Archivo del Autor: luiscueto

Britney Jean: for the record

Spoiler: este no es un review del octavo evangelio del Libro de Godney, Britney Jean. Yo no sé un carajo de producción de audio, no distingo un beat del otro, no podría reconocer la mano de Doctor-Urbano, DJ-Hipster-Lesbiana o Productor-Polaco-3 upon a first spin y no podría componer un #banger(z promo!!!) por salvar mi vida. Con las justas sé qué es un middle eight y ni siquiera estoy muy seguro de que se llame así. So, no. Esto no es un review. Eso se lo dejo a los más expertos. Creo que el siempre divertido MuuMuse lo hizo súper bien, además. Esto es un comentario sobre la reacción del mundo a Britney Jean.

Por un lado, tenemos a quienes creen que es lo mejor que ha hecho y que wigs will be snatched all around (#AmigaNo); por otro, el equivalente a cuatro promociones de ingenieras de sonido de la Orson Welles que se arañan por los drops, los beats, los middle eights y el registro vocal histórico de Britney. Como dije, yo no sé nada de eso, pero sí sé qué me gusta y qué no. He sido acusado de stan for Britney en sendas ocasiones, pero puedo admitir tranquilamente que este no es un buen álbum para Britney Spears. Yes, I’ve said it. ¡Tranquilícense, cabras! No he terminado.

Decir que «es el mejor lanzamiento del pop este año, OMFG, BRITNEY YASSSSSS, BASIC BITCHES BE SLAYED!! WHEN WILL YOUR FAVES!!» sería defender lo indefendible. Chris Crocker circa 2007 (PS: ahora se ve así. Your faves could never). No es el mejor disco del año ni de su carrera, tiene b-sides mejores que varias del disco, pero tampoco es la desgracia que estas dramáticas dogmáticas están lamentando. I too am a tad underwhelmed porque sé que pudo ser infinitamente mejor, más épico, más atrevido… pero me gusta. Sí, me gusta. It’s a fun listen. No todo, pero varias. Y las que no me gustan, no me hacen sangrar los oídos tampoco. They’re growing on me. De hecho lo he escuchado, tipo, todos los días creo. Me he sorprendido a mí mismo cantando «when I’m witchu, I’m chillin’, I’m chillin’…» y todo bien.

Entiendo la frustración. No es consistente, no está up to her standards, pero ya pues. La perra se puso la barra súper alta y tomó malas decisiones, deal with it. No es el fin del mundo. This is a living legend we’re talking about. O sea, Lady Gaga está comprando su pasaje a Marte AS WE SPEAK para intentar superar ese legado (#lol, gags!) y Katy Perry… no tengo ni la menor idea de qué está haciendo, promocionando «Cuarzo» o algo. Honestamente, para mí, solo con Alien, Passenger y Til it’s gone se ganó mi perdón por este ligero faux pas. Además, ¿acaso no le perdonamos Hard Candy a Madonna, Queen of Everything, en su momento? Take it for what it is or leave it/Britney alone.

Olvídense de todo el floro que rodeó este lanzamiento. No es su «Ray of Light», aunque Alien y ‘Til it’s gone tienen un parentesco lejano. Podrían ser los primos redneck. No es su «disco más personal». Tik Tik Boom, pues. No te pases, amiga. Eso es más pendejo que cuando dijiste que Ooh Ooh Baby es sobre tus hijos. Además, no sé por qué le piden un disco personal a Britney en el 2013. Sería DE TERROR.COM y con justa razón. Después de la debacle de 2007, de la cual no sé cómo salió viva, es obvio que a ella le chupa un huevo seguir en esto. Como alguien DEEPLY UNWORTHY que la conoció en persona, which none of you lessers have, puedo dar fe de esto. She is DONE dealing with people and pictures and press. La pobre era un robot. Si ella escribiera sus canciones ahora, tendríamos «Estoy medicada y hago lo que quiero (feat. T.I)» y «Me llega al pincho tu filtro (the Paparazzi Dream Mix)».

Lamentablemente para Britney, if she wants to live fancy, live in a big mansion and party in France, no tiene mayor opción. She has to work (bitch) y su talento es ser una estrella. No una cantante, no una actriz y, ahora, tampoco una bailarina prodigio. Todo lo que tiene es esa atracción incomprensible, un poder sobrenatural para subirse a un escenario y ser fantástica, an X-Factor, if you will. Y, claro, un catálogo de la puta madre que la respalda. Enters Vegasney. Quienes lo acepten, irán a rendirle un merecido tributo por tiempo de servicio. Quienes no lo acepten y crean que es una conchu, no irán. Listo.

La Britney de hoy es muy diferente a la Britney pre-breakdown (and can you blame her?). Una de las grandes diferencias es que, aparentemente, se ha refugiado en la religión. Para muestra, un piadoso botón llamado Britney Jean. Amiga, está como para misa (aunque súper mejoraría los matris religiosos, ¿no? Passenger en vez de Pescador de Hombres, YES!). Anyway, yo sí creo que si ella pudiera elegir, estaría chillin’ con Jamie Lynn, tomando vino y comiendo pavo frito, no grabando discos hasta el 2018 (o lo que haya dicho). Y probablemente ya está acomodando sus fichas con ese objetivo, so brace yourselves**. Se lo ha ganado, imo. Le deseo una salida con gracia y por todo lo alto. Así que haters to the left. Tomen lo que les guste de ese disco, descarten lo que no, cárguenlo en sus iPods junto a las otras perlas del pop que nos ha dado esta #buenamujer y dejen de rasgarse las vestiduras por lo que pudo ser. Es lo que es. It’s funny. It’s your friend. It’s Britney Jean. And most importantly, it’s our very own pop princess now queen of pop, motherfucking Britney Spears. Show some respect! Bitch.

 

PS: can will.i.am just NOT?

 

** UPDATE: As noted by this blog (y cualquier persona con dos dedos de frente que siga la carrera de our Holy Spearit), el sétimo día de Godney is upon us and on the seventh day, habiendo terminado su trabajo como Las Vegas resident living legend, she will rest. Lo que puse arriba, however likely, era pura especulación, ya que Brit Brit herself nunca se había pronunciado al respecto. Hasta ahora. Cry my tears and dry my eyes, you don’t need to see me cry. Pero como dice MuuMuse, it’s okay. Me sostengo en lo que dije: se lo ha ganado. I will forever be chillin’ withchu, Britney. Todas esas cabras quejonas se arrepentirán de trashear Britney Jean si efectivamente llega a convertirse en… el último. Ahí las quiero ver cantando ‘Til it’s gone a todo pulmón. ‘Cause you truly never know what you got ‘til it’s gone. Gone. Gone.

Girl interrupted

Como ya es costumbre, este post empezó siendo sobre una cosa y terminó concentrándose en otra. Últimamente, cada vez que quiero escribir algo, la historia se me escabulle. Se pasea por los corredores de mi mente, abre puertas, se encuentra con gente, conversa. Al final, reaparece del otro lado del pasillo, cambiada. No tiene tantos bolsillos para cargar sus pormenores y las reflexiones que me despertó, así que sacrifica algunas cosas en favor de otras. Así, con menos detalle, llega este post sobre una chica de dieciséis años que conocí en un bar de Barranco. Estaba escoltada por otra, algunos años mayor, y compartía con ella un par de Coronas y una familiaridad que lucía ligeramente diferente. Una hermandad que no podía describir. Cuando nos dijeron sus nombres, les preguntamos cómo conocían a la cumpleañera. «Somos amigas de rehab«, sonrieron.

Así, sin aspavientos, sin miedo a ser juzgadas, con sonrisas francas y resignadas que me decían cuán condenadas habían sido ya y cuán poco les importaba eso ahora. La conversación continuó con naturalidad y nos alejamos del tema. Nadie parecía querer profundizar mucho más. Not in public, anyway. Excepto yo. Me sentí inmediatamente atraído a su historia y, cuando salieron a fumar con mi amiga Natalíe, salí con ellas. Odio el olor a cigarro, pero no hay nada que no haré por escuchar una buena historia.

Hablamos un poco de todo. De las razones por las cuales habían ido a rehabilitación, de si fueron voluntariamente o llevadas por sus papás, de sus terapeutas que eran amigos y trabajaban en conjunto, etcétera. No entraré en detalles porque no es my story to tell, pero sí puedo decirles que me fue mucho más sencillo hablar honesta y cómodamente con ellas cuando les dije con la misma apertura que yo también había tenido un desorden alimenticio cuando tenía catorce y con el que, hasta cierto punto, aún tengo que lidiar hoy. Ambas parecieron muy contentas de escuchar mi revelación, de estar en igualdad de condiciones, de encontrar una parte de sí mismas bajo mi superficie. De hecho, nunca he tenido problema en admitir mis body issues adolescentes y jamás he recibido una sola palabra negativa al respecto, pero nadie me había mirado así, con tal conocimiento de causa, tanto mayor que el míoIt was a first and it was absolutely endearing.

La conversación se vio interrumpida por la enfermera de una de ellas, la menor, que llamó por teléfono exigiéndole que regrese a casa. «Ay, es que me escapé de mi casa para venir acá», sonrió, como si nada. En ese momento, y quizá porque estoy más cerca a la edad de sus papás que de ella, me pregunté qué pensarían ellos. Cómo probablemente creían que se les acabaron las opciones, que solo les quedaba amarrarla a la cama para protegerla del mundo y de sí misma y cuán equivocados estaban. ¿Pero qué haría si fuera mi hija? How scary it must be for parents to helplessly watch their children unwittingly surrender to invisible forces that tear them apart. No sé lo que haría en su lugar, pero algo sé muy bien: la restricción por miedo engendra rebeldía sin causa. Si, por miedo a lo que pueda pasar, la encierran, ella solo querrá salir for the hell of it. Ese será su nuevo fin, breaking free, y la distraerá del que debería ser su objetivo: entender qué pasa en su cabeza.

Pero qué tendrá esta chiquita en la cabeza, me pregunto. En un momento, por no hacerla sentir incómoda ante una confesión muy personal sobre por qué terminó en rehab, le dije «bueno, shit happens» y no indagué más. «Exacto», me dijo. «Shit happens«. ¿Y saben qué? Shit really does happen. Or it doesn’t but feels like it does. Eso me ha pasado a mí también, en cierto modo. No podría juzgarla, la entiendo perfectamente. Pero, con el tiempo, uno aprende a no ser eterna víctima de las circunstancias y ser responsable de sí mismo. Esta niña menor de edad, recién salida de rehab, tomando en un bar, estaba tantos años tan lejos de aprender esa lección que me aterraba pensar que quizá se pierda en el camino antes de hacerlo. Me sentí ligeramente responsable. Quería hablarle más, decirle algo que le sirva, pero llegó su taxi y se fue. A casa, espero.

En el camino de regreso a mi casa, solo podía pensar en cuán diferentes se veían del resto de chicas en la reunión, incluso desde antes de identificarse como «amigas de rehab«. Tenían algo, una vivacidad que el resto no. Era como si todos estuviésemos en blanco y negro y ellas, a color. They outshined everyone in a way that was interesting to watch, beautiful even, but not quite right. «Me sentí en un capítulo de esas series de MTV», me dijo Majo, y de hecho fue un poco así. Era una de esas situaciones que ninguno de nosotros, o al menos yo no, había vivido en carne propia cuando fuimos teens.

De chico yo no hice mucho más que encerrarme a escuchar música, escribir en mis cuadernos y sentirme muy mal por muchas cosas. Tenía amigos, but not really. Salía poco. Nunca fui el chibolo drogadicto o el que se emborrachaba on a daily basis (eso lo hago ahora, con cierta responsabilidad). Tampoco intenté suicidarme; incluso si lo pensé, soy muy terco para rendirme. Creo que en ese sentido nunca fui demasiado problemático para mis papás. I was quiet, I wasn’t really there. Me imagino que solo les preocupaba cuánto me había encerrado en mí mismo (o sea, cuando se dieron cuenta). Lamentablemente para ellos, yo resolví mis issues solo. Eso me hizo salvajemente independiente y ya no sentía gran necesidad de incluir a mucha gente en mis decisiones, mis problemas o mi vida. I guess they would’ve wanted in, but that didn’t feel natural to me anymore.

Cuando veía series de chibolos en la tele, que salían y juergueaban y les pasaba de todo, me preguntaba por qué mi adolescencia no era así, tan dramática, tan llena de amigos, amores y actividades, tan larger than life. Hasta que escuché que la idea detrás del video de 1979 de Smashing Pumpkins era «recrear la adolescencia que Billy Corgan jamás vivió». Ahí entendí que, efectivamente, la vida de la mayoría no era así. No todo podía ser épico todo el tiempo, no tenía por qué. A veces la vida solo era normal y ya. La verdad, no me hubiera gustado ser un chico de dieciséis años que pasó por rehab e inspiró el blog de un desconocido. Hoy encuentro cierto confort en mi adolescencia tela. Además anoche me botaron de una piscina vacía por casi, casi lanzar con amigos cuando llegó la dueña de casa. ¡Así que supongo que nunca es tarde para hacer cojudeces!
PS: sorry about that.

 

#PERU

Mis amigos tienen una broma recurrente. Se llama hashtag Perú. O, como el lingo digital nos ha enseñado, #PERU. ¿En qué consiste? En que cuando sucede algo totalmente reñido con la realidad y/o el sentido común, el porqué es sólo uno: Perú. Todo lo que encierra es el absurdo, lo que en cualquier otro sitio sería inconcebible, aquí tiene sentido y es de esperarse. Lo decimos con una suerte de cariño y resignación. Es, como, «ay, pues. #PERU». Y así, en mayúsculas. No puedo explicar por qué las mayúsculas, por qué darle ese peso se siente correcto. Es necesario que sea así, it’s just that heavy. Lo he visto reflejado en tantas cosas que no sabría por dónde empezar, lo toca todo, trataré de no explayarme demasiado, pero hay mucho que decir.

Me imagino que cualquiera podría asumir que odio mi país. Empiezo por decir que no es el caso. Para nada. Tan sólo me gustaría que fuese mejor. Que quisiese ser mejor. Que entendiera por qué necesita serlo, el beneficio detrás. Pero no entiende… o no quiere… o no sabe cómo… o no sé. Y eso es lo más terrible, lo que está en manos de «la gente». Es lo que me hace perder la esperanza y cuestionar la evolución. Miro a mi alrededor y veo tanta inconsecuencia que me pregunto si realmente nos graduamos de simios. Por ejemplo: esta mañana iba por la Panamericana Sur rumbo al Silencio y había un usual/inusual tráfico en el peaje. Me pregunté (y de hecho también a quienes me acompañaban) si no sería mejor tener un sistema de débito automático que te vaya descontando los S/. 3.50 cuando tu auto pase debajo del punto de cobranza. Sería tu responsabilidad recargarlo, sí, qué lata; pero agilizaría todo el proceso. ¿Por qué no tenerlo? ¿Porque no podemos costear la tecnología o porque si la tuviéramos, nadie recargaría ni mierda, todos tratarían de sacarle la vuelta y tendrían que empapelar a todo el país con multas y/o andar correteando gente por la carretera?

Era un ejemplo bastante tonto, en realidad, porque sé que hay otros gastos que deben ser prioritarios en un país como el nuestro, pero si nos olvidamos un rato de eso (also, check your indignation at the door) y nos concentramos en la pregunta, explica todo lo que quiero decir. Creo que si pudiéramos comprar esa tecnología, no serviría de nada. Porque la mentalidad del peruano promedio es… indescriptible. Desafía toda lógica. No sé ni cómo expresarlo sin ser malinterpretado, pero de verdad raya en lo bizarro. De hecho, una de las respuestas que me dio uno de mis acompañantes sobre por qué no funcionaría fue: «si hay gente que protesta porque suben (el monto de) las multas, qué puedes esperar». Yo no sabía esto. Lo primero que pensé fue, ok, ¿pero la lógica no te diría «bueno, ahora con mayor razón no voy a cometer una infracción?». En qué cabeza puede nacer la reacción «puta madre, por qué van a cobrar más caro por romper la ley». O sea, esta gente está dando por hecho que la va a romper sí o sí en cuanto les convenga, pero no pues, cómo les van a cobrar más caro por ello. ¡Ellos ya saben lo que cuesta, cómo lo van a encarecer, qué tal lisura! En mi cabeza solo escuchaba a mis amigos decir «#PERU».

Lo peor es que es generalizado. Esa misma respuesta barbárica te la da el combista pendejo y el pituco que maneja su camioneta borracho y le llega al pincho tu filtro. Yo, por mi vida, juro que no lo entiendo. Ese tipo de reacciones, no las comprendo. No entiendo cómo no pueden ver el beneficio detrás de las cosas, cómo siempre buscan estar igual con el mínimo esfuerzo o inversión, independientemente de si les va bien o mal. ¡Nunca peor, ah! Eso sí, peor no queremos estar de ninguna manera, queremos estar como estamos, sin mucha pena, gloria o esfuerzo. Pero nunca, carajo, nadie quiere estar mejor. Mejor no. Así nomás.

¿Se me rompió el cinturón de seguridad que necesito para proteger mi vida/la de mis pasajeros en caso de accidentes? Ah, pero cuesta X arreglarlo como se debe… no, no, así nomás. Un par de pernos y se ve como las huevas. El policía ni cuenta se va a dar. ¿Y si se me cae el tubo de escape? Ahí atrás tengo alambre, que no se note nomás, no es como que está botando humo y envenenándome lentamente… it is? Oh. Bueno, qué chucha. NO, SÍ CHUCHA. Yo nunca he pasado por gran necesidad, pero tampoco me he cagado en plata; he sido clase media casi toda mi vida, así que no me tilden de caviar que no sabe nada. Tengo clarísimo el valor de un Sol y sé que si tienes que elegir entre darle de comer a tus hijos y arreglar tu carro (por seguir con ese ejemplo), parchas el carro como puedas hasta que tengas cómo arreglarlo. Pero nunca pierdes de vista que TIENES que arreglarlo, es una responsabilidad más. Ni siquiera necesariamente para con otros sino para contigo mismo, para tu beneficio directo. No sé por qué el peruano cree que el dinero vale tanto más que él.

¿Y el otro lado, al que le va bien? Ese sí quiere estar mejor. Pero, ya, cholito, cómo hacemos. Arreglamos acá nomás. No me hagas esforzarme demasiado. No me fiscalices, no me investigues, voy a robar un poquito de aquí y de allá pero te doy tu porción y te quedas tranquilo, ¿no? No me quites mis gollerías de clase privilegiada, déjate de huevadas. Voy a manejar borracho every now and then, a ti te cae tu propina y cada uno sigue su camino. Voy a aprovecharme de todo y todos, voy a hacer plata vendiendo medicinas por lo bajo a los más pobres, voy a sacar partido de tu momento de debilidad, así que no me controles. Por cada persona maravillosa que conozco en este país, que es mi casa, sé que hay 100 animales que piensan como el del párrafo anterior o el de este (if you can call that thinking at all).

Sobre esta resignación ante la inconsecuencia, esta incapacidad de ver el valor real de las cosas más allá del dinero, esta flacidez mental que no deja pensar y entender, podría escribir tomo tras tomo, porque engendra una actitud realmente salvaje que lo empapa todo. ¿Transporte público? Sí, pues, transporto al público. Arriesgo sus vidas como me da la gana con mi carro de mierda, pero los llevo. Qué más quieren. Mejor servicio es otro precio y nadie me va a pagar (¡lo peor de todo es que tienen razón! El lado del pasajero tiene esta misma actitud cafre de «por qué me van a subir el pasaje, arregla tu carro con el Sol que te doy»). ¿Unión civil? No, no me jodan, la Biblia dice que ni cagando, no me hagan pensar en si es justo o no que un par de cabras tengan los mismos derechos que yo. Sí, todos somos iguales… pero ellos son menos iguales, pues. ¿Seguridad ciudadana? Pucha, el que se duerme, pierde. Para qué te compras ese carro ficho o llevas tu iPhone a un concierto. Obvio que te lo van a robar. Es la ley de la vida.

Ahora mismo leo o escucho noticias que son causa o consecuencia de esa mentalidad estúpida. Veo comentarios que atacan directamente lo que yo creo, cómo yo vivo o mi trabajo. Y toda esta gente bruta opina, promueve, dirige. Es desalentador. Nadar contra corrientes irracionales agota la esperanza. Incluso si uno quiere lucharla, ver el camino tan eterno desgasta. Si me preguntaran ahora mismo si me mudaría a otro país, probablemente, diría que sí. Ningún lugar es perfecto, pero al menos quiero vivir en un lugar donde la gente se tome la molestia de pensar, donde se pueda discutir. Este no es el país en el que quiero vivir. No es el país que yo tengo en mente cuando escucho «vale un Perú». No es el país que yo conozco donde la gente es de puta madre y te ayuda antes de preguntar por qué. Este no es. ¿Dónde está? No entiendo. ¿Por qué me obligan a vivir en #PERU?

 

 

PD: cuando digo que este país no es el Perú en el que yo quiero vivir hago referencia a lo expuesto anteriormente. Razones personales y profundas, reacciones a mentalidades que me agotan. No es porque no me guste que los jóvenes sean amixers o que los «comerciales» de gaseosas «idioticen a la gente» y no reflejen la realidad que a mí me gusta o que yo recuerdo de mi adolescencia hace veinte años. Creo que ya hay alguien con arena en el útero cubriendo ese terreno.

Meredith is my spirit animal [also #PerfumePromo]

Estaba buscando gifs que expresen mis emociones y me di cuenta que muchos eran de Meredith Grey, la protagonista de Grey’s Anatomy. De hecho la serie me encantaba once upon a time y siempre me identifiqué con Mer… motivo por el cual lamenté que la serie se volviera tan mala después de matar a George y volver loca a Izzie. Seriously, that’s when it all went south. Los escritores se esmeraron en hacernos odiar a Katherine Heigl y en meter nuevos personajes que meh. O sea, los Mercy Westers eran cualquier cosa y los balearon a todos, menos al negro porque, seriously, WOULD YOU KILL HIM OFF?! y a Kepner porque todos queríamos saber qué había sido de la lornaza de Hannah Rogers de «Everwood» —  creció y se hizo doctora, evidentemente.

¿Y por qué sacaron a Addison Adrianne Forbes Montgomery formerly Shepherd? Era un poco la mejor del show. And don’t even get me started on the plane crash, ahí sí ya tuve que abandonar el bote para siempre. No obstante y pese a todo eso, Mer is totes my spirit animal y decidí hacer este post para demostrar por qué. Además mi blog ha estado un poco denso (y todo parece indicar que se pondrá más denso aún en el próximo post), así que era necesario inyectarle algo de banalidad. Es esto o les hago un review de Perfume de Britney. Actually, I’ll do both: Serving «From The Bottom Of My Broken Heart» vocals realness, Godney’s second coming is already iconic. Listo, back to Mer y por qué la amo.

 

Le chupa todo un huevo. Literally, no fucks are given.

Reconoce su naturaleza,

makes no apologies for it,

pero nunca tanto. She’s got her own shit going down, she don’t care for your sob story.

She really does not.

Pero no es que sea una ermitaña, she just knows better.

Siempre será directa contigo.

Y no esperará más de ti que de ella misma.

Pero si ella lo entiende y tú no, no será tan comprensiva… patience is not a trait of ours.

Además, tenemos la misma ética laboral y confianza.

Y coincidimos en lo que significa el amor.

Especialmente unrequited love.

But we work through shit and we’re tough as nails.

Y podemos ser muy lindos y dulces (just as long as you do as we say).

Y nada, la amo a pesar de que la serie se volvió una cagada hace años.
Eso es todo, #kthxbai! #BuyPerfumeOniTunes!

Les Amours Imaginaires

«I’m thirteen again, am I thirteen for good?»
Alanis Morissette, So unsexy.

 

 

Supuestamente es imposible pararse dos veces en el mismo río, pero a veces me pregunto si esa ley me rehuye. Han pasado más de diez años y siento que me encuentro en una situación jodídamente similar, sino la misma. Like, really? REALLY? Me preocupa envejecer sin crecer, porque eso sencillamente no vale la pena. Si se me va a pudrir el colágeno, espero que la glicación me traiga un mínimo de sabiduría. ¿Es que no he aprendido nada? No es posible que siga metiendo la rueda en el mismo bache. Qué onda, en serio. Y si no estoy tropezando con la misma piedra, estoy inaugurando nuevos agujeros con el mismo pie. Y casi siempre tengo un segundo de lucidez donde me digo «ok, detente» y siento la disposición y entereza para alejarme, pero así como viene se va. De repente estoy otra vez donde empecé y no puedo detenerme.

No siempre he sabido distinguir las verdaderas intenciones de quienes expresan algo por mí, sea lo que sea. Entiendo que algunos han querido quererme, otros han querido ser mis amigos, el resto ha querido comerme y seguir su camino. En más de una ocasión, me equivoqué en mi apreciación de la situación, no supe evaluarla, entenderla o enfrentarla. Probablemente porque las confrontaciones terminarían aclarando un panorama que me sería adverso — o eso temía. En lugar de todo aquello, me dediqué a buscarle sentido unilateralmente, teniendo conversaciones completas y emotivas con gente que no estaba ahí.

Tipo, no gente muerta or anything. Tampoco imaginaria. Gente real. Solo que no está físicamente conmigo, respondiendo. Aún me pasa. Casi a diario, ahora que lo pienso. Así reviso las cosas en mi mente. Ensayo. Ensayo lo que voy a decir, calculo cuándo decirlo, exploro todas las reacciones y posibles giros. Es una conducta extraña, sí, pero solo ataca cuando tengo algo que decir y no sé cómo decirlo. Que esto me suceda más de la cuenta últimamente es coyuntural (creo). Pero nunca me pasa más frecuentemente que cuando alguien (pre)ocupa mi mente. Cuando termino con un ex, muero en silencio por un equis o algún one night stand asume cosas que no son, se vuelve pan de cada día. Todas las cosas que siempre quise decir y no pude se desarrollan en imparables unipersonales en el teatro de mi habitación. Aunque últimamente mis monólogos se han vuelto portátiles. El autoplay empieza a correr cuando camino (y ahora camino mucho).

En mis 29 años de vida me he encontrado con todo tipo de amores. Incondicionales, románticos, estúpidos against-all-better-judgement, amicales and those which rest somewhere in between. He sentido algunos, otros no me han tocado en realidad. Están los que brillan fuerte y se queman rápido, los que se transforman con los años en algo duradero pero diferente, los que he idealizado y no han llegado a mí o no he sabido reconocer o aceptar por lo que son (for those I’m truly sorry). Mis expectativas pueden haber estado siempre all over the place, pero creo que siempre he sido sincero. Sé que los años no han pasado en vano y me alivia. If anything, al menos ahora soy más comprensivo. Puedo no pensar en mí mismo y ponerme en los zapatos del otro. Antes eso hubiera sido impensable. Si me lastiman, qué deberían importarme sus razones, right? Wrong. A veces hay razones para todo y uno simplemente se cruza en el momento equivocado.

There is something, however, that needs to be said y tiene un poco que ver con el tema y a la vez no, porque ya ha pasado algún tiempo y fue insignificante. Fue whatever it needed to be at the time and meant nothing, but I am NOT nothing. Me debes la cortesía de decirme ciertas cosas a la cara y no dejar que me entere por terceros y pretender que no existo. Hubiera sido más que comprensivo, but I guess you don’t know me all that well. Hubiéramos podido seguir siendo conocidos y todo súper bien, pero asumiste de más y te portaste como el peor cobarde, y solo por eso (y no por ninguna otra razón) ya no puedo decir que me caigas muy bien. It might’ve meant nothing, but I am NOT no one. You don’t get to ignore me or erase me. Me debes más que eso, por educación. Man the fuck up. En fin, de verdad espero que estés muy bien, pero solo porque me da igual y suena mejor.

Dicho esto, volvamos al presente. Ahora caminaba a casa, as I so often do, pensando en el placer que me produce esta situación, the longing and the yearning for something I don’t even know to be true or right. Porque algo de placentero debe tener, ¿no? Pues bien, mi lado racional decidió que no lo tiene. Que el balance final siempre me deja en negativo. Que nada ha sido comprobado y todo es una proyección de lo que yo quiero que sea. That it’s better to be actually alone than mendaciously involved. Sin embargo, muy a mi pesar, todo este know-how no me detiene. Mi lado irracional se inventa y se divierte y no me deja en paz. Dudo que lleguemos a un acuerdo any time soon. Reconozco las situaciones. Las veo venir. Puedo escuchar el «uh-oh» de mi propia voz en mi cabeza y aún así caigo redondito cada vez. It’s almost funny. Almost.

 

Si pudiera regresar al principio, nacer otra vez, me quedaría mudo. No diría una sola palabra. Cada cosa que he dicho ha puesto otro ladrillo en mi prisión. Porque siempre dije alguna estupidez que no pensaba o no sentía. Era mi deber. Tenía un personaje, construido por los otros, por los años, por amigos, por extraños. Tenía que decir mis parlamentos, lo que se esperaba de mí. Tenía que desempeñar mi papel. Dije tanta huevada que me convertí en él. Pero muy en el fondo, donde siento quién soy sin saber realmente cómo soy, vive otra cosa. Carne viva. Un monstruo sin piel al que todo le duele, le arde, le asusta. Me angustia estar atrapado detrás de la ilusión de quién es Domingo Rivas porque sé que no soy yo y sin embargo no sé cómo me llamo. Lo veo todo a través de Domingo. Lo escucho decir, ahora convencido, cosas que no siento. ¿No somos lo mismo? Cuando nos acostamos por la noche, ¿no me escucha? Es terrible esto de estar atrapado detrás de todo lo que has dicho durante 31 años, cada palabra hizo el muro más alto y hoy no hay esperanza de salir jamás. Por eso si pudiera volver a empezar, de cero, me quedaría callado. Así nadie sabría quién soy realmente… y ya no sería el único.

El sillón de cuero naranja era totalmente diferente a los demás del salón; se levantaba como un trono en la cabecera de una mesa larga y baja al lado de una chimenea falsa. Domingo siguió un impulso y se sentó en él, presidiendo la sala más grande del bar, buscando proyectar control sobre el resto de parroquianos. Este no era él, pero ellos no lo sabían. Se sacó la casaca de cuero y tomó la carta, sin prestarle real atención. Tampoco notó que, luego de una frase sorda, se había quedado solo en la mesa.

«¿Qué desea el caballero?», preguntó el mozo con automática amabilidad. Domingo no cuestionó que el hombre de cabello oscuro y rostro avejentado fuera realmente amable, pero dudaba que esa calidez fuese del todo genuina con él, un desconocido. Las personas dedicadas a servir a otros deben presentar un cuadro similar al de las víctimas de violación sistemática, pensó. Como las putas, que desconectan alma y cuerpo noche tras noche para representar su robótico papel, los mozos también deben encontrar repugnante tener que ser particularmente serviles. Por eso, estaba seguro, repetían sus líneas sin pensarlas o sentirlas. Nunca pueden ser «solo buena gente», los obligan a ser sumamente acomedidos. «Yo me sentiría vejado», reflexionó. «Tener que actuar como si otros tuvieran poder sobre mí o fueran intrínsecamente mejores que yo. Por eso no soporto la idea de la monarquía en el siglo XXI».

En todo este tiempo no ha decidido qué trago quiere y el pálido mesero empieza a mirarlo con impaciente ternura. Su amabilidad, descubrió, era real. «¿Cuba libre?», solicitó finalmente. «Perfecto, ¿y el caballero?», agregó el mozo, ojeando el pesado abrigo de tweed doblado en el mueble contiguo. «Una Corona, por favor», se escuchó desde el otro lado del salón. Lucas había vuelto del baño, más calmado y bien peinado. Había retomado su lugar como obra maestra de la genética. Domingo le comentó su teoría sobre los mozos, las putas y la monarquía. «Eres un verdadero baboso», respondió. «¿Te importa si te grabo?». Domingo sacudió la cabeza. Él había accedido a brindar esa entrevista, qué más daba si dejaba un registro. «De acuerdo, cuando quieras», sonrió Lucas.  «¿Cuál era la pregunta?», tosió Domingo, con los ojos entrecerrados por el esfuerzo. «Si cambiarías algo de tu vida…», enunció Lucas directamente a la grabadora.

 

Efraín, pt. 2

V.

La mañana después de su fiesta de cumpleaños, estábamos acostados en mi cama y le llevé la última sorpresa: una tarjeta firmada por todos sus amigos y, claro, por mí. Lindo, ¿no? Efraín también lo pensó. Me observaba y sonreía. Los enormes ojos cafés, las pestañas eternas, los bucles castaños cayendo sobre los hombros y una sonrisa dulce y pesada como la miel. Me miraba con… no lo sé, satisfacción. Yo me sentía completo en esa mirada. Sentía que nadie me había mirado así, como yo quería. De pronto, me dio un piquito que me tomó totalmente por sorpresa. Sentí la electricidad de su impulso sacudirme de pies a cabeza. Envalentonado por el gesto e insatisfecho por la corta duración, se lo devolví. ¡Hubiera querido que dure cien años! Pero me engañaba.

¿Quién me engañaba? Efraín, claro, pero más importante aún, yo mismo. Por mucho tiempo, ese piquito fue todo lo que hubo entre nosotros. Bueno eso y acostarnos, abrazarnos, dormir, ¿recuerdan? Era la única «prueba» de que lo nuestro no podía ser totalmente imposible solo… difícil. Me aferré a ese besito fugaz, clandestino, con todas mis fuerzas porque si lo soltaba lo habría perdido todo. Esperanza incluida. Sabía que ese beso tenía que significar algo, aunque ninguno estuviera seguro de qué. Así que me mentí. Ignoré la realidad de plano. Omití el hecho de que, la noche anterior, el muy hijo de puta había estado metiéndole la mano a una perra de mierda en mi propia sala. Simplemente lo bloqueé, porque de no hacerlo, no hubiera podido seguir peleando.

O sea, imagínense la figura y comprenderán el por qué de mi delirio: Yo, enamorado hasta el cerebro pese a conocerlo relativamente poco y no haber tenido nada físico con él, le organicé una fiesta de cumpleaños en mi casa. Uno. Hice todos los arreglos del caso: invité a la gente, hice las llamadas, compré cosas para picar y beber, llevé la pinche torta y toda la mierda. Van dos. Le regalé su disco favorito de Nirvana: In Utero, el cual, por cierto, era imposible de conseguir en el año 2000. Ya son tres. Le regalé una tarjeta que hice firmar por todos nuestros amigos. Cuatro. Ahora que lo leo, tengo sentimientos encontrados. Por un lado digo, mierda, ¡qué lindo soy! Pero por otro digo ¡pero qué cursi hasta el culo! ¡Yo también me habría dejado! jaja

En fin, todos mis regalos no pudieron compararse a la zorra ebria que le llevó ese provinciano maligno cuyo nombre ni siquiera me molestaré en mencionar/inventar. ¡Aj! Tuvo la concha de decir «te la traje de regalo». ¡Maldito huanuqueño troglodita que piensa que cualquier perra es moneda local! Nunca me sentí más peligrosamente homicida que esa noche de agosto. ¿Qué hice? Pues una escena no podía armar. Estábamos en mi casa, con todos nuestros amigos y mi familia por los alrededores. ¿Qué más podía hacer? Me embriagué. Al máximo. Tomé y tomé como si no hubiera un mañana. Tenía que incapacitarme al punto que no pudiera pensar en la puta de mierda revolcándose sobre mi no-novio y, peor, ¡sobre mis muebles! O por lo menos quedar lo suficientemente aturdido para no poder levantar un cuchillo.

Pues sí, todo eso ocurrió. ¡Y yo que le canté el jodido Happy B-day! Pensar que, cuando aparecí con la torta, me encerró en la sala, a oscuras, y me abrazo como si quisiera comerme con el pecho. Es más, me dijo algo totalmente cursi y empalagoso, no recuerdo qué, solo recuerdo que me hizo sentir en las nubes. Pero todo eso es mierda cuando la primera zorra ebria se tambalea por mi jardín. Se fue con ella, hasta que ella decidió irse sola, entonces volvió conmigo, a contarme lo bien que le había ido, las cosas que le había hecho y lo que les quedaba pendiente. Toda mi relojería visceral se trabó. Me quería morir. Él me abrazó, feliz de tenerlo todo. Nos quedamos dormidos antes que yo pudiera llorar en silencio.

La mañana después de su fiesta de cumpleaños, estábamos acostados en mi cama y le llevé la última sorpresa: una tarjeta firmada por todos sus amigos y, claro, por mí. Yo ya sabía que él no me quería; pero salí de la cama, bajé las escaleras, recogí la tarjeta y se la di de todos modos. Entonces él me respondió con aquel beso fugitivo que me destruyó el cerebro. Creo que ese fue el momento exacto en que perdí la razón por él. Si bien ya estaba medio desquiciadito por cerrar los ojos ante la puta de babilonia que había estado con él horas antes, después del piquito me recibí de demente con mención en imbécil. Me enamoré perdidamente, y cuando digo perdidamente me refiero a que estaba dispuesto a perder-me por él; perder mi cordura, mi amor propio.

Entonces empecé a fantasear con roche, a seguir intentando que el muy mierda me reconociera como más que un amigo. También empecé a temerle a las chicas. Mi competencia directa, quién lo creería. Sentía pánico ante cualquier estúpida que lo mirara con aprobación. Sabía que se me escaparía a la primera oportunidad. Todos esos temores se fueron cuando me dio el beso más rico que me han dado hasta la actualidad. Paradójico, realmente, considerando que Efra era el peor besador del mundo. El hombre simplemente no sabía lo que hacía. Lo que hace el amor… o creer que hay amor.

Pero no debí haber abandonado mis temores tan pronto. Finalmente sí me dejó por una chica, tal y como yo siempre supe que lo haría. El muy cobarde, nunca pudo decirme que me amaba como más que un amigo, aunque ambos sabíamos que era cierto. Hizo de un closet un hogar. Espero que la novia actual – que es mi amiga, por cierto – no se sofoque ahí adentro. Ciertamente, ella no se merece al cabro (en todo el sentido de la palabra) que tiene por novio.

VI.

Era un día cualquiera, en realidad. Ni siquiera recuerdo lo que estábamos haciendo. Efra se acababa de mudar a su nueva habitación en el garaje. Recuerdo que cuando aún estábamos en su antiguo cuarto, un hueco en la pared del tamaño de mi closet, se quejaba de lo pequeño que era y decía que quería irse al garaje. «Además, ahí no me van a joder si pongo mi música a todo volumen», dijo. Yo asentía. Los meses habían pasado y finalmente su familia lo había desterrado casi fuera de la casa, como él quería. Tenía cajas llenas de porquerías tiradas en el suelo y muebles sin acomodar. Sonreía y me mostraba dónde pondría todo. Estaba tan contento. Me senté en la cama y una caja llamó mi atención. «Son mis juguetes», me dijo algo avergonzado. Mi rostro se iluminó y sentí un «¡¡¡qué lindo!!!» subiendo por mi garganta. Pero me lo tragué. Cuando abrí la caja, ahí estaba, mirándome de perfil. El caballito.

He pasado buena parte de mi infancia enfermo. En hospitales, en quirófanos, en cama. Cuando tenía siete años me internaron una noche en el hospital. Una de las tantas noches que pasé en un hospital. Se me había cerrado el pecho y no podía respirar. Me tenían en observación. Mi madre me prometió que se quedaría conmigo toda la noche, estaba tranquilo. Me quedé dormido y mi mamá se fue. Una promesa rota que pasa desapercibida no daña a nadie. Lamentablemente para ella (y definitivamente para mí), me desperté. Al no verla ahí y encontrarme en un lugar oscuro y hostil, entré en pánico.

Me bajé cautelosamente de la camilla y empecé a deambular por el hospital. Me paraba frente a las personas que encontraba y preguntaba con los ojos bien abiertos «¿han visto a mi mamá?». Nadie me daba razón. Vi la puerta. El objetivo era claro: encontrar a mi mamá. Eché a correr hacia la puerta a toda velocidad (o lo que a mí me parecía toda velocidad) y fui interceptado por una vil enfermera. Grité, lloré, la pateé. «¿Dónde está mi mami?», le dije. «¡Me mintió! Me dijo que se iba a quedar y no se quedó», lloré. La enfermera, lejos de ser comprensiva con mi dolor infantil, se puso singularmente agresiva y me llevó a rastras al cuarto. Yo grité como un loco. Ahora que lo pienso, debieron ejecutar a esa mujerzuela. ¡Era un niño con asma! Yo hiperventilaba si pasaba una polilla, ¿cómo se le ocurre someterme a semejante estrés? En fin. Lo siguiente que recuerdo es haber sido amarrado a la cama. Again, ¡qué hostil!

Cuando desperté, mi mamá estaba ahí. Le dije su vida (o lo que a mí me pareció su vida), me pidió disculpas. Le conté lo que me había hecho esa mujer gorila. La llamaron. La confronté y le dije que me había amarrado a la cama ¡y que era una tremenda hijadeputa! Bueno, la versión de siete años de esa frase, cualquiera haya sido. La maldita lo negó, ¡lo negó todo! «¡No mientas, hijadeputa!», le dije. Bueno, not exactly, pero ya me entienden. Dijo que yo exageraba. Mi mamá, obviamente, me creyó a mí. Se fueron un rato. Me imagino que a flagelarla. Nunca supe el desenlace de aquello. A mí me mandaron a jugar.

Caminé por el hospital, habían otros niños. Me parece que ya había conocido a alguno que estaba en la camilla de al lado. También podría estarme confundiendo con mi estancia en un hospital de Washington. O con un episodio de «Los años maravillosos». En fin, el punto es que habían niños. Mi mamá había llevado mis juguetes. Yo los arrastraba por el hospital, sin saber dónde aparcar. Me senté, finalmente, en un cuarto de juegos bastante amplio, con otros niños. Yo no era (aún no lo soy) el niño con la personalidad arrolladora que se podía sentar a hacer amigos sin esfuerzo. Me senté solito, en el suelo, en algún lugar del cuarto. Me puse a jugar con mis caballitos.

Eran unos caballos de plástico sin mayor gracia, pero a mí me encantaban. Los tenía en una gran variedad de colores: Negros, blancos, marrones, grises. La gran mayoría de ellos habían pasado alguna noche en el establo de mis dientes. Tenía la manía de morderles las patitas y la cola. Desde muy temprana edad fui un niño con una ansiosa fijación oral (jaja). Aún me como las uñas, es terrible. En fin, estaba ahí, sentado, jugando con mis caballitos, cuando se acercó un niño. For the life of me, no puedo rercordar a ese niño. Simplemente no puedo, ni siquiera al día siguiente pude recordarlo. Era como si me hubiera cegado. El niño es un manchón negro en mi memoria, una silueta a contraluz. Me dijo algo, no recuerdo qué, pero no fue nada bueno. Le respondí, tímido pero decidido. Sostuvimos una breve conversación (el tipo de conversación que tiene un niño de siete años con uno ligeramente mayor).

Terminamos peleando, no recuerdo ni cómo ni sobre qué. No peleando a lo todos los niños en círculo y nosotros en medio del cántico «¡pelea, pelea!». Eso es un capítulo de «Carrusel». Fue un pleito verbal sobre sepa Buda qué. Solo recuerdo que me ofendió. Lastimó mi pueril autoestima. El otro chico ganó. Fue muy malo, más malo que yo, que fui siempre un niño bastante inocente (quién lo diría). No recuerdo qué pasó. Solo recuerdo que ese engendro estaba totalmente dispuesto a herirme, a hacerme llorar, lo veía en sus ojos, lo sentía en sus palabras. No recuerdo si dejé mis juguetes tirados o no. No recuerdo otra cosa que las lágrimas brotando y las irreprimibles ganas de ver a mi mamá. Corrí hacia ella, que no estaba muy lejos. Lloré y le dije que quería irme de ese lugar horrible. «¿Qué pasó, hijito?», me preguntó. No le dije del niño horrendo que me había molestado, o quizá sí. Mi mamá se disculpó, se despidió y nos fuimos. Fue el primer niño que me hizo llorar. Una postal del futuro.

Cuando abrí la caja, doce años más tarde, ahí estaba, mirándome de perfil. El caballito. Me quedé quieto por un segundo. «Mira, este es mi robot», me dijo Efra, como un chiquito. Yo sonreí, pero no presté atención. Tomé el caballito y lo miré por todos sus costados. «¿Qué pasa?», preguntó. «Yo tenía un caballito así, varios de hecho», le dije. Me miró por un rato. Yo lo miraba intentando recordar qué sucedió con mis caballos. Una vez, mucho tiempo antes, Efraín me había confesado que tenía la impresión de «conocerme de antes». «No en otra vida, yo no creo en esas huevadas; solo… antes. No sé, de niños», me dijo. Yo le había dicho que fui una infamia infantil, que pasé mi niñez en hospitales e hice padecer a mis padres con mis múltiples fallas de fábrica. Él me había respondido que, precisamente, creía haberme conocido en un hospital. «No me caías bien», me dijo arrugando la nariz.

Mientras miraba al caballito, ese recuerdo se fundió con aquellos del niño que me hizo llorar en el hospital. ¿Era posible? Se lo conté. Le conté lo poco que recordaba, con todos los detalles que podía exprimirle a mi cerebro. Efraín sonrió. Por un momento pensé que parecía recordarlo. Pero su mente estaba tan nublada como la mía. Sin embargo, ambos teníamos un recuerdo insólitamente similar. Estaba pensando lo mismo que yo. ¿Era posible? ¿Luego de todos esos años había vuelto a encontrar a ese niño del hospital? No podía ser. Nos reíamos como estúpidos, estábamos totalmente sobrecogidos por la idea del destino. En ese momento recordé que ese niño tenía algo. Una fuerza. Sabía que me lastimaría pero me atraía. No sexualmente, morbosos, ¡era un niño! Me refiero a… algo. Una energía, no lo sé. La pregunta quedaba en el aire. ¿Me había venido a enamorar, doce años más tarde, del primer niño que me hizo llorar? «Yo no recuerdo haber tenido un caballito de ese color», me dijo

VII.

Sentado en el terral, mirando sus rodillas, entendí que todo había terminado. «Todo es tu culpa», gritó Efraín. «Si todo se va a la mierda es por ti, porque yo aún quiero ser tu amigo y si tú hicieras algo, si te importara, podríamos serlo. Pero sé que no lo vas a hacer, así que… a la mierda». Sonó casi sincero. Then again, todo suena más real si lo dices enérgicamente. Y así habló él. Cada una de sus palabras eran un puñal, terriblemente decidido a trozar mi carne. Pero falló. Cada machetazo trituraba las cadenas que me ataban a él. Era cierto, yo no haría nada. Ya no me importaba. Había tomado mi decisión. Lo amaba, pero me hacía profundamente infeliz. Cuando todo hubo terminado, el peso de dos años de desamor se escurrió de golpe. De los hombros a los pies.

Me levanté, me sacudí el tiempo del alma y el polvo del pantalón. Lo miré a los ojos. «Adiós, Efraín». No hubo silencio. «Chau», exhaló de inmediato, cortante, mirando al suelo. En ese momento vi a Efraín como nunca antes. Derrotado. No puedo describirlo, fue algo en su respiración. Algo cambió. Con ese último suspiro, la guerra terminó. La esperanza, su amor por mí, nuestro pasado, habían dejado el edificio. Ya no quedaba nada, solo la calma de saber que estábamos parados sobre las cenizas de todo lo que alguna vez nos habíamos dicho y no había más que hacer. Nuestra historia se quemó hasta el suelo. Sin ruinas, sin monumentos, sin souvenirs.

Quería llorar. Sentía que tenía que. If I didn’t grieve for our story, who would? Él ciertamente no lo haría. Mi piel adolescente se había desgarrado en el transcurso de aquellos años y los jirones cayeron uno a uno en el camino. Nada me dolió tanto como aquello. Nada me ha vuelto a doler igual. El corazón solo se rompe una vez y no se cura. Sin embargo, se puede vivir con un corazón roto. Se puede vivir con una segunda piel. Se puede vivir después de un amor que arañó hasta los huesos, porque los huesos siguen ahí. Dolidos, atacados por la fiebre más intensa, pero enteros. El (des)amor más duro no puede partirte los huesos. Así que levántate y camina. Me dolió como la buena mierda, pero me levanté y caminé. Y no. No lloré. Ya para qué.

Hablamos mucho ese día, antes del final. Nos dijimos todo. Le dije que estaba enamorado de él y que no me arrepentía, que no me avergonzaba, que no me disculparía por querer más. «¿Tú crees que para mí es fácil escucharte decir eso?», me preguntó. «Eres mi mejor amigo». Su mejor amigo. Lo peor es que era cierto, o alguna vez lo fue. Al final nada de eso importa. No hay sentimiento que resista la crueldad de los amantes y nosotros fuimos muy crueles. Nunca pude disfrutar siquiera de aquella vez que me dijo que me amaba. Fue un momento bello, escrito en la arena húmeda de un día perfecto. Pero el amor que se confiesa sobre la arena no vale nada. El mar se lo tragó. El mar se tragó todo. Y yo me dejé llevar por la corriente. Preferí ahogarme en su sabotaje que defender garabatos en la arena. ¿Quién puede detener el mar después de todo?

Sentado en el terral, mirando sus rodillas, entendí que todo había terminado. No me sentía triste ni contento. No sentía nada. Estaba exhausto. No me quedaba pelea. Tenía diecisiete años cuando conocí a Efra. Aquel día en el terral, tenía casi veinte. Todo ese lapso, luché por él contra él. Puedo decir, sin lugar a duda, que lo peor de luchar una guerra perdida son las pequeñas victorias. Por un momento olvidas que el final ya está escrito. Aquel día, me rendí. Lo dejé ganar y ambos perdimos. Qué sensación tan inexplicable. Sus rodillas como barrotes frente a mí, alejándose cada vez más. Qué final. Cae la cortina y el escenario se hace polvo. Hasta hoy (curiosamente, tu cumpleaños), no puedo reconocer lo que sentí. Todo estaba cubierto de cenizas.

 

Efraín, pt. 1.

I.

A veces pienso que, en cierto modo, todo ha girado en torno a él. Desde siempre. Quizá por eso me he sentido algo perdido desde que se fue. No porque aún sienta algo por él, sino porque era un baile que había dominado bastante bien. Estoy absolutamente convencido de que largarlo de mi vida fue lo mejor que pude haber hecho, pero admito que me dejó desorientado. El salir de la rutina, «avanzar», parecía imposible. Con el tiempo dejé de extrañarlo, de amarlo, de recordarlo. Lo único que me molesta hoy es que nunca sabré si me dijo la verdad sobre el bendito caballito de plástico. Si me mintió, qué lindo. Algo dulce había detrás de una mentira tan estúpida. Si me dijo la verdad, qué terror. Efectivamente probaría que Efraín era el amor de mi vida.

De esa pseudo-relación no queda nada. Solo preguntas que en realidad no buscan respuesta. Están ahí, se resisten a morir, pero tampoco quieren penar. Los fantasmas inútiles de las viejas dudas. No me molestan. Ya ni siquiera los noto. Solo cuando algo me lo recuerda, me percato de que están ahí, que nunca se fueron. Están jugando póker con el resto de los extraños, probablemente escuchando Smells Like Teen Spirit. Era un punto en común, aunque él cantara Nirvana y yo, Tori Amos.

Aún recuerdo el día que le hice escuchar mi versión. Era bastante tarde, de hecho creo que ya nos habíamos acostado. Recuerdo haber insistido y haberme levantado de la cama para buscar el cd. «¿Tiene que ser ahorita? No tengo ganas de escuchar tu música», me dijo. Me causa cierta gracia recordarlo. Lo dijo con un tono tan despectivo. Tu música. Creo que quiso decir tu «chick music». «Sí, ahorita. Please?«. Aceptó de mala gana (sabía que era inevitable, supongo). Metí el cd, un sancochado de 79 minutos. Me salté todos los tracks del First Band on the Moon de The Cardigans y una canción de Travis que ahora odio. La pista empezó a sonar, 00:01. Las críticas arrancaron en el 00:02. «El solo del comienzo es muchísimo mejor en la versión de Nirvana», dijo. Yo, para picarlo, rodé los ojos, como de costumbre. Era algo que odiaba, decía que era un gesto de villamariana, lo cual a mí me parecía sumamente divertido (yo soy lo más cercano a una villamariana que jamás tendrás, loser).

«Escucha y no jodas», le respondí. Conforme avanzaba la canción, sus ojos se abrían cada vez más. Estaba totalmente impactado, cualquiera diría que no había escuchado un cover en su vida. Para el minuto tres pensé que se le iban a salir. «¡Dios, es igualita!», me dijo. «Duh, es un cover» (rodando los ojos). «¡Qué berraca esta tipa!», sonrió. No salí en defensa de Tori porque, para Efraín, todo era berraco. Era una de sus palabras favoritas, por algún motivo. Además en ese momento tenía una cara de bobalicón hermoso que no podía resistir. Qué bello era cuando sonreía (más aún cuando sonreía conmigo). Cuando terminó la canción sentenció «la versión de Nirvana es superior». Whatever.

No recuerdo qué pasó después. Creo que lo torturé con más de mi música y terminó apagándome el equipo. O quizá no. Los recuerdos se han difuminado con los años. Pero me acuerdo de su cara mientras escuchábamos a Tori Amos. Se le veía como un niño, sorprendidísimo ante las novedades de un cover. Lindo. Esa noche, como todas las noches, me moría por él. Estabamos en mi cuarto, en mi cama, acostados. Creo que nunca he dormido tan bien como cuando dormía con él. Su brazo bajo mi polo, rodeando mi cintura, me curó del insomnio que había padecido casi toda mi vida. Para mí, dormir bien era un concepto tan inalcanzable como el bien supremo de Aristóteles hasta que llegó Efraín. Volvió a serlo cuando se fue. Por muchísimo tiempo, la cama me quedó demasiado grande. Es horrible cuando tu cama es el único sitio donde no puedes descansar. Diez cubrecamas no podrían haberme abrigado tanto como sus abrazos. Todas las putas noches sentía que me faltaban y me moría de frío.

Ahora, todo bien. Me es extraño recordar lo miserable que me sentía en ese momento, porque me he acostumbrado a dormir solo de nuevo. El insomnio volvió, pero es bastante manejable. Cuando finalmente duermo, duermo bastante bien. Pero de hecho, esa es una de las cosas que más recuerdo. Dormir con él era lo que más disfrutaba en el mundo. Era nuestro momento de mayor intimidad, no había nadie más, no había que pretender. Por eso me encantaba. Nada era fingido, era lo que sentíamos, sin censura. Siempre encontraba la posición perfecta para darme un beso o abrazarme toda la noche y era tan genuino, tan real. Cuando hablaba de él con mis amigas repetía incansablemente que eso era lo que más extrañaba de nuestra lamentable situación. Puta madre, Efraín. Si no la hubieras cagado tan magistralmente, podríamos haber sido bastante felices. Pero supongo que eso lo sabes.

II.

El verano de 2001 fue el último que Efraín y yo pasamos juntos. Me sorprende recordar lo extremo de aquella situación insostenible. En un lapso de tres meses recorrimos el espectro de un lado al otro, ida y vuelta. En enero estábamos tirados en el mueble, un domingo cualquiera, planeando nuestro último curso juntos en Estudios Generales y en marzo, cerraba la reja de su casa pensando «nunca más volveré» (y lo cumplí). Era una relación condenada a fracasar desde el inicio, una relación con cáncer. Había tenido sus días buenos, incluso llegué a olvidar que estaba enferma, pero no podía negar que estaba muriendo. Siempre estuvo muriendo.

Es extraño lo rápido que puede degenerar el amor. Ese día de enero se parecía a muchísimos otros. Efra acostado boca arriba en el mueble, yo encima de él, con la cabeza sobre su estómago, escuchándolo sonar (su estómago siempre sonaba) y revisando el librito de horarios de Letras. «¿Qué llevamos?», me dijo. «A mí solo me falta uno de esta columna. Creo que llevaré Ecología, me han dicho que es fácil», respondí. «No, hay que llevar Biología. Me parece bravazo», sonrió. Y así fue, su sonrisa cerró el trato y, semanas más tarde, nos matriculamos en Biología. El domingo anterior al primer día de clase, terminamos. De haber sabido eso en enero, habría llevado Ecología como yo quería.

Llevábamos varios meses peleando por todo. Es más, no pasamos año nuevo juntos. No recuerdo si fue porque en ese momento no hablábamos o porque habíamos decidido celebrar por separado. Sin embargo, en enero las cosas parecían haber mejorado. Al menos lo suficiente para vernos, para visitarnos, para pasar tiempo juntos y recordar vagamente que, alguna vez, nos habíamos querido. Yo aún lo amaba, a pesar de todo; pero no podría asegurar que él aún me amaba a mí (si acaso alguna vez lo hizo). Intenté dejar todos los pleitos atrás. Tenía que convencerlo de que nosotros valíamos la pena. Algún día se dará cuenta que somos el uno para el otro, pensaba. Error.

Ahora no puedo recordar acontecimientos clave, no puedo ubicar en el tiempo los momentos críticos que lo mandaron todo al diablo. Siento que todo pasó en un parpadear. Un día estábamos bien, y al otro terriblemente mal. La verdad era que no podíamos sostener la farsa un segundo más. Yo podía acostarme sobre su estómago y escucharlo sonar, acariciarlo y besarlo, dormir sobre su pecho y jugar a la pareja perfecta; pero ya no era real. Él a su vez podía abrazarme por la cintura, poner su rostro sobre el mío y dormir a mi lado toda la noche, interpretando al chico que engríe a su enamorada de toda la vida; pero yo no era su enamorada, con todo lo que ello representa, y jamás lo iba a ser. Y ninguna palabra en esa oración, verbo o sustantivo, está equivocada, por lo que su interpretación era realmente perversa y admirable. You really do deserve an award for the role that you played…

Dicen que no hay peor ciego que el que no quiere ver. Un día tuve que abrir los ojos y, abiertas las compuertas, el río de lágrimas se desató, avanzó furioso y se lo llevó todo. Ya no quería verlo. Todo me recordaba a él. Empecé a tratarlo pésimo, intentando alejarlo de una vez por todas. Él siempre volvía, era horrible. Me lo recriminó incontables veces. «Siempre soy yo el que tiene que arreglar las cosas, te encanta que te ruegue, siempre tengo que ser yo el que está detrás de ti». No, Efra, estabas totalmente equivocado. Era yo el que insistía, yo siempre tenía que estar detrás de ti. Tú jugabas, sin saber qué mierda querías. Nadie puede culparme por alejarme de quien más me lastimaba. En realidad, Efraín tenía una forma de querer que dolía. Su odio podía manejarlo.

Qué frío fue ese verano. El sol quemaba en la calle pero helaba en mi habitación. El verano se iba cuando tú llegabas, Efra. Era irónico, porque siempre pensé que eras el sol (y, seguramente, tú lo pensabas también). Supongo que para ti era igual. El invierno se desataba cuando yo cruzaba el umbral, con mi corazón vuelto hielo. De pronto (pero no tan de pronto) estar juntos se volvió insoportable. Fueron menos frecuentes las visitas, más distantes las llamadas, menos sentidas las sonrisas, y los besos ya ni hablar. Por esa época volvió el insomnio y tuve que re-aprender a dormir solo. Un frío de mierda. Pero Efra aún llamaba y aún estaba ahí, presente. O buscando estarlo. Ya era marzo. Un domingo llamó a mi casa. Nos habíamos visto el día anterior (o quizá solo habíamos hablado), pero las cosas habían estado tensas. El colapso era inminente, sin embargo, me tomó por sorpresa. «¿Puedes venir?», me dijo. «Tenemos que hablar». Sus palabras hicieron eco en mi pecho hueco. Ya no esperaba nada, estaba vacío. No quiero ir, pensé. Estoy cansado, muy cansado. Pero fui.

III.

«Creo que es obvio lo que va a pasar», susurró Efra. Yo no me lo creía, pensé que alucinaba. «No, ¿qué?», le pregunté bajito, sonriendo, más cerca. Mi pregunta era, evidentemente, retórica. Sabía perfectamente lo que sucedería, pero me parecía increíble. Mi intención, cuando pregunté, fue prolongar el jueguito que él había iniciado. Pero creo que, en el fondo, mi pregunta reflejaba mi ingenuidad e incredulidad. Después de tanto tiempo, ¿finalmente había aceptado que estaba enamorado de mí? Esa noche, cuando nos acostamos, no podía suponer que iríamos más allá de la rutina de toda la vida. Acostarnos, abrazarnos, dormir. Las posturas podían cambiar, pero siempre era lo mismo. Acostarnos, abrazarnos, dormir.

Algo que lamento es no recordar cuándo fue. O sea, fue algo importantísimo, ¿cómo es posible que no recuerde cuándo pasó? En parte es mejor, sino tendría patéticos aniversarios mentales cada año. Probablemente, en mis peores momentos, acompañado de cinco litros de Pezziduri tricolor, un cartón de cigarros y escuchando «All by myself» al mejor estilo de Bridget Jones. Sí, es mejor que no lo recuerde. Aunque, inevitablemente, lo calculo. Sé que fue en algún momento del 2000. ¡Felizmente no lo calculo como antes, cuando caía constantemente en la tentación de trazar la línea de tiempo de mi vida (des)amorosa! Can we say ‘pity party’?

Ese día, como muchos otros, nos habíamos juntado por la tarde-noche, después de que yo viera a mis amigos. Efraín los odiaba un poco. En parte porque mis amigos odiaban un poco a Efraín. No le gustaba que saliera con ellos si podía quedarme con él. Efra era posesivo en ese sentido, pero a mí no me molestaba. No me obligaba a verlo, era totalmente voluntario. Finalmente siempre podía ver a mis amigos luego, nunca los dejé plantados ni nada. Me supe dividir. Empecé a llevar mi mochila al café. Mis amigos nunca preguntaron por qué, así que no tuve que confesar que llevaba mi pijama y el estuche de mis lentes de contacto para dormir en casa de Efraín.

Esa época fue – técnicamente – la mejor. Efra y yo íbamos muy bien, progresando, llegando casi donde yo quería. Y de repente, otra vez, su maldita indecisión. Ese juego a doble cachete me tenía enfermo, me lastimaba. Efra me daba todo lo que necesitaba tácitamente, pero ya no era suficiente. No podía emocionarme más con palabras huecas, sin corazón. Las palabras se las lleva el viento y yo necesitaba que sellara el trato, que me dijera que me quería y me lo demostrara. Efraín solo me decía lo que quería escuchar cuando sabía que podía perderme. Entonces me di cuenta que debía dejarlo. «Esto nunca sucederá», me dije. Sin embargo, no podía irme. Estaba horriblemente enamorado de él.

Aquel día llegué a su casa del café. Estaba feliz y triste de verlo al mismo tiempo. Cansado. Nos acostamos a ver televisión, a conversar. Hablamos de las mismas cosas, nos reímos de los mismos chistes, nos miramos con los mismos ojos. Estábamos cómodos el uno con el otro, habíamos llegado a un lugar envidiable… ¿por qué era tan doloroso, entonces, estar juntos? No lo sé. Quizá porque sabía que todo aquello era una ilusión. No hay nada peor que experimentar un holograma de felicidad. Entonces, algo cambió. Estábamos echados cara a cara, hablando. Cuando apagó las luces, se quedó observándome. Se acercó. Seguimos hablando, pero él sonreía, como si supiese algo que yo no sabía. Yo no entendía. Se acercó más. Su voz era un susurro, podía sentir su respiración sobre mis labios. Entonces entendí, pero no lo creí. Se acercó más.

«Creo que es obvio lo que va a pasar», susurró Efra, rozando mis labios al hablar. Ese primer contacto, casi imperceptible, fue como cien orgasmos en uno. Me acerqué, tenía que sentir sus labios un poco más. Finalmente estaba ocurriendo, no lo podía perder. «No, ¿qué?», le pregunté bajito, intentando prolongar el juego, rozando sus labios con los míos. «Ah, ¿no sabes? No te hagas», me dijo sonriendo. Cuando sonrió sus labios se retiraron de los míos, pero fue involuntario. Cosas de la anatomía. Inmediatamente volvió a hablar, cualquier cosa, para morder mis labios con los suyos. Yo ya no supe qué decir, pero no hizo falta. Después de retrasar el momento al máximo posible (lo cual fue demasiado delicioso), se acercó con suave violencia y me dio el mejor beso que nadie me haya dado jamás.

Le devolví el beso con la intensidad de quien había esperado toda su vida por él. Efra me abrazo, me puso sobre él y me besó con fuerza. Rodamos por toda la cama, era casi una batalla. En un momento dejó de ser un agarre y pasó a ser un exorcismo. Estabamos librando una guerra con nuestros demonios, con nosotros mismos, con lo que siempre quisimos hacer y nunca hicimos. Literalmente, lo que sentíamos el uno por el otro, explotó. Lo besé una y mil veces, hasta quedar exhausto, sediento, hasta que llegó la mañana y me quedé dormido sobre su pecho. Fue… todo lo que siempre quise que mi primer beso (real) sea.

Cuando nos despertamos, a eso de las 10 de la mañana, nos preguntábamos si alguien nos habría escuchado. Nos reíamos como dos niños que acababan de hacer una travesura magistral. Efra salió a revisar los alrededores. Volvió con el desayuno y el reporte: todo calmado. Esa mañana no me vi al espejo, pero estoy seguro que tenía una cara de imbécil enamorado imposible de camuflar. No podía enfrentar a su familia, sentía que tenía el beso estampado en la cara, así que le pedí que abra la puerta del garaje. Creo haber mencionado que su cuarto está en el garaje. Se rió, me dijo que era un ridículo, que usara la puerta, pero yo insistí. Abrió el garage y me dijo, con la sonrisa de oreja a oreja, «¿no te sientes un toque como una puta saliendo por el garaje?». Me reí, le di un beso en la mejilla y me fui.

IV.

«¿Quién?», preguntó una voz metalizada. «Hola, ¿se encuentra Efraín?», respondí acercándome al intercomunicador. Luego de un breve silencio, otra voz contestó. «¿Sí?». «Efra, soy yo», dije. «Ya», me respondió. Sonaba distante, y poco tenía que ver con el eco del intercomunicador. La voz le hacía juego al corazón de acero. En ese momento supe que aquello sería guerra, una vez más. Otra batalla por mantener mi lugar en su pecho. Pero ya estaba cansado de competir con el premio, de pelear por él contra él. Amar a alguien significa nunca tener que gritar boicot. El zumbido de un abejorro de hojalata rompió mi concentración. La pesada reja de metal estaba abierta.

Estar con Efraín era una guerra interna. Además de los problemas usuales, había que enfrentar los que él mismo creaba. Un ministro del Interior enamorado de un senderista está condenado a fracasar. Una vez más, era yo quien cruzaba líneas enemigas. Pelearíamos en su territorio. «Si esta vez no logro conquistar el castillo, me rindo», pensé mientras cruzaba la cocina para llegar a su puerta. Saludé a su madre (una santa en mi libro), me parece que a su hermana también. «Está en el cuarto, hijito», me dijo. Siempre me trató con cariño. Una vez Efraín me dijo que ella me quería mucho. Me parecía extraño, casi no me conocía. Supuse que él le había hablado bien de mí. Además, sabía que cuidaba de su hijo y lo quería, pero dudo que supiera cuánto.

Toqué la puerta y entré. Desde el umbral solo se ven las escaleras, la TV y el final de la cama. Vi sus piernas estiradas sobre la cama. Conforme bajaba las escaleras la imagen se iba completando. Estaba recostado sobre la cabecera, mirándome. «Hola», me dijo. Me senté a los pies de la cama, él continuaba mirándome. «¿Cómo estás?», preguntó. No recuerdo qué le dije. De seguro no fue «bien». Seguía lanzando esa maldita mirada. La conocía bien, era la que utilizaba para dejarme ver que me analizaba, que me conocía, que me culpaba. La conversación fue menos fluída que en las peores ocasiones. ¿Habíamos alcanzado el punto en el que no quedaba qué decir? No, pensé. Yo tengo mucho que decir. Hace tiempo que callo que lo amo, que quiero que lo vea, que siento que juega conmigo y que eso me hace daño. Pero no lo digo ni lo diré. «¿No vas a decir nada?», preguntó secamente. «Entonces no te molestará que ponga música».

Puso un álbum de Iron Maiden sobre el cual era imposible hablar. No contento con ello subió el volumen hasta la sordera. Cualquier intento de conversación se perdía en los chillidos de Bruce Dickinson. «Run, live to fly, fly to live, do or die«. Era evidente que la batalla había comenzado. Ahora que reviso la letra, pienso en algo que me dijo Lisa. «¿Nunca te ha pasado que cuando te pasa algo hasta el culo y prendes la radio siempre suena una canción que describe la situación?». No lo había pensado, pero… «There goes the siren that warns of the air raid/Then comes the sound of the guns sending flak/Out for the scramble we’ve got to get airborne/Got to get up for the coming attack«. Pues sí, metafóricamente hablando, pretty much it.

Se echó en la cama, leyendo su cancionero. Yo me levanté y me senté en el mueble, lejos. No quería estar cerca suyo. No tenía sentido. De rato en rato me miraba. Yo lo miraba mirarme y me volvía a la nada. En ese momento lo supe, era el fin. Él se mantenía impacible, cual extremista musulmán, mientras destruía silenciosamente todo lo que habíamos creado. Después de dos años en guerra, no quedaba nada por qué luchar. Habíamos quemado la tierra por la que estábamos peleando. Era el fin del mundo y me quería morir. Pero no allí. «Me voy», dije. «Ok», me respondió.

Me levanté y caminé hacia las escaleras. Me parecía increíble que tras tantas discusiones todo termine con tan pocas palabras. Efraín no se molestó en despedirse de mí. No se levantó, siguió viendo televisión. «Chau», me dijo. No estaba seguro si sabía que ya no iba a volver. «Chau», respondí, subiendo un par de gradas. Le di una última repasada a todas las porquerías que tenía en las repisas junto a la escalera. No las iba a ver de nuevo. En ese momento sentí que el corazón se me caía a pedazos con cada escalón. Pero no se lo demuestres, me dije. Seguí subiendo, lento, esperando que me detenga. No lo hizo. La dignidad me pedía que no voltee, el orgullo me mantenía con la mirada clavada en la puerta. Finalmente no pude más y me volteé a verlo. Me miraba, sin decir nada. No debiste voltear, Orfeo. Sentí el amor escurrirse entre mis dedos, como la sombra de Eurídice.

Cerré la puerta detrás de mí. Me quedé paralizado un momento, flanqueado por los cuatro jinetes de mi pequeño Apocalipsis. Escuché voces al otro lado del pasillo. No quería ver a nadie, no quería despedirme de nadie, ¿cómo podría explicar? Quería desvanecerme en silencio. Me asomé. No vi a nadie. Corrí hacia el intercomunicador. En mi desesperación no podía descifrar qué botón abría la reja. Los apreté todos. No escuché nada, pero no podía esperar más. Evité cruzar nuevamente la cocina y salí por la sala, sin ser visto. Miento, alguien me había seguido sin ser detectada. Suma, la perra bóxer de Efraín. «Chau, bonita. Ya no nos vamos a ver». Creo que Suma comprendió esto mejor que su dueño. Salí de la casa, bajé corriendo las escaleras, crucé la reja y la cerré. El metal retumbó en mis oídos. «Nunca más voy a volver a pisar este lugar», dije.

La calle se veía diferente. No sabía si llorar o no. Lo intenté pero no pude. Solo caminé. Sabía que al día siguiente, primer día de clases, vería a Efraín en Biología. Él no había salido de mi vida; sin embargo, tenía la certeza de que aquello era el final. No sé por qué. Efectivamente, Efraín no salió de mi vida aquel día, hablamos un par de veces más. Mejor dicho, peleamos un par de veces más. Pero no me equivoqué, pues esos encuentros solo demostraron que después de ese día no quedó nada.

 

Here’s to never growing up

«Es como si fuera domingo», le dije a Mateo, curiosamente, un domingo. Así me sentía con respecto a mi cumpleaños número 29, el cual acaba de terminar hace unas horas. «El día antes va a ser como un domingo y todo el resto del año será como un domingo. No lo podré disfrutar porque sé que se viene mi lunes». El tan odiado lunes que, en esta situación en particular, representa mis treinta, hoy no me parece tan tétrico. I’m kind of looking forward to it.

Esta noche, sentado a la mesa con mis amigos, me sentí con suerte. Había recibido mi cumpleaños trabajando, sí, pero con gente que hace mi trabajo divertido, gente muy pilas, gente admirable. Me sorprendieron con una torta, me cantaron y luego volvimos a trabajar. Yo hasta las dos, algunos mucho más tarde. Pero, bueno, he llegado lejos en el trabajo. Me ha costado, nadie me ha regalado nada, pero ahí estoy. Nada mal, actually. Aunque casualmente me enteré que I could clearly do better, pero bueno… espero la solución a ese problema within the next couple of months (cough, cough). El punto es que, como quien no quiere, me hice una carrera y un nombre y todo bien con eso. Ya no es «el comienzo» de nada, I’m well in it. No es el tope del éxito, pero ya tengo varias cimas conquistadas. No me di cuenta, la verdad. Adulthood kinda creeps up on you like that.

Y mis amigos. Ay, mis amigos. Aunque siempre sería lindo ver a más y más gente (y pensé en muchísima gente hoy), siento que la muestra de esta noche fue perfecta. Amistades que han pasado la prueba del tiempo (I’m lookin’ at you, hoe! Godney knows we’ve been tested!); otras que con cada año me comprueban que some things are just meant to be (#Madrí & friends, obvio); otras que son tan cómodas y honestas que me alegran la vida de formas que no puedo describir (Cuquis y único Daniel, porque no hay otro para mí); y las más nuevas, que están llenas de sorpresas, que me dejan contarme de nuevo y a la vez son un libro sin leer (hi, kid). No sé, me sentí con suerte. Las celebraciones son bien monses si no hay gente con que celebrar. No soy particularmente extrovertido o easy going. Pero mis afectos run deep cuando te los ganas (y no son muy difíciles de ganar, mis paredes se caen solas si las empujas un poquito).

Ya llegué hasta acá y, por primera vez, siento que he hecho un montón de cosas, lo que me dio  la pinche gana, y si bien no ha sido perfecto, de hecho ha sido bueno, ha sido divertido, and I don’t feel like stopping at all. Los treinta. It’s a new chapter, pero todo bien con eso. Este año que viene puedo cerrar mis veintes y sentirme (relativamente) satisfecho con toda la mierda que he hecho, todo lo que he aprendido, por las buenas y las malas. No sé, me siento con suerte. Y en doce horas tengo una presentación súper importante so I’m gonna need it. Y luego me quiero embriagar horrible, so I hope you’ll join me ‘cause I may be growing older but I’m. Never. Growing. Up.

 

The Creation of the Worldney

In the beginning, Godney created the heavens and the earth… and then proceeded to record the vocals for Blackout’s standout track «Heaven on Earth«. But the earth was without form and void, and darkness was over the face of the deep, and the Spirit of Godney was hovering over the face of the waters… so we would have to wait ‘til 2005 to listen to that.

And Godney said, “Let there be light,” and there was light. And Godney saw that the light was good. And Godney separated the light from the darkness, i.e. she killed the lights. Godney called the light Day, and the darkness She called Night. And there was evening and there was morning, the first day… and later that first day she performed fresh-off-the-press single Kill the lights to an audience of bewildered stars and lesser celestial bodies.

And Godney said, “Let there be an expanse in the midst of the waters, and let it separate the waters from the waters.” And Godney made the expanse and separated the waters that were under the expanse from the waters that were above the expanse. And it was so. And Godney called the expanse (and made us feel like) Heaven, 24/7. And there was evening and there was morning, the second day. Some scholars go as far as saying «Out from Under» was also loosely based on this experience.

And Godney said, “Let the waters under the heavens be gathered together into one place, and let the dry land appear.” And it was so. Godney called the dry land Earth, and the waters that were gathered together She called Seas. And Godney saw that it was good, so she shot a video of her work.

And Godney said, “Let the earth sprout vegetation, plants yielding seed, and fruit trees bearing fruit in which is their seed, each according to its kind, on the earth.” And it was so. The earth brought forth vegetation, plants yielding seed according to their own kinds, and trees bearing fruit in which is their seed, each according to its kind… and also Smurfs. And Godney saw that it was good, smurfs and all. And there was evening and there was morning, the third day.

And Godney said, “Let there be lights in the expanse of the heavens to separate the day from the night… ‘cause all I really want is to hold you tight, treat you right and be with you day and night. And let them be for signs and for seasons, and for days and years, and let them be lights in the expanse of the heavens to give light upon the earth.” And it was so. And Godney made the two great lights—the greater light to rule the day and the lesser light to rule the night—and the stars. And Godney set them in the expanse of the heavens to give light on the earth, to rule over the day and over the night, and to separate the light from the darkness. And Godney saw that it was good (but not that good). And there was evening and there was morning, the fourth day…

And then She did a whole bunch of other shit but grew bored of not being worshipped and generally adored, so She created gays.