia enfermo. En hospitales, en quirófanos, en cama. Cuando tenía siete años me internaron una noche en el hospital. Una de las tantas noches que pasé en un hospital. Se me había cerrado el pecho y no podía respirar. Me tenían en observación. Mi madre me prometió que se quedaría conmigo toda la noche, estaba tranquilo. Me quedé dormido y mi mamá se fue. Una promesa rota que pasa desapercibida no daña a nadie. Lamentablemente para ella (y definitivamente para mí), me desperté. Al no verla ahí y encontrarme en un lugar oscuro y hostil, entré en pánico.

Me bajé cautelosamente de la camilla y empecé a deambular por el hospital. Me paraba frente a las personas que encontraba y preguntaba con los ojos bien abiertos «¿han visto a mi mamá?». Nadie me daba razón. Vi la puerta. El objetivo era claro: encontrar a mi mamá. Eché a correr hacia la puerta a toda velocidad (o lo que a mí me parecía toda velocidad) y fui interceptado por una vil enfermera. Grité, lloré, la pateé. «¿Dónde está mi mami?», le dije. «¡Me mintió! Me dijo que se iba a quedar y no se quedó», lloré. La enfermera, lejos de ser comprensiva con mi dolor infantil, se puso singularmente agresiva y me llevó a rastras al cuarto. Yo grité como un loco. Ahora que lo pienso, debieron ejecutar a esa mujerzuela. ¡Era un niño con asma! Yo hiperventilaba si pasaba una polilla, ¿cómo se le ocurre someterme a semejante estrés? En fin. Lo siguiente que recuerdo es haber sido amarrado a la cama. Again, ¡qué hostil!

Cuando desperté, mi mamá estaba ahí. Le dije su vida (o lo que a mí me pareció su vida), me pidió disculpas. Le conté lo que me había hecho esa mujer gorila. La llamaron. La confronté y le dije que me había amarrado a la cama ¡y que era una tremenda hijadeputa! Bueno, la versión de siete años de esa frase, cualquiera haya sido. La maldita lo negó, ¡lo negó todo! «¡No mientas, hijadeputa!», le dije. Bueno, not exactly, pero ya me entienden. Dijo que yo exageraba. Mi mamá, obviamente, me creyó a mí. Se fueron un rato. Me imagino que a flagelarla. Nunca supe el desenlace de aquello. A mí me mandaron a jugar.

Caminé por el hospital, habían otros niños. Me parece que ya había conocido a alguno que estaba en la camilla de al lado. También podría estarme confundiendo con mi estancia en un hospital de Washington. O con un episodio de «Los años maravillosos». En fin, el punto es que habían niños. Mi mamá había llevado mis juguetes. Yo los arrastraba por el hospital, sin saber dónde aparcar. Me senté, finalmente, en un cuarto de juegos bastante amplio, con otros niños. Yo no era (aún no lo soy) el niño con la personalidad arrolladora que se podía sentar a hacer amigos sin esfuerzo. Me senté solito, en el suelo, en algún lugar del cuarto. Me puse a jugar con mis caballitos.

Eran unos caballos de plástico sin mayor gracia, pero a mí me encantaban. Los tenía en una gran variedad de colores: Negros, blancos, marrones, grises. La gran mayoría de ellos habían pasado alguna noche en el establo de mis dientes. Tenía la manía de morderles las patitas y la cola. Desde muy temprana edad fui un niño con una ansiosa fijación oral (jaja). Aún me como las uñas, es terrible. En fin, estaba ahí, sentado, jugando con mis caballitos, cuando se acercó un niño. For the life of me, no puedo rercordar a ese niño. Simplemente no puedo, ni siquiera al día siguiente pude recordarlo. Era como si me hubiera cegado. El niño es un manchón negro en mi memoria, una silueta a contraluz. Me dijo algo, no recuerdo qué, pero no fue nada bueno. Le respondí, tímido pero decidido. Sostuvimos una breve conversación (el tipo de conversación que tiene un niño de siete años con uno ligeramente mayor).

Terminamos peleando, no recuerdo ni cómo ni sobre qué. No peleando a lo todos los niños en círculo y nosotros en medio del cántico «¡pelea, pelea!». Eso es un capítulo de «Carrusel». Fue un pleito verbal sobre sepa Buda qué. Solo recuerdo que me ofendió. Lastimó mi pueril autoestima. El otro chico ganó. Fue muy malo, más malo que yo, que fui siempre un niño bastante inocente (quién lo diría). No recuerdo qué pasó. Solo recuerdo que ese engendro estaba totalmente dispuesto a herirme, a hacerme llorar, lo veía en sus ojos, lo sentía en sus palabras. No recuerdo si dejé mis juguetes tirados o no. No recuerdo otra cosa que las lágrimas brotando y las irreprimibles ganas de ver a mi mamá. Corrí hacia ella, que no estaba muy lejos. Lloré y le dije que quería irme de ese lugar horrible. «¿Qué pasó, hijito?», me preguntó. No le dije del niño horrendo que me había molestado, o quizá sí. Mi mamá se disculpó, se despidió y nos fuimos. Fue el primer niño que me hizo llorar. Una postal del futuro.

Cuando abrí la caja, doce años más tarde, ahí estaba, mirándome de perfil. El caballito. Me quedé quieto por un segundo. «Mira, este es mi robot», me dijo Efra, como un chiquito. Yo sonreí, pero no presté atención. Tomé el caballito y lo miré por todos sus costados. «¿Qué pasa?», preguntó. «Yo tenía un caballito así, varios de hecho», le dije. Me miró por un rato. Yo lo miraba intentando recordar qué sucedió con mis caballos. Una vez, mucho tiempo antes, Efraín me había confesado que tenía la impresión de «conocerme de antes». «No en otra vida, yo no creo en esas huevadas; solo… antes. No sé, de niños», me dijo. Yo le había dicho que fui una infamia infantil, que pasé mi niñez en hospitales e hice padecer a mis padres con mis múltiples fallas de fábrica. Él me había respondido que, precisamente, creía haberme conocido en un hospital. «No me caías bien», me dijo arrugando la nariz.

Mientras miraba al caballito, ese recuerdo se fundió con aquellos del niño que me hizo llorar en el hospital. ¿Era posible? Se lo conté. Le conté lo poco que recordaba, con todos los detalles que podía exprimirle a mi cerebro. Efraín sonrió. Por un momento pensé que parecía recordarlo. Pero su mente estaba tan nublada como la mía. Sin embargo, ambos teníamos un recuerdo insólitamente similar. Estaba pensando lo mismo que yo. ¿Era posible? ¿Luego de todos esos años había vuelto a encontrar a ese niño del hospital? No podía ser. Nos reíamos como estúpidos, estábamos totalmente sobrecogidos por la idea del destino. En ese momento recordé que ese niño tenía algo. Una fuerza. Sabía que me lastimaría pero me atraía. No sexualmente, morbosos, ¡era un niño! Me refiero a… algo. Una energía, no lo sé. La pregunta quedaba en el aire. ¿Me había venido a enamorar, doce años más tarde, del primer niño que me hizo llorar? «Yo no recuerdo haber tenido un caballito de ese color», me dijo

VII.

Sentado en el terral, mirando sus rodillas, entendí que todo había terminado. «Todo es tu culpa», gritó Efraín. «Si todo se va a la mierda es por ti, porque yo aún quiero ser tu amigo y si tú hicieras algo, si te importara, podríamos serlo. Pero sé que no lo vas a hacer, así que… a la mierda». Sonó casi sincero. Then again, todo suena más real si lo dices enérgicamente. Y así habló él. Cada una de sus palabras eran un puñal, terriblemente decidido a trozar mi carne. Pero falló. Cada machetazo trituraba las cadenas que me ataban a él. Era cierto, yo no haría nada. Ya no me importaba. Había tomado mi decisión. Lo amaba, pero me hacía profundamente infeliz. Cuando todo hubo terminado, el peso de dos años de desamor se escurrió de golpe. De los hombros a los pies.

Me levanté, me sacudí el tiempo del alma y el polvo del pantalón. Lo miré a los ojos. «Adiós, Efraín». No hubo silencio. «Chau», exhaló de inmediato, cortante, mirando al suelo. En ese momento vi a Efraín como nunca antes. Derrotado. No puedo describirlo, fue algo en su respiración. Algo cambió. Con ese último suspiro, la guerra terminó. La esperanza, su amor por mí, nuestro pasado, habían dejado el edificio. Ya no quedaba nada, solo la calma de saber que estábamos parados sobre las cenizas de todo lo que alguna vez nos habíamos dicho y no había más que hacer. Nuestra historia se quemó hasta el suelo. Sin ruinas, sin monumentos, sin souvenirs.

Quería llorar. Sentía que tenía que. If I didn’t grieve for our story, who would? Él ciertamente no lo haría. Mi piel adolescente se había desgarrado en el transcurso de aquellos años y los jirones cayeron uno a uno en el camino. Nada me dolió tanto como aquello. Nada me ha vuelto a doler igual. El corazón solo se rompe una vez y no se cura. Sin embargo, se puede vivir con un corazón roto. Se puede vivir con una segunda piel. Se puede vivir después de un amor que arañó hasta los huesos, porque los huesos siguen ahí. Dolidos, atacados por la fiebre más intensa, pero enteros. El (des)amor más duro no puede partirte los huesos. Así que levántate y camina. Me dolió como la buena mierda, pero me levanté y caminé. Y no. No lloré. Ya para qué.

Hablamos mucho ese día, antes del final. Nos dijimos todo. Le dije que estaba enamorado de él y que no me arrepentía, que no me avergonzaba, que no me disculparía por querer más. «¿Tú crees que para mí es fácil escucharte decir eso?», me preguntó. «Eres mi mejor amigo». Su mejor amigo. Lo peor es que era cierto, o alguna vez lo fue. Al final nada de eso importa. No hay sentimiento que resista la crueldad de los amantes y nosotros fuimos muy crueles. Nunca pude disfrutar siquiera de aquella vez que me dijo que me amaba. Fue un momento bello, escrito en la arena húmeda de un día perfecto. Pero el amor que se confiesa sobre la arena no vale nada. El mar se lo tragó. El mar se tragó todo. Y yo me dejé llevar por la corriente. Preferí ahogarme en su sabotaje que defender garabatos en la arena. ¿Quién puede detener el mar después de todo?

Sentado en el terral, mirando sus rodillas, entendí que todo había terminado. No me sentía triste ni contento. No sentía nada. Estaba exhausto. No me quedaba pelea. Tenía diecisiete años cuando conocí a Efra. Aquel día en el terral, tenía casi veinte. Todo ese lapso, luché por él contra él. Puedo decir, sin lugar a duda, que lo peor de luchar una guerra perdida son las pequeñas victorias. Por un momento olvidas que el final ya está escrito. Aquel día, me rendí. Lo dejé ganar y ambos perdimos. Qué sensación tan inexplicable. Sus rodillas como barrotes frente a mí, alejándose cada vez más. Qué final. Cae la cortina y el escenario se hace polvo. Hasta hoy (curiosamente, tu cumpleaños), no puedo reconocer lo que sentí. Todo estaba cubierto de cenizas.

 

Efraín, pt. 1.

I.

A veces pienso que, en cierto modo, todo ha girado en torno a él. Desde siempre. Quizá por eso me he sentido algo perdido desde que se fue. No porque aún sienta algo por él, sino porque era un baile que había dominado bastante bien. Estoy absolutamente convencido de que largarlo de mi vida fue lo mejor que pude haber hecho, pero admito que me dejó desorientado. El salir de la rutina, «avanzar», parecía imposible. Con el tiempo dejé de extrañarlo, de amarlo, de recordarlo. Lo único que me molesta hoy es que nunca sabré si me dijo la verdad sobre el bendito caballito de plástico. Si me mintió, qué lindo. Algo dulce había detrás de una mentira tan estúpida. Si me dijo la verdad, qué terror. Efectivamente probaría que Efraín era el amor de mi vida.

De esa pseudo-relación no queda nada. Solo preguntas que en realidad no buscan respuesta. Están ahí, se resisten a morir, pero tampoco quieren penar. Los fantasmas inútiles de las viejas dudas. No me molestan. Ya ni siquiera los noto. Solo cuando algo me lo recuerda, me percato de que están ahí, que nunca se fueron. Están jugando póker con el resto de los extraños, probablemente escuchando Smells Like Teen Spirit. Era un punto en común, aunque él cantara Nirvana y yo, Tori Amos.

Aún recuerdo el día que le hice escuchar mi versión. Era bastante tarde, de hecho creo que ya nos habíamos acostado. Recuerdo haber insistido y haberme levantado de la cama para buscar el cd. «¿Tiene que ser ahorita? No tengo ganas de escuchar tu música», me dijo. Me causa cierta gracia recordarlo. Lo dijo con un tono tan despectivo. Tu música. Creo que quiso decir tu «chick music». «Sí, ahorita. Please?«. Aceptó de mala gana (sabía que era inevitable, supongo). Metí el cd, un sancochado de 79 minutos. Me salté todos los tracks del First Band on the Moon de The Cardigans y una canción de Travis que ahora odio. La pista empezó a sonar, 00:01. Las críticas arrancaron en el 00:02. «El solo del comienzo es muchísimo mejor en la versión de Nirvana», dijo. Yo, para picarlo, rodé los ojos, como de costumbre. Era algo que odiaba, decía que era un gesto de villamariana, lo cual a mí me parecía sumamente divertido (yo soy lo más cercano a una villamariana que jamás tendrás, loser).

«Escucha y no jodas», le respondí. Conforme avanzaba la canción, sus ojos se abrían cada vez más. Estaba totalmente impactado, cualquiera diría que no había escuchado un cover en su vida. Para el minuto tres pensé que se le iban a salir. «¡Dios, es igualita!», me dijo. «Duh, es un cover» (rodando los ojos). «¡Qué berraca esta tipa!», sonrió. No salí en defensa de Tori porque, para Efraín, todo era berraco. Era una de sus palabras favoritas, por algún motivo. Además en ese momento tenía una cara de bobalicón hermoso que no podía resistir. Qué bello era cuando sonreía (más aún cuando sonreía conmigo). Cuando terminó la canción sentenció «la versión de Nirvana es superior». Whatever.

No recuerdo qué pasó después. Creo que lo torturé con más de mi música y terminó apagándome el equipo. O quizá no. Los recuerdos se han difuminado con los años. Pero me acuerdo de su cara mientras escuchábamos a Tori Amos. Se le veía como un niño, sorprendidísimo ante las novedades de un cover. Lindo. Esa noche, como todas las noches, me moría por él. Estabamos en mi cuarto, en mi cama, acostados. Creo que nunca he dormido tan bien como cuando dormía con él. Su brazo bajo mi polo, rodeando mi cintura, me curó del insomnio que había padecido casi toda mi vida. Para mí, dormir bien era un concepto tan inalcanzable como el bien supremo de Aristóteles hasta que llegó Efraín. Volvió a serlo cuando se fue. Por muchísimo tiempo, la cama me quedó demasiado grande. Es horrible cuando tu cama es el único sitio donde no puedes descansar. Diez cubrecamas no podrían haberme abrigado tanto como sus abrazos. Todas las putas noches sentía que me faltaban y me moría de frío.

Ahora, todo bien. Me es extraño recordar lo miserable que me sentía en ese momento, porque me he acostumbrado a dormir solo de nuevo. El insomnio volvió, pero es bastante manejable. Cuando finalmente duermo, duermo bastante bien. Pero de hecho, esa es una de las cosas que más recuerdo. Dormir con él era lo que más disfrutaba en el mundo. Era nuestro momento de mayor intimidad, no había nadie más, no había que pretender. Por eso me encantaba. Nada era fingido, era lo que sentíamos, sin censura. Siempre encontraba la posición perfecta para darme un beso o abrazarme toda la noche y era tan genuino, tan real. Cuando hablaba de él con mis amigas repetía incansablemente que eso era lo que más extrañaba de nuestra lamentable situación. Puta madre, Efraín. Si no la hubieras cagado tan magistralmente, podríamos haber sido bastante felices. Pero supongo que eso lo sabes.

II.

El verano de 2001 fue el último que Efraín y yo pasamos juntos. Me sorprende recordar lo extremo de aquella situación insostenible. En un lapso de tres meses recorrimos el espectro de un lado al otro, ida y vuelta. En enero estábamos tirados en el mueble, un domingo cualquiera, planeando nuestro último curso juntos en Estudios Generales y en marzo, cerraba la reja de su casa pensando «nunca más volveré» (y lo cumplí). Era una relación condenada a fracasar desde el inicio, una relación con cáncer. Había tenido sus días buenos, incluso llegué a olvidar que estaba enferma, pero no podía negar que estaba muriendo. Siempre estuvo muriendo.

Es extraño lo rápido que puede degenerar el amor. Ese día de enero se parecía a muchísimos otros. Efra acostado boca arriba en el mueble, yo encima de él, con la cabeza sobre su estómago, escuchándolo sonar (su estómago siempre sonaba) y revisando el librito de horarios de Letras. «¿Qué llevamos?», me dijo. «A mí solo me falta uno de esta columna. Creo que llevaré Ecología, me han dicho que es fácil», respondí. «No, hay que llevar Biología. Me parece bravazo», sonrió. Y así fue, su sonrisa cerró el trato y, semanas más tarde, nos matriculamos en Biología. El domingo anterior al primer día de clase, terminamos. De haber sabido eso en enero, habría llevado Ecología como yo quería.

Llevábamos varios meses peleando por todo. Es más, no pasamos año nuevo juntos. No recuerdo si fue porque en ese momento no hablábamos o porque habíamos decidido celebrar por separado. Sin embargo, en enero las cosas parecían haber mejorado. Al menos lo suficiente para vernos, para visitarnos, para pasar tiempo juntos y recordar vagamente que, alguna vez, nos habíamos querido. Yo aún lo amaba, a pesar de todo; pero no podría asegurar que él aún me amaba a mí (si acaso alguna vez lo hizo). Intenté dejar todos los pleitos atrás. Tenía que convencerlo de que nosotros valíamos la pena. Algún día se dará cuenta que somos el uno para el otro, pensaba. Error.

Ahora no puedo recordar acontecimientos clave, no puedo ubicar en el tiempo los momentos críticos que lo mandaron todo al diablo. Siento que todo pasó en un parpadear. Un día estábamos bien, y al otro terriblemente mal. La verdad era que no podíamos sostener la farsa un segundo más. Yo podía acostarme sobre su estómago y escucharlo sonar, acariciarlo y besarlo, dormir sobre su pecho y jugar a la pareja perfecta; pero ya no era real. Él a su vez podía abrazarme por la cintura, poner su rostro sobre el mío y dormir a mi lado toda la noche, interpretando al chico que engríe a su enamorada de toda la vida; pero yo no era su enamorada, con todo lo que ello representa, y jamás lo iba a ser. Y ninguna palabra en esa oración, verbo o sustantivo, está equivocada, por lo que su interpretación era realmente perversa y admirable. You really do deserve an award for the role that you played…

Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Un día tuve que abrir los ojos y, abiertas las compuertas, el río de lágrimas se desató, avanzó furioso y se lo llevó todo. Ya no quería verlo. Todo me recordaba a él. Empecé a tratarlo pésimo, intentando alejarlo de una vez por todas. Él siempre volvía, era horrible. Me lo recriminó incontables veces. «Siempre soy yo el que tiene que arreglar las cosas, te encanta que te ruegue, siempre tengo que ser yo el que está detrás de ti». No, Efra, estabas totalmente equivocado. Era yo el que insistía, yo siempre tenía que estar detrás de ti. Tú jugabas, sin saber qué mierda querías. Nadie puede culparme por alejarme de quien más me lastimaba. En realidad, Efraín tenía una forma de querer que dolía. Su odio podía manejarlo.

Qué frío fue ese verano. El sol quemaba en la calle pero helaba en mi habitación. El verano se iba cuando tú llegabas, Efra. Era irónico, porque siempre pensé que eras el sol (y, seguramente, tú lo pensabas también). Supongo que para ti era igual. El invierno se desataba cuando yo cruzaba el umbral, con mi corazón vuelto hielo. De pronto (pero no tan de pronto) estar juntos se volvió insoportable. Fueron menos frecuentes las visitas, más distantes las llamadas, menos sentidas las sonrisas, y los besos ya ni hablar. Por esa época volvió el insomnio y tuve que re-aprender a dormir solo. Un frío de mierda. Pero Efra aún llamaba y aún estaba ahí, presente. O buscando estarlo. Ya era marzo. Un domingo llamó a mi casa. Nos habíamos visto el día anterior (o quizá solo habíamos hablado), pero las cosas habían estado tensas. El colapso era inminente, sin embargo, me tomó por sorpresa. «¿Puedes venir?», me dijo. «Tenemos que hablar». Sus palabras hicieron eco en mi pecho hueco. Ya no esperaba nada, estaba vacío. No quiero ir, pensé. Estoy cansado, muy cansado. Pero fui.

III.

«Creo que es obvio lo que va a pasar», susurró Efra. Yo no me lo creía, pensé que alucinaba. «No, ¿qué?», le pregunté bajito, sonriendo, más cerca. Mi pregunta era, evidentemente, retórica. Sabía perfectamente lo que sucedería, pero me parecía increíble. Mi intención, cuando pregunté, fue prolongar el jueguito que él había iniciado. Pero creo que, en el fondo, mi pregunta reflejaba mi ingenuidad e incredulidad. Después de tanto tiempo, ¿finalmente había aceptado que estaba enamorado de mí? Esa noche, cuando nos acostamos, no podía suponer que iríamos más allá de la rutina de toda la vida. Acostarnos, abrazarnos, dormir. Las posturas podían cambiar, pero siempre era lo mismo. Acostarnos, abrazarnos, dormir.

Algo que lamento es no recordar cuándo fue. O sea, fue algo importantísimo, ¿cómo es posible que no recuerde cuándo pasó? En parte es mejor, sino tendría patéticos aniversarios mentales cada año. Probablemente, en mis peores momentos, acompañado de cinco litros de Pezziduri tricolor, un cartón de cigarros y escuchando «All by myself» al mejor estilo de Bridget Jones. Sí, es mejor que no lo recuerde. Aunque, inevitablemente, lo calculo. Sé que fue en algún momento del 2000. ¡Felizmente no lo calculo como antes, cuando caía constantemente en la tentación de trazar la línea de tiempo de mi vida (des)amorosa! Can we say ‘pity party’?

Ese día, como muchos otros, nos habíamos juntado por la tarde-noche, después de que yo viera a mis amigos. Efraín los odiaba un poco. En parte porque mis amigos odiaban un poco a Efraín. No le gustaba que saliera con ellos si podía quedarme con él. Efra era posesivo en ese sentido, pero a mí no me molestaba. No me obligaba a verlo, era totalmente voluntario. Finalmente siempre podía ver a mis amigos luego, nunca los dejé plantados ni nada. Me supe dividir. Empecé a llevar mi mochila al café. Mis amigos nunca preguntaron por qué, así que no tuve que confesar que llevaba mi pijama y el estuche de mis lentes de contacto para dormir en casa de Efraín.

Esa época fue – técnicamente – la mejor. Efra y yo íbamos muy bien, progresando, llegando casi donde yo quería. Y de repente, otra vez, su maldita indecisión. Ese juego a doble cachete me tenía enfermo, me lastimaba. Efra me daba todo lo que necesitaba tácitamente, pero ya no era suficiente. No podía emocionarme más con palabras huecas, sin corazón. Las palabras se las lleva el viento y yo necesitaba que sellara el trato, que me dijera que me quería y me lo demostrara. Efraín solo me decía lo que quería escuchar cuando sabía que podía perderme. Entonces me di cuenta que debía dejarlo. «Esto nunca sucederá», me dije. Sin embargo, no podía irme. Estaba horriblemente enamorado de él.

Aquel día llegué a su casa del café. Estaba feliz y triste de verlo al mismo tiempo. Cansado. Nos acostamos a ver televisión, a conversar. Hablamos de las mismas cosas, nos reímos de los mismos chistes, nos miramos con los mismos ojos. Estábamos cómodos el uno con el otro, habíamos llegado a un lugar envidiable… ¿por qué era tan doloroso, entonces, estar juntos? No lo sé. Quizá porque sabía que todo aquello era una ilusión. No hay nada peor que experimentar un holograma de felicidad. Entonces, algo cambió. Estábamos echados cara a cara, hablando. Cuando apagó las luces, se quedó observándome. Se acercó. Seguimos hablando, pero él sonreía, como si supiese algo que yo no sabía. Yo no entendía. Se acercó más. Su voz era un susurro, podía sentir su respiración sobre mis labios. Entonces entendí, pero no lo creí. Se acercó más.

«Creo que es obvio lo que va a pasar», susurró Efra, rozando mis labios al hablar. Ese primer contacto, casi imperceptible, fue como cien orgasmos en uno. Me acerqué, tenía que sentir sus labios un poco más. Finalmente estaba ocurriendo, no lo podía perder. «No, ¿qué?», le pregunté bajito, intentando prolongar el juego, rozando sus labios con los míos. «Ah, ¿no sabes? No te hagas», me dijo sonriendo. Cuando sonrió sus labios se retiraron de los míos, pero fue involuntario. Cosas de la anatomía. Inmediatamente volvió a hablar, cualquier cosa, para morder mis labios con los suyos. Yo ya no supe qué decir, pero no hizo falta. Después de retrasar el momento al máximo posible (lo cual fue demasiado delicioso), se acercó con suave violencia y me dio el mejor beso que nadie me haya dado jamás.

Le devolví el beso con la intensidad de quien había esperado toda su vida por él. Efra me abrazo, me puso sobre él y me besó con fuerza. Rodamos por toda la cama, era casi una batalla. En un momento dejó de ser un agarre y pasó a ser un exorcismo. Estabamos librando una guerra con nuestros demonios, con nosotros mismos, con lo que siempre quisimos hacer y nunca hicimos. Literalmente, lo que sentíamos el uno por el otro, explotó. Lo besé una y mil veces, hasta quedar exhausto, sediento, hasta que llegó la mañana y me quedé dormido sobre su pecho. Fue… todo lo que siempre quise que mi primer beso (real) sea.

Cuando nos despertamos, a eso de las 10 de la mañana, nos preguntábamos si alguien nos habría escuchado. Nos reíamos como dos niños que acababan de hacer una travesura magistral. Efra salió a revisar los alrededores. Volvió con el desayuno y el reporte: todo calmado. Esa mañana no me vi al espejo, pero estoy seguro que tenía una cara de imbécil enamorado imposible de camuflar. No podía enfrentar a su familia, sentía que tenía el beso estampado en la cara, así que le pedí que abra la puerta del garaje. Creo haber mencionado que su cuarto está en el garaje. Se rió, me dijo que era un ridículo, que usara la puerta, pero yo insistí. Abrió el garage y me dijo, con la sonrisa de oreja a oreja, «¿no te sientes un toque como una puta saliendo por el garaje?». Me reí, le di un beso en la mejilla y me fui.

IV.

«¿Quién?», preguntó una voz metalizada. «Hola, ¿se encuentra Efraín?», respondí acercándome al intercomunicador. Luego de un breve silencio, otra voz contestó. «¿Sí?». «Efra, soy yo», dije. «Ya», me respondió. Sonaba distante, y poco tenía que ver con el eco del intercomunicador. La voz le hacía juego al corazón de acero. En ese momento supe que aquello sería guerra, una vez más. Otra batalla por mantener mi lugar en su pecho. Pero ya estaba cansado de competir con el premio, de pelear por él contra él. Amar a alguien significa nunca tener que gritar boicot. El zumbido de un abejorro de hojalata rompió mi concentración. La pesada reja de metal estaba abierta.

Estar con Efraín era una guerra interna. Además de los problemas usuales, había que enfrentar los que él mismo creaba. Un ministro del Interior enamorado de un senderista está condenado a fracasar. Una vez más, era yo quien cruzaba líneas enemigas. Pelearíamos en su territorio. «Si esta vez no logro conquistar el castillo, me rindo», pensé mientras cruzaba la cocina para llegar a su puerta. Saludé a su madre (una santa en mi libro), me parece que a su hermana también. «Está en el cuarto, hijito», me dijo. Siempre me trató con cariño. Una vez Efraín me dijo que ella me quería mucho. Me parecía extraño, casi no me conocía. Supuse que él le había hablado bien de mí. Además, sabía que cuidaba de su hijo y lo quería, pero dudo que supiera cuánto.

Toqué la puerta y entré. Desde el umbral solo se ven las escaleras, la TV y el final de la cama. Vi sus piernas estiradas sobre la cama. Conforme bajaba las escaleras la imagen se iba completando. Estaba recostado sobre la cabecera, mirándome. «Hola», me dijo. Me senté a los pies de la cama, él continuaba mirándome. «¿Cómo estás?», preguntó. No recuerdo qué le dije. De seguro no fue «bien». Seguía lanzando esa maldita mirada. La conocía bien, era la que utilizaba para dejarme ver que me analizaba, que me conocía, que me culpaba. La conversación fue menos fluída que en las peores ocasiones. ¿Habíamos alcanzado el punto en el que no quedaba qué decir? No, pensé. Yo tengo mucho que decir. Hace tiempo que callo que lo amo, que quiero que lo vea, que siento que juega conmigo y que eso me hace daño. Pero no lo digo ni lo diré. «¿No vas a decir nada?», preguntó secamente. «Entonces no te molestará que ponga música».

Puso un álbum de Iron Maiden sobre el cual era imposible hablar. No contento con ello subió el volumen hasta la sordera. Cualquier intento de conversación se perdía en los chillidos de Bruce Dickinson. «Run, live to fly, fly to live, do or die«. Era evidente que la batalla había comenzado. Ahora que reviso la letra, pienso en algo que me dijo Lisa. «¿Nunca te ha pasado que cuando te pasa algo hasta el culo y prendes la radio siempre suena una canción que describe la situación?». No lo había pensado, pero… «There goes the siren that warns of the air raid/Then comes the sound of the guns sending flak/Out for the scramble we’ve got to get airborne/Got to get up for the coming attack«. Pues sí, metafóricamente hablando, pretty much it.

Se echó en la cama, leyendo su cancionero. Yo me levanté y me senté en el mueble, lejos. No quería estar cerca suyo. No tenía sentido. De rato en rato me miraba. Yo lo miraba mirarme y me volvía a la nada. En ese momento lo supe, era el fin. Él se mantenía impacible, cual extremista musulmán, mientras destruía silenciosamente todo lo que habíamos creado. Después de dos años en guerra, no quedaba nada por qué luchar. Habíamos quemado la tierra por la que estábamos peleando. Era el fin del mundo y me quería morir. Pero no allí. «Me voy», dije. «Ok», me respondió.

Me levanté y caminé hacia las escaleras. Me parecía increíble que tras tantas discusiones todo termine con tan pocas palabras. Efraín no se molestó en despedirse de mí. No se levantó, siguió viendo televisión. «Chau», me dijo. No estaba seguro si sabía que ya no iba a volver. «Chau», respondí, subiendo un par de gradas. Le di una última repasada a todas las porquerías que tenía en las repisas junto a la escalera. No las iba a ver de nuevo. En ese momento sentí que el corazón se me caía a pedazos con cada escalón. Pero no se lo demuestres, me dije. Seguí subiendo, lento, esperando que me detenga. No lo hizo. La dignidad me pedía que no voltee, el orgullo me mantenía con la mirada clavada en la puerta. Finalmente no pude más y me volteé a verlo. Me miraba, sin decir nada. No debiste voltear, Orfeo. Sentí el amor escurrirse entre mis dedos, como la sombra de Eurídice.

Cerré la puerta detrás de mí. Me quedé paralizado un momento, flanqueado por los cuatro jinetes de mi pequeño Apocalipsis. Escuché voces al otro lado del pasillo. No quería ver a nadie, no quería despedirme de nadie, ¿cómo podría explicar? Quería desvanecerme en silencio. Me asomé. No vi a nadie. Corrí hacia el intercomunicador. En mi desesperación no podía descifrar qué botón abría la reja. Los apreté todos. No escuché nada, pero no podía esperar más. Evité cruzar nuevamente la cocina y salí por la sala, sin ser visto. Miento, alguien me había seguido sin ser detectada. Suma, la perra bóxer de Efraín. «Chau, bonita. Ya no nos vamos a ver». Creo que Suma comprendió esto mejor que su dueño. Salí de la casa, bajé corriendo las escaleras, crucé la reja y la cerré. El metal retumbó en mis oídos. «Nunca más voy a volver a pisar este lugar», dije.

La calle se veía diferente. No sabía si llorar o no. Lo intenté pero no pude. Solo caminé. Sabía que al día siguiente, primer día de clases, vería a Efraín en Biología. Él no había salido de mi vida; sin embargo, tenía la certeza de que aquello era el final. No sé por qué. Efectivamente, Efraín no salió de mi vida aquel día, hablamos un par de veces más. Mejor dicho, peleamos un par de veces más. Pero no me equivoqué, pues esos encuentros solo demostraron que después de ese día no quedó nada.

 

Reader meet author

Whenever he was on a plane, Damian Birch would try to eat as neatly as possible. For no particular reason, really. It wasn’t so much that he was upset by messiness (his two-bedroom apartment in lower Manhattan would most certainly suggest disorderly enviroments were not a concern of his), he merely enjoyed eating each one of the airplane treats one by one, peeling off the wraps, breaking the little bread into bits and pieces, taking bites of his little tray, and then folding every piece of napkin, packet, butter container and placing them fastidiously inside a different container – like those plastic bowls where one might find little pieces of fruit or a bland dessert, and sealing it with whatever wrap they’d come with. Later, he’d arrange every utensil tidily within his tray, trying to make it look as if nothing had happened, as if the meal had never been opened and some items just happened to be upside down. Damian used to think this would be something nice for the flight attendants to come across, to find such a proper man, and that it would somehow inject a little joy to an otherwise tedious and sloppy task, but that was not why he did it. He didn’t know or question why, he just did it. It pleased him and he couldn’t help himself. He rarely ever thought about it or what it meant.

Writing was always such a random event. He always felt the urge to write but could almost never export this compulsion to actual words on a computer. And yet, sometimes, like that on a plane when he was describing his unusual eating habits, he could find no peace until the job was done. He needed to get it out, it was tingling all over his body, making him increasingly anxious as the words crept back and forth inside him looking for a way out. Forced to keep his phone off and unable to reach his iPad, Damian scolded himself for leaving his notebook at home. It was cute, too. It had a lovely illustration which read «Dear whoever, tell Trip I’m over him. He’s a creep. – You know who». He seldomly considered crossing out «Trip» and inserting Richard, his latest acquired disappointment, but would ultimately abstain. He searched his pockets for a piece of paper that wasn’t a government issued requirement to enter or exit a country and found his printed boarding pass. He went to town on it. It was folded four ways so he treated it as a little book, filling it page by page. He loved the way his pen would flow effortlessly across the paper, ink all warmed up from being in his pocket for so long. It stained the right side of his ring finger, the side that was pressed against the paper when he wrote, but it never bothered him. It reminded him of being in school. He never really quite learned how to hold the pen. It didn’t shame him that much anymore. In fact, he rarely thought about it.

Once he had finished he laid back on his seat, 37 A – window, and let out a heartfelt sigh. Damian was exhausted, genuinely spent by the labor of love. But it was what he loved. It could knock life’s wind out of him, wipe him out and consume his every cell and still he would not budge. He’d remain, a worn out carcass waiting to rot, if needed be. Because he knew it was right. He was satisfied – and he was not the type of man to ever be. He kept searching for something more around the corner that could be so much better. But not when he knew he’d got it right. The words, the sensation, the rhythm. No, when he got it right he was always content. Finally, something was enough.

All four pages were completed now, except for the last one. He’d look at the piece of paper, scribbled on every side. He wanted to look for synonyms of words he had caught himself using more than once and too close together. He would do that upon landing, while he typed it in his computer, before he put it up on his blog for anyone to read. Eventually he’d publish a finished version, where a total of sixteen words would be replaced. He had stated that the last page of the four-fold wasn’t full, so he decided to be true and stopped midway. Well, a little past the middle. Some might say it was almost kind of full, but that had always been his problem. Knowing when to stop.

The cab ride was rather scary. How bikers in this city don’t break their skulls on a daily basis was beyond him – he didn’t know this at the time, but data actually suggested that for every 100,000 people, 7.1 would die in a bike-related accident that year. They had completely taken over the white lines that delineated the traffic lanes creating their own. It was nervewracking just to watch. She now understood Paola. She’d said if you could drive in Brazil, you could drive anywhere, but people say that about any place that’s not North America. He could say the same about his hometown (although not a soul has gotten him to reveal where the hell he’s actually from) and had heard similar things on Iran, where Mila was from. Big cities scared Damian in general, but insisted «Manhattan doesn’t count», for it was actually «not that big, you can actually walk from one end to the other, though you might get shot». He was a true coward when it came to strange places. Passing through entire communities of homeless people didn’t help much. «Internet», he thought to himself as the driver made yet another random hand gesture, as if he was trying to swat every car in front of him with his mind. «A shower and internet and it’ll all be alright». He desperately needed to unwind. The drive up to the hotel had been rather depressing and his stomach was in knots. And those damn bikers kept attempting suicide right by him. «Nerves of still», he thought of telling the driver. He said nothing. He didn’t really feel collected enough to spark a conversation. Before he knew it, he had arrived. It didn’t make the ride seem any shorter or less exhausting, though.

«Storytelling is all about transformation», he announced to a room half full and half awake. Only a handful of boys were paying attention. He didn’t mind. «That’s why all of your damned stories start, lead up to or dwell entirely in death». This got a few laughs and Damian was pleased. He had always fantasized about being the clever, funny professor that students would discuss around campus, under trees or in the cafeteria, long after his class was done. «Death transforms everything in the most drastic and profound way, yes», he proceeded. «But let’s give the old gal a break. Huge, earthshattering changes can occur in the most intimate spaces. Sparks from a faulty socket will set a house on fire, my father used to say. Granted, he was talking about a completely different subject, but it applies». Damian was rambling, but he felt he recovered pretty decently. He just needed to challenge those little bastards to lay off Death and start digging. It was too predictable, too easy, too mindnumbing after the ninth paper. He threatened to will a stroke if anyone turned in another dead daddy piece and recommended the school counselor for all unresolved daddy issues. A few more laughs, but not as refreshing as the previous tirade.

«I never plan on anything, kid», he muttered, still half chewing a mouthful of cherries and bananas off his fruit salad. «I’ve read about all these writers who map out a general outline of who their characters are and what’s gonna happen, but I can’t do that. I just think about what I wanna say and then think of the best context in which this could happen and that’s how I discover who my characters are. I learn about them and build their story as I go. I wish I could plan it!». At this point I’d lost my concentration and kept fidgeting in my seat, turning my head in every direction searching for the waiter who was yet to bring me my club sandwich. Fuck, I was hungry. «Essentially, I’m every character, but since I can’t say everything through my point of view as a narrator, I incorporate everyone else», he concluded, absolutely clueless to my petty struggle. «When I feel someone’s hit their mark and had their fair share of opinions, I bring someone else to keep talking. Keep ME talking», he stressed and chuckled. Yeah, Damian certainly liked the sound of his own voice. But then again I did, too. He could go on forever and I wouldn’t care. The only thing that slightly bothers me is that he knows this all too well. It doesn’t feel like a terribly smart move, you know? Being so transparent about it. You just know I’m setting myself up to lose.

 

Sin título

Tres párrafos sueltos de momentos diferentes conversando.

 

No, realmente no lo recuerdo. Quizá algunos chispazos, pero no realmente. Tenía solo cuatro años. Recuerdo muchísimas personas, rodeándome como torres. Miraba hacia arriba y sus rostros deformes me decían que algo estaba mal. Sentí la gravedad de la muerte sin saberlo, estaba en el aire. Es mi primer recuerdo. La sirena de la ambulancia y la eficiente y agitada carrera de los paramédicos electrizaban el ambiente. No era normal. Alguien me abrazaba en una esquina, cubría todo mi cuerpo con el suyo y lloraba. Lloraba y me peinaba con sus lágrimas. A veces no sé si lo soñé, ya más grande, cuando me enteré de lo que hice. Encuentro difícil de creer que un niño tan pequeño pueda recordar  algo así, pero la forma en que todo oscureció de pronto marcaría a cualquiera, supongo. Si alguna vez tuviste un sueño que se transformó en pesadilla sabes a qué me refiero. Es… como una caída brusca en espiral en pleno eclipse. En un segundo, toda la luz se escurre y el corazón te late más y más fuerte, porque sabe que algo horrible está pasando, pero no puede ver qué es. Das vueltas y vueltas tratando de descubrir la maldad detrás de ti, hundiéndote más y más. Usualmente ahí es cuando despiertas, pero, en mi caso, fue allí donde me quedé dormido. Pronto lo olvidé, como un mal sueño. «Un único tiro en el pecho«, decían los reportes. Nadie había querido decírmelo.

A mi derecha, un grupo de hombre jóvenes hacen ejercicio en las barras públicas del parque. La energía que emanan es tan diferente a la del resto de personas en el parque. Son como animales, hermosos y ágiles, saltando unos encima de otros en espectacular sincronía. Son movimientos coreografiados y viriles, no una carrera desesperada por verse bien como los hombres que pasan a toda carrera con sus polos de maratonista y sus chips en la zapatilla. Ellos lo disfrutan y yo los disfruto. Es un espectáculo intenso. La belleza de la juventud es lo único que me distrae de la calma del mar. «No eres de las personas que pueden no hacer nada», me dijo. «Me temo que si dejas de hacer esto, no encontrarás algo nuevo que hacer. No lo buscarás siquiera, simplemente te dejarás ir». Me conoce bien. Sabe que soy de los que necesitan nadar para no hundirse. ¿Pero vale la pena seguir nadando cuando estoy tan cansado? ¿Y qué si quiero flotar, cómo sabe que no puedo?

Al regresar a mi piso, siento que todo está resuelto. La decisión está tomada. Lo dejaría todo por la oportunidad de liberarme, de sacarte de mí, de olvidar la muerte de mi padre. Siempre lo supe. Eventualmente tendría que escribir un primer libro y terminaría siendo sobre ti. Qué numerito has montado. Qué largos y robustos son los hilos que has tejido alrededor de nuestras vidas. Te llevo como un tatuaje en la nuca, sólo otros pueden decirme que aún estás ahí. Como anoche, cuando mis amigos me hablaron de ti. O hace un momento, en el parque, cuando ella me preguntó si sabía algo de ti, si te había vuelto a ver, si me había enterado de tus deudas. Debo confesar que tengo miedo. Me aterra que todas estas charlas sean la antesala de la guerra que nos debemos tú y yo. Te siento, como un animal que palpa el peligro que vibra en la tierra. He dicho demasiado, me he reído muy fuerte y quizá haya traído de regreso al monstruo que hace tantos años dejé atrás. Esta noche no podré dormir, así que mejor será empezar desde el comienzo. Y si no lo termino, si me hundo antes… pues, qué suerte la tuya, ¿no?

El riesgo de ahogarse por la oportunidad de respirar… yo lo tomaría.