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Dear diary (2018)

When I get down I miss my boyfriend
I know it is unfair
When I fuck up I miss a boyfriend
I never wanted there
‘Cause morning always comes
and bodies, they go home
or get thrown in the lake
in the middle of the bed.

Special needs ✝︎

Just 19, a sucker’s dream. I guess I thought you had the flavor.
Placebo

 

 

“Creo que es obvio lo que va a pasar”, susurró Efra. Efectivamente, lo era, pero incluso cuando su aliento ya se condensaba bajo mi nariz ⏤aprendí escribiendo esto que ello se llama surco nasolabial⏤, yo tenía motivos para desconfiar. “No, ¿qué?”, le pregunté bajito, volviendo todo mi cuerpo hacia él, sonriendo, más cerca. La pregunta no era necesariamente retórica. Mi intención era corroborar que no estaba equivocado y al mismo tiempo prolongar el jueguito que él había iniciado.

Es posible que Efraín haya interpretado mi pregunta de forma incorrecta. Es decir, como reflejo de ingenuidad más que de incredulidad. No es de extrañar. Solo me llevaba dos años, apenas un erastês, pero se le paraba al infantilizarme. Le encantaba ser el hombre maduro de la relación, el maestro, el amo. Lo era, hasta cierto punto, pero en esta instancia se equivocó. No pregunté por inocente, ya había tenido mi primer beso con un chico del colegio a los quince. Sencillamente me costaba creer que después de tanto tiempo por fin aceptase que también estaba enamorado de mí (una interpretación bastante cándida y errada, debo admitir).

Esa noche, cuando nos acostamos, no podía suponer que iríamos más allá de la amistosa rutina que hasta ese momento habíamos mantenido por meses. Acostarnos, abrazarnos, dormir. Las posturas podían cambiar, pero la práctica era siempre la misma. Desde la primera noche en que sus delgados brazos envolvieron mi cuerpo y su cara barbuda descansó sobre la mía, siempre acostarnos, abrazarnos, dormir.

Ahora, durante esos primeros meses de acunarme, yo aún era menor de edad. Es posible que mi situación legal haya sido un hecho crítico para Efra y yo no lo haya sabido. Después de todo ya me había dado un pico antes, la mañana después de su cumpleaños. Quizá no era el momento, no se sentía listo. O no me quería tanto. ¿Y ahora sí? No lo supe entonces y aún no lo sé. Nunca pregunté. Quizá nunca me quiso en lo absoluto, ni siquiera entonces. No como pareja. Ya da igual.

Solía lamentar no recordar cuándo pasó. Me parecía inconcebible que algo tan importante hubiese pasado tan desapercibido. Las verdaderas sorpresas son imposibles de sujetar, supongo. Así nuestro primer beso ocurrió una noche sin marcar y se escurrió por las casillas del calendario hacia los márgenes y, eventualmente, fuera del tiempo. Hoy ni siquiera podría calcular un intervalo. No podría decirles si era invierno o verano, dos mil dos o tres. Creo que fue lo mejor, de lo contrario habría celebrado patéticos aniversarios mentales durante años y fumado en exceso. Por esas fechas fumaba todos los días y, si estaba ansioso o deprimido, todas las horas.

Imposible separar ese día de cualquier otro. Nos habíamos juntado por la tarde-noche después de que yo viera a mis amigos en el café, como era nuestra costumbre. Efraín odiaba un poco a mis amigos. En parte porque mis amigos odiaban un poco a Efraín. Creo que en el fondo simplemente no le gustaba compartir mi atención. “Por qué saldría con ellos si yo, infinitamente más interesante, estoy aquí”. Efra, como cualquier narcisista, era posesivo en ese sentido. No me molestaba, yo quería dejarme poseer y me supe dividir. Nunca dejé plantados a mis amigos, a pesar de que realmente no hacíamos nada especial.

Empecé a llevar mi mochila al café. Mis amigos nunca preguntaron por qué, así que no tuve que confesar que llevaba mi pijama y el estuche de mis lentes de contacto para dormir en casa de Efraín. Esa época fue, digamos, la mejor. Efra y yo íbamos muy bien, progresando cada día, casi hasta donde yo quería. Hasta que sus miedos reaparecían y tomaba distancia de mí. Lo que entonces consideraba una maldita indecisión, terror a salir del clóset y ahora, tantos años más tarde, no sabría nombrar. Exploración o cariño o infatuación o carencia. Algo monstruoso y cálido, cómodo e imposible de asir, que como viene se va. Sin explicar.

¡Estúpido de mí buscar explicaciones! Yo sabía las reglas: Efra me daría lo que pudiera necesitar, tácitamente y hasta un punto. Pero si cruzaba la línea, si buscaba que me dijera que me quería o me lo demostrara, se lo diría o demostraría a alguien más. A una mujer. Cualquier mujer. Hasta que aprendiera la lección, hasta que comprendiera mi lugar histórico: Hefestión, no Roxana.

Pero Efraín no era ningún idiota, nunca me empujaba más allá de su campo de acción. Yo en cambio sí era un idiota, me alejaba sin decir nada, sintiéndome perdedor, pero nunca me iba. Sabía que debía dejarlo, pero no podía. Estaba horriblemente enamorado de él, despojado de agencia y poder. Para entonces tenía clara mi única jugada: Efra me decía lo que quería escuchar cuando sentía que podía perderme. Así que yo me perdía constantemente, pero nunca de vista.

Esa tarde que no recuerdo llegué a su casa del café. Sí recuerdo, sin embargo, que estaba feliz y triste de verlo al mismo tiempo. Cansado. Demasiado para mis diecisiete. Nos acostamos a ver televisión, a conversar. Hablamos de las mismas cosas, nos reímos de los mismos chistes, nos miramos con los mismos ojos. Estábamos cómodos el uno con el otro, habíamos llegado a un lugar envidiable que no me hacía menos doloroso el estar juntos. Quizá porque sabía que era una ilusión, un holograma de felicidad. Entonces, algo cambió.

Cuando apagó las luces, se quedó observándome con singular facilidad. Yo apenas podía discernir el contorno de su cara trazado a mano alzada por la luz de la calle. Echados cara a cara, hablando de nada, hubo un imperceptible giro de curso. Había tomado una decisión que, incluso en el susurro, robustecía su voz. Se acercó serpenteando sobre sus hombros, sonriendo como si supiese algo que yo no, sin interrumpir la conversación. Sentí sus palabras palidecer, él ya no estaba detrás de lo que decía. Se acercó más. Su voz era un murmullo, podía sentir su respiración sobre mis labios. Entonces entendí, pero no lo creí. Se acercó aún más.

“Creo que es obvio lo que va a pasar”, susurró Efra, rozando mis labios al hablar. Ese primer contacto, casi imperceptible, me encendió de pies a cabeza. La cabeza me estallaba, estaba petrificado. Cómo sentir sus labios un poco más si no puedo moverme. ¡Está ocurriendo, huevón, no lo puedes perder! Nunca he pescado en mi vida, pero asumo que esto es lo que siente quien saborea la real posibilidad de pillar un aguja azul.

“No, ¿qué?”, le pregunté bajito, intentando prolongar el juego, rozando sus labios con los míos. “Ah, ¿no sabes?”, sonrió, causando que sus labios se retiren de los míos involuntariamente. “No te hagas”, añadió inmediatamente, reubicándose y mordiendo mis labios con los suyos. No supe qué más decir, pero no hizo falta. Después de retrasar el momento al máximo posible, algo casi tan delicioso como el acto en sí, Efra se arrojó sobre mí con tierna violencia y me dio el mejor beso de mi joven vida. Por muchos años, el mejor que nadie me haya dado jamás, porque era mi primer amor.

Le devolví el beso con la intensidad de quien había esperado toda su vida por él. Efra me abrazo, me puso sobre él y me besó con fuerza. Rodamos por toda la cama, empujándonos y acercándonos, casi a golpes, casi en guerra. Nos abandonamos el uno en el otro y, de pronto, no supe si era un beso o un exorcismo; la máxima lucha con nuestros demonios, con nosotros mismos, con lo que siempre quisimos hacer y nunca hicimos ⏤o eso quise pensar.

No sé lo que él podría haber sentido por mí, pero sé que aquella noche explotó. Lo besé una y mil veces y él a mí, hasta quedar exhaustos, sedientos, hasta que llegó la mañana y me quedé dormido con los labios partidos sobre su pecho, oliendo su cuerpo, que me fascinaba. Tenía un aroma que era solo suyo y, en ese momento, mío. Fue todo lo que siempre quise que mi primer beso fuera. Desde ese día supe que siempre me enamoraría por la nariz.

Cuando nos despertamos pasadas las 10 de la mañana, aún estaba en sus brazos. Fue uno de los pocos momentos donde Efra fue realmente tierno conmigo, sin cuestionarlo, sin pedir nada. “Carajo, ¿nos habrán escuchado arriba?”. Nos reímos como dos niños que acababan de ejecutar una travesura magistral pero no podían asegurar el triunfo aún. Efra salió a revisar los alrededores. Volvió con el desayuno y el reporte: todo calmado.

Esa mañana no me vi al espejo, Efra no tenía uno en su habitación; pero estoy seguro de que mi cara de imbécil enamorado era imposible de camuflar. Sabía que no podía enfrentar a su familia con ese gesto ahuevonado, con el beso estampado en la cara como la marca de Caín. Le pedí que abriera la puerta del garaje, que era la entrada privada a su cuarto. Lanzó una pequeña carcajada como burbujas. “Eres un ridículo, ¡sal por la puerta!”. Insistí que no podía. “Qué pobre diablo”, accedió.

Abrió el garaje con dificultad, posiblemente por primera vez desde que se mudó de habitación. Una barra de sol le borró la nariz por un momento, mas no la sonrisa de oreja a oreja. “¿No te sientes un toque como una puta saliendo por el garaje?”, escuché mientras mis ojos se ajustaban al Nuevo Mundo. Sentí mi sonrisa dibujarse dulce y pesada, le di un beso en la mejilla y me fui sin decirle más. Esto es, pensé. Él es, por fin.

Qué pobre diablo, indeed.

 

✝︎ La versión original de esto fue “publicada” el 9 de julio de 2007 en un blog oculto que jamás compartí. Me daría extrema vergüenza compartir un texto de mi yo de 22 años, así que la edité. Sorry about it. No obstante mantengo el título original porque amo esa canción de Placebo y el pseudónimo que le di a mi primer amor porque Efraín me gusta más que su nombre. Also, para no quemarlo. Aunque ya pasaron casi veinte años, relájate, William. It was really nothing.

36 Sutton

Una foto de Instagram se lame la mano y me abofetea, dejándome así, aturdida, pesada, babosa. Ni siquiera es una foto de lo que yo creo que es, pero la punzada es astuta. Encuentra su oportunidad de perforarme el pecho en esa rendija de tiempo donde no leo claramente lo que se me presenta, sino que me enfoco en un único elemento que reconozco ⏤o deseo reconocer⏤ y completo los espacios con mi propia información incorrecta, y se lanza a por mí sin temor alguno, con la precisión absurda de una bala que atraviesa las hélices de un helicóptero en movimiento. ¿Es eso siquiera posible? No lo sé, pero para cuando descifro la imagen frente a mí ⏤no, esa no es la puerta de tu habitación, esa no es tu sala, esto no es 36 Sutton⏤ ya es tarde. I’ve been hit. De cuántas pequeñas desgracias personales será responsable esta red de mierda.

Mi antiguo cuarto fue, con seguridad, la antigua sala de alguien o quizá una biblioteca. La distribución del departamento sugeriría que lo que mi compañero de piso ⏤el primero⏤ y yo acondicionamos como sala era realmente el comedor, separado de la cocina por una pequeña barra alta. El dormitorio principal, que cambió de ocupante más veces de las que hubiera deseado en los dieciocho meses que viví en 36 Sutton, era en realidad el único dormitorio, con vista al jardín y convenientemente ubicado al final del pasillo, junto al único baño. ¡Pero quién puede pagar un one bedroom para sí en esta economía! Si tiene paredes y una puerta, es un dormitorio. De hecho, para algunos neoyorquinos, cuyos dormitorios consisten de cortinas o biombos u otras atrocidades, esto es un lujo.

Concluir que mi habitación no era un verdadero dormitorio resultaba bastante sencillo. Para empezar, tenía su propia entrada al departamento, ubicada exactamente al lado de la puerta del edificio y al pie de las escaleras. Todas las mañanas escuchaba el zapateo de mis vecinos, los más jóvenes, bajando a toda prisa y tirando la puerta detrás de ellos. No me molestaba en lo absoluto, toda la carrera se desarrollaba en menos de diez segundos. Además, mi situación anterior había sido infinitamente peor. De hecho, me mudé cuando temí que la rabia y desprecio que sentía por mis vecinos de arriba me llevaría a matarlos. O al menos a uno de ellos, el que tocaba la guitarra y cantaba ⏤horrible, I might add⏤ como si estuviera a estadio lleno y que una noche, después de pedirle que se calle, tuvo el cuajo de invitarme a salir.

La segunda pista de que mi habitación no era un dormitorio es que, además de la puerta de entrada, tenía dos amplias puertas que la separaban del resto del departamento. Es decir, una de mis paredes era una cuadrícula enorme de madera y vidrio partida por la mitad, la cual debí cubrir con esas cortinas que se enrollan para tener privacidad ⏤y para que mis compañeros pudiesen encender la luz de la cocina a mitad de la noche sin arruinarme la vida.

Mi dormitorio anterior, el que estaba ubicado debajo del cantante amateur, también tenía una segunda puerta, pero ésta daba a un pequeño balcón que se elevaba apenas sobre Havemeyer. Me encantaba, pero lo encontraba demasiado accesible para mi confort. La distancia entre la acera y mi balcón era tan ridícula que, cuando no me provocaba ir a la puerta, que estaba precisamente debajo del balcón, le pedía a los repartidores de comida que extiendan sus brazos y deslicen mi pedido entre las barras. También convencí a más de un mensajero de aventarme mis paquetes sin que yo tuviera que bajar. “I’ll catch it, I swear!

Un día coloqué la cara de Zayn Malik, recortada de la portada de PAPER y pegada sobre una cartulina, mirando hacia la calle desde uno de los angostos cristales de la puerta de mi balcón. Honestamente lo hice con fines decorativo-contestatarios. Había pasado junto a un departamento en N 7th cuya ventana estaba a la altura de mi cabeza y que a su vez contaba con la cabeza de Taylor Swift. Me gustó la idea, pero Taylor Swift me cae como el hoyo. Decidí responder haciendo lo propio, con una cabeza más hermosa, que lo mereciera más ⏤y la única que tenía a mi disposición en ese momento. Varias personas me dirían después que, cuando pasaban rápido, creían que había alguien espiándolos desde mi balcón. Así que cumplió un segundo objetivo, imprevisto y altamente apreciado: la ilusión de seguridad. Zayn se mudó conmigo a Greenpoint, pero esta vez acechaba a mis compañeros de piso y sus invitados desde uno de los cuadraditos de vidrio de esas enormes puertas que creí reconocer hace unos instantes en una foto de Instagram.

Puedo recordar cada detalle de ese departamento e imaginar perfectamente cómo se veía en 1936, cuando fue ocupado por primera vez, antes de ser renovado por completo y pintado de un blanco profiláctico. Veo una pareja sin hijos, posiblemente polaca, levantándose en el dormitorio principal, él camina menos de diez pasos al baño, ella prepara el desayuno en la cocina ⏤es 1936, after all. Quizá se lo sirve en la barra mientras ella toma café del otro lado, el que da a la cocina. Quizá en la noche cenan en el comedor y, si hace frío, se sientan en la sala frente a la chimenea, en esos sillones tapizados antiguos que ahora cualquier hipster querría tener.

Los imagino en esta rutina hasta el primero de muchos hijos. ¿Se mudarían a otro departamento? O quizá la idea de convertir ese one bedroom en un two bedroom fue suya desde el inicio. Lo dudo. Quizá se mudaron al tercer piso y uno de los hijos aún vive ahí. La señora polaca que veía algunas mañanas y nunca hablaba, pero sonreía. O el señor que solo vi una vez, de espaldas, saliendo del edificio, y que olía a ese tufo particular de anciano ⏤ que es por lo menos 15% orina. Fuck, I miss it. Nuestro hogar, no el olor a viejo.

La última señal de que mi dormitorio no era un dormitorio, por cierto, es que tenía una chimenea sellada, pintada por encima del mismo color que el resto de la pared.
La convertí en una pequeña repisa.

Dead like me

Tefa me dijo una vez que no podía quedarme en una relación por pena. Pero Tefa, que sufría de dolor crónico, también me dijo que planeaba viajar a Suiza o Suecia o algún otro país del Norte primermundista para que la mate un médico. Con esto solo quiero decir que la mesura no siempre acompañaba a Tefa, mas no dejaba de tener razón. Si el amor se evaporó y solo sientes lástima por la persona con quien estás, por qué no te irías. Si sufres todo el tiempo y existe un maravilloso lugar donde puedes comprar tu muerte, por qué no lo harías. 

La noche antes de partir a Nueva York por enésima vez no pude evitar pensar en ella y en su país nórdico asesino que no recuerdo. En parte porque cuando me dijo ambas cosas aún vivíamos –o sobrevivíamos– en Nueva York. En parte también porque días antes la vi en televisión. Tefa, viva aún. No sólo viva, sino bien viva. O viva bien. Y en parte finalmente porque sentía que, una vez más, mantenía una relación por pena: la que tengo conmigo mismo. Me preguntaba qué pensaría Tefa de ello. Eso sí, no siento lástima por mí sino por quien pudiera encontrarme if and when decidiera abandonar la relación

A diferencia de Alan García, no tengo enemigos a los cuales dejarles mi cadáver en señal de desprecio. Fue todo lo repugnante y corrupto que quieran, pero su nota de suicidio es épica. Virginia Woolf WISHES. Además, es la mejor génesis de villano para Federico Danton, que confío hará de Lima Ciudad Gótica algún día. De hecho, la corrupción nos ha regalado grandes momentos, si desean buscarle el lado amable. ¿La lamida de axila en la fábrica de humo televisada de Laura Bozo? Tan infame como icónica. ¿El vladivideo de Cuculiza —y los vladivideos en general— donde llama “malagua de mierda” a Carlos Ferrero y dice que “lo desaparecería ahorita”? A VILLAIN. ¿Fujimori cazando a Montesinos por todo Lima EN TANQUE? Vizcarra could never (espero).

En mi mucho más humilde caso, sin adversarios que vejar por última vez, me aflige pensar que quien me encontrase quedaría tristemente marcado. Difícilmente podría superar la nota de García, o sea que ni eso le dejaría. Sería mejor irse de viaje y sufrir un accidente, me esfumaría en una noticia. Entonces aquí estoy, en la segunda semana de mis 35 años, llegando al final de un viaje por tres ciudades gringas que emprendí específicamente para no terminar, cruzando los dedos para que algo me mate. No such luck.

Múltiples amigos, vistos antes de y durante este viaje, fueron advertidos de mis intenciones pero, por supuesto, ninguno me creyó. Hacen bien. Es poco factible que suceda. Sé que lo menciono con frecuencia (y pienso en ello muchas más veces de las que lo menciono), pero no tengo el impulso. Es como esa escena de Girl, Interrupted cuando Queen Winona le dice a Jared Leto que, una vez que la idea está en tu cabeza, te conviertes en una nueva raza extraña, una forma de vida que solo fantasea con su propia desaparición. “Make a stupid remark, kill youself. You like the movie, you live. You miss the train, kill yourself”. Déjenme decirles que es exactamente así. Pero en mi caso queda ahí. I’m a Virgo, I simply cannot quit.

En las ya varias semanas que llevo en ruta lo he imaginado unas cuantas veces pero siempre es un accidente, un “ojalá me chanque este camión, ojalá me muerda esta rata, ojalá me balee este Tr*mp supporter“. No podría ser yo la causa. Además qué horrible sería cortar conmigo mismo en lugares que he amado tanto, donde la he pasado tan bien. Sería como terminar una relación donde tuviste la primera cita o morir en tu cumpleaños. Es demasiado dramático, un mal guión. Aunque lo último siempre me ha gustado. Desde niño me encantaba ver el mismo día duplicado en las lápidas, no sé por qué. Quizá porque soy pésimo en matemáticas.

Esto no significa que no la he pasado mal aquí, entonces o ahora. Me han dicho más de una vez que reescribo constantemente mi pasado y tengo amnesia selectiva. Yo ya no lo noto, pero no dudo que sea cierto. Quién entiende los senderos de la negación. “Nunca recuerdas lo malo, en un año me vas a decir que la pasaste bien ahora y te voy a recordar esta conversación”. ¡Encantado! Significaría que sobreviví otro año de mierda. Igual no me veo diciendo que la pasé bien en 2019, ni en un año ni nunca.

Ahora que casi llego al final del camino y el prospecto de volver a Lima me mira a los ojos como el barril de una pistola, me pregunto qué esperaba de este viaje. Sabía que inevitablemente tendría que volver, que no podría lograr en un mes lo que no conseguí en doce. Era evidente que no recuperaría lo que alguna vez fue mío. Esta vez ni lo intenté. No estoy en condiciones para volver a experimentar ese fracaso en particular.

También sabía que no la pasaría tan bien. Volver aquí ahora no es lo mismo que volver aquí entonces, cuando éramos más jóvenes –siempre más jóvenes– y estábamos juntos. Un puñado de amigos en cada una de estas ciudades, pocos pero buenos. Hoy casi todos se han ido. Ahora Washington me resulta más insípida de lo que recordaba. San Francisco parece tener cuatro veces más personas sin hogar que la última vez que estuve aquí –leí que la cifra está cayendo desde 2015 pero la calle indica otra cosa. Me parece más sucia, menos amable, no sé. Por su parte, Nueva York sigue alimentando mi neurosis y habilitando mis comportamientos más cuestionables. Pero sigue ofreciéndome la invisibilidad que tanto me gusta. Una con otra.

Me da risa pensar que realmente esperaba tener la suerte de morirme y no tener que rehacer mi vida. ¡Qué flojo puedo ser! To my credit, though, tener que volver a una ciudad de la que solo quisiste escapar y empezar de nuevo no es un reto menor para el alma. Menos a esta edad. La sola idea… ugh. No sé por dónde partir, ya no sé ni qué me gusta. Solo puedo pensar en este tweet (felizmente, porque me alegra terriblemente). Pero ahí viene la fantasía de nuevo. “Make a stupid remark, kill yourself”. Bah, tranquilidad, no seré yo quien lo haga.

Además, si sobreviví los Panamericanos, trabajando dieciséis horas al día por dos semanas sin parar, explorando los verdaderos límites de mi salud mental, ya qué chucha me voy a matar. Después de esa experiencia de mierda, donde realmente contemplé cortarme el cuello del estrés mientras lavaba los platos, soy prácticamente indestructible. (Aunque estoy convencido de que esa huevada quebró físicamente algo dentro de mi cerebro).

Igual me alegra seguir vivo, al menos hoy, porque mañana veré a Avril Lavigne y si me chancaba el camión, me mordía la rata o me baleaba el extremista blanco, me lo habría perdido. Pero estoy un poco harto de siempre tener que ponerme metas para no tirarme por la ventana. “Tengo que llegar vivo a tal fecha porque tengo tal concierto en tal lugar”. ¿Otra gente vive así o soy solo yo? ¿A la gente le gusta estar viva, así, a secas? Sin ponerme una zanahoria por delante, yo no lo logro. Es un poco espantoso. Ojalá explote mi avión de regreso. 🙃

[Unfinished business] Entrega sin título

Me resulta fascinante que un cuerpo cómodo sepa siempre a dónde va. Físicamente, estoy caminando por Waverly en dirección a Union Square, como lo he hecho casi todos los días durante dos años. Mi mente se sabe innecesaria para la ejecución de esta tarea, así que desaparece. Volverá, intuyo, para evitar los charcos que se han formado en las pocas esquinas sin drenaje. Un cuerpo maquinal, mientras tanto, caminará veloz, por su cuenta. No podría decir siquiera que es mío.

Las ventanas idiotas por las que se fuga la consciencia son igualmente maravillosas. “Voy a Union Square. Union Square. Unión. Jirón de la Unión. Qué diferencia salvaje… Union Square y Jirón de la Unión”. Cruces y semáforos se sugieren apenas como murmullos. El aparato avanza. Charco. “Charco”. De pronto, el despegue es absoluto. Mi mente se disuelve en su propia traducción de un verso de Carson, que no tiene que ver con nada. “Estoy aprendiendo mucho en este año de mi vida”.

Me mudé hace algunas semanas de Williamsburg a Greenpoint, como antes de Lima a Nueva York, y de la casa de mis padres en Magdalena a mi departamento en Miraflores antes de eso. En cada tránsito gané ligereza. Reducirse a la mínima expresión implica decisiones rápidas, desapasionadas. He descubierto en mí una gran destreza para desmantelarme sobre la marcha y dejar atrás el excedente. No sabría decir si me da miedo u orgullo, o si todo lo que deseché era inútil. Puedo asegurar, sin embargo, que la veteranía no hace el asunto menos agotador.

Un escritorio, un armario, una cama desarmada. Dos maletas de ropa, una de zapatos, un par de cajas. El aire acondicionado y un pequeño calentador. La calefacción en el departamento de Williamsburg se autorregulaba desde las entrañas del edificio sin patrón alguno. “Tarde, mal y nunca”, diría mi padre si todavía hablara. Me compré una pequeña estufa para entibiar las tardes que el inconmovible edificio no consideraba frías. Pronto descubriría que la calefacción en Greenpoint funciona exactamente igual.

Me marché de Williamsburg un día sin lluvia, el único de esa semana. Era viernes y hacía incluso algo de calor. Recuerdo quitarme la camiseta para ensamblar mi cama. Semidesnudo, sentado en el suelo con una cerveza y mi caja de herramientas experimenté brevemente el placer incuestionable, indestructible de ser hombre, como lo entiende el mundo falocéntrico y que, por falocéntrico, irónicamente se me ha negado. Me reí porque las herramientas no eran mías, sino de una lesbiana. Qué diría mi papá si me viera. Nada, porque ya no habla, aunque entonces yo no lo sabía.

Encontrar una configuración de muebles con la que pudiera convivir tomó casi seis horas. Cuando todo estuvo listo, me acosté. Mis ventanas miran a la calle y tumbado sobre la cama estoy casi a la altura de los peatones. Algunos me clavan los ojos sin proponérselo, me descubren por error. Un ligero sobresalto ocurre del otro lado del cristal. Qué es esto, quién es esto. Se voltean tan rápido que casi no veo la vergüenza trepárseles a la cara. Por qué pensarían que me importuna, si tengo las ventanas abiertas. Sigo su trayecto con la mirada hasta que desaparecen del marco.

Hay una obsesión con el respeto a la intimidad en esta ciudad. Lo veo diariamente en el metro. Con frecuencia tropiezo con los ojos de alguien que se cruza e interrumpe mi tránsito hacia el vacío. Mi consciencia se ve forzada a retornar al artefacto para una maniobra de emergencia. A mí no me importa que me miren, si es sólo por curiosidad. Quizá es algo que descarté en las mudanzas. Cuál es mi concepto de intimidad ahora, en Greenpoint, después de dos años de vivir aquí, quitándome la ropa en más sitios de los que puedo recordar con más gente de la que puedo contar. Intimidad. La puerta cerrada. Intimidad. Greenpoint. “Estoy aprendiendo mucho en este año de mi vida”. Metro. Union Square.

Otra vez he llegado a la estación. Quiero decir “no sé cómo”, pero lo sé perfectamente. Lo que no sé es quién.

 

 

***

 

 

La cocina se arroja sobre mí y me envuelve en una película de grasa

 

de tu papá tiene hambre fríele una tortilla

 

de sírvele con su puré

 

de llévalo a la sala, que es de exhibición

 

y da miedo de noche

 

porque es más larga

 

y no te abraza.

 

 

***

 

Gravedad

Agosto y Setiembre se perdieron en la deformación del tiempo-espacio que causó el súbito agravamiento de mi alma. Honestamente, pensé que perderlo todo me haría más ligero, pero no fue el caso. La gravedad de la circunstancia fue tal que los últimos meses no ocurrieron, cayeron en el hoyo negro del que siempre he bromeado pero que, ahora, puedo confirmar como un fenómeno real. Si el tiempo pasó por mí, y la lógica me dice que debió ser así, no me dejó nada. Ni la voluntad del recuerdo vago.

El horizonte de sucesos, como suele ser el caso, estaba claramente identificado desde hacía mucho. Todos sabíamos dónde estaba el límite del abismo, cuándo empezaría la desgracia, and yet llegado el día, nadie estaba más sorprendido que yo. La densidad de mi miseria se trajo todo abajo, a una profundidad que no recordaba, una oscuridad que quizá no conocía y contra la cual el fulgor de mi pasado no podía competir. La luz resultó no ser lo suficientemente rápida para recorrer la monstruosa distancia que mi depresión cavó en segundos. No, Agosto y Setiembre se perdieron en la oscuridad para siempre y quizá es lo mejor.

Ahora estoy fuera del hoyo, pero también del tiempo. Hasta cierto punto, incluso del espacio. Heme aquí una vez más. Nueva York, yet again. Con la terquedad que me caracteriza he retornado a una ciudad que parece rehusarse a amarme como yo a ella. Tenía algo mucho más elaborado que decir al respecto pero nunca lo pude escribir. La pérdida resultó demasiado amarga para continuar mi trilogía sobre La Pérdida. Curiosidades de la depresión. Pero ya está, estoy aquí otra vez, si tan solo con el propósito de incomodarme lo suficiente para querer irme de verdad. O cuando menos, para aceptar que esto no va más.

Me gustan las certezas, he descubierto. No, miento, esto ya lo sabía. Lo que he descubierto es que no me importa en qué polo del espectro se ubica mi certeza en tanto se manifieste, sólida e incuestionable. Me haría igual de feliz decirles que mi experimento funcionó y me siento tan desplazado e incómodo que no puedo esperar para largarme como decirles que fue un fracaso y me sentí – perdónenme la frase burda – “como pez en el agua” no bien puse un pie en la ciudad. Resulta, lamentablemente, que experimento ambas sensaciones constantemente y a la vez. Estoy cansado de ir de casa en casa porque la mía no existe más, pero si me ofrecieran extender este couchsurfing por meses, estoy seguro que tendría un Excel abierto antes del final de la oración. I’d manage, I’d make it happen, contra todo pronóstico. Lo sé.

Entonces, persisto en esta especie de limbo portátil. Lima, Santiago, Nueva York, da lo mismo. Estoy fuera del continuo. Viendo personas de ayer en lugares que ya no ocupo o jamás ocupé. Imposibilitado de hacer planes, de comprometerme, de explicarme. Es agradable y espantoso a la vez, como arrancarse las costras o pasarse la lengua por los dientes que duelen. El sentido del humor de los Powers That Be, además, no puede pasar desapercibido. Sabiéndome en los márgenes del tiempo-espacio, han decidido jugar con mi timeline personal y liberar a los fantasmas of boyfriends past sobre este tablero. Gente que no vive en Nueva York, que ni siquiera conocí aquí, que en teoría no tendría por qué estar acá, ¡y que no obstante aquí está! En el preciso momento en el que yo, que tampoco tengo por qué coño estar aquí, estoy. What the fuck, Universe.

La artificialidad de esta pausa es tan ridícula que, si fuera más egocéntrico, juraría que The Truman Show es real y yo soy Truman. Solo puedo describir la escena como “montada”, demasiado perfectamente ejecutada para ser real. La lluvia paró, las nubes se partieron y el sol brilló – quemó – directamente sobre nuestros cuerpos en la cama. Él y yo, espectros de hace siete años, mirándonos a los ojos, confesándonos que nos hemos pensado todo este tiempo. Él y yo, tirando cuatro veces seguidas, recordando la última vez que nos vimos, cuando también tiramos cuatro veces seguidas. Y Shakira sonando en mi cabeza, “cuando te guardabas el anillo dentro del bolsillo, dejarlo pasar”. Volví a tropezar con la misma piedra que hubo siempre. Hasta la suite era la 16, csm.

Son las tres de la mañana y voy en el tren. Un lugar inusual para escribir pero es la G. Si conocen la G, saben que tengo tiempo de sobra para terminar. Ya es domingo. Hoy voy a ver al siguiente fantasma, que también lleva ese maldito nombre, y ya no sé en qué plano estoy viviendo, en qué tiempo, ni para qué. Lo bueno es que, a diferencia del último fantasma, este otro es bastante… unreliable. Estoy absolutamente convencido de que no me escribirá y continuaré aquí, en el margen de mi propia vida, mirando hacia atrás. “Nunca me sentí tan fuera de lugar, nunca tanto se escapó de mi control”.

Ah, la estación al fin…

Hangin’

By the time you read this I will have reached my destination, but for now I’m on a plane. Love, Simon is playing in this bullshit airplane with no personal screens and old-school outlets that don’t work. No one around me is really watching it – nobody’s got their earphones on – but that kiss is coming and that ought to catch an eye or two. I’m low key excited to see how the old farts sitting next to me will react, although they’ll probably pass out before it happens. Ugh, who the fuck cares, my whole life is in shambles. Literally left on the side of the curve. I’ve kept it together thus far, but as reality sinks in so do I. Deep.

Departing from Dallas rather than directly from New York has helped a bit. I don’t give a shit about Dallas so watching it unfurl below me feels… like nothing at all, like no place at all. And I was in too much of a hurry to even notice I’d left New York in the first place. Dismantling my life took longer than anticipated and it was touch-and-go for a minute. I spent the whole car ride to the airport kicking myself for leaving shit ‘till the last minute, panicking I’d miss my flight. Panicking is exhausting! When I finally did make my flight, I passed out almost immediately.

I came to somewhere over Texas, just in time for a sip of sparkling water and the stale cookies American Airlines consider an appropriate complimentary snack. All I wanted to do was get off the plane, fix my hair in the men’s room and maybe get a drink before my connecting flight. I did my hair first, then washed my hands compulsively. More often than not, whenever I have to handle luggage – and pockets and zippers and locks a million times a minute –, my fingers bleed from the cuticles. The nail folds get swollen and rip, it’s painful and mildly gross. This was such a time.

Blood had dried on my middle finger and it hurt too much to thoroughly rub it off so I had to quit after a few attempts. I walked out of the restroom and through Dallas/Fort Worth International Airport only to realize I’d have to take a train to reach my gate, which meant I was, again, already late. My mom always hassled me about leaving things ‘till the last possible moment, but that is quite literally my nature – and at least partially her fault.

I was supposed to be born on September 4th, 1984. If anyone here knows when my actual birthday is, you’ll know I definitely held out for as long as I could. “I was born two weeks late, is that why I hesitate”. I wonder if Gwen Stefani was also a C-section baby. Although I guess that’s not being born as much as it is being forcefully removed from the premises. And my birth was the equivalent of an eviction where authorities are called.

My mom had birthed my older sister with considerable ease and, although growing impatient with my free-loading ass, she figured I’d perform the same and she could wait it out. But the weeks rolled around and so did I, finding new and exciting ways to prevent my delivery. See, the circumstances surrounding my birth are so ridiculous and dramatic I like to believe these were conscious choices I made. I can absolutely picture myself using all that extra time on my tiny hands to come up with this gruesome plan.

They say it’s quite common for umbilical cords to loop around babies’ necks, once or maybe even twice, without compromising their safety upon delivery. Of course, for that to happen, the baby would need to come out as most babies do: head first. I however wrapped that sucker around my neck three times, effectively creating a noose, and stood on my mother’s vagina for gallows. Think you can kick me out? I will literally hang myself, mother!

Alas, being a fetus and all, I was unaware that she could call someone to come in and get me, which on the morning of September 19th, they did. But it’s still a cool story. I love that I’ve been threatening to kill myself since birth. It’s just like me! And it makes the actual recurring fantasy less menacing. Because truth be told, I always think about it. It’s the very first place my head goes to when shit gets rough. But fret not, because I also think I could never go through with it. Not necessarily for fear of pain or the unknown – both very loathsome dreads to me –, but merely because I’m too damn stubborn to quit.

So now, as I face the inevitable return to a city I’ve only ever wanted to leave, this story keeps me slightly amused and safe from self-harm. Although I’m still on a plane. There really isn’t all that much I can do here, is there…

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Sé muy bien qué día es hoy

Estoy aquí hace ya once días y he pasado casi todo ese tiempo oculto entre sábanas y colchas de tigre de casa materna (ustedes saben cuál). Realmente creo que, si me esfuerzo lo mínimo, podría calcular con total certeza el número de horas que no he estado en mi cama. En parte porque a) hace un frío del hoyo y no me provoca salir; b) aún no había visto Luis Miguel La Serie; pero, más que nada, c) porque salir de mi cueva significa ver gente y ver gente significa responder preguntas¹. Cómo estás, cuándo llegaste, qué vas a hacer. Mi gato, el único otro ser vivo que comparte este bunker, no hace tales preguntas. Sabe apreciar que esté aquí con él sin cuestionar por qué ni por cuánto tiempo. Entiendo la curiosidad de todo el mundo, pero lamento que los gatos sean siempre como la gente y la gente no sea siempre como los gatos.

Entre las muchas cosas que he perdido – la imagen de mis muebles dejados por muertos en una vereda en Brooklyn se manifiesta clara y cristalina y, como el cristal, corta –, he perdido bastante peso. Todas mis ganancias musculares han sido confiscadas por la depresión, lo cual me enfurece. Me parece además haber envejecido tres años de golpe, los tres que estuve allá, mas puede que esto solo esté en mi cabeza. Anoche fui el único al que le pidieron DNI para entrar al Sargento, so I got that going for me². Pero de lo primero no tengo duda. He comido poco y mal desde que llegué y no he hecho ejercicio en semanas. ¡Si apenas me he parado de la cama y, cuando lo he hecho, ha sido para beber! Porque nadie hace demasiadas preguntas cuando estás brindando.

Tengo mucho que decir y pocas ganas de hablar, es una situación particularmente terrible. No quiero que se me muera todo adentro, pero tampoco quiero aflojar mucho la soga porque no tengo nada positivo que compartir. Por ahora no, al menos. Cuando el polvo deje de revolotear sobre las ruinas de lo que alguna vez fue mi vida y sea momento de reconstruir, hablaremos un poco más. Por ahora, considérense afortunados de que esta entrada sea tan corta. Las pocas personas que me han visto en vivo – que no tuvieron la previsión de emborracharme inmediatamente, that is³ – se han visto expuestas a niveles de toxicidad que cierran mineras. Literal, doy cancer.

Pero hay una cosa que necesito decir hoy: sé perfectamente qué día es. A esta hora, hace tres años, estaba manejando de mi depa en Miraflores, donde me despedí de mis roommates y del chico con el que salía, a la casa de mis papás, quienes me llevarían al aeropuerto. Esta noche en el 2015 me fui de aquí. En un universo paralelo donde todo sale bien, esta noche estaría viendo a Shakira – por primera vez, csm – en Madison Square Garden. Pero esta noche, en la realidad, “estoy” viendo el brillo de la pantalla en la oscuridad en la casa de mi madre, tratando de convencerme a mí mismo de que tres es un buen número. Que fue bastante, ¡no! Suficiente.

Escribo “estoy” porque realmente lo cuestiono. ¿Estoy, en serio?
Apenas.

 

¹ Después de haberme explayado jodido en inglés durante los últimos posts, me pregunté si podría escribir algo totalmente en español. Es decir, cero spanglish. Conversé de esto con Cali ayer y me dijo “es que tú hablas así”, resaltando que yo pienso en los dos idiomas a la vez, which is true. Este fue mi intento de usar el inglés lo menos posible y descubrí que me disgusta terriblemente.
Por ejemplo, en este caso, yo iba a poner “field questions” en lugar de “responder preguntas”. Si bien esa es la traducción, no es exactamente lo que yo quería decir. “To field questions” implica que yo no quiero responder esas preguntas, que son difíciles, que quizá preferiría evitarlas pero no lo hago. En rigor debería decir “lidiar con preguntas”, que se asemeja más, ¡pero tampoco es exactamente lo que quiero decir!
Podría decir “torear”, ¡pero fielding questions no es evadir respuestas! Torear implica, de alguna manera, que salgo bien librado y que quizá no dije toda la verdad. Ergo, pongo “responder preguntas” pero no tiene el color que yo quería and I hate it.
² Para parafrasear a Liz Lemon, “comencé a hacer this but then yo gave up”. Cómo puedo decir esto en español, ¿”así que tengo eso a mi favor”? ¡Qué horrible, pues! De nuevo, la frase en español no tenía el tinte que yo quería darle así que yo gave up y lo puse en inglés. Sue me.
³ Supongo que esto sería “claro está” pero, no sé, me suena muy formal. O menos gracioso. ¿Es mi prejuicio de pensar que el inglés es light y el español es muy duro? (No pude ni poner “ligero”, tuve que poner light. ¡Light es más ligero que “ligero”! UGH).
Bueno, Cali, traté… y me generaste una crisis de identidad, jaja.

Pt. 2: Pride-atory behavior

We need to talk about #Pride Sunday. As I previously mentioned, this little ditty’s been ringing in my ears for weeks now, seeping all the way into my dreams. Sadly, I’ve missed my self-imposed deadline. It was my wish to release this before the end of Pride month, the time when we (supposedly) reflect on our struggles and celebrate our triumphs as gay people. But much like that Tiffany Pollard meme, the gays™️ too are, um, versatile. Yes, much was accomplished in recent years, which calls for celebration, but in reality the vast majority just wanted to shake our scantily-clad asses. I’m sure guilty of it. The thing is, gays, if we keep neglecting our own toxic by-products, they will run rampant – my Pride Sunday was prime example.

If you recall, I’d said this entry was basically drafted in its entirety within 24 hours of it happening. I have scratched most of it now. Turns out I’d bitten more than I could chew. I tried to cover too much ground and the results were clunky. I’m cooling my ambitions and keeping it simple. I’ve been having the same discussion in some shape or form over and over again through the years. I’ve often let it slide or dismissed it or plain forgotten. But in light of recent events, I feel compelled to address my thoughts on the matter. If I can’t reach a satisfactory conclusion, at least I want to make more sense of it. And you know me – I gotta see it in print.

My lesbian friends and I had been poking fun around “gay culture” at an impromptu Pride brunch we cooked up over a hurried phone call. The centerpiece of that discussion was this straight-by-default girl I’d met the night before, who had said she wanted to hook up with girls but thought her advances were not being taken seriously. “They think I’m being friendly ‘cause girls compliment each other all the time and it’s no big deal”, she’d told us. To this Lauren, my friend’s girlfriend, replied with the utmost confidence “oh, girls hate the idea of being that predatory lesbian”.

I am well aware of what she meant by “predatory lesbian”. Although, from what I gathered, it appears to be more of a staple in lesbian culture than I had known. My friend Mariana shadily pointed out I actually used to be friends with one. Maybe you know one, too! She’d be that pushy lesbian friend of yours who slides into your other lesbian friends’ DMs, even though you’ve never introduced them and she’s never met them. The kind who, if seen in the wild, is reluctant to take no for an answer and hovers over girls longer than necessary – sometimes awkwardly, sometimes confidently, always unwelcome.

That last bit sounds very familiar, though, doesn’t it? Sounds like… well, a man. Men obnoxiously hanging around women, puffing their chest and fumbling at gallantry is a tale as old as time. So you probably think this annoying predator is definitely a straight man. Could maybe, possibly also be a woman, a gay one! But never a gay man, right? Because gay men have either both been signaled as predators or somehow managed to avoid the label altogether under the assumption that two men hitting on each other are operating under equal conditions. Let me tell you about Pride Sunday, and you can tell me whether that is in fact correct.

After brunch, we proceeded to further celebrate our homosexuality. Went to the parade, had some drinks in the West Village, crashed a block party with bodega-procured beers, talked to strangers and had a gay ol’ time. I left the Village in high spirits and made my way home to Brooklyn, where I was to see Years & Years. I got there after doors, so if there had been a line I missed it. It wasn’t crazy packed by then, though. I wormed my way to the front, looking for friends (more lesbians!) who later informed me via text they were actually in the back. I wasn’t about to give up a good spot to see my baby Olly, so I stayed by myself. Shortly after, a gay couple, who were chatting up another gay guy and some girls, welcomed me into the fold. It was a very standard, Pride-infused neighborly situation and I was very much there for it.

The guys were buff, scruffy and loud, had a pubescent sense of humor and kind of resembled each other. You know, a gay couple. The other gay guy was skinny and had a quiet, slightly awkward vibe. However, he seemed very friendly or at least eager to make friends for the night. So when the guys kept rubbing his arms, stroking his hair or requesting he’d take his tank top off, he’d just smile and shake his head and try to change the subject. “Boys will be boys” and whatnot.

When I arrived, their attention shifted to me and what I was wearing: a black lace romper. Hey, I already fessed up to wanting to show ass. It was Pride and I wanted to unapologetically feel my oats! They made me spin to “appreciate” my outfit and did the (gay? male?) lewd joke thing. “Why are you wearing underwear, you should run to the bathroom and take them off”. I laughed it off and declined, they let it go. Pretty standard. I thought nothing of it and took it all in stride. It actually didn’t bother me at all, I took it as intended. And perhaps emboldened by my reaction (and slightly see-through lewks), they decided to return to skinny gay guy and push, hard. Before they’d even finished saying “take your shirt off, it’s Pride”, they had already taken half his top off. Way past tipsy from my day-drinking, I egged Skinny Gay on. He lifted the one remaining arm and was soon shirtless.

I’m sure you can infer what my stance on public shirtlessness is given what I was wearing. I didn’t think anything of it. That’s literally how you go to the beach or how some dudes go jogging or ride their bikes. I certainly didn’t think the least risqué thing in the world would make this guy uncomfortable. Mostly because, in my head, if something really bothers you, you simply don’t do it. And there he was, without a shirt.

When those guys asked me to go commando under my romper, I wasn’t uncomfortable because I didn’t take them seriously. I felt safe in my conviction that there was zero chance I’d ever do it. I wasn’t about to be bare-assed, junk a-swinging at a fucking concert! I could never be coerced into something so ridiculous and I knew they knew that too, which is why in my head they couldn’t have been for real. That’s just “how things are” with the gays, I thought, and they dropped it as quickly as they’d suggested it.

I would’ve been pissed if they had actually pushed for it, of course. That would’ve been straight up harassment, but they didn’t. And I think maybe that is how things are with gay men. A sort of unspoken agreement to push very far, but only so far. To introduce the sleaziness and see how the other party responds; to, let’s say, gauge interest. But it would’ve been certainly a lot easier to coerce Skinny Gay into taking off his shirt than it would’ve been to pressure me to take my briefs off. And it was. That is exactly what they did. They pushed beyond the checkpoint. Hell, they pretty much did it for him.

Regardless of how firmly on the ground my feet were on the subject, it was physically impossible for them to force me the way they did him. And yet I brushed it off because, in my drunk head, what they asked of him was nowhere near as crazy or overtly sexual as what I had been asked to do. It was tame, it was nothing, and he accepted! Pause, rewind. Did he? It all came down on him fast and from every angle. He was visibly hesitant, yet we all interpreted it as shyness. And you know what they say: “shyness is nice, and shyness can’t stop you from doing all the things in life you’d like to”.

But he wasn’t shy, he was reluctant. And neither one of us could see it. Sure I was liquored up, but I still encouraged him. I had a hand in it, even if not as literally as the guy whose hands actually undressed him. And I did so based on the same mistake I often make when it comes to other gay people: I assume their experiences and outlook must be somewhat similar to mine. I thought he’d be game because in my state, I probably would have. But he was indeed uncomfortable, he just didn’t want to alienate us. He wanted to hang out and be friendly and, without warning, found himself in a grievous situation he couldn’t back out from. Until somebody very familiar with such circumstances pulled him out.

“Can you please stop? He’s uncomfortable, just stop”. A woman standing next to us sternly addressed the more obnoxious gay guy, the one who had undressed him, and it felt like curtains falling heavy to the ground. Suddenly the ugliness was crystal clear. It was a music venue right before a show, it was loud as fuck, but you could not hear a thing other than her words bouncing off the walls. She killed the problem dead, shot it right in the head. Actually, she shot it in the balls.

Upon being called out, the guy was impossibly hurt. He was mortally wounded. He loudly argued with his boyfriend, who was begging him to let it go, for the entire time he was there, which wasn’t long. I couldn’t pick much of it up, but I could tell from his wide gestures and the very few things I overheard that his argument was, unsurprisingly, “she doesn’t know how it is (with gay men)”. I can imagine him saying things like “he was just messing around”, “he was being friendly”, “it’s just a shirt”, “it’s not like he grabbed him by the pussy” (you know, like presidents do). At one point he did yell at his boyfriend to “tell her!”, which made me safely assume I was right – and that the guy probably agreed with his beau.

The idea that men are more sexual than women has always been accepted matter-of-factly because science! Supposedly, the average Joe thinks about sex nearly twice as many times a day as regular Jane does. I know, as a man, that applies to me one hundred percent. I think about it a lot. However, not being a woman or any other man but myself, I can’t corroborate the data. I do know quite a few women, both gay and straight, who are very sexual and lead rich, sex-positive lives. Conversely, I know quite a few guys who are not as sexually-driven or as carefree with their bodies and hearts as we sluttier gays are.

And maybe that’s the disconnect. Perhaps it’s not about being sexual, but about our sexuality being… well, kinda sleazy. I’m probably not venturing too far from facts in saying that the average gay man is sleazier than any woman. All people (or most of us) have the joy of consensual sex in common, but the gays engage in some rather “questionable” activities. And we high key like it. That’s perhaps where the whole “women don’t understand us” thing comes in. We know that, more often than not, it’s gonna be a whole lot of sex with a bunch of people, and while you’re bound to stumble across a prop or ten, a single feeling will likely not be found.

The odd thing about it is, of course, #notallgays. The level of immodesty varies from gay to gay and straight people are not your best tool when navigating such situations. No tea, no shade, but straights are huge fans of the binary. They may talk about “gray areas” but that’s because they still see things in black and white. “He cheated on you? Call off your gay wedding!” Uh… how about we define what cheating is within this specific relationship, Brenda? Surely nobody’s into being lied to, but some people are into welcoming others to their marital bed. This is a discussion to be had, like any other. You gotta make sure you see eye to eye on fundamental shit like this. Just like you would ask your man if he wants to be a daddy before getting engaged, Susan!

I recently talked to a dear friend about his impending divorce. He was still rattled by the reality of it, and kept going back to the very first time things went sour. He suspected his fiancé, now soon-to-be ex-husband, had a threesome with another married couple before their wedding, after being explicitly told not to. His fiancé denied it (and does to this day). Right on cue, his straight female friends advised him not to go through with it. I didn’t know any of this, but had I known, I probably would’ve just asked if an open marriage was something he’d be willing to consider. ‘Cause what the hell do I know, he might be! You can’t ever be too quick to judge gay relationships because you
simply
never
know.

In my friend’s case, he tried and discovered to his own surprise that he couldn’t make it work. It turned out to be a bigger issue than he’d wanted it to be. Meanwhile, his partner was merrily involved in physical and emotional affairs. Shit got very ugly. “Is it me? Am I uncool for not being able to be as open as he is?”, he asked me. I assured him that, at the very least, that wasn’t his fault. People want different things. You need to find the one (or two or three, whatever) whose needs match your own. And while I think it’s commendable to try to make things work, when you know it’s not working, you need to get the fuck out. They plowed through at the expense of their mental and physical health. They suffered greatly for it and the ending remained the same. Although, as far as I’m concerned, if you keep under wraps for years what a big whore you truly are, you rip what you sow. Por mosca muerta.

My point is I couldn’t have told him what to do, no one could. Arrangements are made and you have to assume everyone is happy with their choices. If they’re not, only they know and they will deal with it in their own time, on their own terms. For instance, I had another friend who was in a relationship where they could only sext with other people, but never actually sleep with anyone else. Their relationship gradually opened up to allow others in in sensible numbers. And later they discovered that while they loved each other dearly, it wasn’t working and amicably parted ways. All this I knew. What I didn’t know was that, before they opened the relationship, my friend wasn’t actually having sex. His boyfriend was kind of asexual. This is why you can’t chime in willy-nilly, you just never know what truly goes on in someone else’s love life. He had made his choice to be with just him, regardless. Then changed it to let others in, then changed it again and let himself out.

If women don’t “know how it is between gays” it’s because not even the gays know what the fuck is going on. We have been influenced by both heteronormative culture and queer counterculture. We’ve been told to model our relationships after mommy and daddy and, within the same breath, been scolded for letting the punk within the gay die. “Yay, gay marriage! Ugh, gay marriage?” It’s fucked up… and low key hilarious. However, whether women understand the gays or not, they most certainly know a thing or two about harassment! And this heroic bitch spotted Skinny Gay’s distress like a fucking hawk. Only a woman could possibly recognize what that particular brand of mortification looks like and, on that Pride Sunday concert, one did.

Later, the injured party did something that puzzled me, though. He thanked the girl for stepping in, thus confirming what only she knew and we all ignored. But then, without skipping a beat, apologized to the gay couple “for making things awkward”. The one guy said something along the lines of “it wasn’t you” and left almost immediately after. I didn’t get it. Was Skinny Gay not all that uncomfortable then? I decided against unfairly questioning the validity of his comfort-level and instead asked myself why anyone would so earnestly apologize to their tormentors for being tormented.

The best I can come up with, after this long ass entry, is this: two men interacting with each other are not always operating under equal conditions. There are predatory gays and it appears they have written the playbook. Gay male culture might be gay, but it’s still very much male. It’s wired around this “boys club” mentality in such a way that Skinny Gay actually felt he had to apologize. Because he “understood the code”; he knew they didn’t mean any harm nor were they an actual threat, but it didn’t make him feel any less uncomfortable. When he allowed this woman to label them as predators, he “broke the code” and he knew it. And it doesn’t seem to matter – to them or even to him – that he wasn’t okay with the code to begin with, that the code doesn’t speak to him, it doesn’t include him. Not only did he fall victim to it, but saw his own status as victim immediately invalidated by it, all in one swift swoop. In hindsight, what impresses me the most is how unremarkable it all seemed as events first unfolded. In reality, it was all very, very dark. Until a girl saved the day.

 

Pt. 1: Pride-less

We interrupt the ongoing Loss series to bring you a special, two-part #Pride event I was not planning to make. It takes a hearty serving of gloom-and-doom to produce the second and third parts of Loss. Recent developments, however, briefly pushed me in the opposite direction. That’s over now, surely enough, so they still may or may not come. But this entry, on the other hand, could not be stopped – bile seldom can be.

I originally meant to release a mea culpa about the dark side of the rainbow and my participation in it, first. That’s still coming, since it was drafted nearly in its entirety right after Pride Sunday. [Update: it’s here!] But I saw something today that enraged me in such a way that it walloped my introspective lens outward, toward the realest of enemies. Know right now I wrote this in the deepest of ires, so it’s an ugly rant. I tried to bring the heat down in editing, but I’m far too angry still.

This is what I saw:

Hi. I’m @AlbertoBelaunde and this is what I frequently get for being gay. [pictures of homophobic slurs and death wishes via retroactive terrorism and/or AIDS!]

Seeing this, I feel no fucking pride in being from this cess pool of a country. None. You can particularly take your World Cup bullshit and shove it up your god-fearing assholes. I had been trying distinctively hard not to shit on your delusional parade, but as far as I’m concerned this racist, classist, homophobic, woman-beating place deserves not a second of joy.

Why am I so livid, beside the obvious? Because I have been away from that toxic swamp for three years and am a better man for it. I suspected little or nothing would change in my absence in regards to LGBTQ+ rights, or even human rights, but being confronted by reality unchanged feels very, very different. It cuts even deeper now that I know I’ve run out of options and time. I may be in New York but it is still Trump’s America. Want it or not, they’re still under his children-caging thumb. Under this administration, the likelihood of me finding a job in the US has gone from “difficult” to “miracle-adjacent”. I’m too much of a hassle now, experience be damned. Fuck my drag, right?

If you got a little lost in my rant, let me confirm that, yes, I did say I am going back to Peru. I hope to return to New York as soon as humanly possible, but for the time being, this is it. I still can’t bring myself to book that flight just yet, though. I’ll probably just do it over the weekend when I’m good and drunk. We’ll see. However, knowing this bullshit is what I have to look forward to makes me wanna jump off the Greenpoint Avenue bridge. That doesn’t sound very dramatic ‘cause it’s a small, lesser known bridge, but it’s right here. I will not be inconvenienced by my own suicide. What would be the point.

I am aware there are good people in that marsh; all of my gay friends fighting the good fight, all of my straight friends raising better children. You will all be a sight for sore, bloodshot eyes. But I’m not an optimistic person by nature, I have to squint harder to see the glass half full. And right now all I see is you’re a crystalline drop in a mop bucket and it crushes my soul. Here, I am a double minority – and this city’s not without its homophobes or racists, but “the people” have your back. Not just your people, but all people.

No one has ever harassed me in any way here, but I’ve seen it happen and each time there’s been a far larger and louder chorus shutting that shit down. Assholes are the real minority when you can trust a multitude of total strangers to stand up for you, for what is right. Reading those tweets my friend – an openly gay congressman, for fuck’s sake – received, reminded me what being a minority truly feels like. No chorus behind you, a few scattered voices if you’re lucky. The assholes are impossibly crueler and louder in Peru.

I wrote this in English because I’m sick of hearing about the strides #Peru has made. Oh, the food! Oh, the culture! Oh, the economy! Oh, how they’ve turned themselves around! They have not. I have never publicly contradicted anyone saying good things about my country, because I don’t wanna be that bitter bitch, but you know what? I will be that bitch today. Food’s great and Machu Picchu is as impressive as ever, but it is still the home of wife-beaters, female reproductive rights-deniers, horror movie-level femicide (with a side of presidential ignorance, so you can gauge just how backwards it all is), toxic/idiotic masculinity and this fucking bitch:

Whaaaaat? Tire yourself already, faggot, and quit your shit. God created man and woman, the rest are hybrids. You latch on to such a sad tragedy to try and impose your degeneration.

[edited for clarity because she’s an illiterate piece of shit. One comma and it’s in the wrong place, FML]

If you’re wondering why I single this monster out, my answer is threefold. One, I expect this from chauvinistic, toxic males. But I am always especially sicken when it’s a woman spouting their trash. Two, the contrast between her smiling grandma avatar and the sewage in her tweet. Three, she revealed strategy and hope in a single line: tire yourself already. This is what they do, they oppose resistance so we, the faggots, get tired. They’re an unmovable mass we, the faggots, must keep pushing for the right to live. And it stroke a deep chord in me BECAUSE I DID GET TIRED. Thirty years of this bullshit, I GOT TIRED AND I LEFT AND I’VE BEEN MY HAPPIEST, GAYEST SELF AND NOW I HAVE TO GO BACK TO SEE YOUR FUCKING FACE, YOLI, AND HEAR YOUR FUCKING BULLSHIT ECHOED IN ALL THE OTHER HOMOPHOBES THAT GOT YOUR BACK AND NEVER MINE.

Oh, but watch out, bitch.
Unless this post substantiates my petition for political asylum, I am coming.
And. I. Am. PISSED.