Efraín, pt. 1.

I.

A veces pienso que, en cierto modo, todo ha girado en torno a él. Desde siempre. Quizá por eso me he sentido algo perdido desde que se fue. No porque aún sienta algo por él, sino porque era un baile que había dominado bastante bien. Estoy absolutamente convencido de que largarlo de mi vida fue lo mejor que pude haber hecho, pero admito que me dejó desorientado. El salir de la rutina, “avanzar”, parecía imposible. Con el tiempo dejé de extrañarlo, de amarlo, de recordarlo. Lo único que me molesta hoy es que nunca sabré si me dijo la verdad sobre el bendito caballito de plástico. Si me mintió, qué lindo. Algo dulce había detrás de una mentira tan estúpida. Si me dijo la verdad, qué terror. Efectivamente probaría que Efraín era el amor de mi vida.

De esa pseudo-relación no queda nada. Solo preguntas que en realidad no buscan respuesta. Están ahí, se resisten a morir, pero tampoco quieren penar. Los fantasmas inútiles de las viejas dudas. No me molestan. Ya ni siquiera los noto. Solo cuando algo me lo recuerda, me percato de que están ahí, que nunca se fueron. Están jugando póker con el resto de los extraños, probablemente escuchando Smells Like Teen Spirit. Era un punto en común, aunque él cantara Nirvana y yo, Tori Amos.

Aún recuerdo el día que le hice escuchar mi versión. Era bastante tarde, de hecho creo que ya nos habíamos acostado. Recuerdo haber insistido y haberme levantado de la cama para buscar el cd. “¿Tiene que ser ahorita? No tengo ganas de escuchar tu música”, me dijo. Me causa cierta gracia recordarlo. Lo dijo con un tono tan despectivo. Tu música. Creo que quiso decir tu “chick music”. “Sí, ahorita. Please?“. Aceptó de mala gana (sabía que era inevitable, supongo). Metí el cd, un sancochado de 79 minutos. Me salté todos los tracks del First Band on the Moon de The Cardigans y una canción de Travis que ahora odio. La pista empezó a sonar, 00:01. Las críticas arrancaron en el 00:02. “El solo del comienzo es muchísimo mejor en la versión de Nirvana”, dijo. Yo, para picarlo, rodé los ojos, como de costumbre. Era algo que odiaba, decía que era un gesto de villamariana, lo cual a mí me parecía sumamente divertido (yo soy lo más cercano a una villamariana que jamás tendrás, loser).

“Escucha y no jodas”, le respondí. Conforme avanzaba la canción, sus ojos se abrían cada vez más. Estaba totalmente impactado, cualquiera diría que no había escuchado un cover en su vida. Para el minuto tres pensé que se le iban a salir. “¡Dios, es igualita!”, me dijo. “Duh, es un cover” (rodando los ojos). “¡Qué berraca esta tipa!”, sonrió. No salí en defensa de Tori porque, para Efraín, todo era berraco. Era una de sus palabras favoritas, por algún motivo. Además en ese momento tenía una cara de bobalicón hermoso que no podía resistir. Qué bello era cuando sonreía (más aún cuando sonreía conmigo). Cuando terminó la canción sentenció “la versión de Nirvana es superior”. Whatever.

No recuerdo qué pasó después. Creo que lo torturé con más de mi música y terminó apagándome el equipo. O quizá no. Los recuerdos se han difuminado con los años. Pero me acuerdo de su cara mientras escuchábamos a Tori Amos. Se le veía como un niño, sorprendidísimo ante las novedades de un cover. Lindo. Esa noche, como todas las noches, me moría por él. Estabamos en mi cuarto, en mi cama, acostados. Creo que nunca he dormido tan bien como cuando dormía con él. Su brazo bajo mi polo, rodeando mi cintura, me curó del insomnio que había padecido casi toda mi vida. Para mí, dormir bien era un concepto tan inalcanzable como el bien supremo de Aristóteles hasta que llegó Efraín. Volvió a serlo cuando se fue. Por muchísimo tiempo, la cama me quedó demasiado grande. Es horrible cuando tu cama es el único sitio donde no puedes descansar. Diez cubrecamas no podrían haberme abrigado tanto como sus abrazos. Todas las putas noches sentía que me faltaban y me moría de frío.

Ahora, todo bien. Me es extraño recordar lo miserable que me sentía en ese momento, porque me he acostumbrado a dormir solo de nuevo. El insomnio volvió, pero es bastante manejable. Cuando finalmente duermo, duermo bastante bien. Pero de hecho, esa es una de las cosas que más recuerdo. Dormir con él era lo que más disfrutaba en el mundo. Era nuestro momento de mayor intimidad, no había nadie más, no había que pretender. Por eso me encantaba. Nada era fingido, era lo que sentíamos, sin censura. Siempre encontraba la posición perfecta para darme un beso o abrazarme toda la noche y era tan genuino, tan real. Cuando hablaba de él con mis amigas repetía incansablemente que eso era lo que más extrañaba de nuestra lamentable situación. Puta madre, Efraín. Si no la hubieras cagado tan magistralmente, podríamos haber sido bastante felices. Pero supongo que eso lo sabes.

II.

El verano de 2001 fue el último que Efraín y yo pasamos juntos. Me sorprende recordar lo extremo de aquella situación insostenible. En un lapso de tres meses recorrimos el espectro de un lado al otro, ida y vuelta. En enero estábamos tirados en el mueble, un domingo cualquiera, planeando nuestro último curso juntos en Estudios Generales y en marzo, cerraba la reja de su casa pensando “nunca más volveré” (y lo cumplí). Era una relación condenada a fracasar desde el inicio, una relación con cáncer. Había tenido sus días buenos, incluso llegué a olvidar que estaba enferma, pero no podía negar que estaba muriendo. Siempre estuvo muriendo.

Es extraño lo rápido que puede degenerar el amor. Ese día de enero se parecía a muchísimos otros. Efra acostado boca arriba en el mueble, yo encima de él, con la cabeza sobre su estómago, escuchándolo sonar (su estómago siempre sonaba) y revisando el librito de horarios de Letras. “¿Qué llevamos?”, me dijo. “A mí solo me falta uno de esta columna. Creo que llevaré Ecología, me han dicho que es fácil”, respondí. “No, hay que llevar Biología. Me parece bravazo”, sonrió. Y así fue, su sonrisa cerró el trato y, semanas más tarde, nos matriculamos en Biología. El domingo anterior al primer día de clase, terminamos. De haber sabido eso en enero, habría llevado Ecología como yo quería.

Llevábamos varios meses peleando por todo. Es más, no pasamos año nuevo juntos. No recuerdo si fue porque en ese momento no hablábamos o porque habíamos decidido celebrar por separado. Sin embargo, en enero las cosas parecían haber mejorado. Al menos lo suficiente para vernos, para visitarnos, para pasar tiempo juntos y recordar vagamente que, alguna vez, nos habíamos querido. Yo aún lo amaba, a pesar de todo; pero no podría asegurar que él aún me amaba a mí (si acaso alguna vez lo hizo). Intenté dejar todos los pleitos atrás. Tenía que convencerlo de que nosotros valíamos la pena. Algún día se dará cuenta que somos el uno para el otro, pensaba. Error.

Ahora no puedo recordar acontecimientos clave, no puedo ubicar en el tiempo los momentos críticos que lo mandaron todo al diablo. Siento que todo pasó en un parpadear. Un día estábamos bien, y al otro terriblemente mal. La verdad era que no podíamos sostener la farsa un segundo más. Yo podía acostarme sobre su estómago y escucharlo sonar, acariciarlo y besarlo, dormir sobre su pecho y jugar a la pareja perfecta; pero ya no era real. Él a su vez podía abrazarme por la cintura, poner su rostro sobre el mío y dormir a mi lado toda la noche, interpretando al chico que engríe a su enamorada de toda la vida; pero yo no era su enamorada, con todo lo que ello representa, y jamás lo iba a ser. Y ninguna palabra en esa oración, verbo o sustantivo, está equivocada, por lo que su interpretación era realmente perversa y admirable. You really do deserve an award for the role that you played…

Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Un día tuve que abrir los ojos y, abiertas las compuertas, el río de lágrimas se desató, avanzó furioso y se lo llevó todo. Ya no quería verlo. Todo me recordaba a él. Empecé a tratarlo pésimo, intentando alejarlo de una vez por todas. Él siempre volvía, era horrible. Me lo recriminó incontables veces. “Siempre soy yo el que tiene que arreglar las cosas, te encanta que te ruegue, siempre tengo que ser yo el que está detrás de ti”. No, Efra, estabas totalmente equivocado. Era yo el que insistía, yo siempre tenía que estar detrás de ti. Tú jugabas, sin saber qué mierda querías. Nadie puede culparme por alejarme de quien más me lastimaba. En realidad, Efraín tenía una forma de querer que dolía. Su odio podía manejarlo.

Qué frío fue ese verano. El sol quemaba en la calle pero helaba en mi habitación. El verano se iba cuando tú llegabas, Efra. Era irónico, porque siempre pensé que eras el sol (y, seguramente, tú lo pensabas también). Supongo que para ti era igual. El invierno se desataba cuando yo cruzaba el umbral, con mi corazón vuelto hielo. De pronto (pero no tan de pronto) estar juntos se volvió insoportable. Fueron menos frecuentes las visitas, más distantes las llamadas, menos sentidas las sonrisas, y los besos ya ni hablar. Por esa época volvió el insomnio y tuve que re-aprender a dormir solo. Un frío de mierda. Pero Efra aún llamaba y aún estaba ahí, presente. O buscando estarlo. Ya era marzo. Un domingo llamó a mi casa. Nos habíamos visto el día anterior (o quizá solo habíamos hablado), pero las cosas habían estado tensas. El colapso era inminente, sin embargo, me tomó por sorpresa. “¿Puedes venir?”, me dijo. “Tenemos que hablar”. Sus palabras hicieron eco en mi pecho hueco. Ya no esperaba nada, estaba vacío. No quiero ir, pensé. Estoy cansado, muy cansado. Pero fui.

III.

“Creo que es obvio lo que va a pasar”, susurró Efra. Yo no me lo creía, pensé que alucinaba. “No, ¿qué?”, le pregunté bajito, sonriendo, más cerca. Mi pregunta era, evidentemente, retórica. Sabía perfectamente lo que sucedería, pero me parecía increíble. Mi intención, cuando pregunté, fue prolongar el jueguito que él había iniciado. Pero creo que, en el fondo, mi pregunta reflejaba mi ingenuidad e incredulidad. Después de tanto tiempo, ¿finalmente había aceptado que estaba enamorado de mí? Esa noche, cuando nos acostamos, no podía suponer que iríamos más allá de la rutina de toda la vida. Acostarnos, abrazarnos, dormir. Las posturas podían cambiar, pero siempre era lo mismo. Acostarnos, abrazarnos, dormir.

Algo que lamento es no recordar cuándo fue. O sea, fue algo importantísimo, ¿cómo es posible que no recuerde cuándo pasó? En parte es mejor, sino tendría patéticos aniversarios mentales cada año. Probablemente, en mis peores momentos, acompañado de cinco litros de Pezziduri tricolor, un cartón de cigarros y escuchando “All by myself” al mejor estilo de Bridget Jones. Sí, es mejor que no lo recuerde. Aunque, inevitablemente, lo calculo. Sé que fue en algún momento del 2000. ¡Felizmente no lo calculo como antes, cuando caía constantemente en la tentación de trazar la línea de tiempo de mi vida (des)amorosa! Can we say ‘pity party’?

Ese día, como muchos otros, nos habíamos juntado por la tarde-noche, después de que yo viera a mis amigos. Efraín los odiaba un poco. En parte porque mis amigos odiaban un poco a Efraín. No le gustaba que saliera con ellos si podía quedarme con él. Efra era posesivo en ese sentido, pero a mí no me molestaba. No me obligaba a verlo, era totalmente voluntario. Finalmente siempre podía ver a mis amigos luego, nunca los dejé plantados ni nada. Me supe dividir. Empecé a llevar mi mochila al café. Mis amigos nunca preguntaron por qué, así que no tuve que confesar que llevaba mi pijama y el estuche de mis lentes de contacto para dormir en casa de Efraín.

Esa época fue – técnicamente – la mejor. Efra y yo íbamos muy bien, progresando, llegando casi donde yo quería. Y de repente, otra vez, su maldita indecisión. Ese juego a doble cachete me tenía enfermo, me lastimaba. Efra me daba todo lo que necesitaba tácitamente, pero ya no era suficiente. No podía emocionarme más con palabras huecas, sin corazón. Las palabras se las lleva el viento y yo necesitaba que sellara el trato, que me dijera que me quería y me lo demostrara. Efraín solo me decía lo que quería escuchar cuando sabía que podía perderme. Entonces me di cuenta que debía dejarlo. “Esto nunca sucederá”, me dije. Sin embargo, no podía irme. Estaba horriblemente enamorado de él.

Aquel día llegué a su casa del café. Estaba feliz y triste de verlo al mismo tiempo. Cansado. Nos acostamos a ver televisión, a conversar. Hablamos de las mismas cosas, nos reímos de los mismos chistes, nos miramos con los mismos ojos. Estábamos cómodos el uno con el otro, habíamos llegado a un lugar envidiable… ¿por qué era tan doloroso, entonces, estar juntos? No lo sé. Quizá porque sabía que todo aquello era una ilusión. No hay nada peor que experimentar un holograma de felicidad. Entonces, algo cambió. Estábamos echados cara a cara, hablando. Cuando apagó las luces, se quedó observándome. Se acercó. Seguimos hablando, pero él sonreía, como si supiese algo que yo no sabía. Yo no entendía. Se acercó más. Su voz era un susurro, podía sentir su respiración sobre mis labios. Entonces entendí, pero no lo creí. Se acercó más.

“Creo que es obvio lo que va a pasar”, susurró Efra, rozando mis labios al hablar. Ese primer contacto, casi imperceptible, fue como cien orgasmos en uno. Me acerqué, tenía que sentir sus labios un poco más. Finalmente estaba ocurriendo, no lo podía perder. “No, ¿qué?”, le pregunté bajito, intentando prolongar el juego, rozando sus labios con los míos. “Ah, ¿no sabes? No te hagas”, me dijo sonriendo. Cuando sonrió sus labios se retiraron de los míos, pero fue involuntario. Cosas de la anatomía. Inmediatamente volvió a hablar, cualquier cosa, para morder mis labios con los suyos. Yo ya no supe qué decir, pero no hizo falta. Después de retrasar el momento al máximo posible (lo cual fue demasiado delicioso), se acercó con suave violencia y me dio el mejor beso que nadie me haya dado jamás.

Le devolví el beso con la intensidad de quien había esperado toda su vida por él. Efra me abrazo, me puso sobre él y me besó con fuerza. Rodamos por toda la cama, era casi una batalla. En un momento dejó de ser un agarre y pasó a ser un exorcismo. Estabamos librando una guerra con nuestros demonios, con nosotros mismos, con lo que siempre quisimos hacer y nunca hicimos. Literalmente, lo que sentíamos el uno por el otro, explotó. Lo besé una y mil veces, hasta quedar exhausto, sediento, hasta que llegó la mañana y me quedé dormido sobre su pecho. Fue… todo lo que siempre quise que mi primer beso (real) sea.

Cuando nos despertamos, a eso de las 10 de la mañana, nos preguntábamos si alguien nos habría escuchado. Nos reíamos como dos niños que acababan de hacer una travesura magistral. Efra salió a revisar los alrededores. Volvió con el desayuno y el reporte: todo calmado. Esa mañana no me vi al espejo, pero estoy seguro que tenía una cara de imbécil enamorado imposible de camuflar. No podía enfrentar a su familia, sentía que tenía el beso estampado en la cara, así que le pedí que abra la puerta del garaje. Creo haber mencionado que su cuarto está en el garaje. Se rió, me dijo que era un ridículo, que usara la puerta, pero yo insistí. Abrió el garage y me dijo, con la sonrisa de oreja a oreja, “¿no te sientes un toque como una puta saliendo por el garaje?”. Me reí, le di un beso en la mejilla y me fui.

IV.

“¿Quién?”, preguntó una voz metalizada. “Hola, ¿se encuentra Efraín?”, respondí acercándome al intercomunicador. Luego de un breve silencio, otra voz contestó. “¿Sí?”. “Efra, soy yo”, dije. “Ya”, me respondió. Sonaba distante, y poco tenía que ver con el eco del intercomunicador. La voz le hacía juego al corazón de acero. En ese momento supe que aquello sería guerra, una vez más. Otra batalla por mantener mi lugar en su pecho. Pero ya estaba cansado de competir con el premio, de pelear por él contra él. Amar a alguien significa nunca tener que gritar boicot. El zumbido de un abejorro de hojalata rompió mi concentración. La pesada reja de metal estaba abierta.

Estar con Efraín era una guerra interna. Además de los problemas usuales, había que enfrentar los que él mismo creaba. Un ministro del Interior enamorado de un senderista está condenado a fracasar. Una vez más, era yo quien cruzaba líneas enemigas. Pelearíamos en su territorio. “Si esta vez no logro conquistar el castillo, me rindo”, pensé mientras cruzaba la cocina para llegar a su puerta. Saludé a su madre (una santa en mi libro), me parece que a su hermana también. “Está en el cuarto, hijito”, me dijo. Siempre me trató con cariño. Una vez Efraín me dijo que ella me quería mucho. Me parecía extraño, casi no me conocía. Supuse que él le había hablado bien de mí. Además, sabía que cuidaba de su hijo y lo quería, pero dudo que supiera cuánto.

Toqué la puerta y entré. Desde el umbral solo se ven las escaleras, la TV y el final de la cama. Vi sus piernas estiradas sobre la cama. Conforme bajaba las escaleras la imagen se iba completando. Estaba recostado sobre la cabecera, mirándome. “Hola”, me dijo. Me senté a los pies de la cama, él continuaba mirándome. “¿Cómo estás?”, preguntó. No recuerdo qué le dije. De seguro no fue “bien”. Seguía lanzando esa maldita mirada. La conocía bien, era la que utilizaba para dejarme ver que me analizaba, que me conocía, que me culpaba. La conversación fue menos fluída que en las peores ocasiones. ¿Habíamos alcanzado el punto en el que no quedaba qué decir? No, pensé. Yo tengo mucho que decir. Hace tiempo que callo que lo amo, que quiero que lo vea, que siento que juega conmigo y que eso me hace daño. Pero no lo digo ni lo diré. “¿No vas a decir nada?”, preguntó secamente. “Entonces no te molestará que ponga música”.

Puso un álbum de Iron Maiden sobre el cual era imposible hablar. No contento con ello subió el volumen hasta la sordera. Cualquier intento de conversación se perdía en los chillidos de Bruce Dickinson. “Run, live to fly, fly to live, do or die“. Era evidente que la batalla había comenzado. Ahora que reviso la letra, pienso en algo que me dijo Lisa. “¿Nunca te ha pasado que cuando te pasa algo hasta el culo y prendes la radio siempre suena una canción que describe la situación?”. No lo había pensado, pero… “There goes the siren that warns of the air raid/Then comes the sound of the guns sending flak/Out for the scramble we’ve got to get airborne/Got to get up for the coming attack“. Pues sí, metafóricamente hablando, pretty much it.

Se echó en la cama, leyendo su cancionero. Yo me levanté y me senté en el mueble, lejos. No quería estar cerca suyo. No tenía sentido. De rato en rato me miraba. Yo lo miraba mirarme y me volvía a la nada. En ese momento lo supe, era el fin. Él se mantenía impacible, cual extremista musulmán, mientras destruía silenciosamente todo lo que habíamos creado. Después de dos años en guerra, no quedaba nada por qué luchar. Habíamos quemado la tierra por la que estábamos peleando. Era el fin del mundo y me quería morir. Pero no allí. “Me voy”, dije. “Ok”, me respondió.

Me levanté y caminé hacia las escaleras. Me parecía increíble que tras tantas discusiones todo termine con tan pocas palabras. Efraín no se molestó en despedirse de mí. No se levantó, siguió viendo televisión. “Chau”, me dijo. No estaba seguro si sabía que ya no iba a volver. “Chau”, respondí, subiendo un par de gradas. Le di una última repasada a todas las porquerías que tenía en las repisas junto a la escalera. No las iba a ver de nuevo. En ese momento sentí que el corazón se me caía a pedazos con cada escalón. Pero no se lo demuestres, me dije. Seguí subiendo, lento, esperando que me detenga. No lo hizo. La dignidad me pedía que no voltee, el orgullo me mantenía con la mirada clavada en la puerta. Finalmente no pude más y me volteé a verlo. Me miraba, sin decir nada. No debiste voltear, Orfeo. Sentí el amor escurrirse entre mis dedos, como la sombra de Eurídice.

Cerré la puerta detrás de mí. Me quedé paralizado un momento, flanqueado por los cuatro jinetes de mi pequeño Apocalipsis. Escuché voces al otro lado del pasillo. No quería ver a nadie, no quería despedirme de nadie, ¿cómo podría explicar? Quería desvanecerme en silencio. Me asomé. No vi a nadie. Corrí hacia el intercomunicador. En mi desesperación no podía descifrar qué botón abría la reja. Los apreté todos. No escuché nada, pero no podía esperar más. Evité cruzar nuevamente la cocina y salí por la sala, sin ser visto. Miento, alguien me había seguido sin ser detectada. Suma, la perra bóxer de Efraín. “Chau, bonita. Ya no nos vamos a ver”. Creo que Suma comprendió esto mejor que su dueño. Salí de la casa, bajé corriendo las escaleras, crucé la reja y la cerré. El metal retumbó en mis oídos. “Nunca más voy a volver a pisar este lugar”, dije.

La calle se veía diferente. No sabía si llorar o no. Lo intenté pero no pude. Solo caminé. Sabía que al día siguiente, primer día de clases, vería a Efraín en Biología. Él no había salido de mi vida; sin embargo, tenía la certeza de que aquello era el final. No sé por qué. Efectivamente, Efraín no salió de mi vida aquel día, hablamos un par de veces más. Mejor dicho, peleamos un par de veces más. Pero no me equivoqué, pues esos encuentros solo demostraron que después de ese día no quedó nada.

 

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